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La lengua no tiene la culpa. De Héctor Abad Faciolince

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Héctor Abad, escritor y periodista colombiano.

Héctor Abad Faciolince, 19 diciembre 2017 / PRODAVINCI

Muchos, y me incluyo, en vez de debatir con seriedad el tema del lenguaje incluyente, zanjamos la discusión con una burla. En este artículo haré todo lo posible por argumentar lo que pienso sobre el tema sin burlarme. Sostengo que las lenguas naturales (el español, el chino, el quechua…) no son machistas ni feministas, no son capitalistas o socialistas, es decir, que las lenguas no tienen ideología, que la gramática no es ideológica en sí misma, y que todas las lenguas se pueden usar —claro está— para oprimir o para liberar. Mejor dicho: que echarle la culpa de la opresión machista, que existe, a la estructura de la lengua, es un error.

Naturalmente las lenguas se pueden usar de una manera racista, machista, excluyente, discriminadora, etc. Si yo digo: “las mujeres son menos inteligentes que los hombres”, estoy expresando una idea sexista. Pero ese machismo y ese sexismo no es de la estructura de la lengua que me permite hacer una frase así, puesto que esa misma lengua me deja decir: “la evidencia científica demuestra que hombres y mujeres tienen capacidades intelectuales análogas”.

prodavinciLo machista es creer que la lengua (una estructura mental profunda y una construcción colectiva) la construyen solo los varones, la sociedad patriarcal, y no las mujeres. Es sabido que una lengua no la hacen las escritoras, ni las academias, ni los dictadores, ni los jueces, sino todo el mundo, las personas de la calle, la gente común y corriente. La lengua, por lo tanto, es una construcción de mujeres y de hombres, y no veo por qué las mujeres hubieran querido “excluirse” en una lengua materna (¡!) a la que ellas han contribuido, como mínimo, con la mitad de los impulsos lingüísticos. Creer que las mujeres simplemente han tenido que someterse a la lengua de los machos, u obedecer al idioma que ellos crearon, es de verdad pensar que las mujeres han sido bobas y mudas. Y las mujeres ni son más bobas ni hablan menos que los hombres.

Vengo ahora al debate de esta semana: si el plural de género masculino, usado para ambos sexos, es un rasgo machista del español, y si el uso de este plural masculino para designar a hombres y mujeres las excluye y las vuelve invisibles. No lo creo. Hay una categoría gramatical que se llama el epiceno. Este consiste en que con un solo género gramatical (masculino o femenino) se designa a seres animados de uno u otro sexo. Bebé, lince, pantera, víctima, son todos “epicenos”, es decir, palabras masculinas o femeninas que sirven para designar a ambos sexos. Si digo que las panteras son negras, que los bebés son tiernos y que los linces están copulando, me refiero en todos los casos a machos y a hembras.

El plural de género masculino no marca siempre el sexo y se comporta, podríamos decirlo, como un plural epiceno: es decir, que a pesar de tener género gramatical masculino, incluye a los dos sexos. Cuando, tras una pena familiar, una mujer dice que “todos estamos muy tristes”, para referirse a su familia de hombres, y a sí misma, no se está excluyendo por usar el género gramatical masculino. Uno no debe usar la lengua de un modo suspicaz, creyendo que no dice lo que está diciendo. La lengua es clara, y no hay que achacarle una malevolencia que no tiene.

Decir que “todos” excluye a las mujeres es una falacia, es introducir una sospecha de malas intenciones machistas en la lengua, y la lengua es inocente. El espíritu profundo del español no tiene sesgos machistas. Si leo: “todos deben obedecer a la autoridad”, nadie cree que en este caso se les pide obediencia solo a los hombres, y que las mujeres, por arte y magia de un plural masculino que las excluiría, tienen la dicha de no tener que obedecerla. Si las mujeres, por maldad de una lengua machista, estuvieran excluidas de lo bueno, entonces habría que reconocer que esa lengua machista las excluye también de lo malo. “Los ladrones deben ir a la cárcel” ¿es una frase que excluye favorablemente a las mujeres y por lo tanto las ladronas están exentas de esta condena?

Lenguaje para después de una batalla. De Eduardo Madina

El ruido de fondo en el ‘procés’ tiene que ver con el nombre de las cosas. No es lo mismo narrar una patria que una sociedad, ver grupos homogéneos que sociedades abiertas y plurales. Esta es una propuesta para renovar el vocabulario.

Eduardo Madina, historiador y ex-diputado por el PSOE

Eduardo Madina, 16 diciembre 2017 / EL PAIS

El mundo determinado gramaticalmente es el horizonte en que se interpreta la realidad”. (J. Habermas

Es de sobra conocido que la pelea por los nombres de las cosas, por eso que los especialistas denominan el establecimiento del marco, suele ser la primera batalla de posición en política. A partir de ella, casi todo queda descrito. Esto, en ocasiones, de tan conocido se termina olvidando.

Y lo cierto es que la realidad, aunque algunos no lo aceptan, admite multiplicidad de enfoques.

En lo relativo a nuestro modelo de convivencia, no es lo mismo narrar una patria que describir una sociedad. No es lo mismo interpretar a partir de lo vasco, lo catalán, o lo español que hacerlo a partir de los vascos, los catalanes o los españoles.

el paisNo es lo mismo describir el país que habitamos en términos de hechos diferenciales y derechos históricos que hacerlo en términos de pluralismo y convivencia cívica. No es lo mismo ver grupos cerrados, predefinidos y homogéneos que describir sociedades abiertas y plurales. No es lo mismo reivindicar derechos de un colectivo diferenciado que definir derechos de ciudadanía para el conjunto de una sociedad. No es lo mismo ver una sociedad de ciudadanos y ciudadanas plurales que una pluralidad de naciones. Lo dijo muy bien alguien hace no muchas fechas: “Cuando hablamos del espacio público que compartimos, no es lo mismo definir la pertenencia al mismo con el verbo ser que hacerlo con el verbo estar”.

Tras la batalla electoral que dibujará en Cataluña un nuevo escenario parlamentario —esperemos que también de gobernabilidad— convendría que recuperáramos consciencia de que la batalla de fondo, durante todo eso que llaman el procés, ha sido una batalla por los nombres de las cosas.

‘Pueblo’ tiene un marco romántico y sugiere
homogeneidad. ‘Sociedad’ apela al dinamismo

Y que la situación a la que ha llegado la sociedad catalana tiene mucho que ver con la ausencia de un lenguaje sólido y alternativo al que algunos han tratado de imponer como lenguaje único de descripción de las cosas. Esa es la batalla que hasta la fecha no ha sido dada: una batalla por el lenguaje, por las descripciones y los sustantivos, por los verbos y los adverbios.

Sobre una casi inexistente defensa de alternativas gramaticales —como si de una nueva línea Maginot se tratara— pasaron por encima y casi se generalizaron conceptos románticos de pueblo, la multiplicación de las naciones, las apelaciones a un nosotros y un ellos, el derecho de autodeterminación de los pueblos puros, los conjuntos cerrados y las fronteras nítidas. Entraron en juego los quien sí y los quien no, se impuso el autoatribuido derecho a definir que algunos se arrogaron en exclusiva para negar consecuentemente el de todos los demás.

Por todo ello, sería un gran paso adelante que las políticas de restablecimiento de la convivencia que se apliquen a partir del día 21 estén también nutridas por algunas alternativas en la descripción de la realidad. Especialmente, desde las distintas izquierdas.

‘Ciudadanía’ pertenece al campo de racionalidad y
se puede legislar, frente a ‘nación de naciones’

Sociedad frente a pueblo. La idea de pueblo tiene un marco romántico y sugiere una homogeneidad estática. La idea de sociedad apela a una estructura dinámica que deriva de un marco racional y que sugiere pluralidad. El primero determina una definición unívoca y cerrada. La segunda demuestra consciencia de una realidad plural y abierta.

El pueblo tiene siempre habitantes primigenios, dueños originarios que tarde o temprano terminan cayendo en la tentación de decidir quién entra y quién no entra, quién pertenece y quién no pertenece. Una sociedad no tiene dueño. Acoge dentro muchas y muy diversas formas de entender la vida, no entra en qué hay que ser sino que admite muchas y muy diversas formas de estar para igualarlas, todas ellas, en una misma condición de ciudadanía.

Ciudadanía frente a nación de naciones. La noción de ciudadanía pertenece al campo de la racionalidad y en consecuencia es legislable. El campo de obligaciones y derechos que de ella deriva queda determinado por la propia deliberación democrática y sus límites los establece la propia sociedad. Sus materiales son fríos y discutibles, respetuosos y no invasivos con la intimidad de cada mujer y de cada hombre. Un enfoque liberal, socialdemócrata o de izquierdas no puede ver naciones antes que ciudadanos. No define el espacio público desde universos sentimentales. No obliga a sentir la pertenencia. La piensa.

Derecho a convivir frente a derecho a decidir. Porque la inmensa complejidad humana no es divisible entre dos. No está escrito en ninguna tabla de la ley que el conjunto de una sociedad deba diseccionarse en un sí o un no frente a una pregunta de patria. Una pregunta que conduce a elegir dentro del marco de quienes nos interpretan en términos de identidades nacionales diferenciadas. Sin embargo, la realidad de cualquier sociedad occidental y democrática es mucho más heterogénea, posnacional, transnacional, compleja y mestiza que la pretendida homogeneidad que subyace en el discurso de la autodeterminación de las naciones. Antes que la obligatoriedad de elegir una única patria, una sociedad tiene derecho a convivir, a compartir el espacio público entre todas las múltiples formas de entender la vida que habitan dentro de ella.

Solidaridad frente al España nos roba. Deben incrementarse los flujos de solidaridad desde las autonomías con mayor nivel de renta —desde todas ellas— hacia aquellas otras que lo tienen sustancialmente inferior. Un país con amplias disparidades por territorios incuba dentro de sí desigualdades que son inaceptables desde el punto de vista de la cohesión social. Frente al lenguaje del España nos roba, hace falta un nuevo lenguaje orientado a la solidaridad interna de un país con amplias disparidades por territorios y, en consecuencia, con problemas serios de desigualdad. Solidaridad y cohesión. Esta debería ser la prioridad de la próxima negociación sobre financiación autonómica.

Son solo algunos ejemplos: ciudadanía, sociedad, convivencia, solidaridad. Seguramente, hay muchos más. Términos que merecen estar presentes en el debate por la recuperación de la convivencia. No son conceptos carentes de fuerza y belleza. De alguna manera, apuntan a una realidad definida con fronteras algo más amplias.

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, decía hace 90 años uno de los filósofos más grandes del siglo XX.

Sería muy esperanzador que algunas de las principales fuerzas políticas estuvieran dispuestas a ampliar sus propios límites. Y con ellos, los de la conversación política en España.