literatura

Pérez-Reverte: “Las redes sociales están llenas de gente con ideología, pero sin biblioteca”

Autor de 25 novelas y ex corresponsal de guerra, el narrador español dice que todos encuentran pretextos para aliviar su conciencia, afirma que las redes sociales “son formidables pero están llenas de analfabetos” y augura que el mundo que viene será audiovisual.

Foto: Martín Lucesole

Loreley Gaffoglio, 28 mayo 2017 / LA NACION


En burdeles de Bangkok, lejos del olor a pólvora y el repiqueteo de las balas, hubo un tiempo en que el joven corresponsal de guerra les prestaba el oído a veteranos colegas. Entre copas y desahogos vivenciales, esos tipos curtidos por la barbarie, marcados por el desarraigo y la soledad, eran hábiles periodistas de trincheras. Siempre urgidos por llegar primeros para contarle al mundo cómo muta la vida bajo el asedio, a aquellos viejos reporteros los años de guerras “los hacían envejecer muy mal”. Desorientados en tiempos de paz, la lucidez para interpretar el mundo en aguas serenas los hundía incluso en una suerte de vacío existencial.

Arturo Pérez-Reverte no quería terminar como ellos. Lo olfateó rápido, en esas tertulias de madrugada y cigarrillos entre historias de mil batallas: “El periodismo de guerra es bueno -dedujo- mientras uno sepa salirse a tiempo.” Igual que cuando se renuncia a un amor que jamás llegará a buen puerto. Los años y las revueltas armadas se sucedían y el avezado corresponsal -firma descollante del diario Pueblo y más tarde de la TVE-, no había urdido siquiera su retirada.

El reposo del guerrero, aquel que lo estrenó como novelista, sobrevino tras la guerra civil angoleña en los años 80: “Una enfermedad tropical, de las muchas que he tenido, aunque nunca una venérea”, se confiesa, lo mantuvo meses en Madrid lejos del ruedo. Para matar el tiempo, por placer y divertimento, se impuso escribir una novela. El húsar, el soldado imberbe de la caballería ligera, ávido por entrar en combate y repeler a las huestes napoleónicas, pasó sin pena ni gloria. Tras el golpe de Estado en Túnez en 1987, al reportero lo acechó otro ímpetu literario: nació, así, de un tirón, El maestro de esgrima, una suerte de reescritura de las novelas de Dumas.

Aunque sin ansias de fama -después de todo, era un periodista de fajina, un outsider de las letras-, su tercer libro, tal vez, sosegaría su inventiva. Pero con La tabla de Flandes, éxito descomunal en toda Europa, se fraguaba el Pérez-Reverte novelista.

“Soy un escritor accidental, nunca tuve vocación de ser escritor”, evoca este Athos de las letras, temido articulista y prolífico autor de 25 novelas imperecederas. El cartaginés exhibe los modos de un dandy. Conversa con paciencia de orfebre en un ámbito que desentona con sus recuerdos bélicos. Entre mármoles de arabescato, copas de cristal y una vista soberbia al Río de la Plata, el décimo piso del Hotel Alvear perfila, sin embargo, su presente como megaestrella literaria.

“Es un caballero, pero no es un caballero”, dirá el rey Arturo, al citar a la actriz Gloria Swanson en un film de los años treinta, Esta noche o nunca, sobre su último personaje, Falcó. Una descripción elíptica que también proyecta (o deforma) al audaz ex reportero de guerra, al novelista encumbrado, marino insomne y díscolo académico de la Lengua, que una semana más tarde firmará parado y estoico ejemplares de su obra hasta que las velas se apaguen en la Feria del libro.

Para saber quién es Pérez-Reverte y conocer sus vivencias en la guerra, ¿hay que leer El pintor de batallas?

Mi biografía está repartida en todas mis novelas, porque les presto a mis personajes la mirada que mi vida y mis lecturas me han dejado. Pero El pintor de batallas es una novela autobiográfica. Tiene un cinco por ciento de novelesco: todo lo que cuento, lo que ocurre, las circunstancias, y hasta la mirada del protagonista, son reales.

¿Por qué nunca volviste a abordar ese registro, entre filosófico y confesional, que para muchos es tu obra más deslumbrante?

No fue una novela feliz; pero era lo que necesitaba escribir. Durante un año y medio ajusté cuentas con mis recuerdos. Usé los que no eran agradables, casi como un ejercicio de reflexión personal. Todo ese álbum de fotos oscuras en 21 años de guerra pesaba demasiado y pensé que escribiendo sobre eso, ordenaría la memoria. Si Territorio comanche había sido un libro más lúdico, sobre cómo se vive en ese mundo, El pintor… fue algo mucho más duro y profundo que decía: “Mirad como se ve este mundo”. Esa gimnasia cumplió su cometido y a partir de allí mi vida como novelista cambió. Cerré una puerta y abrí otras. No hubo ni habrá otro libro igual. Escribo para pasarlo bien. Soy un escritor feliz, pero lo soy aún más cuando escribo las historias que quiero y que me faltan contar.

Esa novela contiene una de las escenas sexuales más magistrales de la literatura contemporánea ¿Es un desafío abordar ese terreno?

No, cada novela tiene su exigencia. En Hombres buenos el almirante lee literatura erótica y hay mucha delicadeza. En Falcó, el sexo es más brutal. En El pintor… esa escena en Venecia es intensa, porque su historia de amor lo es. Intento que lo erótico esté en sintonía con el contexto general del libro. Jamás me autocensuro, aunque puedo equivocarme. Y muchas veces dejo que el lector complete las escenas.

Olvido, el gran amor que acecha al protagonista, ¿existió?

Ya no recuerdo si existió o no. Tampoco importa: vida y literatura son una misma cosa.

¿Umberto Eco te marcó como novelista?

No, fue clave por otras razones. Él entendía a la literatura como yo. Cuando empecé a escribir se hacían novelas aburridas; la trama no importaba pero sí el estilo. En la Argentina hay mucho de eso, escritores que no tienen nada que decir. Esa literatura onanista, vaciada de ideas, que se mira al espejo. ¡Y a mí qué coño me importa! Estaba escribiendo La tabla de Flandes y al leer El nombre de la rosa tuve la certeza de que no estaba solo ni equivocado: Que hace falta haber leído mucho para poder escribir. Que el teatro griego, Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Montaigne, Stendhal, todo es un mismo lugar y que El asesinato de Roger Ackroyd de Agatha Christie es tan obra maestra como La marcha de Radetzky de Joseph Roth. Es como cuando luchas contra un temporal: estás mojado, llevas días sin dormir, tratando de no perderte y, de pronto, ves un puntito en el radar. Otro velero con las velas izadas, peleando como tú. Lo ves, le mandas un mensaje de radio y luego observas cómo se va perdiendo en el temporal hasta desaparecer. Ahí te dices: “No estoy solo”. Así me hizo sentir Eco. “No soy yo el raro, los raros son ellos.”

¿Cuál es el momento de mayor inseguridad al escribir?

Cuando voy por la mitad de la novela. Te pongo otro ejemplo del mar: trazas un rumbo hacia el cabo Spartivento, y de golpe todo se va al carajo: no te funciona la electrónica, sólo tienes la carta náutica, el piloto automático y el compás. Calculas el rumbo, pero llevas navegando un día y ya no sabes si vas bien o vas mal, pero ruegas haber hecho bien los cálculos. Pasa igual en la novela: en la mitad dejo de verla desde afuera y pierdo la conciencia de la calidad de mi trabajo. “Espero haber hecho bien los cálculos -me digo-, porque ya no puedo ver si voy bien o mal y tengo que seguir.” Ese es el momento de incertidumbre que, como todo, se sobrelleva con cojones.

Foto: Martín Lucesole

¿Nunca te hunde?

Es estresante, claro, pero a mí no me hunde nada. Si no lo hizo la guerra, me hundirán los años, pero no la vida.

¿Volverías a elegir esa vida?

Sin duda. La guerra es una forja estupenda para quien sobrevive a ella. Esos años con libros en la mochila me ayudaron a interpretar la guerra, a digerirla de una manera intelectualmente razonable. Les debo todo. Sin eso, no sería escritor ni sería nada. Pero la guerra también es útil y sirve mucho para la paz. Te inyecta realidad en dosis muy intensas y si tienes estómago y una buena constitución, la soportas. Ves lo peor y ves lo mejor. Gente solidaria que se sacrifica, que tiene fe, valor, dignidad, orgullo. La guerra tiene una parte horrible y una parte nutritiva para quien sabe o puede mirarla con lucidez. Pero si eres cirujano de casos extremos, abogada de mujeres violadas, bombero o policía, también te acercas al horror.

¿Te dejó traumas?

No visibles, al menos. Pero no todos logran sobrevivirla emocionalmente. Soy un tipo estable, duermo bien. Cuando los recuerdos se hacen demasiado presentes, cojo un libro o voy a navegar y todo se sitúa de nuevo en su sitio.

¿La imaginación no basta para escribir, hay que vivir primero?

Sí. Hice bien en priorizar eso. Yo quería ir a la guerra y navegar; ver cómo era eso. Siempre elegiría la experiencia. Escribir es secundario. Haber tenido una vida intensa te mantiene vivo como escritor. Muchos están muertos sin saber que lo están. Porque en la vida todo se agota. La ventaja es tener la mochila llena y seguir siendo lector, porque tus viejas lecturas se resignifican con tu biografía.

Foto: Martín Lucesole

¿La de los Balcanes fue tu guerra más atroz?

En todas vi lo peor. En El Salvador daba la vuelta por los basureros y contaba siete cadáveres de niños atados con alambre, quemados con cigarrillos. En el Líbano vi matar prisioneros. Pero los Balcanes fueron muy fatigosos: tres años de continua barbarie.

Nunca quedó claro si usaste armas.

Sólo una vez, por necesidad, en el 77, en Eritrea. No me gusta contarlo. Fue una derrota devastadora. Las fuerzas etíopes atacaron, hubo una matanza y había que huir hacia la frontera con Sudán. “Toma un arma y búscate la vida -me dijeron-. No podemos cuidar de ti”. Luchamos con un grupo para abrirnos paso hasta cruzar la frontera. No recuerdo si llegué a tirar. Sí que como iba armado, los sudaneses me confundieron con un mercenario y me encarcelaron una semana en Sudán. Además, tenía disentería; podría haber muerto. Si hay que ir al infierno, ya sé cómo es.

En tus novelas asoma cierta mirada indulgente hacia aquel que comete atrocidades.

No es eso. He visto a gente infame hacer cosas maravillosas y a amigos hacer canalladas. En Eritrea, durante los combates, me asignaron un soldado, Boldai, que me cuidaba cuando enfermé. Boldai atravesaba el fuego etíope para buscarme agua. Cuando su ejército tomó la ciudad, lo vi matar prisioneros y violar mujeres delante de mí. Sé cómo ellas gritan cuando las violan y cómo luego se resignan. Y ese tipo era mi amigo.

¿Cuál fue tu reacción?

Imagínate una ciudad ardiendo, llena de muertos, donde se remataban a los heridos y yo diciéndole al eritreo: “Oye, no, eso está mal”. ¿Qué podía hacer salvo negarme a participar? Ellos insistían. Muy pocas certezas sobreviven a eso. No puedes pedirme que vea el mundo como alguien que no ha estado allí. Tampoco se lo puedes pedir a un ex combatiente de Malvinas. Otra cosa que he aprendido es que el remordimiento es muy raro y es fugaz. Por higiene mental, siempre se encuentra un justificativo para no sufrir. Y al final todo el mundo -desde aquel que va borracho y atropella a un niño al que mata para robarte el reloj- encontrará un pretexto para alivianar esas cargas en la conciencia.

¿Cuáles son las tuyas?

No te las voy a contar a ti. Más que cosas malas en mi vida como reportero fueron las cosas que podría haber hecho y no hice. Son imágenes que me revisitan y que, como todos, también necesito justificar: tenía que transmitir, no era mi guerra, me hubieran matado. Las chicas violadas que gritaban en Eritrea, ¿qué iba a hacer? Por poco me matan a mí también. Pero los gritos siguen aquí [se toca la cabeza]. El niño herido que me miraba en Nicosia [Chipre] con el oso de peluche; el chico en Paso de Las Yeguas [Nicaragua] que me pedía ayuda cuando diez tíos de Somoza se lo llevaban y lo iban a matar; el perro en Beirut con la pata rota. ¿Pude hacer algo? Hasta yo mismo me busco coartadas morales. Imagínate ahora al hijo de puta de la ESMA. Ninguno tiene remordimientos. Todos dirán que hacían su deber y cumplían órdenes.

Un concepto muy revertiano, el hombre como ángel y bestia.

Nadie es ciento por ciento hijo de puta. Hasta el más miserable es capaz de un acto de grandeza, lo cual no lo excusa de ser un hijo de puta. Mira, en el año 78 viajé a la Antártida en un barco de la Armada, el Bahía Buen Suceso, hundido por los ingleses después de la guerra de Malvinas. Era un viaje científico a las bases argentinas y ahí conocí a varios oficiales jóvenes encantadores de la marina. Tipos elegantes, brillantes, divertidos y nos hicimos muy amigos. Me daban información, viajamos a varios sitios y cenábamos en la Costanera. Algunos fueron mis contactos durante la guerra de Malvinas. Años después, abro el periódico y reconozco sus fotos. El titular decía: “Detuvieron a los represores de la ESMA”. Eran Ricardo Cavallo, a quien conocía como Marcelo, y otros. Esto demuestra que no siempre identificas el mal cuando lo tienes cerca. Y eso que soy experto en detectar hijos de puta. A éstos ni los olí.

Foto: Martín Lucesole

¿Cómo fue tu experiencia en Malvinas?

Cubrí la guerra desde Buenos Aires, me quedé seis meses y una vez me llevaron en un Hércules a Puerto Argentino por el día. Mi experiencia no fue halagadora para la Argentina. Vi chicos desorientados en una guerra imposible de ganar. Recuerdo menos el hecho de haber estado en las islas aquel día que lo que sucedía aquí. Trasmitía cada noche para el diario Pueblo desde un Entel de la calle Florida y días antes del fin de la guerra venía por la calle y oí que en los bares todos gritaban goool. Mientras los chicos están muriendo -pensaba-, éstos celebran el gol de Maradona. Ese día comprendí que la Argentina iba a perder y que merecía perder. Siempre he procurado no tomar partido en las guerras, ya que todos los bandos tienen motivos para hacer lo que hacen. Pero en Malvinas sin querer lo tomé. Esos pilotos llamados Sánchez, Pérez, de bigotes, peinados para atrás, que iban con esos cojones contra la flota inglesa, eran italianos, españoles, eran mis primos, mis hermanos. No podía evitar tener esa proximidad psicológica con ellos. ¿Y si ganan? -pensaba-. Estos hijos de puta de la Junta Militar van a estar reforzados. Un día llamé exultante al diario: “Le hemos dado a la Invencible”, dije. “Le habrán dado, querrás decir”, me corrigió. Era mi guerra también, algo rarísimo. Al margen de que los ingleses me caen bastante mal.

¿Por qué dejaste El bar de Lola, tu espacio de debate los domingos en Twitter?

Porque me cansé de que un simple tuiteo se convirtiera en titular de prensa todos los lunes. Era ridículo que una cosa dicha en tono relajado se tradujera luego en Pérez Reverte insultó a una feminista. Mis lectores saben quién soy, no se guían por un tuit. Y para el que no entienda, que lea y aprenda. Era fatigoso tener que explicar cosas obvias. Las redes son formidables, pero están llenas de analfabetos, gente con ideología pero sin biblioteca, y pocos jerarquizan. Es el lector el que debe discernir e interpretar. Dan igual valor a una feminista de barricada que a un premio Nobel.

¿Tiene utilidad hacerse de enemigos?

Es inevitable. Sin querer vas haciéndolos, porque la vida significa tomar opciones. Pero el enemigo es útil. Es como el mar, que es muy hijo de puta. Saber que lo es, que está ahí esperando que cometas un error para acabar contigo, te da, como decía Conrad, una saludable incertidumbre. No te duermes nunca. Cuando navego solo, pongo el piloto automático y un despertador cada 15 minutos. Duermo en cubierta atento a los mercantes. El saber que estoy en peligro, me mantiene vivo. La vida es igual: saber que hay enemigos te ayuda a cuidarte más. A recordar que el mundo es un lugar peligroso y que debes estar alerta, adiestrado, listo para combatir.

¿No es extenuante?

No para un guerrero. El mundo se divide entre sacerdotes y guerreros: los que manipulan sin correr riesgos y los que los asumen. A mí me gusta pelear.

Las feministas te asedian.

Las más radicales, que como los fundamentalistas de cualquier tipo, son muy folclóricas. Es ahí cuando la estupidez me enfada. Si me hubieran leído, sabrían que en mis novelas las mujeres superan al hombre. El único tipo de mujer que me interesa, literaria o personalmente, es la mujer valiente. No es el amor ni el sexo lo que las perfila, sino la lealtad. Es gente a la que consideras un igual.

¿Fuiste un niño feliz?

Muy feliz. Crecí con la biblioteca de mis abuelos y de mi padre, con libertad, junto al Mediterráneo. Era una época en la que se podía correr sin peligro por el campo, ir a las montañas, a la playa. Andaba horas por los montes jugando a lo que había leído. Esa mezcla de libertad infantil y de lecturas -era muy imaginativo- fueron mi forma de comprender el mundo. Estudié con los hermanos maristas, pero casi todo lo aprendí en casa.

¿Quién te enseñó a navegar?

Mi tío era capitán de la marina mercante y desde muy pequeño mi padre, que era ingeniero, me llevaba a navegar. Trabajaba en una refinería de petróleo y se embarcaba hacia Arabia Saudita, Irak para comprobar la calidad del crudo en los pozos. Crecí entre cuentos de mar y ajedrez. Ya de chico no veía al mar como un límite, sino como un camino. Nunca me sentí tan bien como el día en que conseguí ser capitán de yate, el título máximo para un civil. Más que los libros que escribí, ése es mi mayor orgullo.

¿Qué tipo de travesías hacés?

Hace poco fui a Cerdeña y volví. Como no tengo jefes, me voy a Alicante y zarpo desde allí. Puede ser un par de días hasta un mes. Navego todo el año, con buen o mal tiempo, me da igual. El mar limpia la cabeza y allí todo deja de tener importancia: Rajoy, la capa de ozono, el fin del mundo. Sólo eres libre de verdad en ese desierto que es el mar.

¿Tenés hermanos?

Sí, un hermano y dos hermanas, soy el mayor. Nunca hablo de la retaguardia.

¿Por qué?

Porque, como decía un amigo: “Que los divierta su puta madre”.

¡Qué lástima! Tus novelas y relatos tuvieron 13 adaptaciones al cine y a la TV. ¿La literatura está condenada a migrar hacia la pantalla?

Sí. La narrativa, como la novelística, en una generación estarán muertas. Si fuera un joven escritor, con ambición literaria, escribiría guiones para series. El guión tiene el mismo valor literario que la novela, sólo que en él interviene más gente. Ya quisiéramos tener en literatura la misma calidad que hoy tienen muchas series. El mundo que viene es audiovisual. La letra impresa está condenada a desaparecer. Tardará más o menos. Pero no hay que dramatizar.

¿La alta cultura volverá a ser para una elite?

Creo que habrá una diferenciación clara: una cultura popular de masas, más mediocre, diluida, pasteurizada y otra de elite, de consumo personal, fragmentada en individuos. Una suerte de gueto de culto individual como en plan monacal: el individuo con su biblioteca, su música y sus consumos personales. La cultura tal y como la hemos entendido desde Homero hasta ahora, como mecanismo que tira de la sociedad, como referencia moral, intelectual y salvación del hombre, está condenada a muerte. Creo que trasmutará en una especie de híbrido, donde se mezclarán Borges con la telenovela mexicana; la Mona Lisa y la Venecia de turistas. Será una cultura sin jerarquización, donde para la gente tendrá igual importancia una selfie en la torre Eiffel que asistir a un concierto en la Ópera de Viena. La paradoja es que la cultura ha accedido a lugares impensados, pero todo ha debido devaluarse para tornarse accesible, con lo cual lo positivo de la cultura se pierde.

¿La salvación es entonces individual?

Sí. La salvación colectiva es imposible. Lo he visto, no es teoría. ¿Quiénes se salvan? Los más listos, más egoístas, hábiles y rápidos. Eso también lo aprendí en el mar: el primero que muere es el idiota. Y si el estúpido es el que promueve el nivel de salvación, estamos todos condenados. Hay que apartarse de él y buscar tu propia salida.

Como España, la Argentina tiene un pasado traumático no resuelto. ¿Es una entelequia aspirar a una historia más neutral para las próximas generaciones?

Eso se logra con cultura, entendiendo que todos tienen muertos en el armario. No hay que negarle al malo que hable. Si Hitler diera hoy una conferencia, habría que ir a oírlo. Pero hoy se confunde diálogo con apostolado, sin tener en cuenta de que todo sirve para comprender. En Sarajevo le pagué a un francotirador para que me dejara acompañarlo. Me contó por qué mataba y cómo elegía a sus víctimas. Si hubiera dicho a éste no lo saco en el telediario, habría renunciado a ese conocimiento. Nunca vas a convencer a un hijo de puta de que no lo sea, pero puedes entender por qué lo es y de esa forma evitar cruzarte con él.

Hoy eso no es políticamente correcto, aunque es la regla del periodismo.

Me da igual. Lo difícil es complejo, la gente no acepta las ambigüedades porque no es culta. He escuchado a asesinos, torturadores, criminales, y eso me ha enriquecido. Pero para eso hay que estar educado. Porque si te acercas sin nada, la vida te arrastra. Hay que ser alumnos continuos de la vida. Europa está acabada por esa carencia.

¿El islam es la otra amenaza?

El islam es una norma medieval incompatible con un mundo democrático moderno. Es anacrónico y su aplicación a un sistema democrático occidental basado en Platón, la Revolución Francesa, el feminismo y los derechos humanos, es incompatible con la libertad.

Cultura, inteligencia o belleza, ¿qué valorás más?

¿A qué edad? Varía, hay momentos para cada cosa. Puedes empezar por la belleza, seguir por la cultura y llegar a la inteligencia. Pero después de esa tercera etapa, vuelve la belleza. Es una belleza diferente, matizada por la cultura y la inteligencia, y eso la convierte en una belleza distinta. A mi edad busco la fusión de las tres en todas las cosas.

1951

Nace en Cartagena, España, el 25 de noviembre

1973

Licenciado en periodismo, ingresa como corresponsal de guerra en el diario Pueblo

1990

Publica La tabla de Flandes, se proyecta internacional-mente como novelista y cubre la revolución de Rumania y las guerras de Mozambique y del Golfo

1994

Tras 21 años como corresponsal y luego de cubrir durante tres años la guerra de los Balcanes, abandona la TVE y se dedica de lleno a la literatura

1996

Publica El capitán Alatriste, saga de siete novelas, traducida a 40 idiomas, cuyo primer volumen es adaptado al cine, protagonizado por Viggo Mortensen

1999

Roman Polanski lleva al cine El club Dumas, bajo el título La novena puerta

2003

Es nombrado miembro de la Academia Real Española y al año siguiente adapta el Quijote como lectura escolar

2016

Publica Falcó y funda el sitio cultural Zenda sobre libros y escritores

2017

La agencia EFE le concede el Premio Don Quijote de Periodismo

El futuro

En septiembre publicará su segunda novela sobre Falcó; se estrenará la segunda parte de La Reina del Sur, en formato de serie y el film Oro, basado en su relato de la conquista de América

Vida en libertad. De Enrique Krauze

Muchas veces he creído ver en el rostro de Mario Vargas Llosa una expresión de tristeza ante el macabro espectáculo del mundo. Pero enseguida responde con imaginación, ironía e inteligencia. Y con humor. El 28 cumple 81 años: ¡Felicidades!

Enrique Krauze, 26 marzo 2017 / EL PAIS

En la cena de Pascua que año tras año, desde hace milenios, se celebra en la tradición judía, hay un canto fascinante. Se titula Nos bastaría.Data del siglo IX y es una concatenación de expresiones de gratitud por los prodigios sucesivos que el pueblo de Israel recibió en su éxodo de cuarenta años hacia la tierra prometida. Extraído de su contexto religioso, el canto suena más natural y permanente. Puede expresar, por ejemplo, la gratitud acumulativa de hijos a padres, de discípulos a maestros. En ocasión de su cumpleaños 81, quiero recurrir a esa antigua fórmula para expresar a Mario Vargas Llosa mi gratitud de lector, de intelectual, de liberal y de amigo.

Si solo hubiera leído su obra de ficción, me bastaría. Cuántas aventuras e historias me han hecho vivir vicariamente esos libros, con su vaivén de temas amorosos, políticos y sociales. Cuánto agradezco el anclaje de sus novelas en la mejor tradición realista del siglo XIX, las sorpresas de su técnica faulkneriana, las emociones de sus tramas, sus personajes inolvidables, su magnífica arquitectura, su estilo preciso, claro y penetrante, tan alejado de nuestros funestos ismos: barroquismo, regionalismo, sentimentalismo.

Pensando solo en algunos títulos que he reseñado, recuerdo Historia de Mayta. Todo lo que hay que decir del fanatismo guerrillero en América Latina está ahí: fue una torcida religiosidad católica radicalizada hacia el marxismo y enamorada de su autoproclamada virtud, que llenó de muerte la región para luego volver la vista atrás sin verdadera conciencia o memoria de su responsabilidad en la tragedia. Años después leí La fiesta del Chivo, ese retrato alucinante y definitivo del dictador latinoamericano que también lo es de la sociedad y el entorno que lo reclama y aplaude, y que, finalmente, en un raro grito de libertad, a veces, lo exorciza. Nada más remoto a Vargas Losa que la fascinación del poder (tan característica en nuestra cultura y nuestra literatura). Pero lo notable es su capacidad de canalizar su repulsión hacia la recreación puntual, quirúrgica de la maldad. La literatura se vuelve así la mejor venganza. Y, sin embargo, no basta la venganza: es preciso soñar con un mundo mejor, con un mundo perfecto, y ese fue el motivo de otra novela que leí con avidez: el retrato casi titánico de Flora Tristán, tan ligada a la historia peruana, a la historia del arte y a la historia de una idea que obsesiona a Vargas Llosa como obsesionó a la humanidad desde la Ilustración, y que nuestro tiempo, quizá, ha sepultado: la idea de la utopía.

Si Mario Vargas Llosa solo me hubiera dado, como lector, su obra de ficción, me bastaría. Pero me ha dado también una extraordinaria obra monográfica de no ficción. La utopía arcaica, por ejemplo. Publicado en 1996, no conozco análisis histórico y antropológico más exhaustivo y riguroso sobre el indigenismo. Proviniendo de Perú, con su omnipresente herencia indígena, Vargas Llosa logra comprender (antes que criticar) el pensamiento y la obra de autores notables (como José María Arguedas) que creyeron en la restauración de una Arcadia incaica tan imaginaria como imposible. En 1993 Mario publicó otra obra memorable, El pez en el agua (su autobiografía), exorcismo de una campaña presidencial que viví de cerca. Ese ajuste de cuentas de Mario consigo mismo me permitió asomarme, como biógrafo, a la vida temprana de Vargas Llosa y me ayudó a comprender los límites de la acción política para un intelectual.

“Lo notable es su arte para canalizar su repulsión
hacia la recreación quirúrgica de la maldad”

Si Vargas Llosa solo nos hubiera dado sus novelas y sus monografías y no hubiera escrito ensayos, reportajes o artículos, nos bastaría. Pero ocurre que también nos ha dado (y sigue dando) una obra vasta y aguda en esos géneros. Sus ensayos no son académicos ni teóricos: son ensayos narrados, llenos de color y vivacidad. Y de combatividad moral. Cuando comencé a leerlo en Plural, comprendí que Mario era una especie de cruzado de la libertad. Su adhesión a la revolución cubana no fue un acto de sumisión ideológica: fue un acto de fe en una causa liberadora que pronto reveló su cara autoritaria. En aquellos años setenta, Mario transitó de la liberación a la libertad, de Sartre a Camus, del universo racionalista y revolucionario francés al universo empírico y liberal inglés. Sus autores fueron los míos. Fue entonces cuando lo conocí en Lima. Estábamos en la antesala de la década de los ochenta, en la que Vuelta se enfrentó a las dictaduras de derecha y las revoluciones de izquierda. Mario dio buena parte de esa batalla en la revista de Octavio Paz. Sus causas eran las nuestras. Fue un decenio decisivo en su vida, con la publicación de La guerra del fin del mundo (esa obra maestra en la tradición tolstoiana), sus desgarradores reportajes como La matanza de Uchuraccay y sus textos sobre la alternativa democrática y liberal para América Latina. Mario no piensa ya como Sartre pero encarna puntualmente al “intelectual comprometido” con su tiempo. Toda injusticia, todo conflicto, todo extremo lo incita a escribir, a reportear, como un joven impetuoso en busca del peligro, en Irak, en Oriente Próximo, en Venezuela.

Si Mario nos hubiera legado su obra de ficción, sus monografías y ensayos, sus artículos y reportajes, pero no hubiera desplegado ningún esfuerzo político directo, obviamente nos bastaría. Pero también ha desplegado ese esfuerzo. Su campaña presidencial, vilipendiada en su tiempo, fue la semilla de los cambios democráticos que, desde entonces, no sin recaídas lamentables, ha vivido la región. En 1990 (¿cómo olvidarlo?) sentenció al sistema político mexicano con dos palabras: “dictadura perfecta”. Años más tarde creó la Fundación para la Libertad, que ha congregado al pensamiento liberal ofreciendo soluciones prácticas a los problemas de la región. He acompañado a Mario en varios encuentros de la Fundación pero ninguno se compara al que tuvo lugar en Venezuela, cuando Hugo Chávez, en una de sus típicas bravuconadas, lo retó a un debate público. Aquella noche en el hotel rodeamos a Mario como un equipo en torno a un boxeador que la mañana siguiente libraría una pelea por el campeonato mundial. A última hora Chávez reculó: él solo debatía con presidentes, no con escritores.

“Sus ensayos no son académicos ni teóricos:
son ensayos narrados, llenos de color y vivacidad”

Si a lo largo de más de medio siglo de actividad literaria e intelectual nuestros caminos no se hubieran cruzado, le estaría obviamente agradecido. Pero para mi fortuna nuestros caminos se cruzaron. Nuestra amistad se construyó alrededor de las revistas Vuelta y Letras Libres. Y hemos sido compañeros de una larga travesía liberal en la cual yo he aprendido mucho. No cesa de admirarme su combatividad, su energía, su capacidad para reinventarse. ¿De dónde provienen?

Muchas veces he creído ver en el rostro de Mario una expresión de tristeza o lástima ante el macabro espectáculo del mundo. Pero de pronto, con naturalidad, aparece una sonrisa. Hay un estoico en el fondo de Mario, pero un estoico que responde con imaginación, ironía e inteligencia. Y con humor. El trabajador espartano se divierte y reencuentra el amor. Por eso, en momentos de desfallecimiento o duda, me basta hablar con él por teléfono para recobrar la alegría.

Gracias, Mario. No llegaremos a la Tierra Prometida. No existe la Tierra Prometida. La Tierra Prometida es la literatura: vida en libertad.

La memoria, una diáspora migrante: Horacio Castellanos Moya

Provocadora, impúdica, sarcástica. No cabe duda que la prosa del escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957) ha sabido inspeccionar la realidad social centroamericana de los últimos tiempos. Obras como El asco, Insensatez, La sirvienta y el luchador y El arma en el hombre nos escupen en la cara los esperpentos más macabros de la violencia que ha destrozado países como El Salvador y Guatemala, sin dejar de registrar con precisión de cirujano el inacabable dolor que ahí se vive.

CATERINA MORBIATO, 4 marzo 2017 / EL UNIVERSAL.MX

Para el novelista salvadoreño, famoso por su mirada radicalmente cínica, el reto de la literatura es saber trascender las visiones maniqueas. Quien escribe ficción debe tratar de tocar el corazón de cada uno de sus personajes sin juzgarlos; no importa que éstos sean asesinos o torturadores: la literatura es una llamada a sondear en lo invisible, en las motivaciones más secretas que mueven al ser humano.

En esta entrevista, en la que habla sobre el momento actual desde Estados Unidos, donde ahora reside, Castellanos Moya se confiesa descorazonado. Nos espera un éxodo caótico dice y muchos países latinoamericanos no dejarán de hundirse en un grave deterioro social: el futuro es una bomba de tiempo y sólo ve callejones sin salida.

En la actualidad vemos a miles de personas levantarse contra la oleada de racismo, misoginia, homofobia, xenofobia, islamofobia que desde Estados Unidos amenaza con replicarse en el resto del mundo. Como novelista que ha registrado la violencia en Centroamérica y que ha vivido en Estados Unidos durante años, ¿en dónde estamos parados?

Estados Unidos es un país muy complejo. No se puede perder de vista que más del 50% de la población votó en contra del actual presidente y no cabe duda de que hay alrededor de un 48% de la población que lo apoyó [a Donald Trump]. Pero no necesariamente todos comparten sus valores. La gente ha votado por él por distintos puntos de vistas. Ahora hay un núcleo duro de ultraderecha con todas estas características que usted menciona y como es el país más poderoso del mundo, influye en todos lados. Yo creo que el gran reto es la resistencia de las instituciones, hasta dónde la institucionalidad democrática, los poderes del Estado, podrán hacer frente a una situación inédita. Ese es el gran dilema que se vive. Hasta ahora ha habido resistencia, pero es una situación muy nueva y conflictiva. Apenas ha transcurrido un mes y medio desde la llegada del nuevo gobierno y ya han pasado muchísimas cosas: renuncias, manifestaciones, gente que no acepta los cargos, pleitos jurídicos, vetos judiciales contra la ley antiinmigrantes. Entonces es un momento muy arriesgado para dar una opinión con certeza de lo que viene. Es en un momento de ebullición, de confrontación. Como extranjero, veo esto desde la barda porque no puedo participar en política interna; pero como latinoamericano me siento conmocionado. La preocupación es general, no sólo acá sino que en todos los países, ¿no? Y es por la subversión de ciertos valores que habían estado rigiendo esta sociedad por décadas.

En México observamos que se fortalece la retórica nacionalista y la aplicación de medidas como la militarización de la frontera sur para, entre otros objetivos, dificultar el paso de migrantes que vienen de Centroamérica y otros países. Usted, que ha vivido en este país, ¿cómo mira a México en esta dinámica migratoria y esta “retórica nacionalista”?

Yo viví en México hace 13-14 años, seguramente ha cambiado muchísimo. Creo que este rol de control de la frontera sur para evitar el paso de los inmigrantes centroamericanos no es nuevo. Es algo que ha estado ahí desde la época de las guerras civiles en Centroamérica; lo que ha variado mucho son las formas y los niveles de involucramiento tanto del Estado como de otros agentes (grupos de narcotraficantes o de mafiosos). Hace poco leí una novela que refleja bastante bien este fenómeno, se llama Las tierras arrasadas, del escritor Emiliano Monge. Es una novela dura, muy fuerte y trata precisamente de estos grupos vinculados al Estado que se dedican a interceptar a los refugiados y a hacer con ellos cosas horribles. Me parece tremendo eso. Los testimonios de las víctimas revelan que las cosas llegan a niveles terribles y no sólo en la frontera sur. Pensemos en lo que pasó en aquel rancho en Tamaulipas. Entonces yo creo que lo que estamos viendo en Latinoamérica es una gran descomposición del tejido social y de las instituciones dedicadas a la seguridad y a la justicia, que ya estaban mal pero ahora los niveles de deterioro son impresionantes. Habrá excepciones, pero la mayor parte de países latinoamericanos sufren esto: en Guatemala, El Salvador, Honduras, la cosa es tremenda. La contradicción que vive México, entre su discurso nacionalista y su rol de gendarme de Estados Unidos es muy fuerte. En la época de las guerras civiles, México jugó un papel más de mediador. Detenía el flujo migratorio pero mediaba más entre las partes que estaban en conflicto en Centroamérica. Ahora que los conflictos no son políticos, sino que tienen que ver con crimen y corrupción, las cosas han sido modificadas. Desde su Revolución, México siempre había sido una especie de retaguardia para los movimientos progresistas, los movimientos de cambio en Centroamérica, era un lugar seguro para los dirigentes y los intelectuales que eran expulsados y que huían de las dictaduras militares. Todo eso se acabó a principios de los 90 con el Tratado de Libre Comercio, que no sólo implicó un aspecto económico sino incluyó una reingeniería estratégica del papel político de México.

La situación actual es bastante complicada. No se le ve salida: los centroamericanos seguirán saliendo de sus países porque las condiciones de vida ahí son asfixiantes –por la violencia y la pobreza, básicamente–, y muchos mexicanos también seguirán saliendo de sus estados por lo mismo. El éxodo caótico crecerá.

¿Qué le preocupa a futuro en la relación Estados Unidos-México-Centroamérica?

Es muy difícil ver hacia adelante. Ya estoy viejo y probablemente me muera antes de la gran explosión (Ríe). Pero sólo se ven callejones sin salida. No veo soluciones: por todos lados la situación se deteriora. Es decir, no va a parar el flujo migratorio porque las condiciones de violencia, pobreza y crimen son cada vez más altas. Y el flujo es tan alto que aquí seguirán con las medidas represivas para tratar de controlarlo. Entonces, esta situación se alargará por bastantes años. ¿En que desembocará? No puedo hacer predicciones.

Usted suele decir que escribe desde la rabia. ¿Esta violencia que se vive en Estados Unidos le ha generado la furia suficiente para escribir a partir de ella?

La violencia es un término bastante amplio. Yo en realidad no tengo experiencia personal de violencia antiinmigrantes. Vivo en una pequeña ciudad universitaria de 80 mil habitantes, en el medio oeste, pero muy al norte, donde no soy testigo de esta violencia que seguramente se vive en otras poblaciones hacia el lado fronterizo con México o en las grandes ciudades. Y si yo no tengo una experiencia directa, es muy difícil que esto me motive como para transformarlo en ficción. Escribir ficción a partir de puras referencias no es mi cosa. La ficción necesita añejamiento, distancia. La inmediatez pertenece al periodismo.

El éxodo y la diáspora son temas recurrentes en la obra de Castellanos Moya; él mismo ha almacenado múltiples andanzas por países del mundo tan distintos como Guatemala, Alemania o Japón. Sin embargo es El Salvador, país en donde transcurrió su juventud, la mecha de la mayoría de sus creaciones literarias.

A menudo usted se ha definido como apátrida, un autor que escribe desde el destierro. Su patria, dice, es más bien el territorio de la memoria. ¿De qué se conforma este territorio de la memoria y porque preferirlo a un país?

La memoria está marcada por el país. Es decir, la memoria está hecha de todos los entornos en los que se mueve el ser humano: desde el entorno más íntimo que es la familia, hasta el entorno más grande que es el entorno social del país. La memoria no está afuera de eso, no está afuera de la historia. En este sentido, para mí es mucho más importante trabajar desde eso, desde mi experiencia, desde mis vivencias, desde las cosas que me han afectado porque creo que ahí puedo encontrar historias que reflejarán problemas que pueden ser universales. La verdad es que con la distancia y con los años (Ríe) la memoria comienza a pagar. ¡Uno comienza a tener pedazos en blanco! Pero hay que hacer una salvedad y es que yo trabajo la memoria desde la ficción y cuando se trabaja la memoria desde la ficción la relación entre memoria y verdad no es la misma de quien la trabaja desde otros ámbitos. La memoria que se desarrolla en las ficciones, si bien está enraizada en la historia, tiene una gran libertad y puede en buena medida no encajar exactamente en cómo ciertos grupos sociales ven los hechos. Eso porque la ficción es esencialmente subjetiva, es producto de la imaginación de un escritor que vive en situaciones históricas concretas pero que reacciona de forma personal y no necesariamente como lo hacen grupos con intereses. Entonces, por eso digo yo que es el territorio personal de la memoria, desde donde uno lo ve, como lo vive uno. Es decir, en un libro como Insensatez –en donde se describe el contexto guatemalteco de violencia y de recuperación de la memoria de las víctimas del conflicto–, el personaje de la novela tiene una visión completamente subjetiva, tiene una visión marcada por sus necesidades, por su forma de ver el mundo, que no coincide con la bondad de una causa histórica. Es decir, la literatura no se puede encajonar en los parámetros de la verdad histórica. El escritor de ficción trata de construir un mundo en que pueda ir más allá, en que pueda contar los hechos de una manera nueva y basada en las motivaciones profundas del ser humano. La literatura trabaja en buena medida con las emociones, con el mundo invisible y secreto del ser humano.

En el caso de El Salvador hubo una guerra civil, luego hubo una resolución exitosa del conflicto a nivel político y una ausencia de resolución de los conflictos económicos, sociales y culturales. El país sigue postrado en todas estas áreas. Lo que pasa es que el pleito de la memoria que se da a nivel político responde a los intereses particulares, y los intereses están determinados por el momento que vive el actor político y, si el actor político está en el gobierno, ya no ve el problema de la memoria como lo miraba cuando era oposición (Ríe). Hay una gran relatividad, y se juega a partir de intereses y tomas de posición dentro del juego del poder. Pero la literatura no participa de este juego de intereses. El escritor trata de tocar el corazón de cada uno de sus personajes y estos personajes pueden estar en el lado oscuro –un torturador o un asesino, por ejemplo–, pero el escritor no los puede prejuzgar. El reto es meterse en el personaje y ver cómo funciona su mente y su corazón, sin hacer juicio; sino que se evidencien por sí mismos.

En un pasaje de La luna y las fogatas de Cesare Pavese. El protagonista, de regreso a su pueblo después de haber recorrido el mundo, reflexiona: “Nos hace falta un país, aunque sólo fuera por el placer de abandonarlo. Un país quiere decir no estar solos, saber que en la gente, en las plantas, en la tierra hay algo tuyo, que aun cuando no estés te sigue esperando”. ¿Qué le provocan estas palabras? ¿Qué valor pueden tener si las leemos desde El Salvador, un país cuya población vive una diáspora sin tregua?

¡Hace tantos años que yo leí esas novelas de Pavese! La playa, La luna y las fogatas, ¡cómo pasa el tiempo! Todavía tengo su Diario en una edición de Bruguera… son muy lindas esas palabras. Pero la cosa es ésta: todo está en realidad en la memoria, porque el país que uno deja, inmediatamente cambia. Entonces cuando uno regresa, regresa a otro país. Ahora, estas palabras de Pavese, si uno las aplica a El Salvador, lo que sucede es que entre más tiempo pasa, cuando se regresa es un caos mayor. Esto es tremendo: usted sale huyendo de la violencia y de la pobreza, pero cuando vuelve hay más pobreza y más violencia. Entonces es una contradicción permanente, porque el ser humano no puede quedarse sin este sentido de pertenencia: lo necesita como los árboles necesitan de la tierra. El sentido de pertenencia se lo da básicamente el país, y a partir de ahí construye su identidad. Pero cuando este sentido de pertenencia lo remite a una situación de caos, de violencia, de pobreza, de valores negativos, se vive en un estado muy esquizofrénico. Porque por un lado el ser humano ama lo que significa su país, recuerda con mucha nostalgia las cosas buenas del lugar, pero cuando regresa casi no hay nada de eso, lo que encuentra es lo duro, lo violento, lo sangriento, lo absurdo… Pues evidentemente la mayoría no estamos bien de la cabeza.

Ha pasado un cuarto de siglo de la firma de los Acuerdos de Paz que pusieron fin a la larga guerra civil salvadoreña. Hoy en día El Salvador sigue profundamente polarizado, con exigencias para la aplicación de la pena de muerte, el salario mínimo que ronda el dólar por hora y la impunidad para los crímenes cometidos durante la guerra sigue gozando una salud de hierro.

En 2017 se conmemoran los 25 años de los Acuerdos de Paz con que se decretó el fin del conflicto armado en El Salvador, ¿cómo podemos dimensionar los Acuerdos de Paz?; ¿hay algo qué celebrar?

Los Acuerdos de Paz fueron exitosos en términos políticos porque desarmaron una guerra y lograron que se construyera una institucionalidad democrática que, mal que bien, funciona. Entonces eso es lo que hay que celebrar, que se terminó una guerra de carácter político y que se logró construir una institucionalidad democrática que, con todas sus taras y todas sus imperfecciones, ha logrado sobrevivir veinticinco años. Ahora, no hay nada que celebrar en otros niveles, en lo que respecta las condiciones de vida del salvadoreño: ¡nada! Porque todo se invirtió en lo político, la maldición de este país es lo político. Nada se invirtió en lo social, en los mecanismos económicos para que la gente se pudiera reinsertar. Esto se dejó a un lado. Lo que hay que lamentar es esta oportunidad perdida, y que el país siguió siendo el mismo, o más bien peor, precisamente por la tara económica y social.

En su libro Breves palabras impúdicas utiliza la idea de la “democratización” del crimen como un importante rasgo de la violencia de la posguerra salvadoreña, junto con la pérdida de referentes. ¿A qué se refiere con esta “democratización”?

Durante la guerra el crimen tenía una función política y era controlado por las élites políticas: ellas decidían a quién matar y cómo. Pero una vez que se desarmó el conflicto, quedó un caldo de cultivo de violencia gracias al cual ahora se sigue matando con la misma intensidad. A eso me refiero. No hubo inversión social, y tampoco se combatió la impunidad, entonces el crimen rebalsó: se salió del ámbito de lo político y se derramó a toda la sociedad. Y ahí está: desde las pandillas, hasta los funcionarios corruptos, los violadores… Todo lo que sucede en ese país, que es increíble. ¡Es un país de página roja! Lo cual es triste.

Para Horacio Castellanos Moya la violencia puede ser entendida como una constante cultural, un prisma a través del cual podemos entender las relaciones de poder que atraviesan El Salvador. En una sociedad regida por el terror -advierte- no solamente disminuye el espacio público, sino que el espacio mental y emocional sufre profundos trastornos.

En su novela El asco, hay un pasaje en donde el protagonista dice no reconocer a su misma casa, a su ciudad ya totalmente amurallada: “a causa del terror cada casa se ha convertido en un pequeño cuartel y cada persona en un pequeño sargento”. ¿Qué tipo de violencia genera este amurallamiento, junto con la carencia de espacios públicos que se experimenta en El Salvador?

En El Salvador, el terror es la forma de dominación por excelencia, y lo ha sido por muchas décadas, desde antes de la guerra. Se puede ver a través de la prensa, de los medios: el culto a la violencia y el culto al terror fueron siempre una forma de dominio. He revisado prensa de la década de los 60, la época del gobierno del coronel Rivera, un tiempo bastante pacífico, en que no había crímenes políticos y las fuerzas tenían una convivencia más o menos civilizada. Pero si se lee los periódicos de la época, cada día los titulares son crímenes. Eso me permitió comprender que el fenómeno de la violencia en El Salvador no es producto de la guerra, sino que ha sido una forma de dominación que la oligarquía y el ejército han utilizado por más de un siglo, y que ahora utiliza el FMLN [Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, partido en el poder], fomentando un determinado mensaje de miedo y terror: “ustedes aquí están inseguros, se pueden morir en cualquier momento, no tienen ninguna garantía”.

Ahora lo que tenemos es esta situación llevada al delirio, porque se le fue de las manos a todo el mundo. No es solamente que la gente tenga que vivir encerrada, aterrorizada y sólo sale a los lugares donde se pueda encerrar y que le garanticen seguridad. No se trata sólo de la pérdida del espacio público, sino de la pérdida del espacio mental y emocional que en cualquier otra sociedad se tiene. La gente sólo piensa y habla de la violencia. ¡Y si uno sólo se la pasa pensando en eso, evidentemente otras partes del cerebro se le atrofian! Entonces es muy difícil desarrollar una conversación sobre otros aspectos de la vida humana. Esta situación no influye solamente en la población común y corriente, sino en la élite intelectual llamada a entender y dar salidas al país: toda su energía mental está dedicada a hablar, escribir y discutir sobre el crimen y la corrupción. No hay otro tema y esto es tremendo.

En sus libros están primariamente retratados la violencia, la impunidad y el odio que desgarran a la región ístmica, pero entre líneas también se asoma el profundo dolor que la carcome. Pienso, por ejemplo, en los testimonios indígenas que salpican su novela Insensatez como heridas que nunca secan: ¿las sociedades centroamericanas se están dejando devorar?

La verdad es que tras un dolor viene otro, y esto es parte de la lógica de dominación de la que hablaba. Por ejemplo, usted menciona a los sobrevivientes de las masacres en Guatemala que pasaron por un dolor tremendo porque no tuvieron la posibilidad de luto; la mayoría de ellos no supieron nunca dónde quedaron los cadáveres de sus familiares. A este luto se suma ahora el día a día donde hay otra violencia. El hecho de haber podido afrontar las 442 masacres y documentarlas pudo haber servido para que el país diera un salto histórico, pero ¡no! Mataron al obispo que estaba a cargo de eso [se refiere al obispo Juan José Gerardi, asesinado el 26 de abril de 1998 a pocas horas de presentar el Informe sobre crímenes de guerra Guatemala: nunca más]. Y no sólo es eso: la gente tiene ahora que lidiar con la memoria de lo perdido y con el día a día de lo que va perdiendo. Es una situación realmente asfixiante. La pregunta es cómo detener este deterioro. Bueno, no es labor para un escritor de ficciones, pero los que se dedican a ello no le han atinado, y no sólo no le han atinado, sino que han propiciado una situación peor. Es decir, ahora se dice que hay tantas decenas de miles de personas [en El Salvador] vinculadas con la mara, como las que durante la guerra estuvieron vinculadas con el FMLN. Entonces, ¿qué tipo de sociedad es ésta que nada más recicló la exclusión? Porque estamos hablando de lo mismo: la gente estaba excluida política, social y económicamente en la década de los 80. Con el fin de la guerra, ya no hay exclusión política, pero la exclusión social y económica sólo se recicló y se convirtió en el fenómeno de violencia que se tiene ahora. La impunidad sigue, a las víctimas de la guerra no se les ha hecho justicia. Si usted tiene un país en donde puede matar a su pastor, a su líder religioso máximo [se refiere a Monseñor Óscar Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba misa en una capilla de San Salvador] y seguir como si nada, pues es muy difícil emprender algo: ¿qué clase de ejemplo tenemos? ¿A partir de qué regeneramos esto, si los que ordenaron el asesinato del líder espiritual de este pueblo siguen ahí, disfrutando de su dinero? Algunos han muerto de viejos, ¡pero nadie ha pagado nada! ¿De dónde sacar la energía espiritual, la energía moral para dar un ejemplo que permita hacerle creer a la gente que se puede ser mejor.