Monseñor Romero

Carta a los viejos y nuevos seguidores de monseñor Romero sobre su legado. De Paolo Luers

16 octubre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Voy a hacer el intento de interpretar a monseñor Romero, desde mi entendimiento de la historia y de la ética. No lo puedo hacer desde la fe y la doctrina católica, porque no la profeso. Crecí en la tradición luterana, que no tiene espacio para santos, pero sí para imperativos éticos. Luego me aparté de la Iglesia, pero no de sus imperativos éticos.

La ética, como las leyes, es un sistema de imperativos que pueden entrar en conflictos, lo que nos obliga a definir prioridades y jerarquías entre principios legítimos. Ahí es donde podemos equivocarnos, si no sabemos poner los imperativos éticos correctamente en el contexto de la realidad.

Cuando monseñor Romero habla de justicia, su principal objetivo es que termine la injusticia, la represión, la matanza. Este objetivo está por encima de cualquier otro, incluyendo la aplicación de la ley. Un ejemplo: Para la ética cristiana, es condenable el uso de la violencia armada para obtener el poder político. Sin embargo, monseñor Romero promueve el violento golpe de Estado del 15 de octubre 1979, porque piensa que puede parar la represión.

Esta posición clara de monseñor Romero de priorizar el objetivo de parar la represión, como máxima expresión de la injusticia encima de cualquier otro es el legado que dejó a su país – y que 12 años después de su asesinato hizo posible los Acuerdos de Paz. Al fin el imperativo de la paz se impuso sobre las legítimas demandas de los diferentes actores de la guerra, incluyendo la demanda de justicia por todos los crímenes cometidos; incluyendo también la demanda legítima de cambios en el sistema social del país.

Hoy, cuando al fin hay un consenso nacional de aceptar a monseñor Romero como autoridad ética, simbolizado en su elevación como Santo de la Iglesia Católica, ¿cómo vamos aplicar su legado? ¿Cómo vamos a entender y hacer nuestro su clamor contra la injusticia?

Hay quienes prefieren aplicarlo al pasado, exigiendo que se aplique justicia en los casos pendientes de crímenes cometidos en el contexto de la guerra, comenzando con el asesinato del mismo monseñor Romero. Pero hay que preguntarse: ¿Qué aportaría esto al objetivo de parar las injusticias y el diario derramamiento de sangre del presente? ¿No será que ahondar en los conflictos y las divisiones del pasado nos dificulta buscar soluciones al problema de violencia del presente que requiere de la concurrencia de toda la sociedad?

La única manera lógica y consecuente de aplicar el legado de Óscar Arnulfo Romero será buscar entre todos una solución al problema de la violencia que padece el país – una solución que obviamente no puede ser basada en más represión, que solo genera más violencia, sino en la voluntad de toda la sociedad de comenzar a erradicar la exclusión social. Y si aceptamos la ética y las prioridades de monseñor, solo puede ser una solución que se construya mediante el diálogo y la reinserción pacífica.

Es irónico que los que más reivindican el legado de monseñor Romero son los que de manera más férrea apuestan a una lucha contra la delincuencia con métodos que monseñor ha condenado tan tajante y valientemente. Es obvio que tanto la mano dura de ARENA como la guerra frontal del FMLN no son soluciones que corresponden al imperativo de Romero que el objetivo prioritario es parar la violencia – por encima del clamor, también legítimo, por aplicar la justicia penal a cualquiera que haya violado la ley.

Si no estamos dispuestos a asumir y aplicar este legado de Romero y continuamos priorizando nuestra sed de venganza disfrazada de justicia, de nada nos sirve venerarlo de Santo en las misas y los discursos políticos.

Disculpen que un hombre no religioso se meta en este asunto. Pero para mi, es un asunto de país, no de religión. Saludos,

 

“Conecte” poderosísimo. De Cristina López

15 octubre 2018 / EL DIARIO DE HOY

A nadie le son desconocidas las ventajas de mantener contactos, o como decimos los salvadoreños, “conectes” en diferentes ámbitos. En el sector profesional, muchas veces un conecte podría hacer toda la diferencia entre ser invitados a una entrevista laboral o que el currículum de uno se pierda entre la resma de papel tamaño de todas las hojas de vida de múltiples aplicantes con capacidades similares.

En los sectores informales, los conectes también mueven montañas. Tener conectes en la entrada de un club nocturno o discoteca de moda hacen la diferencia entre entrar de primero o hacerse viejo en la fila de la entrada. Yo sé, porque nunca tuve de esos conectes y perdí lo que podría sumar varias horas en la década de mis veintes haciendo filas para entrar en lugares que, con la sabiduría de la experiencia ganada, puedo garantizar ahora que no valían la inversión del mismo tiempo en el que habría podido leer varios libros.

Uno de los mejores conectes que he tenido, sin duda alguna, fue don Julio, un guardia de seguridad en una tienda de repuestos en la que hice una pasantía durante la universidad. Las pasantías dejan lecciones valiosísimas y la primera que aprendí en esta pasantía en particular fue que encontrar parqueo en la calle Rubén Darío y calles aledañas no es para los pobres de espíritu ni los escasos de tiempo. Yo, con la inexperiencia de recién haber aprendido a manejar y el mal hábito de no salir temprano, era las dos cosas. En mi segunda semana me pasé un almuerzo platicando con don Julio, y después de intercambiar historias de nuestras familias, trabajos y demás aventuras, nos volvimos cheros. A partir de entonces cada mañana don Julio, que estaba en su puesto desde las 6:00 a.m. todos los días, me apartaba un buen parqueo cerquísima de la oficina usando dos piedras que le habrían quebrado el eje al carro de cualquier atrevido que se le hubiera cruzado por la cabeza parquearse ahí antes de que yo llegara. Siempre le decía yo a don Julio que tenerlo de “conecte” era lo mejor que me iba a llevar de esa pasantía, y en broma me decía siempre que ese era el precio de ser tan poderoso: hacerle favores a los cheros.

De manera inversa, no hace falta ser muy poderosos para pensarnos en lo personal como “conectes” para otros y tener la disponibilidad de ayudar a quienes lo soliciten, porque es la única manera de pagar los favorazos recibidos, tantas veces sin darnos cuenta. Ya sea una referencia laboral o personal, una presentación de conocidos, una sesión de mentoreo a jóvenes indecisos sobre su rumbo profesional, ofrecerle hospedaje al que va de paso sin donde quedarse, etc. La oportunidad de poder ser el “conecte” de alguien es un verdadero privilegio, porque es la única manera de pagar en justicia los muchos empujoncitos que hemos recibido y que nos han permitido llegar donde estamos, gracias a tantos don Julios que vamos conociendo por la vida.

La verdadera lotería se la saca uno cuando se tiene un conecte verdaderamente importante, con la capacidad de conseguir lo que sea, por difícil que parezca. Y este fin de semana, los salvadoreños nos sacamos colectivamente la lotería de los conectes porque ahora tenemos un conecte, nada más y nada menos, que en el cielo. Tenemos, a una oración de distancia, el oído y atención de San Óscar Arnulfo Romero. Conoce nuestra situación, y amó nuestra tierra y a nuestra gente con patriotismo y fervor del tipo al que deberíamos aspirar todos los ciudadanos. Abogó por los oprimidos y nunca perdió de vista a los pobres. Recién confirmada su santidad, vale la pena aprovechar este lujo de conecte y pedirle con toda la fe y devoción posible que nos haga el favorazo de bendecir a nuestro país, que con tanta urgencia lo necesita.

@crislopezg

Monseñor Romero aún tiene razón. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

15 octubre 2018 / EL DIARIO DE HOY

El Salvador tiene su primer Santo dentro de la Iglesia Católica. Desde ayer, San Óscar Arnulfo Romero pertenece al grupo de personas a las que la Iglesia reconoce su obra e intercesión ante Dios. Independientemente de si se profesa la fe católica o no, es innegable que la figura de Monseñor Romero fue trascendental para la historia de El Salvador; a la fecha no ha existido un liderazgo parecido. El mensaje de Monseñor, que siempre estuvo del lado del pueblo salvadoreño, aún sigue vigente.

San Romero fue amado y también duramente criticado. Su voz fue incómoda para sectores económicos y políticos en una época convulsionada, pues no tuvo miedo de denunciar las injusticias, atrocidades y violaciones de derechos humanos que se cometían en las vísperas de un conflicto armado que duró doce años. Injusticias que, de diferente forma y ahora con distinto rostro, siguen presentes en el país.

En el discurso con motivo del Doctorado Honoris Causa conferido por la Universidad de Lovaina el 2-II-1980, Monseñor Romero manifestó que el trabajo de la Arquidiócesis solo se puede describir y comprender como una vuelta al mundo de los pobres. “El constatar estas realidades (salarios de hambre, desempleo, subempleo, desnutrición, mortalidad infantil, falta de vivienda adecuada, problemas de salud, inestabilidad laboral) y dejarnos impactar por ellas, lejos de apartarnos de nuestra fe, nos ha remitido al mundo de los pobres como a nuestro verdadero lugar, nos ha movido como primer paso fundamental a encarnarnos en el mundo de los pobres”; “Estos textos de los profetas… no son voces lejanas de hace muchos siglos… son realidades cotidianas, cuya crueldad e intensidad vivimos a diario. Las vivimos cuando llegan a nosotros madres y esposas de capturados y desaparecidos, cuando aparecen cadáveres desfigurados en cementerios clandestinos”; “En esta situación conflictiva y antagónica, en que unos pocos controlan el poder económico y político, la Iglesia se ha puesto del lado de los pobres y ha asumido su defensa”. A treinta y ocho años de su martirio, las denuncias y las palabras de esperanza encajan en la realidad salvadoreña actual.

El Salvador aún sufre de la pobreza producto de múltiples factores. Buena parte del dinero se ha diluido en la corrupción; y muchos de los programas sociales no han rendido los resultados esperados, pues únicamente brindan soluciones efímeras a problemas que urgen de acciones estructurales. Según datos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, en El Salvador no hay una inversión óptima en salud y educación; medio millón de niños no están aprendiendo como deberían. Además, el Informe de Desarrollo Humano de PNUD ubica a El Salvador como una nación con desarrollo humano medio, señalando que el desarrollo sostenible no ha sido equitativamente distribuido.

Por otro lado, el problema de la violencia sigue cobrando vidas en el país. Los muertos siguen contándose por miles cada año y las personas seguimos sintiéndonos inseguras en las calles. Sin embargo, vemos sectores políticos más preocupados por obtener el poder en el Ejecutivo o en dominar el Judicial, que por solucionar de manera permanente e integral este tipo de problemas.

Monseñor Romero procuró sacudir la inercia o indiferencia de sectores privilegiados, económicos o políticos, y volver la mirada hacia las personas más necesitadas del país. Probablemente hoy haría las mismas críticas a un sector político alejado de las peticiones y necesidades de los ciudadanos que más sufren. El mismo cambio de corazón y de perspectiva que Monseñor Romero pedía en la época de la guerra es el que urge ahora ante la violación de los derechos humanos de los salvadoreños.

El mensaje de Monseñor Romero buscaba dar esperanza a un país sumido en la crisis y la tristeza. Por circunstancias diversas, nuestra sociedad hoy también sufre las dificultades que diferentes grupos económicos, políticos y sociales nos han heredado, quienes han desviado los objetivos con los que iniciaron y le han dado la espalda a la población salvadoreña. Hay que escuchar el mensaje de Monseñor Romero. Ojalá que todas las personas que profesan su admiración hacia el nuevo Santo pongan en práctica las enseñanzas que este dejó en vida, centrando su trabajo en el beneficio de la población y no en intereses particulares. Las palabras y los golpes de pecho no son suficientes; Monseñor aún tiene razón y más valen las obras que las palabras.

Los masacrados del 30 de julio y las víctimas del chavismo. De Mario González

Lo mismo que está haciendo la Guardia Nacional chavista es lo mismo de lo que acusaban a su similar aquí. Hasta el uniforme y las botas son iguales, no digamos los abominables procedimientos. Un crimen es un crimen y el que lo cometa un chavista no lo purifica.

Mario González, editor subjefe de El Diario de Hoy

Mario González, 13 mayo 2017 / EDH

Solo me bastó ver la escena de un camión de la Guardia Nacional chavista arrollar a un grupo de manifestantes para recordar la masacre de universitarios del 30 de julio de 1975 o la de la Plaza Libertad del 28 de febrero de 1977, así como la represión de esas épocas a manos de lo que se calificaba como la “dictadura militar fascistoide”.Lo increíble es que quienes más condenaban hechos represivos de este tipo en aquel momento ahora los defienden y estarían dispuestos a ir a usar las armas para reprimir los manifestantes venezolanos.

Por lo menos así lo hizo saber sin ningún escrúpulo uno de los voceros del oficialismo.

En la mente de muchos salvadoreños aún vaga el recuerdo de decenas de universitarios siendo acorralados en la 25ª. Avenida Norte, en el paso a dos niveles cerca del Seguro Social, del cual tuvieron que saltar para no verse embestidos por las tanquetas del Ejército.

Y qué decir del cruento desalojo de la Plaza Libertad de las masas que protestaban por el denunciado fraude de las elecciones del 20 de febrero de 1977, o de la masacre del desfile bufo de los universitarios a finales de octubre de 1979, tras el golpe de Estado.

Lo mismo que está haciendo la Guardia Nacional chavista es lo mismo de lo que acusaban a su similar aquí. Hasta el uniforme y las botas son iguales, no digamos los abominables procedimientos. Un crimen es un crimen y el que lo cometa un chavista no lo purifica.

La televisión ha mostrado imágenes de agentes motorizados que capturan a marchistas y se los llevan con rumbo desconocido, como se denunció aquí que hacían los escuadrones de la muerte.

La gran pregunta es ¿por qué las violaciones a los derechos humanos de aquella época eran repudiables y las que cometen los chavistas son dignas de defender por el partido oficial en El Salvador?

¿Qué hace diferente el asesinato, la tiranía y las violaciones a los derechos humanos? O más bien, ¿por qué eran malas si las cometía el Ejército salvadoreño, pero son loables y canonizables si son obra del fascismo chavista?

¿Qué hace aborrecible el asesinato de un Arzobispo mientras oficia la misa, pero enaltece y hace digno de méritos que le estallen una bomba en la cabeza a un Fiscal General? Un crimen es un crimen independientemente de quien lo cometa.

Porque es claro que el oficialismo salvadoreño está defendiendo una tiranía militar plena de impunidad, las violaciones a los derechos humanos que ésta comete abiertamente y al déspota que se cree que tan iluminado que habla con los pájaros y las vacas.

Creo que los verdaderos izquierdistas demócratas, con pensamiento racional, criterio y escrúpulos, deben de sentir vergüenza al ver cómo sus colegas en el poder en El Salvador se revuelcan en el mismo lodo con los opresores venezolanos.

Si estuviera vivo, el mismo Monseñor Romero se los reclamaría vigorosamente en sus homilías.

Y que no me vengan a asumir demencia porque nosotros sí recordamos bien aquellos acontecimientos y hablamos con conocimiento de causa.

Creo que todos los que murieron en la preguerra y durante la misma guerra se estarán revolviendo en sus tumbas de saber que ahora los hechos represivos y violatorios de los derechos humanos son defendidos y exaltados por quienes decían luchar por la libertad y la igualdad y los convencieron de morir por una causa ahora perdida.
Venezuela lleva más de un mes de protestas y cerca de 40 muertos en las mismas, la mayoría a manos del régimen militar, según ha denunciado la oposición.

Lo triste es que se avale a esa tiranía y se le busque oxigenar con llamados al “diálogo”, cuando la hambruna y la represión estén diezmando a ese noble y sufrido pueblo y no haya tiempo más que para esperar un verdadero cambio de rumbo.

Carta a obispos salvadoreños y venezolanos: Hay momentos cuando hablar es obligación. De Paolo Luers

Paolo Luers, 27 abril 2017 / EDH y MAS

Estimados amigos:
Un amigo me preguntó: “¿Cómo es que siempre estás criticando a los que mezclan religión con política, pero aplaudes a los obispos venezolanos cuando se manifiestan contra el régimen de Nicolás Maduro?”

Es cierto, he criticado a nuestros obispos por convocar y encabezar marchas exigiendo a la Asamblea que prohíba la minería metálica. Me burlo a veces de las conferencias de prensa que el arzobispo o monseñor Rosa Chávez celebran luego de sus misas dominicales en catedral, y donde definen la posición de la Iglesia Católica frente a casi todos los temas políticos de la actualidad: minería, agua, pensiones, déficit, lo que esté en la agenda política. También critico a quienes pretenden imponer a ARENA y sus diputados posiciones fundamentadas en la fe: sobre el aborto, la forma correcta del matrimonio, educación sexual, derechos de homosexuales…

Jamás he criticado a monseñor Romero por su llamado a los soldados a no obedecer a quienes les ordenaran disparar contra el pueblo. La Iglesia no puede callarse cuando el Estado pone en peligro la paz y la vigencia de los Derechos Humanos. Es su deber tomar posición contra dictaduras, represión, golpes de Estado, y a acompañar a quienes ponen resistencia a la represión.

Monseñor Romero se vio obligado a decir, e incluso gritar a los militares: “Les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios, ¡cesen la represión! Ningún soldado está obligado a obedecer una orden que va contra la Ley de Dios.” En esta misma situación se encuentra hoy la Iglesia en Venezuela, y por esto se mete en política: a favor de los derechos humanos y políticos. En Venezuela todos los días están muriendo jóvenes, a manos de militares, policías y paramilitares chavistas. No puede callarse la Iglesia.

Esto no atenta contra el carácter laico del Estado. Atenta contra el carácter represivo del Estado. La Iglesia tomó partido por la paz y la democracia, no por la prevalencia de asuntos de la fe en las políticas del Estado.

Ya quisiera que nuestros obispos, en vez de meterse en la agenda política del día, tomen una posición valiente ante el nuevo deterioro de los derechos humanos y ante un gobierno que enfrenta la violencia con más violencia y las matanzas de las pandillas con matanzas en nombre del Estado. Ningún político se atreve a favorecer el diálogo y la inserción social por sobre las soluciones violentas, porque piensan que esto no es popular. En estas situaciones, cuando la política no cumple su responsabilidad en asuntos de la paz y los Derechos Humanos, la Iglesia tiene que hablar.

Felicito a los obispos venezolanos y pido a los nuestros a revisar sus prioridades. Saludos,

Guía de conductas sugeridas tras la beatificación de monseñor Romero. De Cristina López

cris-lopezCristina López, 25 mayo 2015/EDHNo es de todos los días que a uno le beatifiquen, y en su propio país, a una figura histórica. Nunca en el país habíamos vivido algo así. Eso de aparecer en las noticias internacionales y robarnos varias portadas por algo más que nuestras estadísticas de homicidios es una sensación que todos estamos estrenando. Por eso, es de esperarse que muchos no estemos muy seguros de cómo tenemos que comportarnos ante un acontecimiento de la magnitud de la beatificación de monseñor Romero, por lo que a continuación, ofrezco una guía de sugerencias que podrían ser útiles.1. Infórmese. Si eso no es lo suyo, no hable. Parafraseo esta sugerencia prestada de las palabras de una persona de notable sapiencia que sugirió que para no hablar de lo que no sabe, vaya y se esfuerce por conocer a profundidad la figura y mensaje de monseñor Romero. El mensaje, intente conocerlo de las palabras que salieron de su boca y no de las interpretaciones o del uso que muchos hayan hecho de ellas. Al final, cada quien es responsable de lo que dice, no de cómo se lo interpretan. Es por sus palabras, acciones y ultimadamente, su sacrificio de sangre que está siendo beatificado monseñor Romero, no por el uso que de su figura han hecho muchos. No sea perezoso: lea sus textos y aproveche que existen sus audios para oír su voz. Pregunte a quienes le conocieron sobre sus experiencias y lea testimonios de quienes lo han estudiado por años. “Nunca va a tomar agua limpia si la bebe de cántaros sucios”, por eso, busque buenas fuentes para poder hablar de monseñor Romero con algo de propiedad. Si lo anterior no es lo suyo, no hable.

2. No sea patán y respete. Que yo sepa, la pregunta “¿quiénes son sus santos favoritos?” no es común. Por lo menos, a mí, nunca me la han hecho (Santa Helena, Santa Juana de Arco y Santo Tomás de Aquino, en ese orden, por si querían saber). Por lo tanto, si nadie se la ha hecho, que publique su diatriba de repudio devocional a monseñor resulta tan molesto como el vegetariano al que nadie ha invitado a la barbacoa, pero aún así insiste en informar al mundo por qué se rehúsa a comer carne. No malinterprete esta sugerencia: la libertad de culto le asiste y nada le obliga a ser devoto a monseñor Romero solo por ser salvadoreño o católico. Además, tanto a usted como al vegetariano les protege la libertad de expresión, pero si la va a usar para emitir una opinión que no genera valor y que más bien, puede terminar ofendiendo sensibilidades, usted será libre — ¡felicidades por eso! — pero es también, patán.

3. No se apropie. Si usted es político y quiere aprovechar las festividades para sacar crédito político de la obra espiritual de un mártir, deténgase. No es solo un descaro y populismo religioso identificable a leguas, es también igual de ridículo que intentar tomar crédito del aterrizaje en la luna solo porque lo vio por televisión.

4. Esté orgulloso e inspírese. Él circuló por nuestras calles y vio con sus ojos los nuestros cielos azules. Amó a nuestros pobres y creyó que se podía construir paz y unión en un país dividido por la guerra. Intentemos –que no le cae mal a nadie y tanto le serviría al país– hacerle justicia a su legado con nuestras obras y enorgullezcámonos, pues tenemos el privilegio de compartir tierra con un santo.

*Lic. en Derecho de ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg

El Monseñor Romero de todos

El candidato de ARENA, Edwin Zamora, propone un monumento a la memoria de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. Hay una buena razón para no tomar esta propuesta con cinismo: la inseguridad en el país. El sociedad no puede superar la profunda crisis de violencia por la que atraviesa el país, si los bloques sociales que representa cada partido no reconcilian sus diferencias históricas ante la guerra civil. En esta entrevista, el padre jesuita José María Tojeira propone cuatro pasos para reconciliar al país sin necesidad de derogar la Ley de Amnistía, una acción que exigen diversos sectores de la sociedad civil pero a la que se han opuesto los gobiernos de ARENA y del FMLN.

José María TojeiraJorge Ávalos
@Avalorama

Todos conocemos la naturaleza de las promesas electorales: son tan frágiles que se las suele llevar el viento. ¿Pero qué debemos hacer si una promesa requiere, por sí misma, el peso de una piedra angular? La promesa de Edwin Zamora de construir un monumento a la memoria de Monseñor Romero en la plaza San Martín no puede ser tomado a la ligera, porque la promesa en sí constituye un poderoso desafío al sector ortodoxo del partido ARENA.

Toda la sociedad debería prestar atención y considerar la importancia de esta acción. Podría parecer una partida más en el juego electoral, y, de hecho, así ha sido interpretada incluso por algunos medios de prensa, como El Faro, que tituló su artículo sobre el tema: El candidato de ARENA intenta bailar con Monseñor Romero. Pero el cinismo no le quita brillo a la declaración del candidato de ARENA por la alcaldía de San Salvador, Edwin Zamora:

“Vamos a construir un monumento a Monseñor Romero en la plaza San Martín, la que gestionaremos que lleve su nombre. Monseñor, que dentro de muy poco será San Romero, nos pertenece a todos los salvadoreños y su figura no puede estar cautiva de ninguna ideología política. Monseñor fue un pastor que dedicó su vida a la paz y a la justicia, sin ninguna distinción por credo, clase o ideología”.

No deberíamos responder a esta propuesta con cinismo por una sencilla razón: para Zamora, el líder de la renovación en el partido de derecha, esta es una movida irreversible. Y lo mejor que puede hacer la sociedad y, sobre todo, los católicos y cristianos de San Salvador, es tomar provecho de lo que significa que un candidato, tan activo en el seno de la iglesia Católica como lo ha sido Zamora durante toda su vida, proclame su deseo de construir un monumento a Monseñor Romero en nombre de la reconciliación nacional y en desafío a la derecha más tradicional.

Ahora bien, ¿qué signfica para un candidato de ARENA invocar el nombre de Monseñor Romero? A mediados de octubre de 2007, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) llevó a cabo audiencias en Washington DC, Estados Unidos, con el fin de evaluar el cumplimiento de las recomendaciones que le hiciera al Estado salvadoreño en relación al caso de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. Una de esas recomendaciones fue la derogación de la Ley de Amnistía General para la Consolidación de la Paz, de 1993, que protege a las personas que cometieron crímenes políticos antes del 1 de enero de 1992. Para sorpresa de muchos sectores de la sociedad civil, una vez que Mauricio Funes asumió el poder presidencial, el FMLN también se opuso con vehemencia a considerar siquiera analizar la derogación de la Ley de Amnistía, una postura que Salvador Sánchez Cerén ha mantenido hasta la fecha.

Pero el problema real no radica en la derogatoria de la Ley de Amnistía, sino en la aplicación de la justicia en los más graves casos de derechos humanos, y para eso la Sala de lo Constitucional ya afirmó hace más de una década, en el 2002, que para esos casos la Ley de Amnistía no cumple ningún efecto, puesto que no protege a los violadores de derechos humanos. Durante muchos años, el rector de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, José María Tojeira, mantuvo una férrea oposición a esa ley, pero durante una entrevista que yo le hice en el 2007, cambió de opinión.

Desde hace muchos años, el padre Tojeira insiste en la necesidad de generar un diálogo, señalando que “las recomendaciones de la CIDH no buscan meter presos a quienes violaron los derechos humanos, sino favorecer un verdadero proceso de reconciliación” para todo El Salvador. Por eso es tan significativa la postura de Edwin Zamora, porque al fin reclama para el país al Monseñor Romero de todos los salvadoreños: el de la reconciliación, la justicia y la paz. He aquí el pensamiento y la propuesta de José María Tojeira para reconciliar a la sociedad salvadoreña.

El Estado no parece dispuesto a derogar la Ley de Amnistía, ¿cree que hay espacio para discutir otras propuestas de reconciliación y reparación con las partes ofendidas?

El Gobierno debería mostrar un interés serio en dialogar con las partes ofendidas. En el caso Jesuitas jamás hubo un acercamiento de diálogo al respecto. En el caso Monseñor Romero lo está tratando de tener por la propia presión y grandeza del arzobispo martirialmente asesinado. Pero de todos modos creo que el diálogo sobre las recomendaciones de la CIDH no sólo puede darse sino que debe darse. El diálogo lo debe pedir el Gobierno y debe ser aceptado por los ofendidos, no para escamotear las recomendaciones de la CIDH, sino para realizar lo que con ellas se pretende, que es crear un verdadero camino de reconciliación.

¿Qué hay que hacer para crear ese “camino de reconciliación”?

Después de toda guerra civil debe haber procesos de reconciliación que contemplen: a) el establecimiento de la verdad respecto a las graves violaciones de los derechos humanos; b) algún tipo de mecanismo de lo que llamamos justicia, que no tiene que depender exclusivamente del poder judicial, sino que puede establecerse de diferentes formas, como se dio en Sudáfrica; c) la reparación de las víctimas, que debe ser moral y/o material según los casos; y d) mecanismos de perdón legal, que sobre todo deben tender a perdonar penas carcelarias. La reconciliación que brota del perdón es mucho más fácil.

¿No fue suficiente el esfuerzo de la Comisión de la Verdad?

En El Salvador se inició este proceso de reconciliación con la firma de los Acuerdos de Paz, con las distintas comisiones “ad hoc” y de la Verdad. Pero la amnistía concreta que se dio en El Salvador interrumpió el proceso en los cuatro puntos que mencionábamos. Incluso, el Gobierno de ese entonces no quiso darle efectos prácticos al informe de la Comisión de la Verdad y trató a través de agentes del Estado de desautorizarlo totalmente.

¿Cree que la Ley de Amnistía frenó investigaciones que podrían haber tenido repercusiones judiciales?

Para mí en este momento el problema no es tanto llevar a juicio a los autores de delitos graves, cuanto la negativa a dejar que salga a luz la verdad, y la imposibilidad que se deduce de ello de que los culpables de delitos tengan que pedir perdón y se repare adecuadamente a las víctimas. La Compañía de Jesús abrió un juicio en El Salvador contra siete personas implicadas en la autoría intelectual del asesinato de los jesuitas pero nunca lo hubiera hecho si los representantes del Estado hubieran pedido perdón en nombre del mismo Estado por dicho crimen, cometido, amparado y encubierto desde las más altas esferas de Gobiernos anteriores.

¿El FMLN no tiene también que admitir sus crímenes o reparar a las víctimas?

El FMLN pidió perdón por sus crímenes pero no ha aclarado ni las responsabilidades institucionales ni personales tras un buen número de delitos muy graves cometidos desde sus filas. En ese sentido está en deuda con un proceso de reconciliación verdadero.

¿Qué tenemos que hacer, como nación, para cerrar este capítulo?

Las heridas de la guerra no se curan tapándolas. En Argentina la petición de perdón de parte del ejército llegó tras más de 20 años. En Chile, casi 30. En nuestro país se tiene un concepto falso del honor; se piensa que pedir perdón rebaja la dignidad, cuando en realidad es al revés. En ninguna sociedad se puede construir la convivencia pacífica sobre injusticias cometidas contra sus miembros que no sólo quedan impunes, sino que además son ocultadas y tratadas como una realidad sin importancia. Creo que un proceso de mayor humildad, reconocimiento de los propios errores, esclarecimiento de los hechos y, especialmente, de esfuerzos reales por compensar moral y materialmente a las víctimas es el único camino racional y humano para sanar las heridas de la guerra. El olvido de las víctimas lleva a una desnaturalización de lo humano y a la construcción de una sociedad poco sensible ante el dolor. especialmente de los más débiles. Y eso siempre es peligroso para una convivencia social armónica.