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Una nueva mayoría española. De Cayetana Álvarez de Toledo

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Cayetana Álvarez de Toledo, periodista y política española

Cayetana Álvarez de Toledo, 23 diciembre 2017 / EL MUNDO

El 10 de octubre de 2006, Xavier García Albiol me protegió de una lluvia de piedras y huevos a las puertas del Centro Cultural de Martorell. Habíamos acudido juntos a un mitin de Ángel Acebes y Josep Piqué -por entonces, respectivamente, secretario general del Partido Popular y líder del partido en Cataluña- y a la salida nos encontramos con que unos 90 energúmenos nacionalistas bloqueaban la puerta. Impresionada, incluso fascinada -mi bautismo en la violencia política-, pegué la nariz al cristal. Un grupo de niños, vocecitas de San Ildefonso, gritaban desquiciados: “¡Fascistas, fascistas!”. A su lado, jaleándoles, el simpático líder de las Juventudes Socialistas del lugar. Durante algo más de una hora esperamos que llegaran refuerzos policiales. Pero los Mossos ya eran los Mossos y además gobernaba José Luis Rodríguez Zapatero. Un escolta nos sugirió huir por la puerta de atrás, pero Acebes se negó y encaramos el pelotón. Albiol, dos metros, voluntarioso y valiente, fue nuestro escudo humano. Se llevó varios golpes y también dio alguno, lo que motivó que la izquierda y el nacionalismo en bloque exigieran, escandalizadísimos, su cabeza. Lo típico: la víctima convertida en agresor.

el mundoRecordé aquel día y aquella lluvia mientras caían los resultados electorales del PP. Qué absurdo pedir la dimisión de Albiol, pensé, cuando nunca pecó de pusilánime y cuando la política sobre Cataluña ha sido diseñada y dirigida desde la atalaya de La Moncloa. Pero, sobre todo, qué ridícula su propia reacción. Este pobre tuit: “Hoy los resultados serían distintos si no hubiese habido ese empeño por parte de Ciudadanos y cía. de hundir al PP para ganar, en lugar de sumar”. Al rato, el portavoz Rafael Hernando reincidía en la consigna: “Si Arrimadas ha ganado las elecciones lo lógico es que pueda formar gobierno. Si no de qué ha servido el campañón contra el PP. ¿Todo para nada?”. Pocos espectáculos más desasosegantes que un dirigente político aferrado a una teoría de la conspiración. Por lo que revela sobre su capacidad de análisis. Y sobre todo por lo que sugiere respecto a su futuro.

Nadie ha hecho más para hundir al PP en Cataluña que el PP. Da hasta pudor repasar la lista de errores cometidos en los últimos años. Y yo me reprimiré. Sólo diré que nunca una debacle fue más previsible ni tuvo más amigos que la pronosticaran. Y que sus consecuencias serán graves. Las elecciones catalanas del 21 de diciembre son para el PP lo que fueron las elecciones andaluzas del 23 de mayo de 1982 para UCD: la evidencia sangrante de que el partido ha perdido su utilidad social. Cataluña no es una comunidad cualquiera. Es el lugar de España donde hoy más dramáticamente se libra la batalla entre la democracia y sus enemigos, entre la razón y la reacción. Y sus ciudadanos han dicho que no consideran al PP, ¡el partido del Gobierno!, un instrumento útil para este crucial desafío. La pregunta es inevitable: ¿Y entonces para qué sirve?

El presidente Rajoy minimizó ayer la fuerza de Ciudadanos en el resto de España y recordó los resultados de las dos últimas elecciones generales. Es cierto que las extrapolaciones son pura materia tertuliana. Y que las expectativas nacionales sobre Ciudadanos han resultado hasta ahora exageradas. Sin embargo, el presidente obvia un dato fundamental. Ciudadanos, de nacimiento heroico y adolescencia dispersa, está madurando. Reconciliándose con sus orígenes, digamos. Ha aprendido de sus errores de 2015, cuando en lugar de situar el eje del debate entre demócratas y nacionalpopulistas lo hizo entre viejos y jóvenes. Aquel colegueo con Pablo Iglesias, con Évole de tutor. Aquella liviandad de márketing: “Hablar de nacionalismo nos escora hacia la derecha”.

En el PP protestan que hasta el pasado mes de septiembre Albert Rivera abjuraba del artículo 155. Y es verdad. La propia Inés Arrimadas se oponía a su aplicación con el argumento rasante de que “perjudicaría a los catalanes”. Pero llegó octubre, con su golpe, su rey y sus dos manifestaciones, y todo cambió. Por oportunismo o porque de pronto reabrió los ojos, Ciudadanos ha asumido, y reivindicado, y ejercido una idea que en España tiene pocos precedentes y cada vez más partidarios: lo moral es lo eficaz. Es una idea emocionante y más fácil de poner en práctica de lo que la estúpida tiranía de la corrección política ha hecho creer. La superficie, la costra vieja, se resiste. Pero debajo hay una corriente que empuja, optimista. Cuarenta años de nacionalismo habrán convertido a dos millones de individuos en autómatas xenófobos, entregados a la anti-lógica del morir matando. Pero cuarenta años de Constitución también han dejado huella, y es benéfica. Hoy un murciano no acepta sin más la condición de ciudadano de segunda. Hoy el primer partido catalán rechaza los privilegios, promueve la solidaridad y se envuelve en la bandera española como símbolo de libertad. El día que el líder del PP vasco, Alfonso Alonso, defendió el Cupo entre ataques a Ciudadanos -lo acusó de hacer “nacionalismo a la inversa”-, el monitor del PP exhibió una línea plana y empezó a emitir pitidos. Ya no se puede hablar de una división del centro-derecha. Ha comenzado el proceso de sustitución.

El presidente del Gobierno no va a convocar elecciones generales. Pedirle que lo haga es un homenaje a la melancolía. Pero quizá también un acto de responsabilidad: por pedir que no quede y, sobre todo, que por mí no quede. España necesita una nueva mayoría política. Emancipada del nacionalismo. Lúcida, consciente y movilizada. Dispuesta a encarar sin hipotecas y con el máximo aval popular la etapa abierta por las elecciones catalanas. Esta nueva etapa ya no estará definida por la unilateralidad ni por la revolución ni por el ataque frontal a la legalidad, sino por una propuesta aviesa, todavía más difícil de combatir. Lo anticipó hace unos días el lehendakariUrkullu, referente de la moderación, según el Madrid gagá. Ante el Partido Demócrata Europeo reunido en Roma, reclamó solemnemente a la Unión Europea que elabore una “Directiva de Claridad” que ofrezca a “las naciones sin Estado, como Cataluña y Euskadi, un cauce legal para poder consultar a la ciudadanía con garantías”. Es la trampa canadiense, el referéndum pactado, la Constitución vaciada, el territorio donde se congregarán, felices y seguros de sí mismos, todos los colores del arcoíris antiespañol: los identitaristas, los tácticos, los equidistantes, los coquetos, los editorialistas anglo-condescendientes, algunas cancillerías europeas y por supuesto las retroizquierdas de Zapatero. Enfrente, la mayoría de los españoles. Sí, la mayoría. Millones de ciudadanos españoles que piensan distinto sobre muchas cosas pero lo mismo sobre lo esencial: España es un vínculo vivo y su defensa es una prueba de civilización. Y ahí estarán también millones de ciudadanos europeos, que comparten con nosotros el compromiso de combatir las ideas malignas que sembraron nuestro continente de odio y de muerte. A los europeos nos espera una batalla épica contra el nacionalismo. Y España tiene la capacidad y el deber de encabezarla. Promovamos un internacionalismo anti-xenófobo. Exijamos un liderazgo limpio, sometido sólo al imperio de las convicciones. Procuremos consolidar para España y para Europa un gran partido de ciudadanos.

Trump y los nacionalismos. De Timothy Garton Ash

El poder relativo y la coherencia interna de Occidente se ven erosionados desde los dos lados del Atlántico. La garantía de seguridad y el efecto disuasorio de la OTAN con su presencia en Europa se debilita desde la propia Washington.

Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, donde dirige en la actualidad el proyecto freespeechdebate.com, e investigador titular de la Hoover Institution en la Universidad de Stanford. Su último libro es Los hechos son subversivos: Escritos políticos de una década sin nombre. @fromTGA

Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford

Timothy Garton Ash, 21 enero 2017 / EL PAIS

Esta semana hemos presenciado la llegada no solo de Donald Trump sino de una nueva era de nacionalismo. Trump se une a Vladíi mir Putin en Rusia, Narendra Modi en India, Xi Jinping en China, Recep Tayyip Erdogan en Turquía y otra veintena de líderes nacionalistas en todo el mundo. Theresa May quizá no sea nacionalista, pero el anuncio de que va a poner en marcha un Brexitduro refleja las presiones del nacionalismo inglés y servirá de estímulo a otros nacionalistas. No es nada nuevo, por supuesto, pero, precisamente porque hemos experimentado otros nacionalismos, sabemos que suelen empezar con grandes esperanzas y acabar en lágrimas.

Por ahora, los nacionalistas están celebrando la victoria de Trump. Paul Nuttall, el líder del UKIP, dice que está “tremendamente entusiasmado” por la llegada del nuevo presidente, y este le el paisdice a Michael Gove en el Times de Londres que cree que el Brexit “va a ser una cosa magnífica”. Hay una lamentable fotografía en la que Gove, partidario de la salida de la UE, alza el pulgar mientras mira a Trump con expresión aduladora y bobalicona, como un fan adolescente de Star Trek ante Patrick Stewart. La respuesta del vicepresidente del Frente Nacional francés al discurso de May sobre el Brexit fue: “Pronto llegará la independencia de Francia” .

Y en este mundo de mutua adoración entre nacionalismos, el poder relativo y la coherencia interna de Occidente se ven erosionados desde los dos lados del Atlántico: la garantía de seguridad y el efecto disuasorio de la OTAN con su presencia en Europa se debilita desde la propia Washington. Hemos visto el espectáculo asombroso de cómo los líderes de Rusia, Turquía e Irán se reunían para llegar a un cínico acuerdo sobre Siria. Los comentaristas turcos, partidarios de Erdogan, se deleitaban en el hecho de que ni Estados Unidos ni Europa estuvieran presentes. Ante la fotografía del apretón de manos entre los tres dirigentes, me acordé de la famosa caricatura de David Low en la que Hitler y Stalin se saludan en septiembre de 1939, quitándose el sombrero y haciéndose corteses reverencias sobre el cuerpo de un soldado muerto, y Hitler dice: “La escoria de la tierra, tengo entendido”, y Stalin: “El sanguinario asesino de los trabajadores, supongo”.

Es indudable que, cada vez que se menciona a Hitler, hay un riesgo inmediato de caer en la hipérbole. La interdependencia y el orden liberal internacional son mucho más sólidos hoy que en los años treinta del siglo pasado. Por eso el nacionalista y leninista Xi Jinping habló en Davos en defensa de una economía abierta y globalizada. Sabe que de ello depende el comportamiento económico de su propio país y, por tanto, la estabilidad de su régimen.

“Sabemos que los planes nacionalistas
suelen empezar con esperanzas y acabar en lágrimas”

Cuando los representantes de estos países hablan sobre las relaciones internacionales evocan, en muchos aspectos, el mundo decimonónico de las grandes potencias soberanas que perseguían sus propios intereses nacionales. Escribo este artículo desde India, y aquí me he encontrado con varios comentarios recientes del ministro indio de Exteriores, Subrahmanyam Jaishankar, que son un ejemplo perfecto de lo que digo. Ante la perspectiva de que Trump estreche lazos con Rusia, Jaishankar dijo que “La relación de India con Rusia se ha desarrollado enormemente en los dos últimos años, igual que la relación entre nuestros líderes. Por consiguiente, una mejora de los lazos entre Estados Unidos y Rusia no va contra los intereses indios”. Bienvenidos a la versión sobria y realista del nacionalismo.

No obstante, por su propia naturaleza, los nacionalismos están seguramente condenados a chocar tarde o temprano. La insistencia de May en que el Reino Unido va a dejar el mercado único europeo acabará enfrentándola con los nacionalistas escoceses, que se deben al mandato aprobado por Escocia en referéndum: permanecer en la UE y, desde luego, en el mercado único. Además, los nacionalismos del siglo XXI están sometidos a grandes presiones, a un escrutinio permanente de los medios de comunicación y la opinión pública que habría espantado a Bismarck, Disraeli y el zar de Rusia. Incluso líderes autoritarios como Putin y Xi tienen que adaptarse.

El choque más peligroso es, con gran diferencia, el que pueda producirse entre China y Estados Unidos. En su comparecencia ante el Senado, el nuevo Secretario de Estado de Trump, Rex Tillerson, comparó el programa chino de construcción de islas en el Mar del Sur de China con la anexión rusa de Crimea y dijo que el nuevo Gobierno les diría a los chinos que “no les van a permitir el acceso a esas islas”. Mientras tanto, en India, el jefe del mando estadounidense en el Pacífico, el almirante Harry B. Harris, advierte que “India debería estar preocupada por el aumento de la influencia de China en la región. Si pensamos que la influencia tiene un límite, entonces, toda la influencia que tenga China, significa influencia que no tiene India”. Es decir, un juego de suma cero.

“Nos esperan años peligrosos
y más vale que estamos preparados para ellos”

En parte, no estamos más que ante el baile habitual de las grandes potencias que se disputan el poder entre sí y con terceros países. Pero no hay que perder de vista la posibilidad de un enfrentamiento naval o aéreo fortuito en algún lugar de los mares del sur o el este de China. Y entonces deberíamos hacernos esta pregunta: ¿tienen Trump y Xi la sabiduría, la capacidad de gobernar, los asesores sensatos y -— cosa importante-— el margen interno de maniobra para alejarse del abismo? Ahí es donde el carácter de Trump, irascible, intimidatorio y narcisista, podría ser perjudicial. En cuanto a Xi, con una personalidad mucho más estable, hasta tal punto ha depositado su legitimidad como “líder fundamental” en su “sueño chino” (es decir, que China vuelva a ser grande), que sufriría grandes presiones para no retroceder. Ya sea por motivos psicológicos, políticos o ambos, los llamados hombres fuertes suelen pensar que no pueden permitirse el lujo de dar muestras de debilidad.

No, no estoy prediciendo la Tercera Guerra Mundial. ¿Pero una variante de la crisis de los misiles cubanos en el siglo XXI? Perfectamente posible. Así que no nos hagamos ilusiones. En la montaña mágica de Davos, el portavoz de Trump, Anthony Scaramucci, intenta convencernos con su labia de que todo va a ser estupendo. Dice que “el camino al globalismo para el mundo pasa por el trabajador estadounidense” y que “el cambio total” de Trump va a ser “un factor positivo en nuestras vidas”. No nos dejemos engañar. Nos esperan unos años peligrosos y turbulentos, y más vale que estemos preparados para ellos.

Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, donde dirige el proyecto freespeechdebate.com, e investigador titular en la Hoover Institution, Universidad de Stanford. Su último libro es Free Speech: Ten Principles for a Connected World.