Nobel Literatura

Bob Dylan: el eterno. De Marvin Galeas

marvin galeasMarvin Galeas, 15 octubre 2016 / EDH

El mundo de la literatura está conmocionado. La Academia Sueca decidió otorgar este año el premio Nobel, uno de los más prestigiosos del mundo, no a un escritor propiamente dicho, sino a un cantante y compositor estadounidense del género pop: Robert Allen Zimmerman, conocido nada más como Bob Dylan.

Algunos escritores pero sobre todos los críticos, esos expertos en la teoría del equilibrio, pero que jamás han andando en bicicleta, están muy molestos. Un cantante ruso alega que Dylan no merece el premio, porque su influencia se limita nada más a los Estados Unidos y no a Rusia, ni a China, por ejemplo. Eso no es cierto.

diario hoyLa influencia cultural de Bob Dylan, de una o de otra manera, es universal. Es probable que alguien que jamás haya oído mencionar a Bob Dylan, en estos días, le guste cierta manera de expresión musical o literaria, muy de la actualidad, pero a la vez muy influenciada por el autor de “Like a Rolling stone”.

Un niño de, digamos 8 años, no ha oído hablar nunca de William Shakespeare, y mucho menos ha leído Hamlet, pero ya ha visto por la televisión o Netflix innumerables versiones del Rey León, que no es otra cosa que la obra del gran dramaturgo inglés, contada en clave de caricaturas.

La dimensión mundial, debido a muchos factores, de la cultura estadounidense es innegable. Hasta los más acérrimos enemigos de “el imperialismo yanqui” o bien adoran la Coca Cola, o son “fans” del cine de Hollywood, o de poetas como Allen Ginsberg o de la pintura de Pollock, o de los Toros de Chicago, o simplemente son adictos de McDonald’s. Todo lo mencionado son parte de la iconografía cultural estadounidense.

Resentimientos aparte, me parece que la poesía suele cobrar también alturas insospechadas en su expresión musical. No es nada nuevo. Ya en la antigüedad, Homero, escribió la Ilíada y la Odisea para ser cantadas. Por cierto, ambas obras constituyen pilares fundamentales de nuestra cultura occidental, hasta nuestros días. Nadie negaría el Nobel a Homero, solo por el hecho que ambas obras eran solo “canciones” o rapsodias.

La poesía es un arte mayor. Hay versos de grandes poetas, que calan profundo en el alma y que vueltos a leer o escuchar, vuelven a erizarnos la piel. Dylan es un admirador de Federico García Lorca. Se nota en sus canciones. Quien haya leído la obra de García Lorca encontrará ecos del poemario “Poeta en Nueva York”, en algunas de la canciones de Dylan.

Por ejemplo, el poema titulado por Lorca, New York, tiene unos versos que dicen “Debajo de las multiplicaciones hay una gota de sangre de pato. Debajo de las divisiones hay una gota de sangre de marineros. Debajo de las sumas; un río de sangre tierna. Un río que viene cantando por los dormitorios de los arrabales…”.

Y la famosa canción de Bob Dylan Una Fuerte Lluvia Va a Caer, dice “Vi una rama negra goteando sangre todavía fresca, vi una habitación llena de hombres cuyos martillos sangraban… vi pistolas y espadas en manos de niños y es muy fuerte la lluvia que va a caer”. Pero uno encuentra en las letras de las canciones de Bob Dylan, también los ecos de Allen Ginsberg aquel que escribió en su poema Aullido, este verso: “Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”.

Y Bob Dylan canta, guitarra y dulzaina: “Vi lobos salvajes alrededor de un recién nacido…”. No cabe duda que hay una gran influencia de los poetas de la llamada generación Beat en sus letras. Y el mismo Dylan señala como influyeron en su música Los Beatles y los Rolling Stones. Y es que también eran los sesentas, un período que marcó más que una época de cambios, un cambio de época. Una ruptura en casi todos los órdenes de la vida.

Sin embargo, el mérito de Bob Dylan va más allá por su capacidad de reinventarse y mantenerse vigente como ícono cultural durante más de cinco décadas. Esta vez, tras la noticia del Nobel de Literatura, la gente no llenará las librerías, sino las tiendas de música y por supuesto YouTube. Recomiendo tres canciones: “Lay, Lady Lay” “A Hard Rain’s a- Gonna Fall” y “Girl From The North Country”.

Carta a los jurados de los premios Nobel: Guerra y paz, Bob Dylan y Juan Manuel Santos. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 15 octubre 2016 / EDH

Distinguidos letrados:
Ustedes tienen el poder de marcar rumbo con los premios que otorgan. Detrás de los premios Nobel, sobre todo de Paz y de Literatura, hay una enorme autoridad ética e intelectual. El peso mundial de los Nobel les da un gran poder a ustedes, quienes año por año escogen entre cientos de personalidades a los mejores. Para nosotros, los mortales, resulta difícil criticar los criterios que aplican. Pero nadie es infalible…

A mi humilde criterio, esta vez acertaron con el Nobel de Literatura, y fallaron con el Nobel de Paz.

diario hoyEl jurado noruego al cargo del Nobel de Paz quería premiar los esfuerzos de los colombianos por superar una estúpida guerra de 52 años y alcanzar la paz. Implacable decisión. Pero no es al presidente Santos a quien tenían que premiar. Pocas veces son los poderosos, los presidentes, que merecen ser premiados. Si ustedes hubieran dado el Nobel de Paz 2016 a las víctimas de las FARC, de los paramilitares y de los excesos represivos de la Fuerza Armada que se unieron para apoyar una paz con justicia y reconciliación, mejor servicio hubieran dado al proceso de paz en Colombia. Valorar el papel de los políticos como Santos o Uribe es tarea del pueblo colombiano – y este jurado todavía todavía no tiene veredicto. Intervenir con el Nobel de Paz para Santos en la disputa interna de los colombianos sobre el cómo de la paz, no es tarea de ustedes, y compromete el prestigio moral del Nobel, igual como lo hizo su decisión de premiar a Barak Obama.

En cambio, me encanta la decisión sabia que tomó el jurado sueco al dar el Nobel de Literatura a Bob Dylan.

Franz Josef Wagner, el columnista alemán a quien robé la idea de las cartas, escribió en su “Correo de Wagner”:

Querido Bob Dylan: Te escribo escuchando “Blowin’ in the wind”. Lo escuché por primera vez en los años sesenta. Fue una locura: Todos escucharon esta canción. Fue nuestro himno. “Blowin’ in the wind” fue un medio de transporte, nos movilizó, nos transformó. La canción resultó más poderosa que las armas. En los años sesenta reinaba la guerra de Vietnam. Ya era tiempo que Bob Dylan recibiera el Nobel de Literatura. “Blowin’ in the wind” es gran literatura. Literatura no es escribir bonito. ¿Cuántos idiotas no figuran en los ranking de los bestsellers?

Tuve la suerte de estudiar literatura con un gran escritor y maestro, Walter Höllerer, quien fundó en la Universidad Técnica de Berlin el “Instituto del Lenguaje en el Siglo Tecnológico”. Nos puso a analizar, con los métodos de la lingüística y de la ciencia de la literatura, formatos como películas, reportajes, música Rock, comics, telenovelas, películas, spots de televisión – a la par de novelas, poemas, y obras de teatro. En este instituto se prepararon futuros escritores, catedráticos, dramaturgos, editores, periodistas, directores de cine – y Höllerer nos obligó a todos explorar el potencial de todos los formatos de la literatura.

Me tocó escribir, como tesis, un análisis sobre como el nuevo lenguaje combinado de fotografía, música pop, y reportaje de guerra marcó la manera como mi generación, en todo el planeta, procesó la guerra en Vietnam. En esta investigación, Bob Dylan y el fotógrafo Eddie Adams de AP (quien hizo la foto del jefe de la policía de Sur Vietnam ejecutando a un prisionero) jugaron un papel mucho más importante que Jean Paul Sartre, Bertrand Russel y Julio Cortázar con su “Vietnam Tribunal. Cité estas líneas de Bob Dylan: “There’s the battle outside raging/It’ll soon shake your windows and rattle your walls/For the times they are a-changing/Come mothers and fathers/throughout the land/and don’t criticize/what you can’t understand/your sons and daughters are beyond your command” (“ahí fuera está rabiando la batalla/pronto sacudirá sus ventanas/y hará temblar sus muros/porque los tiempos están cambiando/vengan padres y madres/de todo el país/no critiquen lo que no saben entender/sus hijos e hijas están fuera de su control”) – y otros versos de John Lennon, Edwin Starr y Jimmy Hendrix…

Felicidades por la valiente decisión del jurado sueco ampliar el concepto de literatura; y un llamado al jurado noruego que no sigan usando criterios de conveniencia política para otorgar el Nobel de Paz.

Disculpen el atrevimiento, pero los premios Nobel son patrimonio de la humanidad.
Saludos,

44298-firma-paolo

Literatura/Premio Nobel: Svetlana Alexievich – uranio en la piel

Ilustración: LUIS PAREJO

Ilustración: LUIS PAREJO

El sistema socialista no cayó por Reagan ni por Thatcher nipor el Papa. El sistema socialista cayó por la frustración de sus ciudadanos. Y Svetlana Alexievich tuvo la intuición de darles voz antes que nadie.

el mundoDe Iván de la Nuez, 8 octubre 2015 / EL MUNDO.es

Aunque Berlín, con su Muro mayúsculo, ha capitalizado el símbolo de la caída del comunismo, no hay país de Europa del Este que se resista a presentarse como pionero en el desplome del imperio soviético. Los polacos echan mano de Solidaridad, Walesa, las huelgas de obreros en Gdansk… y el Papa Woytjila. Los húngaros se ufanan de haber sido los primeros en abrir las fronteras (las mismas que hoy cierran a cal y canto). Los ex-soviéticos hablan de la perestroika, la glasnost y Gorbachov (el mismo que hoy Rusia vilipendia sin compasión). Los checos suelen remontarse a su Primavera de Praga, allá por 1968. Y a los rumanos no se les puede negar el haber cortado de cuajo la más mínima posibilidad de restauración, fusilando a los Ceaucescu antes de que huyeran.

Desde luego, todos tienen parte de razón, porque aquel fue un desmoronamiento múltiple, subterráneo y colectivo. Pero no conviene olvidar que, en 1986, un detonante físico abocó a aquel sistema a su destrucción definitiva: Chernóbil.

Esa catástrofe nuclear fue el big-bang que dinamitó la Guerra fría y provocó que el sistema soviético colapsara por partida doble: física y moralmente. A partir de la hecatombe en Ucrania, ya no hubo capacidad de reacción ante su propia obsolescencia y ya nadie pudo seguir mintiendo para ocultarla.

Svetlana Alexievich fue de las primeras en mostrarnos que el desmantelamiento de aquella galaxia, con casi todos sus satélites, se debió más a la corrosión interna que a las conspiraciones y ataques del otro mundo. En toda su obra persiste la idea de que aquel desmantelamiento estaba más conectado con esos ciudadanos anónimos que no aparecían en los libros que con los presuntuosos superhéroes occidentales como Ronald Reagan o Margaret Thatcher.

En su extraordinaria plegaria de entonces -esas Voces de Chernóbil que fundían “la muerte y el amor” bajo la contaminación- su escritura cobijó a las memorias de esas víctimas, tal vez el único estilo posible para afrontar la magnitud humana de aquel espanto sin glamour.

Alexievitch escribió a pesar de la opacidad comunista y, también, a pesar de la ignorancia occidental sobre lo que realmente ocurría al otro lado del Telón de Uranio. De ahí que su insistencia en hablar de la gente común, mientras unos hablaban de villanos y otros de héroes, respondiera a una obligación más que a una elección.

Cuando la tragedia se convirtió en un fenómeno global -llegó a atravesar todo Occidente hasta alcanzar el Caribe cubano-, sus libros se convirtieron en un presagio de que el Muro terminaría por caer hacia los dos lados del mundo. A la valentía de haber roto el silencio soviético, hay que añadirle la coherencia de haber quebrado el olvido postsoviético.

Nunca se detuvo Alexievitch a refrendar las versiones apocalípticas del posmodernismo de esos tiempos, fascinado -con Baudrillard a la cabeza- por un sistema que quebraba por “implosión”. Tampoco comulgó con la recuperación cíclica de Adorno, del que una y otra vez se saca a relucir la imposibilidad de escribir poesía después del horror.

Con su periodismo en apariencia sencillo, Svetlana Alexievich se plantó a escuchar en medio de la radioactividad. Desde esa plaza, peligrosa e incómoda, demostró que, tras el Apocalipsis, escribir no sólo es posible sino también, a veces, obligatorio.

———-

Svetlana, la voz de la catástrofe

14443184037997

Álvaro Colomer, 8 octubre 2015 / EL MUNDO.es

Svetlana Alexievich es a Chernóbil lo que John Hersey a Hiroshima: la voz de la catástrofe. El corresponsal de guerra norteamericano saltó a la fama cuando, en agosto de 1946, publicó un reportaje en The New Yorker en el que relataba la vida de seis personas antes, durante y después de la explosión de la primera bomba atómica lanzada contra una ciudad. Su trabajo, convertido en un libro de culto periodístico Hiroshima que hoy engrosa el catálogo de varias editoriales españolas, es objeto de estudio en todas las facultades de periodismo del mundo y no hay -o no debería haber- ni un solo plumilla que no lo haya leído.

Sin embargo, cuando la Academia Sueca anuncia la concesión del Premio Nobel de Literatura a Svetlana Alexievich, todo el mundo se lleva las manos a la cabeza y, lamentando que no lo haya ganado Philip Roth o Haruki Murakami, pregunta quién diablos es esa mujer. Esta mañana Twitter estaba lleno de bromitas sobre el hecho de que nadie supiera nada sobre esa periodista bielorrusa y un escritor madrileño incluso se atrevía a decir: “Seguro que ahora salen los típicos pedantes diciendo que ellos ya habían leído a Alexievich”. Pues bien: yo soy uno de esos pedantes y, en mi opinión, lo grave es que no haya más.

Porque Svetlana Alexievich escribió uno de los libros periodísticos más impresionantes de cuantos puedan encontrarse en las librerías de toda Europa: Las voces de Chernóbyl. Escrito originariamente en 1997 y publicado en España primero por la editorial Casiopea y después Siglo XXI y Debolsillo, Las voces de Chernóbil es un trabajo de investigación exhaustiva en torno a las consecuencias de aquella catástrofe nuclear sobre la población ucraniana, bielorrusa y, en realidad, mundial. Pero si algo convierte a este libro en un documento incluso más interesante que el de Hersey es, precisamente, el hecho de que las víctimas del Reactor IV del Complejo Nuclear de Chernóbil no son tan fáciles de localizar como los afectados por una bomba atómica. Y no lo son por dos motivos: primero, el Politburó repartió a los afectados por todo el territorio soviético, evitando de este modo que pudieran unirse para reclamar cualquier tipo de compensación y dificultando enormemente la labor de los periodistas que quisieran husmear en ese asunto; y segundo, la radioactividad liberada afectó a la población de un modo sibilino, provocando un tipo de enfermedades -cáncer, sobre todo- cuyo desarrollo podía tener cualquier otro origen.

Por otra parte, Las voces de Chernóbyl es uno de esos libros que cae como una losa sobre el llamado Nuevo Periodismo. Su autora jamás hizo alarde de la tremenda labor emprendida para confeccionar dicho volumen, su autora no se convirtió en la protagonista de la historia narrada, su autora no pretendió ser más importante que aquello que contaba. Svetlana Alexievich cedió su estilográfica a los testigos directos de la catástrofe y convirtió sus voces en un documento estremecedor que, de alguna manera, nos recuerda no sólo el dolor que todavía padecen las víctimas de la explosión nuclear, sino el silencio que continúan obligándoles a mantener.

En uno de los capítulos, titulado Entrevista de la autora consigo misma sobre la historia omitida (…), la propia Aleksiévich explica su trabajo de este modo: “Este libro no trata sobre Chernóbil, sino sobre el mundo de Chernóbil. Sobre el suceso mismo se han escrito ya miles de páginas y se han sacado centenares de miles de metros de película. Yo, en cambio, me dedico a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma”.

Svetlana Aleksiévich no es una absoluta desconocida entre nosotros. En más de una ocasión ha venido a España para narrar sus periplos por la guerra de Afganistán o por la zona contaminada de Chernóbil, y algunos afortunados han tenido la ocasión de presenciar la seriedad con la que habla de la tristeza que cubre el mundo. Ahora le han dado el Premio Nobel y tal vez su trabajo encuentre más asiento entre nosotros. Porque hay una realidad indiscutible: Aleksiévich sólo tiene un libro publicado en España. Pero en el resto de Europa, o al menos en los países más representativos, tiene toda la obra traducida. ¿Qué nos dice esto sobre nosotros? Mejor no responder.

La bielorrusa Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura

800

Escritora y periodista, ha sido elegida por la Academia Sueca.

El PaisPilar Bonet, 8 octubre 2015 / El PAIS

La escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, de 67 años, es la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015. El dictamen de la Academia sueca destaca “sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”. Escritora y periodista, ha retratado en lengua rusa la realidad y el drama de gran parte de la población de la antigua URSS, así como de los sufrimientos de Chernóbil, la guerra de Afganistán y los conflictos del presente. Es muy crítica con el Gobierno bielorruso. “Respeto el mundo ruso de la literatura y la ciencia, pero no el mundo ruso de Stalin y Putin”, ha dicho la autora en una rueda de prensa en Minsk, tras el anuncio del galardón.

Nacida en Ucrania, hija de un militar soviético, de origen bielorruso. Cuando su padre se retiró del Ejército, la familia se estableció en Bielorrusia y allí ella estudió periodismo en la Universidad de Minsk y trabajó en distintos medios de comunicación. Se dio a conocer con La guerra no tiene rostro de mujer, una obra que finalizó en 1983 pero que, por cuestionar clichés sobre el heroísmo soviético y por su crudeza, solo llegó a ser publicada dos años más tarde gracias al proceso de reformas conocido por la perestroika. El estreno de la versión teatral de aquella crónica descarnada en el teatro de la Taganka de Moscú, en 1985, marcó un hito en la apertura iniciada por el dirigente soviético Mijaíl Gorbachov.

Svetlana Alexiévich,

Muy influida por el escritor Alés Adamóvich, al que considera su maestro, Alexiévich aborda sus temas con técnica de montaje documental. Su especialidad es dejar fluir las voces -monólogos y corales- en torno a las experiencias del “hombre rojo” o el “homo sovieticus” y también postsoviético. La obra de Alexiévich gira en torno a la Unión Soviética para descomponer este concepto en destinos individuales y compartidos y, sobre todo, en tragedias concretas. Alexiévich  se mueve en el terreno del drama, explora las más terribles y desoladas vivencias y se asoma una y otra vez a la muerte. En 1989 publicó Tsinkovye Málchiki (Los chicos de cinc) sobre la experiencia de la guerra en Afganistán. Para escribirlo se recorrió el país entrevistando a madres de soldados que perecieron en la contienda. En 1993, publicó Zacharovannye Smertiu (Cautivados por la muerte) sobre los suicidios de quienes no habían podido sobrevivir al fin de la idea socialista. En 1997, le tocó el turno a la catástrofe de la central nuclear de Chernóbil en Voces de Chernóbil, publicado en castellano en 2006 por Editorial Siglo XXI, que reeditó el año pasado Penguin Random House.

El año pasado lanzó El tiempo de segunda mano. El final del hombre rojo, publicado en alemán y en ruso. En este nuevo documento, Alexiévich se propone “escuchar honestamente a todos los participantes del drama socialista”, dice el prólogo. Afirma la escritora que el “homo sovieticus” sigue todavía vivo, y no es solo ruso, sino también bielorruso, turcomano, ucraniano, kazajo… “Ahora vivimos en distintos Estados, hablamos en distintas lenguas, pero somos inconfundibles, nos reconocen en seguida. Todos nosotros somos hijos del socialismo”, afirma, refiriéndose a quienes son sus “vecinos por la memoria”. “El mundo ha cambiado completamente y no estábamos verdaderamente preparados”, dijo en una reciente entrevista a Le Monde. Atrapada aún en el espacio soviético, Alexiévich indaga con angustia y sufrimiento sobre el fin de una cultura, una civilización, unos mitos y unas esperanzas.

más información:
Voces de Chernóbil 20 años después
Crónicas del drama del fin de la URSS

Crítica con el régimen del presidente bielorruso Alexandr Lukashenko, la escritora reside la mayor parte del tiempo en el extranjero y últimamente lo hace en Alemania, donde su último libro ha tenido un enorme impacto.