guerra civil

Carta sobre el 10 de enero. De Paolo Luers

10 enero 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Un día 10 de enero como hoy, pero del año 1981, llegué a El Salvador. Cumplo 38 años de vivir y trabajar aquí – ya más que los años que pasé viviendo en Alemania.

Este mismo día, el 10 de enero 1981, estalló la guerra que durará 11 años. Se anunció con unos bombazos en el cuartel San Carlos, a dos cuadras de la casa donde con otros periodistas estuvimos esperando el inicio de la ofensiva. En el avión me habían advertido que a las 5 de la tarde iba a comenzar la guerra, cosa que por supuesto no la creí – hasta que utualito a esta hora empezó a temblar la colonia Laico.

Este día cambió la historia del país – y ciertamente la mía. De repente me encontré en medio de una guerra, con balas y muertos de verdad, una guerra que comencé a acompañar como observador, pero que pronto me arrastró como un remolino en corrientes cruzadas de agua. Lo más violento que había visto como reportero y fotógrafo habían sido manifestaciones donde estudiantes y antimotines se agarraron a palos – pero el 11 de enero 1981 ya me tocó tomar fotos de muertos en combate, y de cadáveres que en sus manos tenían naipes, los “calling cards” de un escuadrón de la muerte. Poco después tomé la decisión de unirme a la guerrilla.

Cuando 11 años después pusimos fin a esta guerra, decidí quedarme y ser partícipe de la reconstrucción del país y de su tejido social. ¿Qué sentido tiene aguantar la guerra, si luego uno no disfruta de la paz, de la libertad, de los retos que plantean?

Hoy, 38 años después, todavía me topo (sobre todo en las redes sociales) con algunos que me niegan el derecho de opinar y participar en la política del país en el cual he pasado una vida entera luchando, trabajando, haciendo familia, educando a mis hijos, ejerciendo mi oficio, debatiendo. Callate viejo, ni sos de aquí… Me dan risa. Muchas veces no tienen ni la mitad de años de vivir en El Salvador que yo. Lo que se construyó en la guerra y en la paz les parece un sistema obsoleto, poco cool, nada sexy, deficiente, aburrido, lo mismo de siempre. Te dicen en la cara que todas estas luchas no cambiaron nada, no lograron nada – y que Bukele tiene razón de querer botar este sistema y refundar la Patria.

Pero esto no va a pasar. Somos demasiados los que sí hemos vivido la guerra y aprendido sus lecciones. Somos demasiados que nos recordamos de los tiempos cuando por una broma o una canción te podían detener o incluso matar. Son demasiados también los jóvenes que, aunque hacen uso de la libertad de criticar y protestar, no se compran el discurso anti político y anti sistema – mucho menos de un hijo de papi, que nunca tuvo que arriesgar nada en su vida.

Por esto no me afligen los fanáticos. En 38 años he venido a conocer a mi gente. Joden, pero no se dejan joder. Pueden dejarse engañar, pero no dos veces por los mismos. Defienden lo conquistado.

Saludos,

El cambio en el corazón. De Manuel Hinds

Manuel Hinds-05Manuel Hinds, 23 febrero 2018 / El Diario de Hoy

Hay un tema que se repite continuamente en todo tipo de narrativas, desde los mitos ancestrales que se han convertido en las bases de todas las culturas hasta los cuentos, las novelas y las obras de teatro que dan forma específica a estas culturas. El tema es la disyuntiva entre crecimiento y fracaso que las sociedades y las personas tienen que confrontar continuamente a lo largo de sus vidas. Las sociedades crecen y se desarrollan cuando enfrentan dificultades y las vencen. Así, pues, el proceso del desarrollo está siempre asociado con una narrativa de luchas, fracasos y triunfos. Esta narrativa es la que forma los mitos, los cuentos y las novelas… y la historia.

EDH logTípicamente, en estas narrativas, las personas (o las sociedades) enfrentan un reto que amenaza su capacidad de crecer y hasta su existencia. La sociedad genera una respuesta, que puede ser exitosa o perdedora. Los protagonistas siempre tienen oportunidades de redimirse después de haber tomado una ruta perdedora, pero el costo para la sociedad se vuelve peor mientras más tiempo se mantiene esta ruta negativa. En los mitos y las narrativas épicas, y en las ficciones exitosas, los protagonistas tardan tiempo en darse cuenta de que han tomado un camino equivocado, y cuando se dan cuenta y tratan de enderezarlo, se encuentran con que rectificar el rumbo requiere reconocer errores profundos y realizar transformaciones internas también profundas. Esto es muy difícil de hacer.

En el caso de El Salvador, es claro que hemos caído por el lado equivocado, y desde hace mucho tiempo. Un país que tenía un rumbo definido de progreso, reconocido internacionalmente, tomó de pronto un mal rumbo que nos ha llevado a la triste situación actual. ¿Qué fue lo qué pasó y cuándo?

Los errores que descarrilan países nunca son materiales, no se deben a la selección de alguna tecnología inapropiada o a haber hecho un proyecto innecesario, problemas que pueden resolverse fácilmente. Los errores fatales como los de El Salvador tienen que ver con el comportamiento ético de las personas. Resolverlos requiere lo que en el idioma inglés se expresa tan claramente como cambios en el corazón de ellas.

El error fatal que nos tiró por la ruta equivocada fue el haber escogido el camino del odio de clases. El error fue fatal desde todo punto de vista. El odio fue promovido como una solución a problemas materiales pero sus efectos materiales fueron catastróficos. El desarrollo no se da automáticamente, necesita de unidad de propósito en la sociedad, y el odio de clases no solo destruye esta unidad de propósito sino que disloca a la sociedad en millones de odios personales. Estos odios llevaron a guerra con sus ochenta mi muertos y luego al estancamiento porque un porcentaje minoritario pero sustancial de la población considera que la satisfacción de los odios debe tener prioridad sobre el desarrollo del país.

Los que promovieron el odio también pretendieron justificarlo en términos espirituales, tratando de convertir en religión de odio a la religión que revolucionó el mundo hace veinte siglos por estar basada en el amor. Los resultados en esta dimensión espiritual han sido también catastróficos. El odio, cuando se siembra, brota en todas las direcciones, y nadie puede negar que el que se manifiesta todos los días en los crímenes de las maras está íntimamente relacionada con el que se sembró para matar a los ricos y a los que no creían en el odio mismo.

Ningún argumento filosófico puede negar que en el fondo de ambas violencias hay un principio común: la idea de que hay personas que merecen ser asesinadas por pertenecer a ciertos grupos, clases sociales o maras. Lo único que varía entre los crímenes cometidos por el odio de clases y los cometidos por el odio entre maras, o por el desprecio a los que no son de ninguna mara, es el motivo que supuestamente legitima el crimen. Esto va contra el cristianismo, contra el desarrollo social, económico político, y contra todo lo que es civilizado.

Esto es lo que hay que abandonar, lo qué hay que reconocer que fue un error y revertir con toda la energía que la sociedad pueda reunir. Los que llaman al odio pueden predicar lo que quieran, pero el pueblo debe dejarlos hablar solos. Ya han hecho demasiado daño.

Una segunda columna de Manuel Hinds sobre el tema:
El odio de clases y las maras

Una columna de Paolo Luers sobre el tema:
El gueto genera odio y violencia

Salute to a Communist. De John McCain

Sen. John McCain, R-Ariz., called the 800-page immigration reform bill proposed by a bipartisan group of senators a "fair, comprehensive and practical solution" to a difficult problem.

John McCain, senador republicano de Arizona, candidato presidencial en 2008, veterano de Vietnam

John McCain, 24 marzo 2016 / THE NEW YORK TIMES

AN interesting obituary appeared in The New York Times recently, though the death of its subject last month was largely unnoticed beyond his family and friends.

That’s not surprising. Delmer Berg wasn’t a celebrity. He wasn’t someone with great wealth or influence. He had never held public office. He was a Californian. He worked as a farmhand and stonemason. He did some union organizing. He was vice president of his local N.A.A.C.P. chapter. He protested against the Vietnam War and nuclear weapons. He joined the United States Communist Party in 1943, and, according to The Times, he remained an “unreconstructed Communist” for the rest of his life. He was 100.

He was also the last known living veteran of the Abraham Lincoln Brigade.

Not many Americans younger than 70 know much about the Lincoln Brigade. It became the designation given to the nearly 3,000 mostly American volunteers who fought in the Spanish Civil War in 1937 and 1938. They fought on the Republican side, in defense of the democratically elected leftist government of Spain, and against the Nationalists, the military rebels led by Gen. Francisco Franco.

The Nationalists claimed their cause was anti-Communism and the restoration of the monarchy, and the Republicans professed to fight for the preservation of democracy. Fascists led the former, while Communists, both the cynical and naïve varieties, sought control of the latter. And into the Republican camp came idealistic freedom fighters from abroad.

The Lincoln Brigade was originally called a battalion, one of several volunteer units that were part of the International Brigades, the name given the tens of thousands of foreign volunteers who came from dozens of countries, and were organized and largely led by the Comintern, the international Communist organization controlled by the Soviets. Franco’s Nationalists were supported by Nazi Germany and Mussolini’s Italy.

Spain became the theater where the three most powerful ideologies of the 20th century — Communism, fascism and self-determination — began the war that would continue, in some form or another, for more than half the century until the advocates of liberty, and their champion, the United States, prevailed.

Delmer Berg, el último sobreviviente de la Brigada Lincoln que comabtío en la guerra civi española

Delmer Berg, el último sobreviviente de la Brigada Lincoln que comabtío en la guerra civi española

Not all the Americans who fought in the Lincoln Brigade were Communists. Many were, including Delmer Berg. Others, though, had just come to fight fascists and defend a democracy. Even many of the Communists, like Mr. Berg, believed they were freedom fighters first, sacrificing life and limb in a country they knew little about, for a people they had never met.

You might consider them romantics, fighting in a doomed cause for something greater than their self-interest. And even though men like Mr. Berg would identify with a cause, Communism, that inflicted far more misery than it ever alleviated — and rendered human dignity subservient to the state — I have always harbored admiration for their courage and sacrifice in Spain.

I have felt that way since I was boy of 12, reading Hemingway’s “For Whom the Bell Tolls” in my father’s study. It is my favorite novel, and its hero, Robert Jordan, the Midwestern teacher who fought and died in Spain, became my favorite literary hero. In the novel, Jordan had begun to see the cause as futile. He was cynical about its leadership, and distrustful of the Soviet cadres who tried to suborn it.

But in the final scene of the book, a wounded Jordan chooses to die to save the poor Spanish souls he fought beside and for. And Jordan’s cause wasn’t a clash of ideologies any longer, but a noble sacrifice for love.

“The world is a fine place and worth the fighting for,” Jordan thinks as he waits to die, “and I hate very much to leave it.” But he did leave it. Willingly.

 Delmer Berg, standing second from right wearing a beret, with the Abraham Lincoln Brigade in Spain around 1938. Credit Abraham Lincoln Brigade Archives

Delmer Berg, standing second from right wearing a beret, with the Abraham Lincoln Brigade in Spain around 1938. Credit Abraham Lincoln Brigade Archives

Mr. Berg went to Spain when he was a very young man. He fought in some of the biggest and most consequential battles of the war. He sustained wounds. He watched friends die. He knew he had ransomed his life to a lost cause, for a people who were strangers to him, but to whom he felt an obligation, and he did not quit on them. Then he came home, started a cement and stonemasonry business and fought for the things he believed in for the rest of his long life.

I don’t believe in most of the things that Mr. Berg did, except this. I believe, as Donne wrote, “no man is an island, entire of itself.” He is “part of the main.” And I believe “any man’s death diminishes me, because I am involved in mankind.”

So was Mr. Berg. He didn’t need to know for whom the bell tolls. He knew it tolled for him. And I salute him. Rest in peace.