Jan Martínez Ahrens

Steven Pinker: “Los populistas están en el lado oscuro de la historia”

Es una de las grandes figuras de la psicología cognitiva y un especialista en el binomio mente-lenguaje. Dialéctico incansable e innegociable, su nuevo libro, ‘En defensa de la Ilustración’, vuelve a cargar contra los profesionales del apocalipsis. Contra los irredentos de “el mundo va cada día peor y solo nosotros podemos salvarlo”. Hombre de ciencia y de pensamiento, el catedrático de Harvard ajusta cuentas con los populistas y con los enemigos del progreso.

HACE YA MUCHO tiempo que Steven Pinker (Montreal, 1954) mató a Dios. Fue en Canadá, al entrar en la adolescencia y descubrir que no lo necesitaba para nada. “Cuando empecé a pensar en el mundo, no le encontré sitio y me di cuenta de que no me servía ni siquiera como hipótesis”, explica. Arrancó entonces un idilio con la ciencia que 50 años después no ha dejado de crecer. Considerado uno de los psicólogos cognitivos más brillantes del planeta, sus trabajos académicos, centrados en el binomio lenguaje-mente, y sus obras de divulgación, como La tabla rasa (2002) y Los ángeles que llevamos dentro (2011), han roto tantos moldes que muchos le ven como un adelantado de la filosofía del futuro.

No es una descripción que le agrade a Pinker, pero es imposible sustraerse a ella al repasar su obra. Cada uno de sus libros ha generado ondas sísmicas de largo alcance. Debates globales en los que este catedrático de Harvard, firme defensor de las bases genéticas de la conducta, nunca ha rehuido el cuerpo a cuerpo y que le han valido la fama de dialéctico invencible. Desde esa altura, vuelve ahora a la carga con una obra mayor. Un trabajo que ha cosechado el aplauso internacional y que Bill Gates ha definido como su “libro favorito de todos los tiempos”.

En defensa de la Ilustración (editorial Paidós, 550 páginas, traducción de Pablo Hermida Lazcano) es ante todo un ajuste de cuentas con los enemigos del progreso. Aquellos que piensan que el mundo no deja de retroceder y que solo ellos pueden salvarlo. Son adversarios bien conocidos y temibles. Donald Trump, el Brexit, el populismo y los nacionalismos tribales forman parte de esa cohorte oscura, adversaria de los valores de la Ilustración.

“Los populistas se sienten inquietos frente a esa corriente
gradual e inexorable que lleva al cosmopolitismo y
a la liberalización de costumbres”

“Los ideales de razón, ciencia y humanismo necesitan ser defendidos ahora más que nunca, porque sus logros pueden venirse abajo. El progreso no es una cuestión subjetiva. Y esto es sencillo de entender. La mayoría de la gente prefiere vivir a morir. La abundancia a la pobreza. La salud a la enfermedad. La seguridad al peligro. El conocimiento a la ignorancia. La libertad a la tiranía… Todo ello se puede medir y su incremento a lo largo del tiempo es lo que llamamos progreso. Eso es lo que hay que defender”, explica Pinker.

Steven Pinker: “Los populistasestán en el lado oscuro de la historia”

Foto: Adam Glanzman

Está sentado en su despacho de la Universidad de Harvard. A su alrededor se respira silencio. La novena planta del William James Hall, diseñado en 1963 por el arquitecto Minoru Yamasaki, es un estanque de luz líquida desde el que se contempla Cambridge (Massa­chusetts) y su lluvia de mayo. Dentro, en el departamento de Psicología Cognitiva, unos pocos alumnos merodean por la oficina del profesor. Hay libros especializados, moldes de cerebros y algún que otro ordenador. Dos sillones violetas invitan a sentarse. Pinker lo hace sin dejar de mirar a su interlocutor. Con su aspecto de rockero superviviente de los setenta, se le ve tranquilo, en su ambiente. Durante más de una hora, contestará a las preguntas con largueza. Curtido en mil debates, sabe que su propia calma refleja mejor que nada la fuerza de sus convicciones.

La Ilustración, en su definición, se vincu­la al capitalismo. Un concepto que ha entrado en crisis, ¿no?
Ilustración y capitalismo van juntos, pero hay una confusión muy extendida. Muchos intelectuales entienden el mercado como el libre mercado, lo identifican con el anarcocapitalismo o el liberalismo extremo. Y no son la misma cosa. El propio Adam Smith fue claro al respecto.

Pero con la Gran Recesión, una parte importante de la población, sobre todo la más joven, ha llegado a la conclusión de que el capitalismo y las instituciones que lo sustentan les han fallado. Y han dejado de confiar, se sienten los perdedores de la globalización. ¿Qué les diría?
Lo primero, que miren los datos. Ni la globalización ni los mercados les han empobrecido. La realidad es bien distinta. La pobreza extrema ha descendido un 75% en 30 años. Lo segundo, no hay incompatibilidad entre los mercados y las regulaciones. Por el contrario, la experiencia de la Gran Recesión nos mostró que se debe evitar el caos de los mercados desregulados. Lo tercero, hay que recordar el poder de los mercados para mejorar la vida. El mayor descenso en la pobreza de la historia de la humanidad se ha dado probablemente en China y se ha logrado no mediante la redistribución masiva de riqueza desde los países occidentales, sino por el desarrollo de instituciones de mercado.

“Los periódicos podrían haber publicado ayer que
137.000 personas escaparon de la pobreza.
Eso ocurre cada día desde hace 25 años,
pero nunca merece un titular”

Eso es mejora económica, pero no más libertad.
La libertad económica suele ir acompañada a menudo de otras formas de libertad. Corea del Sur, aparte de gozar de una economía de mercado, es un lugar mucho más libre y placentero que su vecino del norte. Cuando los países abandonan el mercado, como Venezuela, se hunden en la miseria. Ocurrió con la Unión Soviética, la China de Mao, la Alemania del Este anterior a la caída del Muro…

Pinker, en su despacho del departamento de Psicología Cognitiva de Harvard.

Pinker, en su despacho del departamento de Psicología Cognitiva de Harvard.

Vale, el mundo es un lugar mejor y los mercados ayudan a ello. Pero entonces, ¿por qué asistimos a un ascenso del populismo?
Nadie lo sabe con certeza. Seguramente la Gran Recesión contribuyó a ello. En Europa hubo además un factor añadido. Al tiempo que se registraba una fuerte corriente migratoria desde los países musulmanes, aumentaba el terrorismo yihadista y se exageraba su riesgo. El resultado fue que el miedo y el prejuicio anidaron en muchos ciudadanos y se generó una reacción. No es algo nuevo. Los populistas están en el lado oscuro de la historia. Se sienten inquietos y marginados frente a esa corriente gradual e inexorable que conduce al cosmopolitismo, la liberalización de las costumbres, los derechos de las mujeres, los gais, las minorías… Eso asusta a esos hombres blancos mayores que forman su núcleo, que apoyan a Trump, al Brexit, a los partidos xenófobos europeos.

¿Cuál es la ideología de fondo de ese movimiento?
Tienen en común una mentalidad tribal, la misma que conduce al nacionalismo y al autoritarismo. Sienten hostilidad hacia las instituciones, buscan un líder natural que exprese la pureza y la verdad de la tribu. Les cuesta aceptar la idea democrática e ilustrada de que el gobernante es un custodio temporal del poder sometido a deberes y limitaciones.

Es decir, rechazan el control de las instituciones democráticas.
Efectivamente. El énfasis de la Ilustración en las instituciones parte de la idea de que, dejados a su naturaleza, los humanos acabarán haciéndolo mal, agrediéndose, luchando por el poder… Frente a esto, no procede intentar cambiar la naturaleza humana, como siempre han buscado los totalitarismos, sino utilizar la propia la naturaleza humana para frenarla. Como dijo James Madison [presidente de EE UU de 1809 a 1817], la ambición contrarresta la ambición. De ahí el sistema de contrapoderes. Por supuesto que los líderes pretenden maximizar su poder, pero si los tribunales y los legisladores, aunque no sean ángeles, se les enfrentan, se neutralizan y se previene la dictadura.

¿Les ve ganando el pulso?
No sé si el populismo vencerá a las fuerzas de la Ilustración, pero hay razones para pensar que no. Aunque Trump se empeñe en ello, los avances son muy difíciles de revertir. El populismo tiene una fuerte base rural y se extiende por las capas menos cultas de la sociedad. Pero el mundo es cada vez más urbano y educado. La generación de Trump, de hecho, desaparecerá y tomarán el poder los millennials, poco amigos del populismo.

Y mientras eso llega, ¿no está el mundo en peligro con Trump?
Pues sí. Su personalidad es impulsiva, vengativa y punitiva. Y tiene el poder de declarar una guerra nuclear. Esas son razones suficientes. Pero además se opone a las instituciones que han permitido el progreso. Rechaza el comercio global, la cooperación internacional, la ONU… Si en estas últimas décadas no hemos sufrido una guerra mundial se debe a una serie de compromisos mutuos que parten de la premisa de que somos una comunidad de naciones y tomamos decisiones en consecuencia. Trump amenaza todo ello. Ha abandonado la aspiración de Obama de un mundo sin armas atómicas, ha rechazado el pacto con Irán y ha modernizado el arsenal nuclear… Sus instintos autoritarios están sometiendo a un test histórico al mundo y a la democracia estadounidense.

¿Y cuál es su pronóstico?
Pienso que vencerán las instituciones. Hay muchas fuerzas opuestas a lo que dice Trump y que le impiden materializarlo. Incluso han surgido líderes carismáticos que se alinean con los valores de la Ilustración, como Justin Trudeau y Emmanuel Macron…

No parecen suficientemente fuertes.
Para vencer al populismo se debe además reconocer el valor del progreso. Hay un hábito muy extendido entre intelectuales y periodistas que consiste en destacar solo lo negativo, en describir el mundo como si estuviera siempre al borde de la catástrofe. Es la mentalidad del default. Trump explotó esa forma de pensar y no encontró resistencia suficiente en la izquierda, porque una parte estaba de acuerdo. Pero lo cierto es que muchas instituciones, aunque imperfectas, resuelven problemas. Pueden evitar guerras y reducir la pobreza extrema. Y eso debe formar parte del entendimiento convencional de cada uno.

Es usted un optimista.
Me gusta más definirme como un posibilista serio.

Frente a ese posibilismo, después de dos guerras mundiales, la bomba atómica, la proliferación de armas y el terrorismo, mucha gente no cree que el mundo sea un lugar mejor. ¿Están completamente equivocados? ¿No es necesario cierto pesimismo para no caer en la complacencia?
Hay que ser realistas. Las cosas siempre pueden ir a peor y es cierto que la complacencia impide ver los peligros. Un riesgo es el fatalismo, la idea de para qué hay que molestarse en mejorar el mundo si el mundo no hace sino empeorar; son aquellos que piensan: si no es el cambio climático, serán los robots los que acaben con nosotros. El otro es el radicalismo. Mucha gente joven ve acertadamente errores en el sistema. Y eso es bueno, pero si se acaba pensando que las instituciones son tan disfuncionales que no merece la pena mejorarlas, entonces se entra en el terreno de las soluciones radicales: todo puede ser destruido porque nada vale. Mejor edificar sobre las cenizas. Ese es un error terrible, porque las cosas se vuelven mucho peores.

¿Es el nacionalismo uno de esos factores de destrucción?
Crecí en Quebec y las tensiones que hay en España no me son ajenas. El nacionalismo corre siempre el riesgo de hacerse maligno, pero puede ser benévolo, si funciona como un contrato social y se basa en la residencia, no en las creencias religiosas, clánicas o tribales. La mente humana, de hecho, tiene una categoría flexible de tribu: puede referirse a la raza, pero también a un equipo deportivo, a Windows contra Mac, a Nikon frente a Canon. Y además cabe su despliegue en múltiples niveles: uno puede estar orgulloso de ser de Harvard, de Boston, de Massachusetts y del mundo. Si nuestro sentido de nación coexiste con nuestro sentido de ser europeos y, más importante aún, de ser humanos y ciudadanos del mundo, puede ser benigno. El nacionalismo es pernicioso cuando se parte de una imposición tribal y se entiende como una suma cero: nuestra nación solo puede prosperar si a otras les va peor.

¿Ayudan las redes sociales al populismo?
El populismo las ha usado. Ahora bien, no quiero echar la culpa de todo a las redes sociales. Eso se ha puesto muy de moda: hay un problema y se les atribuye la culpa. Las redes pueden ser usadas positivamente, como hizo Obama.

Leyendo su libro es casi imposible no ser optimista con el devenir del mundo. Pero cuando uno lo cierra y mira las noticias, el pesimismo vuelve. ¿Está el problema en los medios?
El periodismo tiene un problema inherente: se concentra en acontecimientos particulares más que en las tendencias. Y le resulta más fácil tratar un hecho catastrófico que uno positivo. Esto acaba generando una visión distorsionada del mundo. El economista Max Roser lo ha explicado. Los periódicos podrían haber recogido ayer la noticia de que 137.000 personas escaparon de la pobreza. Es algo que lleva ocurriendo cada día desde hace 25 años, pero que nunca ha merecido un titular. El resultado es que 1.000 millones de personas han escapado de la pobreza extrema y nadie lo sabe.

Volviendo al principio. La Ilustración se apoya en el progreso. ¿Pero no es irracional ser tan optimista? A fin de cuentas, la creencia de que las cosas siempre irán mejor no es más racional que la creencia de que todo irá siempre a peor.
Ser incondicionalmente optimista lo es, es irracional. Hay una falsa creencia, procedente del siglo XIX, de que evolución equivale a progreso. Pero la evolución, en un sentido técnico y biológico, trabaja en contra de la felicidad humana. La biosfera está llena de patógenos que están en constante evolución para enfermarnos. Los organismos de los que dependemos para alimentarnos no quieren ser nuestro alimento. La vida es una lucha. Y el curso natural de los acontecimientos es terrible. Pero la ingenuidad humana hace caso omiso a estos problemas. Hay una falacia muy común que conceptualiza el progreso como una fuerza mística del universo que destina a los humanos a ir a mejor. Siempre a mejor. Y eso, simplemente, no es así. Tenemos una esperanza razonable de progreso si las instituciones humanas sacan lo mejor de nosotros, si nos permiten adquirir nuevos conocimientos y resolver problemas. Pero eso no siempre ocurre. Hay muchas fuerzas que naturalmente empeoran las cosas.

Pinker, con una sonrisa tenue, ha terminado. Educadamente, se levanta y se encamina a la sesión de fotos. De lado y de frente, se deja llevar por el departamento de Psicología Cognitiva e incluso posa junto a una sinuosa masa color canela guardada en formol. Al terminar, la observa y comenta: “Este cerebro es real”. Los alumnos miran de reojo a su maestro y siguen trabajando en silencio. Fuera, llueve sobre Cambridge.

James Comey, el hombre que hace temblar a los presidentes de EE UU

Como quisiéramos a un jefe de policia de este talante…

El exdirector del FBI James Comey jura ante el Comité de Inteligencia del Senado, el pasado jueves. JONATHAN ERNST REUTERS

El exdirector del FBI, humillado e insultado por Trump, ha decidido devolver el golpe. Esta es la historia de un funcionario respetado y obsesionado por la integridad.

Jan Martínez Ahrens, 10 junio 2017 / EL PAIS

11 de marzo de 2004. El presidente George W. Bush había citado en el comedor privado de la Casa Blanca a un tipo duro. Sentado en una silla que le quedaba pequeña, ese hombre de 2,03 metros se negaba a autorizar por su flagrante ilegalidad el programa de escuchas indiscriminadas Viento Estelar. Y su firma era necesaria. Incapacitado el fiscal general por enfermedad, era él, su adjunto, quien dirigía el Departamento de Justicia. El vicepresidente, Dick Cheney, ya le había explicado la situación: si no había autorización, morirían americanos y la sangre correría a cuenta de él. Bush, con menos rudeza, le repitió el argumento.

Bush, en primer plano, y Cheney.

Bush, en primer plano, y Cheney.

Cuando ya estaba todo dicho, recuerda el biógrafo Garrett Graff, el fiscal miró a su anfitrión y sin alterarse le respondió: “Como dijo Martín Lutero aquí me planto. No puedo hacer otra cosa”.

Así es James Brien Comey. El hombre que hace temblar a los presidentes. El mismo que 13 años después de enfrentarse a Bush y Cheney ha puesto contra las cuerdas a Donald Trump con su testimonio ante el Comité de Inteligencia del Senado. Sólo y sin papeles, el destituido director del FBI ejerció este jueves de último guardián de la legalidad. Acusó al presidente de mentir y difamar, denunció las presiones para desactivar la investigación de la trama rusa, pero sobre todo reveló al mundo el modo de operar del multimillonario. Las artes oscuras que el presidente le exhibió en tres reuniones privadas y seis conversaciones. El propio Comey, en un estilo cinematográfico, las ha relatado al Senado. El presidente lo niega todo.

27 de enero de 2017. Trump le había llamado para invitarle a cenar a la Casa Blanca. Comey creyó que iba a acudir más gente. Pero cuando llegó, le hicieron pasar al Salón Verde y le sentaron en una pequeña mesa oval. Dos asistentes de la Marina eran los únicos testigos. Servían y desaparecían. En esa intimidad, el presidente le preguntó si quería seguir como director del FBI y le recordó que era un puesto que muchos ambicionaban.

Comey entendió el mensaje: “Mis instintos me dijeron que esa cena buscaba establecer una relación clientelar. Eso me preocupó mucho, dada la independencia del FBI”. Para salir del apuro, le habló de su carácter apolítico, pero el comandante en jefe insistió. “Necesito lealtad. Espero lealtad”.

Las cartas habían quedado sobre la mesa. “No me moví ni hablé o mudé mi expresión facial durante el embarazoso silencio que siguió. Simplemente nos miramos el uno al otro”.

Trump en el Despacho Oval.

Trump en el Despacho Oval.

Ese fue el comienzo. En las horas, semanas y meses siguientes, Trump no dejó de presionarle. Bajo una atmósfera asfixiante, el director del FBI, siempre según su relato, se sintió sucesivamente “asombrado, confuso, turbado”. Pidió ayuda a su superior, el fiscal general, y le comunicó que no quería volver a verse con el presidente a solas. Pero todo siguió igual, hasta que el pasado 9 de mayo fue despedido. Una medida extraordinaria que sólo había ocurrido una vez antes en la historia del FBI. Como remate, Trump le llamó públicamente demente y fanfarrón, y su portavoz declaró que ni en el FBI le querían.

“Trump erró por completo, Comey es un hombre capaz de expresar sus sentimientos en voz alta y que cautiva a sus agentes por empatía, pero no es un siervo; es un curtidísimo fiscal y jefe de agentes federales. No es político. Con él no funcionan los insultos y amenazas”, explica un alto funcionario de seguridad que le trató en la época de Barack Obama y que pide mantenerse en el anonimato.

James Comey y su familia.

James Comey y su familia.

 Humillado, Comey sacó su lado duro. A sus 56 años, casado y con cinco hijos, no pensaba dejarse pisotear. Había luchado contra la mafia, perseguido abusos racistas, investigado al presidente Bill Clinton y encarado a Bush. Fue fiscal federal en Nueva York y fiscal general adjunto de Estados Unidos. Su apabullante trayectoria le había permitido, pese a figurar como elector republicano, ser escogido en 2013 por Barack Obama para dirigir el FBI. “Para él, la integridad lo es todo”, señala su biógrafo y amigo Garret Graff.

Pasó entonces al ataque. Como buen agente y experto conocedor del tablero de Washington, había tomado nota de todas sus conversaciones con Trump, y empezó a filtrarlas. Las detonaciones sacudieron la Casa Blanca. Se volvió su enemigo número uno. No era la primera vez.

Sus mayores problemas siempre han procedido del trato con los políticos. Ahí se ha mostrado torpe. Su decisión de reabrir el caso de los correos privados de Hillary Clinton a sólo 11 días de las elecciones para cerrarlo poco después, cuando el daño ya estaba hecho, aún levanta ampollas en las filas demócratas. Comey ha defendido que lo hizo porque era su deber. Y que ocultarlo habría sido traicionar la confianza pública. “A veces es un poco boyscout”, dice un buen conocedor de Comey.

Esa rectitud es una de sus características. Se trata de un hombre pétreo; altivo para muchos. Quienes le conocen vinculan esta inflexibilidad a sus sentimientos religiosos. Aunque nació en el seno de una familia católica irlandesa, pronto se hizo evangelista e influido por el teólogo Reinhold Niebuhr escribió su tesis: Los cristianos en política. Bajo esa luz, el debate entre el poder y la integridad siempre le ha perseguido, pero nunca le ha anulado. Como enemigo es peligroso. Sus conocidos recuerdan que sabe dónde lleva el arma. Y si es necesario la usa. Con Trump han sido sus notas, esos memorandos que amenazan con abrir un proceso de impeachment. Con Bush, el puñal fue otro.

Ocurrió al final de aquella conversación en el comedor privado. Cuando el presidente volvió a pedirle que aprobara la orden de escuchas masivas, Comey se inclinó y le dijo: “Si lo hace, debe saber que el director del FBI dimitirá hoy mismo”. Bush parpadeó. Nadie se lo había dicho. Pero no tardó en darse cuenta de qué era lo mejor que podía hacer. Ante la crisis que se le abría, decidió ceder.

James Comey (izquierda) y el entonces director del FBI, Robert Mueller, en 2004.

James Comey (izquierda) y el entonces director del FBI, Robert Mueller, en 2004.

 El director del FBI era en aquellas fechas el legendario e implacable Robert Mueller. El amigo y mentor de Comey. El mismo que ahora ha sido elegido fiscal especial para investigar la trama rusa y cuyo poder representa la mayor amenaza para la presidencia de Trump. “Si hay alguien con mejor reputación que Comey, es Mueller y este no va a parar”, señala el alto cargo en seguridad. “Y que nadie piense que Comey se va a retirar del escenario. Él y Mueller han trabajado muchos años juntos y confían plenamente uno en el otro”, indica Graff.  La Casa Blanca, con Comey y Mueller, tiene un problema. Saben disparar y no les tiembla el pulso.

Epidemia de terror urbano. De Jan Martínez Ahrens

el paisLa tasa de criminalidad crece en las ciudades de América Latina, pese al dinamismo que ha experimentado la región. Drogas, armas y falta de expectativas forman parte de la ecuación.

Policías mexicanos junto a un cadáver en Acapulco, la ciudad con una de las tasas más altas de homicidios. PEDRO PARDO (AFP)

Policías mexicanos junto a un cadáver en Acapulco, la ciudad con una de las tasas más altas de homicidios. PEDRO PARDO (AFP)

1350855123_238085_1350890494_fotograma_2Jan Martínez Ahrens, 4 diciembre 2016 / EL PAIS

El culatazo dio en la ventanilla del Jeep Cherokee gris. “¡Abre o mueres!”. Dos ojos rojos le miraban. El conductor tenía que decidir. Estaba en el corazón burgués de la Ciudad de México. Había peatones a menos de dos metros, coches por delante y por detrás, y un atracador de 26 años a pocos centímetros de su cara empuñando una pistola. La duda duró menos que el miedo. El conductor bajó la ventanilla e inmediatamente pasó a formar parte de un variopinto grupo al que ese día también pertenecían un padre desvalijado cuando paseaba con sus hijos, una extranjera de pelo dorado raptada y violada, cuatro estudiantes torturados y una decena de campesinos baleados. Un día como tantos otros en México en que se denunciaron 45.000 delitos y quedaron en la sombra otros 400.000. Un día en que, una vez más, creció esa masa informe y terrible que igual roba, viola o mata y a la que se define como inseguridad.

El concepto es débil y difuso. Se sabe que la inseguridad prolifera en las ciudades y que se dispara con el tráfico de drogas. A partir de ahí, es imprevisible. Muta rápidamente y se adapta a casi cualquier ambiente. Hubo un tiempo en que se vinculó a la pobreza. Hace mucho que esta teoría quedó alicorta. Demasiado lineal. La miseria no es causa suficiente. Y a veces ni siquiera necesaria. América Latina es un buen ejemplo para entenderlo.

El área registra una de las mayores tasas delictivas del mundo. Más de un millón de asesinatos entre 2000 y 2010. En 11 de sus 18 países, los homicidios tienen estatus de epidemia, es decir, superan los 10 casos por cada 100.000 habitantes. Hay ciudades como Caracas, Acapulco, San Pedro Sula o San Salvador donde este índice es 10 veces mayor. Ahí no se trata de una epidemia, sino de puro terror.

Pero en este territorio no todo ha ido mal. Por el contrario, Latinoamérica experimentó en la década pasada uno de los mayores desarrollos económicos de su historia. El desempleo descendió de forma sostenida, 70 millones de ciudadanos salieron de la pobreza y el crecimiento agregado fue del 4,2% anual. Un sueño para cualquier economista. No para un policía. Con la bonanza, la criminalidad también aumentó. Homicidios y robos alcanzaron tasas delirantes. La bienintencionada correlación (menos pobreza-menos delito) encalló. La inseguridad demostró tener una genética más compleja. Detrás del delito latían fuerzas poco estudiadas.

La paradoja, devastadora para las charlas de café centroeuropeas, ha sido analizada con detenimiento por el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD). En un informe referencial, publicado en 2014, se constató que la singularidad se mueve en aguas profundas. Ni siquiera hay una relación estrecha entre ingreso y crimen. Honduras y El Salvador presentan las tasas de homicidio más altas, pero sufren la misma pobreza que Bolivia y Paraguay, con los menores índices de homicidios de la región.

Otro tanto sucede con la desigualdad y el desempleo. Su reducción en la década prodigiosa no trajo consigo, según los expertos de la ONU, un descenso de las muertes y los robos. “Tomadas por separado, la pobreza, la desigualdad de ingresos y el desempleo no parecen explicar satisfactoriamente los niveles de inseguridad en la región. Por el contrario, el crimen ha aumentado en un contexto regional de crecimiento dinámico y de mejoras notables en indicadores sociales. Entender esta particularidad requiere aceptar que la violencia y el crimen no tienen explicaciones simples”, señala el informe del PNUD.

Derribados los tópicos, emerge como posible factor causal algo profundamente enraizado en América: las grandes organizaciones criminales, especialmente las dedicadas al narcotráfico. Su capacidad de corrupción, su penetración en los aparatos estatales y su letalidad las convierten en un candidato explicativo de primer orden. Pero nuevamente la inseguridad se escapa a reduccionismos. “El narcotráfico dinamiza el delito, pero no es el origen, su desaparición no cambiaría radicalmente el panorama, siempre habría mercados ilícitos, negocios sucios, diversificación criminal. Legalizar la droga no es la varita mágica”, afirma Gema Santamaría Balmaceda, profesora del Instituto Tecnológico Autónomo de México y asesora principal del informe del PNUD.

Visto así, el narco es más una consecuencia que una causa. Hay un caldo de cultivo previo, cuyo origen es multifactorial y, por tanto, difuso. Como cualquier concepto débil, la inseguridad vive en continua transformación y es poroso al cambio social. Influyen factores como las expectativas sociales, la calidad del empleo, los entornos urbanos masificados y, desde luego, las drogas y las armas.

“La franja rescatada de la pobreza no ha entrado
en la clase media. Tiene un pie dentro y otro fuera.
Al menor vendaval puede volver al pozo”

“No hay una evidencia fuerte de correlación entre la pobreza y la desigualdad con el delito, pero sí que hemos advertido la importancia cardinal que tiene el crecimiento de la sociedad de consumo. Se forman enormes mercados ilegales de coches, teléfonos, comida, animales… sostenidos por altísimas demandas que paradójicamente responden a una mejora de los ingresos de las clases medias bajas”, explica Marcelo Bergman, director del Centro de Estudios Latinoamericanos sobre Inseguridad y Violencia de la Universidad Tres de Febrero, en Argentina.

Estas nuevas tipologías, agrupadas en el denominado “delito aspiracional”, representan uno de los fenómenos más disruptivos. Y su explicación no es sencilla. Los estudios muestran que la franja social rescatada de la pobreza durante la década áurea no ha entrado directamente en la clase media, sino que tiene un pie dentro y otro fuera. Al menor vendaval puede volver al pozo. Forma el llamado “grupo vulnerable” y es la clase más numerosa de Latinoamérica: un 38% de población. Sus empleos son de escasa calidad, viven expuestos a la informalidad económica y su movilidad social es mínima. El desarrollo económico, por tanto, no ha creado una barrera fuerte frente al delito. Justo al revés. Las ansias de consumo se han disparado, pero no los medios para satisfacerlas. El problema no es la pobreza, sino la falta de expectativas. “Las personas en situación de pobreza no son necesariamente las que delinquen, sino que lo hacen quienes tienen aspiraciones para alcanzar las metas prescritas por la sociedad (ropa de marca o celulares de última generación), pero que tienen desventajas para materializarlas con malos empleos y sueldos bajos”, señala el informe del PNUD.

Junto a la insatisfacción social, otro detonante silencioso es el entorno. No hay zona más urbanizada del mundo que Latinoamérica. El 80% de la población vive en ciudades. En la periferia de la capital de México, una megaurbe de 23 millones de habitantes, lo explica, colonias como Desarrollo Urbano Quetzalcóatl (68.000 habitantes) no tienen una sola biblioteca, pero sí 450 establecimientos de venta de alcohol. El barrio, con el 70% de desempleo juvenil, tiene el dudoso honor de ser el que más presos aporta a las cárceles del Distrito Federal.

Es en espacios así donde bulle la sopa prebiótica de la violencia. Mundos sin memoria de mejoras, con empleos de ínfima calidad y derrotas por doquier. Todo listo para el último ingrediente: el tráfico de drogas. “El narcotráfico exacerba hasta la caricatura los ideales consumistas de la sociedad en que vivimos: coches, mujeres y armas”, explica Andreas Schedler, profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y autor de En la niebla de la guerra: Los ciudadanos ante la violencia criminal organizada.

En los arrabales, el narco actúa como ascensor social. Ofrece lo que el sistema niega. Pero exige el uso de armas. Y a nadie se le escapa el impacto que tiene un balazo. Un solo asalto con revólver causa miedo; decenas de miles, terror social. En América Latina, entre un tercio y la mitad de los robos son perpetrados con armas de fuego. Una media que sube al 78% en el caso de los homicidios. En Brasil, Chile o Argentina más del 60% de los presos reconocen que tuvieron su primera arma de fuego antes de los 18 años. Eso es la inseguridad.

Frente a esta marea, las barreras de contención son pocas. A veces, esto no se entiende en Europa y EE UU. La policía, las fiscalías, el Estado son en grandes zonas de América Latina entes ineficaces, inexistentes o están penetrados por el narco. No totalmente, pero sí lo suficiente como para que no tengan efectos disuasorios.

La solución requerirá tiempo. A su alrededor se acumulan grandes palabras: educación, redistribución, enfoques integrales. “No hay bala de plata y depende de si los países tienen una tasa alta o baja de criminalidad, pero desde luego la inversión social y reducir la impunidad ayudan”, indica el profesor Marcelo Bergman. “Hay que cuidarse del populismo penal, la mano dura y la tolerancia cero. Quien promete remedios a corto plazo no es creíble. Pero tampoco hay que resignarse: el esfuerzo social colectivo puede lograr resultados drásticos en 5 o 10 años”, explica Schedler.

Y mientras se avanza, el crimen sigue ahí. Lo saben bien los más ricos. En Latinoamérica ya hay un 50% más de vigilantes privados que agentes de policía. La vida tranquila sólo existe dentro de la burbuja. El lobo anda por las calles. Cualquiera puede ser la próxima víctima. Da igual ir en un buen coche o por una calle respetable. La violencia puede llamar a su ventana. Un culatazo, dos ojos enrojecidos y usted tendrá que decidir. Bajar o no bajar el cristal.