marginación

La viruta. De Cristian Villalta

Hay gente cuyo negocio es que el país siga dividido y discutiendo estupideces.

Cristian Villalta, 18 junio 2017 / LPG

Semana a semana, todo parece vuelto del revés en nuestro país: los temas de los que se habla, las gentes que hablan de esos temas, la irrelevancia de los políticos, la ambigüedad ética de algunos sectores de renta alta y la trivialización del desangramiento del país de parte del Gobierno. Todo y todos parecen moverse en la superficie, sin hincarle diente a los problemas que comprometen el futuro de la nación salvadoreña.

Esto nos ocurre no solo porque en esta época el común de las gentes seamos mentalmente perezosas, malamente educadas, fácilmente alienables, sino por el influjo de nuestra nacionalidad, que gracias al autoritarismo soportado durante siglos es una que desprecia la razón y abraza sus apetitos automáticamente, entre ellos por la discriminación y el maniqueísmo.

Esa naturaleza que nos empuja a dividirnos y a canibalizarnos se mantiene activa y al servicio de intereses sectarios fácilmente identificados, merced del trabajo de una superestructura que mantiene distraído al país; es una industria floreciente de opinadores y lobbistas incrustada en el mainstream y en el mundillo digital.

Todo ese culebrón garantiza un nivel dialéctico pobre, mísero, en el cual tanto los políticos de viejo cuño como una nueva casta de andróginos ideológicos se sientan cómodos.

Sacudiéndose esa viruta, el país debe organizarse y dejar de perder el tiempo. Para conseguirlo, es condición sine que non que la conciencia ciudadana despierte y encuentre voceros auténticos, no expresión civil de los mismos poderes tradicionales.

Sin una ciudadanía activa, la discusión sobre los temas urgentes quedará en manos de unos pocos, gente que aún operando en la oscuridad del financiamiento político ha quedado expuesta como egoísta, incapaz y de pobre criterio. Ellos y sus empleados en partidos políticos e instituciones civiles o del Estado no son garantía de futuro.

¿De qué tenemos que hablar? De recaudación fiscal y de combate a la marginalidad. Si dentro de un siglo aún existe un país llamado El Salvador, entonces se podrá hablar de otros temas, pero hoy es eso y nada más.

Eso no significa que la necesidad de limpiar la administración pública sea secundaria, tampoco que nos resignamos a que ese debate continúe monopolizado precisamente por los dos partidos que permitieron la defraudación del erario hasta convertirla en un sistema.

Pero hay un montón de preocupaciones de la cotidianidad nacional que se resuelven solo con instituciones fuertes, financieramente fortalecidas. Red hospitalaria paupérrima, escuelas sin pupitres, fiscales sin soporte logístico, policías conduciendo chatarra… todos esos temas llevan al de la recaudación fiscal.

Todos aquellos que aspiran a un cargo de elección popular deberían responder las preguntas relativas a ese sino de buenas a primeras, antes de aspirar a precandidaturas partidarias: si se entiende que el Estado necesita recaudar más para invertir en la nación y honrar deudas, ¿cuánto de mi patrimonio, de mis ahorros, de mis utilidades estoy dispuesto a tributar? ¿Ese monto me parece ético? ¿Creo que otros salvadoreños deben aportar más? ¿Quiénes?

Si no adoptan posición sobre ese tema, si les parece incómodo, si creen que eso deben hablarlo en privado, no son los funcionarios que el país necesita para sobrevivir.

Mucho menos lo son si no plantean ideas puntuales contra la marginalidad que vayan más allá de algunas frases de Paulo Coelho o la teoría del rebalse. Si bien su gente no es el único capital de El Salvador, sin ella esto será solo un solar sin amor ni esperanza.

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Diseño urbano y violencia. De María José Cornejo

Muchas veces se adjudica la criminalidad a la desorganización de los barrios más pobres, que a diferencia de las uniformes colonias, son comunidades que aparentemente carecen de “estructura”.

María José Cornejo, termina una maestría de crimonología en Inglaterra

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María José Cornejo, 4 agosto 2015 / LPG

Sin embargo, toda comunidad cuenta con un orden, a veces más complejo y jerarquizado que el de las colonias de grama bien cortada y cerradas por plumas. Las comunidades pobres tienen sistemas de control, muchas veces más organizados que los de las uniformadas colonias. El equivalente a darle su DUI a un policía de seguridad privada en una colonia encuentra su homólogo cuando en la comunidad el pandillero le impone apagar las luces de su carro para entrar, controlado por todo un sistema de informantes. Altos niveles de orden.

Es entonces importante entender que la criminalidad y violencia no surge de una aparente anarquía en los barrios más pobres. Lo que vuelve violento a los barrios, desde la óptica del desarrollo urbano, es que estos se encuentran desanclados del resto de la ciudad. El desarrollo urbano le ha apostado a la separación de las comunidades para así crear espacios exclusivos. El desarrollo responde también a los que “tienen” y olvida a los que no. Como ejemplo la construcción de carreteras que vinculan a las élites (desde sus hogares hasta sus trabajos y sus centros de entretenimiento), dejando a un lado (literalmente a veces) a los habitantes pobres. Se construyen carreteras sin semáforos, para evitar la inseguridad de tener que parar en un lugar peligroso, donde pasan zumbando carros y se deja a un lado a quienes a pie deben poner en riesgo su vida para cruzar la calle.

¿Alguna vez ha reparado en la marginación de la comunidad La Cuchilla, a la orilla de la carretera Panamericana, frente a ostentosos centros comerciales? El modelo de desarrollo urbano está basado en la separación con esa manía de generar exclusividad.

El diseño de nuestra ciudad es equivalente a un “urbicidio”, se mata deliberadamente a partes de la ciudad. Al asfixiar partes de la ciudad, desconectándolas, se contribuye a la extinción de los pobres quienes –desde una perspectiva darwiniana– buscarán su supervivencia atacándose entre sí por las migajas que quedan.

No podemos estigmatizar a todos los habitantes de estas comunidades, pero la competencia despiadada por recursos surge de la inhabilidad de ciertos grupos de hacerle frente, dentro de los canales legales, al torniquete que le impone la desconexión urbana.
Son escasas las iniciativas de integración entre gente de las comunidades y las colonias, y cuando las hay, los jóvenes reciben agresión de parte de la policía quien con esto evidencia actuar para mantenerlos en “su” lugar. Hemos llegado a tales niveles que a un joven de Las Palmas que participe en eventos fuera de su comunidad solicita que para su protección se le otorgue identificación de los organizadores de los eventos para permitirle transitar sin el acoso de las autoridades. Además, los modelos de seguridad que se implementan en estas comunidades tienen un carácter más despiadado que el que se vive en las colonias “ricas”. Los patrullajes violentos y arbitrarios generan condiciones de terror para todos los habitantes de los barrios. Estas condiciones tienen como consecuencia formas de supervivencia violentas.

Es importante analizar el diseño de “desarrollo” que hemos adoptado y poner en evidencia que fomentamos la creación de guetos, desconectamos. Partes de la ciudad están diseñadas para el uso de pocos. Habitantes de Las Palmas o La Cuchilla se deberán conformar con ver el desarrollo de lejos, y todos, a hacerle frente a la violencia de grupos que se asfixian.