MITO

Columna Transversal: ¿Cuándo se jodió el FMLN? De Paolo Luers

Paolo Luers, 11 marzo 2018 / El Diario de Hoy

Para explicar (y otros para explotar) el descalabro que sufrió el FMLN en las urnas el 4 de marzo, hoy muchos lo contraponen al “FMLN histórico” de la guerra, constatando que en el camino al poder –y luego ejerciéndolo- este partido ha abandonado sus virtudes revolucionarias, democráticas y emancipativas, convirtiéndose en un partido cerrado, autoritario, e incluso corrupto.

Una narrativa falsa

Es una narrativa muy simplista. No es nueva, Nayib Bukele la adoptó desde el momento que decidió provocar su separación del FMLN. En la lógica del pleito del divorcio, donde se trata de quien se queda con los hijos, los chuchos y el capital, Bukele tildó al FMLN de Medardo González y Salvador Sánchez Cerén como Arena.2 – y su propio movimiento como verdadero heredero del FMLN histórico y guerrillero. Con este discurso se fue a San Francisco Gotera, sabiendo que es en Morazán donde es más profundo el distanciamiento de las bases históricas del Frente con el actual partido FMLN.

La misma narrativa retoman, después de las elecciones, otros amantes frustrados del mito FMLN, como por ejemplo Dagoberto Gutiérrez. Ricardo Vaquerano escribe en Factum, en un una nota titulada “¿Por qué perdió el (ex) FMLN?” la siguiente frase: “Paradójicamente, cuando el partido que surgió de la guerrilla finalmente se llenó de poder, comenzó a vaciarse de contenido.” Vaquerano describe como el Frente, antes una fuerza revolucionaria y comprometida con la lucha contra la corrupción y las mañas de la derecha de pisotear la independencia judicial, se convirtió en algo corrompido que él llama “(ex) FMLN”. En este cuento, la desgracia del FMLN comienza con la muerte de Schafik Handal, a quien presenta como el guardián de la ética del Frente, quien nunca hubiera permitido el ascenso al poder de un corrupto como Mauricio Funes. Pero Schafik murió, llegó Funes, lleva al FMLN al poder – y a partir de ahí el FMLN se jodió. Así va la el cuento. Así de simple. Así de falso.

El mito de Schafik como guardián de la ética

Aunque estoy de acuerdo que Funes arruinó al país, pero él no arruinó al FMLN. Se montó encima de un partido ya transformado. Para contar la historia real hay que desmontar algunos mitos. El FMLN no se jodió por la ausencia de Schafik, se jodió bajo el liderazgo de Schafik y Sánchez Cerén. Y tampoco es cierto que antes de esto en el FMLN, durante la guerra y en la postguerra, no hubo verticalismo, autoritarismo, corrupción, imposición, y todos estos pecados que hoy destacan en los diferentes obituarios que se escriben sobre el FMLN. Estos fenómenos siempre han existido en el seno del Frente histórico.

La diferencia entre este Frente histórico y el partido FMLN actual no es que el primero haya sido libre de los pecados que ahora al FMLN le causaron la derrota. La diferencia es que el Frente, antes de que Schafik y Sánchez Cerén tomaron control total del partido, no era monolítica sino pluralista. No era un partido vertical, sino un frente de varias organizaciones con diferencias ideológicas y distintas formas de organización interna. Era un frente con constante lucha interna entre autoritarismo y democracia.

El mito del Frente Histórico

Siempre hubo en este frente plural, incluso en medio de la guerra, actos de corrupción, abuso de poder, tendencias dictatoriales, desprecio a la democracia – pero hubo corrientes y dirigentes que hacían contrapeso. A la par de leninistas, estalinistas, maoístas y castristas hubo tendencias antiautoritarias, socialdemócratas, socialcristianas y hasta liberales. Estas contradicciones existían dentro de cada una de las 5 organizaciones y entre ellas. Hubo asesinatos y purgas dentro del Frente, como en la tragedia entre Marcial y Mélida Anaya; hubo masacres como las de San Vicente, cuando las FPL, bajo el mando de Sánchez Cerén, mandaron a matar a cientos de sus propios combatientes y simpatizantes bajo la sospecha de desviaciones ideológicas. Pero estos casos despertaron fuertes debates internos, que casi llevaron a romper al Frente, porque la mayoría de sus militantes no estaban de acuerdo con estas prácticas dictatoriales. Igual que no estaban de acuerdo con la decisión de las FPL y del PC de asesinar a políticos e intelectuales de la derecha, o de ejecutar secuestros durante las negociaciones de la paz. Siempre hubo en la militancia del Frente histórico debate interno, incluso rebeldía, siempre hubo un contingente de intelectuales críticos; nunca hubo pensamiento único, sino pluralidad.

La transformación del FMLN en un partido autoritario no comenzó con la muerte de Schafik, tampoco con su ascenso al poder. Comenzó cuando los cuadros del Partido Comunista y los dirigentes principales de las FPL se unieron para convertir al FMLN en un partido centralizado, vertical, sin tendencias, sin debate interno, y sin apego a la democracia republicana. Comenzó con la salida escalonada de toda la dirigencia y militancia crítica y democrática del partido. Dirigentes como Salvador Samayoa, Joaquín Villalobos, Fermán Cienfuegos, Facundo Guardado, Héctor Silva, y miles de intelectuales y profesionales con sentido crítico, con tendencias liberales o socialdemócratas ya no cabían en el esquema de un partido vertical. Algunos se fueron, otros fueron marginados, otros expulsados. El Frente se jodió cuando los ortodoxos y autoritarios se quedaron con el control total del partido, y este proceso se terminó cuando los contingentes renovadores que no habían salido se sometieron y adaptaron. Esta es la triste historia de Gerson Martínez, Hugo Martínez, Violeta Menjívar y Oscar Ortiz, quien fue el último en dar batalla, hasta que lo hicieron vicepresidente.

La falsa nostalgia

Es falsa la narrativa de la transformación de unos revolucionarios impecables en un partido oportunista. Para ilustrar lo absurdo de este mito, cito lo que los editores de Factum pusieron como encabezado al obituario de Ricardo Vaquerano:

“FMLN mío no existes
solo eres una mala silueta mía…
Ahora sé que no existes
y que además parece que nadie te necesita
no se oye hablar a ninguna madre de ti…”
Tuit que posiblemente dedicaría hoy Schafik Hándal al FMLN
(adaptación del poema El Gran Despecho, de Roque Dalton)

Este es pura mitología. Es falsa nostalgia. La real historia es que se impuso una corriente que siempre fue antidemocrática y represiva, encabezada por Schafik, Sánchez Cerén. José Luis Merino y Medardo, y que todos los demás o se fueron o se subordinaron. Ahora surgen voces internas que exigen revertir este lamentable proceso, y posiblemente Oscar Ortiz se pondrá a la cabeza de esta exigencia. Veo difícil que la transformación de una izquierda plural en un partido vertical se pueda revertir. Nuevamente tengo que decir: Me encantaría que resultara equivocado.

El fin del mito de la revolución cubana. De Fernando Mires

El expresidente cubano Fidel Castro en una aparición pública en la inauguración de un estudio de arte en La Habana, en la misma jornada en que se cumplían 55 años de su entrada en la capital en 1959, 8 de enero de 2014 / Fotografía de Sven Creutzmann para Mambo Photo via Getty Images

El expresidente cubano Fidel Castro en una aparición pública en la inauguración de un estudio de arte en La Habana, en la misma jornada en que se cumplían 55 años de su entrada en la capital en 1959, 8 de enero de 2014 / Fotografía de Sven Creutzmann para Mambo Photo via Getty Images

fernando miresFernando Mires, 31 agosto 2015 / PRODAVINCI

Cuando la mitología de una revolución ha perdido su vigencia ya no hay revolución.

Si hablamos de un mito político suponemos su vigencia, de otro modo el mito no es político. Sin vigencia un mito no deja de ser mito pero deja de ser político para convertirse en una simple leyenda. La razón es que el mito político no solo está situado en el comienzo ni solo representa un momento fundacional. Además, otorga un sentido a una determinada historia. Debido a esa razón resulta imposible separar un mito de su historia.

Puede haber, claro está, una historia sin un mito. Pero un mito sin historia no puede haber. Un mito fija el destino de una historia. De este modo, si ha desaparecido (o ha sido derrumbado) un mito, cambia el destino de la historia situada sobre ese mito. Y al cambiar su destino, la historia cambia de sentido. Eso es precisamente lo que ha sucedido en Cuba al haber sido reanudadas las relaciones diplomáticas con los EE UU.

Raúl Castro, a diferencias de su hermano, pasará a la historia no como el fundador de un mito sino como quien puso punto final a la vigencia del mito fundacional. A partir de Raúl la revolución que derribó a Batista ha sido convertida en un simple hecho histórico, todo lo importante que se quiera, pero no más que eso.

Paradoja de un mito histórico es su irrealización. Si un mito es realizado deja de ser un mito. Por eso Fidel y los suyos nunca dejaron de hablar de la revolución en tiempo presente. Más de medio siglo después del acto revolucionario, la revolución aún no estaba terminada. Sin seguir a Trotsky, Fidel había abrazado, a su modo, a la doctrina de la revolución permanente.

A partir de su incumplimiento el mito mantenía vigencia y con ello el poder obtenía su legitimación. Ahí reside la lógica de la paradoja: mientras más lejos aparecía en el horizonte el cumplimento de un mito, más grande era su legitimación.

Astucia, instinto o locura, Fidel Castro, al mantener vivo el mito de la revolución antiimperialista cubana, e incluso latinoamericana, había proyectado hacia un futuro indeterminado la legitimidad de su poder. Raúl, en cambio, al aceptar el restablecimiento de relaciones diplomáticas –y, evidentemente, económicas- con EE UU, ha consagrado la imposibilidad de realización del mito y con ello ha disuelto con una simple firma el carisma de la revolución.

El destino, y por lo mismo, el sentido de la revolución, ya no aparecerá en el horizonte. Al haber sido declarada la reconciliación con el enemigo, Raúl Castro ha relegado al mito al lugar que pertenece y de donde no debió nunca haber salido: al pasado. Con el fin del anti-mito (el imperio) ha terminado el mito.

Todo mito requiere de un anti-mito. La revolución antiimperialista requería de un imperio al que había que derrotar hasta las últimas consecuencias. ¿Se habrá dado cuenta Raúl Castro que sin lucha en contra del imperialismo no puede haber antiimperialismo y que sin antiimperialismo no puede haber una revolución cubana en permanencia?

Por supuesto, Raúl Castro puede seguir sosteniendo que los EE UU son un imperio. Si es así, peor para él: ¿Cómo justificar que la bandera del imperio ondee en territorio cubano? Ese “trozo de tela que bate cerca del malecón” (Yoani Sánchez) es, después de todo, el símbolo que representa el fin de una mitología y el comienzo de “otra” historia.

El poder que todavía ostenta Raúl, al estar sustentado en un mito fundacional sin vigencia política, lo obligará a buscar otra forma de legitimación relativamente creíble para mantener su poder y el de la oligarquía ideológica y militar que lo rodea. ¿El mito del desarrollo económico capitalista? Podría ser. Pero si así lo hace, deberá explicar a su gente de que sirvió tanta patología, tantos caídos en las selvas de América Latina y África, tanta represión y tortura, tanta patria o muerte.

Hay por lo tanto que precisar: lo que está terminando no es la dictadura de los Castro: lo que está terminando es el mito de la revolución sobre el cual se sustentaba esa dictadura. Sin mitología –este es el punto- la revolución ha perdido su carisma.

En el sentido acordado por Max Weber (Economía y Sociedad, Capítulo lll) el poder de Raúl ya no podrá sustentarse sobre un tipo de “dominación carismática”. La segunda forma, según Weber la “tradicional”, ya había sido asumida en parte por Raúl, pero solo rige en plenitud en sistemas monárquicos. La tercera forma es la denominada por Weber “legal-racional” y esa pasa por el reconocimiento de la legalidad de la oposición. ¿Cuál de esas tres formas se impondrá en Cuba?

La respuesta no solo depende de Raúl. Mucho menos de Obama. Depende en gran parte de la oposición democrática cubana (hay otra que, seamos sinceros, no lo es). Y quien sabe si también depende de algunos miembros del propio partido-estado. Quizás no todos ellos son autómatas. Al fin y al cabo nunca ha habido grandes cambios históricos sin que estos no hayan sido precedidos por luchas internas de poder.

Si tomamos en cuenta ese último punto, todo hace suponer que el proceso de transición que llevará a Cuba de la dictadura a la democracia no será menos complejo que el vivido por otros países en circunstancias similares Eso quiere decir que ese proceso estará marcado por retrocesos y avances derivados de conflictos al interior del bloque de poder entre, por lo menos, tres fracciones: (1) Los que intentarán restaurar el mito perdido. (2) Los que definitivamente han decidido despedirse de la antigua mitología aunque sin cuestionar el orden político vigente y (3) Los que buscan construir un orden político más compatible con los niveles que imperan en el mundo político occidental al cual por tradición, cultura e historia pertenece Cuba.

En todos estos conflictos la oposición democrática cubana deberá estar preparada no solo para llevar a cabo una lucha de testimonio y denuncia –como hasta ahora lo ha venido haciendo- sino otra en donde aparecerán espacios de dialogo, negociación y compromiso con eventuales fracciones post-castristas opuestas a la restauración del mito de la revolución.

La transición de la dictadura a la democracia no ha comenzado todavía en Cuba. Pero lo que tal vez sí está comenzando es una “transición hacia la transición”. La experiencia histórica indica que esa es la fase más compleja y delicada en cada proceso democrático. Y lo es, pues su recorrido depende no solo de actores valerosos sino, además, inteligentes.