juventud

Coartar la libertad de expresión, ¡jamás! De Sherman Calvo

He sido, pero sobre todo soy un respetuoso de la libertad de expresión y de la libertad de pensamiento.

sherman-calvoSherman Calvo, 14 febrero 2017 / LPG

Es más, mi vida laboral de 40 años la he dedicado a la defensa de ellas y a la autorregulación como freno a la censura previa, misma que siempre se muestra amenazante a la publicidad y creo, sin lugar a dudas, que toda censura es peligrosa porque detiene el desarrollo de un país.

Recientemente fui mencionado en una carta dirigida a la Juventud Republicana Nacionalista, donde se me hacía ver como un censurador de los jóvenes, con especial apetito para devorarles su capacidad de expresión en redes. No obstante, quienes me conocen saben que no es mi forma de ser y habrán leído entre líneas la mala intención de manchar mi trabajo, pero especialmente dañar a ARENA, partido que desde siempre ha luchado a favor de las libertades inherentes de los salvadoreños.

(La carta de Paolo Luers a que se refiere el autor)

la prensa grafica¿Cómo tomo esta aseveración, que por cierto no fue corroborada ni conmigo ni con nadie del COENA? Simple, la tomo de quien viene. Ese tipo de desinformación lo único que hace es favorecer a los detractores de la libertad, la seguridad y el desarrollo.

La afirmación en dicha carta es totalmente falsa. En ese tipo de reuniones siempre estamos presentes el COENA con las diferentes estructuras partidarias como testigos. Categóricamente, reitero, no está en mis planes como parte del COENA censurar ni bloquear comunicación a ustedes, jóvenes. Lo convenido como partido de amplia opinión fue hacerles comprender que no pueden separar sus redes particulares de las institucionales. Siendo figuras públicas, deben respetar los estatutos, principios de ARENA y la Constitución de la República sobre todas las cosas. Bajo su palabra de honor han jurado trabajar por el país y respetar los principios de nuestro partido, eso es algo muy diferente a una censura previa, lo cual no sería ético ni correcto.

Por otro lado, también podría ver esa acción como un hecho proveniente de a quienes les estorban mis principios y valores, mi fe, mi religión católica y mi defensa por la vida. Y ahora, ante una ARENA que lucha por ser modernizada, por romper con vicios del pasado, volver a su credo, fortalecerse como producto de la democracia interna, abrazar la transparencia y hacer valer sus principios, definitivamente hay una minoría empecinada en desvirtuarnos ante la opinión pública, valiéndose de argumentos que se contraponen con la esencia de nuestro partido.

Respetada Juventud Republicana Nacionalista, les ratifico mi admiración por su valentía de asumir el reto de buscar nuevas oportunidades para los salvadoreños a través de ARENA, pero tengan mucho cuidado con las mentiras seductoras que conducen al fracaso. No olvidemos que además de los principios, estatutos y valores del partido por los que hemos jurado cumplir, nos une el principal objetivo de ser la esperanza para rescatar a El Salvador. Todo lo negativo no hace más que perdernos en el anhelado rumbo de la paz, el progreso y libertad que buscamos alcanzar.

Ustedes, jóvenes, no son el futuro, son el presente, ya decía Robert Luis Stevenson que la política es la única profesión para la que no se considera necesaria ninguna preparación, y tenía razón, pero no es menos cierto que existe una cualidad imprescindible para tener éxito en política, para lograr atraer una comunidad centrada en sus propios problemas en torno a una serie de principios. Esta cualidad no es otra que lo que denominamos el liderazgo político.

Prestancia, comunicación, imagen y dedicación, son, entre otros, atributos que no resultan ajenos a la figura del líder político que necesita el país, pero ahora bien, ¿cuáles son las características que definirían el liderazgo político de nuestro tiempo? LA CREDIBILIDAD. En nuestros días es la cualidad más importante para un líder. El descrédito actual que vive la clase política solo podrá superarse gracias a ella. LA FIRMEZA. La política no es terreno para pusilánimes y mucho menos en tiempos de crisis. La firmeza y la resolución son cualidades que proporcionan seguridad a los ciudadanos. LA AUTORIDAD. Distingámoslo de la firmeza, puesto que, mientras que la primera se refiere a la imposición y la previsibilidad del yo, la autoridad se ejerce frente al resto. LA HONESTIDAD. El líder político necesita ser honesto con sus votantes, con los ciudadanos. LA CONVICCIÓN. El líder político actúa conforme al diálogo, no a la imposición. Su autoridad en este sentido es más moral que ejecutiva.

Finalmente, jóvenes de la JRN, tengan presente que las crisis pueden atemorizar, pero nos sirven para cancelar una época e inaugurar otras y eso es en lo que debemos estar concentrados.

 

COENA: Demuéstrenme que estoy equivocada. De Cristina López

Foto: Kike Giron

Foto: Kike Girón

cristina-lopezCristina López, 11 febrero 2016 / MEDIUM

Estimados miembros del COENA,

Mi carta quizás poco signifique para ustedes. Al fin y al cabo, ni soy donante de su partido, de esos con poder para influir en sus planes, y tampoco como votante les he sido fiel siempre: en diferentes elecciones me he sentido asqueada por su oferta política, ya sea porque continúan ofreciendo lo mismo (algunas candidaturas tienen más de una década de mantenerse iguales), o porque quieren impulsar caras nuevas pero con los mismos métodos. Su marcha que apela a la violencia y menciona tumbas en los términos más casuales me parece de lo más ofensivo, sobre todo en un país en el que las tumbas se cavan a diario. Tampoco les ayuda que de todos los candidatos que han llevado a la presidencia, a la mitad se les ha iniciado un proceso por corrupción, a mi parecer el pecado y abuso de poder más grande que puede cometerse en un país con un índice de pobreza tan alto.

No soy nadie (en términos de relevancia política) ni tengo nada (en términos de apoyo económico). Solo tengo opiniones y una plataforma para divulgarlas, y quizás con ella entretener, provocar y en los casos más afortunados, convencer.

Soy, como muchos miembros de mi generación, liberal a secas, con más necesidad de ideas que de partidos; de las que leemos a Bastiat por hobby y coincidimos con Foucault de que los abusos del poder punitivo son violencia del Estado contra el individuo. De los que queremos libertad para todos, hasta para los que no son como nosotros, y progreso económico para todos. De los que tuvimos la suerte de ser expuestos a diversidad de gente e ideas, por lo que contamos con el beneficio de tener amigos brillantes en la derecha y en la izquierda, con los que podemos debatir coherente y civilizadamente. Por eso siempre me ha chocado cuando en nombre de la politiquería electorera, polarizan e insultan al contrario en lugar de debatirlo o buscar puntos en común. Me asquea cuando traicionan las libertades que dicen defender en nombre de un populismo religioso mal entendido, cuando actúan como grupo de intereses de la empresa privada en vez de defensores de los derechos del individuo, cuando en la asamblea votan exactamente al revés de lo que supuestamente defienden, o cuando en vez de desmantelar la corruptela estatal de disfrute de carros nacionales, carísimos viajes, almuerzos y beneficios que pagamos con impuestos, los gozan como si nada.

Me causa risa burlona verlos repetir las ridiculeces del FMLN: tan absurdos como los tributos que el Frente le dedicó siempre a Fidel y la ciega pleitesía que le ofrendaron siempre a Chávez, fueron sus palabras de apoyo a Trump, el presidente — ¡desde ya! — más corrupto en lo que a conflictos de interés se refiere, tan autoritario y populista como los socialistas del siglo 21 y el que más daño le va a hacer a nuestros compatriotas trabajadores en Estados Unidos. Su apoyo dejó en evidencia una falta de entendimiento del panorama político (tan grave en los dirigentes de un partido como una asociación de médicos apoyando las cualidades curativas del ocultismo) que daba más risa que miedo.

Y sin embargo, la imagen que como partido me causa tantos anticuerpos — esa imagen de cierre, de control, de repeler la opinión ajena, de pensar sólo en términos de izquierda y derecha en lugar de autoritarismo vs. libertad, de asumir que en nuestro país no existe discriminación o violencia de género — de repente ciertos de sus miembros, de manera individual y con acciones más que con palabras, me dejan gratamente sorprendida. Johnny Wright, con su defensa de las libertades individuales ante las medidas extraordinarias de seguridad. A veces, Juan Valiente, con su cruzada individual por desmantelar la corrupción dentro del servicio público. Y recientemente, la última JRN (a quienes les recomendaría, investiguen todos los conceptos históricos conectados a “nacionalista” y consideren un muy necesario re-branding), toda compuesta por adultos jóvenes sin un historial de servidumbre al partido. Con ideas independientes. Con ganas de trabajar. Con un conocimiento y manejo de las redes sociales que a ustedes les falta y que tanto necesitan. Con la acertadísima noción de que su partido no va a salir de la crisis en la que está (o ¿no es crisis perder dos elecciones presidenciales seguidas, una contra un candidato — ahora presidente — con menos carisma que una cuchara plástica y con ideas antediluvianas?) a menos que intenten hablar más allá de aquellos que ya se enchalecan para aplaudir en sus mitines y gozar de sus mariachis: estos jóvenes saben que nos necesitan a nosotros, a los independientes, a los que queremos sentarnos a debatir y tenemos la mente abierta para ser convencidos si las propuestas son coherentes con ciertos principios básicos. Estos ciudadanos jóvenes, cuyo trabajo no es la política (cosa que no parecen haber entendido ustedes, si siguen convocándolos a reuniones en horarios laborales) y por lo tanto, están metidos en este huevo, no por plata o por conectes, sino por las razones correctas. Con solo meterse, y dar la cara, ya hicieron más que muchos de nosotros.

Ver a estos jóvenes dispuestos a trabajar por su partido, a la gente cínica y desilusionada como yo, nos dice que quizás su partido merece nuestro voto alguna vez, porque quizás le espera un futuro de renovación y cambio a la altura que los retos que enfrenta el país amerita. Si a estos jóvenes los bloquean, de alguna u otra manera, en público o en privado, porque son críticos, o porque son gays, o porque sienten que no pueden controlarlos, no están bloqueándolos solo a ellos. Están bloqueándose ustedes de obtener el voto presente y futuro de una ciudadanía liberal e independiente.

Si los bloquean, me habrán dado la triste satisfacción de confirmar que en la lectura que hice de ustedes tristemente tenía razón, y que estos jóvenes habrán de encontrar su lugar en la política como independientes o en un nuevo partido. Los reto: demuéstrenme que estoy equivocada.

Saludos, y disculpas, por la irritación que pueda haber causado un consejo no pedido.

Cristina López G.

Que no sea aburrido el país que viene. Columna transversal de Paolo Luers

paoloPaolo Luers, 4 diciembre 2015 / EDH

diario hoy¿Adónde está la rebeldía? Con el permiso de todos los autores de “El país que viene” (muchos de los cuales son mis amigos): Me parece muy aburrido el país que según ustedes viene.

En este libro que unos 40 jóvenes presentaron todo es muy correcto, pero tengo que confesar: Me costó leerlo. Se expresan respetando el código del “political correctness”, incluso los que están totalmente equivocados. El libro no pasó el test: Yo solamente leo de noche, y cuando los libros son aburridos, me duermo. Cuando me fascinan, me desvelo…

Leyendo el libro me invadió la misma sensación que tuve cuando vi las fotos y los videos del acto de su presentación: demasiado ceremonioso; demasiado bien adaptado a los códigos del poder. ¿Por qué un libro que pretende anunciar el país que viene se presenta en un hotel, en vez de nacer en una universidad o en un centro deportivo en Soyapango? ¿Por qué los jóvenes del país que viene, para entrar en sociedad, necesitan de padrinos del país que tenemos? Los padrinos: Hugo Martínez, el canciller; David Escobar Galindo, el firmante de paz; Margarita Escobar, la excanciller y diputada; Erlinda Handal, la viceministra de Educación; Lorena Peña, la presidenta de la Asamblea. Ahí están en el libro, llenándolo con cinco (!) prólogos y con ideas del país que ya tenemos y ahí estuvieron en la presentación. ¿Quién tiene ganas de leer un libro con cinco ceremoniosos prólogos, y quién tiene ganas de ir a un evento con tanto discurso?

Y, precisamente, así es el libro. Hay muy pocos entre los 40 autores que se atreven a provocar, a marcar rupturas, a expresar rebeldía y hartazgo, a formular ideas fuera del “mainstream”. Los de izquierda, casi todos, hablan como si fueran miembros de la Comisión Política del Frente. Cero distancia, cero atrevimiento. Y los de derecha, hablan como si no fueran de derecha. No tienen amarre partidario, pero si amarre a los códigos de lo “políticamente correcto”, aunque con un toque liberal. Todos “nice” – por Dios, evitemos la confrontación y la polémica. Y hay otros (de derecha, de izquierda y asépticos) que no manejan este discurso, pero que simplemente no saben escribir o no tienen nada que decir más que contar sus vidas. Es una lamentable actitud de condescendencia intelectual incluirlos en el libro.

El libro nos muestra nuevamente que sin la clara confrontación de ideas nunca surgen acuerdos o visiones comunes sostenibles que valgan la pena. Es el privilegio de los jóvenes provocar, confrontar, defender sus ideales con pasión. No encontré ni una onza de pasión en este libro, solo mesura, racionalidad, madurez. Me niego a creer que en esta generación no existan sueños ni utopías.

Los jóvenes que se expresan en el libro parecen tener una gran prisa de convertirse en adultos y entrar en los pasillos del poder. Para hacer esto, dejan afuera del salón sus pasiones, su rebeldía, y con esto su fuerza y creatividad…

Esto no significa que no hay ideas buenas en el libro. Muchos de estos jóvenes, al asumir el liderazgo social y político, estarán bien preparados para su rol. Se puede esperar buen rendimiento de ellos. Lo que no se puede esperar, por lo menos no si este libro es representativo de la generación que viene, es espíritu combativo y la irreverencia necesaria para renovar la política.

“El país que viene” parece una iniciativa de profesionales que aplican a posiciones de junior en las respectivas firmas de sus papás (sea ALBA o Banco Agrícola, FMLN o ARENA), no un movimiento para desplazar a la generación que manejó el país en la guerra y la postguerra y que ahora no sabe adónde llevarlo. No son aventureros que se arriesgan para construir su propio futuro.

Casi todo lo que digo en esta recensión del libro suena terriblemente injusto, porque sé bien que en muchos de los 40 jóvenes hay bastante rebeldía, pasión y ganas de retar al país que tenemos y su “establishment”. Solo que no lo  expresaron en el marco de esta iniciativa y bajo este manto de lenguaje correcto que caracteriza el proyecto “El país que viene”. El hecho que la confrontación de la generación que ahora lidera el país es demasiado estéril, no puede llevar a los jóvenes a pensar que la confrontación de ideas (e ideológica) sea mala y que haya que sustituirla por la permanente búsqueda de consensos. Lastimosamente la mayoría de los autores cayeron en esta trampa del proyecto “El país que viene”.

Es cierto, esto lo que vemos en el libro es el país que viene, simplemente por el relevo generacional biológico. Todos ellos van a ser parte del poder de mañana. Merecidamente, porque se portaron bien.

Pero estoy convencido que habrá otro país que vendrá de otra manera, no tan suave y elegante y bien educado, sino molestando, haciendo desorden, tomándose los espacios que necesita para transformar el país. Dentro de esta generación, y dentro de muchos de los 40 autores, hay una generación no tan adaptada, no tan ansiosa de convertirse en “establishment”, más dispuesta al disenso. Esto será el país que no simplemente vendrá, sino que irrumpirá.

Ser agentes de cambio. De Claudia Ramírez

Dos relatos publicados esta semana en LA PRENSA GRÁFICA muestran realidades que con frecuencia obviamos en este país.

claudia ramirezClaudia Ramírez, 18 octubre 2015 / LPG

Los dos relatos, uno en el centro escolar de Panchimalco y otro en Conchagua, La Unión, muestran interesantes situaciones positivas y negativas. Y a ambas hay que ponerles atención.

Lo primero que me llama la atención de manera positiva es el perfil de los directores de esas instituciones. Por iniciativas personales, ambos, sin conocerse, invitaron al presidente de la Fundación Forever, Alejandro Gutman. La invitación en sí misma podría no ser importante, si no fuera porque muestra un claro y decidido interés en generar cambios en sus comunidades y en los jóvenes que viven en ellas. Es la decisión que tomaron ambos de buscar opciones.

En los últimos años, la fundación ha promovido la cultura de la integración, cuyo objetivo es que gente que vive en comunidades empobrecidas se integre con personas y zonas que tienen mejores condiciones de vida. La intención es que estos jóvenes conozcan otras realidades, más allá de las fronteras de las comunidades en donde se han desarrollado. Para ello, los jóvenes realizan pasantías en diferentes empresas, para que esta experiencia les genere otro tipo de conocimiento, para que descubran que hay más allá de lo que siempre han visto –de lo que vieron y vivieron sus padres– y sobre todo los haga descubrir sus talentos, sus intereses y les cree entonces nuevas ambiciones.

Lo interesante de las iniciativas de estos directores es que han conocido del trabajo de la fundación y quieren replicarlo con sus jóvenes. Y por eso invitaron a la fundación. El descubrimiento en ambos lugares es el saber algo que parece evidente, pero que no siempre se visualiza, y es que una sola persona con ganas de hacer más de lo que debe hacer por lo que le pagan puede ser un agente de cambio en su comunidad. Y a ellos deberíamos prestarles especial atención.

la prensa graficaPero, además, es recordar todas las ganas que tiene esta generación de jóvenes de hacer cambios, y de la urgente necesidad de que se creen oportunidades para ellos. Y como sabemos, entre todas las cosas que faltan en este país, una de las que urge es crear oportunidades para los jóvenes.

En el interior, por ejemplo, son muchos los pueblos cuya fuerza productiva básicamente ha desaparecido por la migración. Ciudades en donde los jóvenes ven como única oportunidad migrar a Estados Unidos. Y en las cabeceras, lo que ocurre es que muchos de nuestros jóvenes talentos, los que han logrado estudiar y especializarse, también terminan migrando.

Por eso es importante un momento de reflexión para que, en medio del caos que a veces se siente en este país, intentando buscar la cura al problema de violencia, también incluyamos medidas que nos permitan crear oportunidades de desarrollo. Está claro que tenemos a parte de una generación perdida, los hijos de posguerra, ¿pero qué hacemos para no perder a la siguiente?

Si por algo deberíamos unirnos, marchar o protestar es por esta falta de visión, por este abandono al que hemos sometido a los jóvenes desde hace años. Vamos a decir que está bien el Consejo de Seguridad, que está bien tratar de recuperar territorios, está bien que se trasladen a los líderes pandilleros para evitar que se organicen. Pero en esa lista de acciones y prioridades sigo leyendo muy pocas propuestas que nos ayuden a darles opciones a nuestros niños y jóvenes. Esas acciones también podemos tomarlas nosotros en pequeña escala con nuestro entorno. Y como lo he repetido incansablemente, si seguimos así, estamos condenados a seguir gestando caldos de cultivo para la violencia y repetir una y otra vez este triste ciclo.

La juventud tiene poco qué celebrar. De Cristina López

Cada 12 de agosto, por obra y gracia de la arbitrariedad burocrática de algún organismo multilateral políticamente correcto, se celebra el Día de la Juventud en medio de vítores discursivos y pompa dialéctica. En El Salvador, sin embargo, las deprimentes estadísticas casi obligan a que lo que debería celebrarse los 12 de agosto no es la juventud, sino la suerte de los privilegiados que logran sobrevivirla.

Cristina LópezCristina López, 17 agosto 2015 / EDH

De acuerdo a los datos de Medicina Legal, el 67% de las 467 vidas que perdimos frente al crimen solamente en julio, pertenecían a niños y jóvenes: entre los 10 y los 34 años de edad. De esos, 88 tenían entre 15 y 19 años.

Y sí, la juventud puede ser la etapa que Rubén Darío glorificara, elevándola a la calidad de “divino tesoro”, cuando se sabe que es meramente transitoria. Lo que romantiza Darío es precisamente la calidad efímera de la etapa; el hecho de que es una plataforma para saltar hacia el futuro, pues “se va para no volver”.

Y sin embargo, las estadísticas parecen indicar que en el país, sobre todo para los sectores económicamente vulnerables, la juventud no es futuro: es presente y final.

Si bien las estadísticas hay que leerlas con criterio, pues no es que la correlación entre la edad y el estatus de víctima indique que la juventud es mortífera –-el mero hecho de que un sector mayoritario de la población sea joven implica en un país violento que la mayor cantidad de víctimas serán también jóvenes-– tampoco pueden ignorarse enteramente, pues ¿qué incentivos puede tener un joven para buscar la movilidad social o invertir en su futuro cuando está constantemente limitado por el miedo? ¿Quién se toma los riesgos en invertir en su futuro con tan poca certeza de que tendrá uno?

Y la respuesta de organismos multilaterales y gobiernos tiende a “fortalecer los derechos del joven”, como si continuar agregando elementos al listado de derechos que no se respetan en el país le va a ser de utilidad a alguien.

Muchos discursos políticos invitan a la juventud a “unirse”, olvidando que gran parte de la juventud ya está unida en diferentes grupos, pero segregada: ¿o no están unidos los victimarios –-también jóvenes-– bajo la lealtad de una u otra mara?

Lo único que necesita la juventud para germinar y dejar crecer su potencial son las condiciones. Ejemplo de lo anterior son las maravillas que han salido de obras como la del Padre Pepe en el Polígono Don Bosco. No inyectó nada diferente a esa juventud: simplemente, sabiendo vender su proyecto a inversores visionarios, logró crear las condiciones y el potencial estalló en orquestas, profesionales y futuros empresarios.

Para el resto del país, las condiciones nos las está robando la inseguridad y la impotencia que esta genera. La elusiva igualdad de oportunidades tampoco llegará mientras no haya siquiera igualdad ante la ley y reine la impunidad.

Si queremos dejar algo para los jóvenes de mañana, a los de hoy nos toca empezar por construir las condiciones, con la visión que ha tenido el Padre Pepe. De lo contrario, habrá muy poco que celebrar los 12 de agosto.