fútbol

El racismo nunca jamás debería ser aceptado. De Mesut Özil

En unas declaraciones publicadas en su cuenta de Twitter, el futbolista alemán Mesut Özil, campeón mundial del 2014 y actualmente jugador del Arsenal de Londres, renunció el 22 de julio 2018 a la selección alemana, acusando al presidente del DFB, la Federación Alemana de Fútbol, y a parte de los medios y de la aficción alemana de actitudes racistas. Özil es un jugador nacido en Alemania de padres inmigrantes turcos. Las declaraciones del futbolista han tenido fuerte impacto en Alemania, y van a abrir debates sobre fútbol e integración, fútbol y migración, y fútbol y racismo.

Segunda Vuelta

22 julio 2018 / TWITTER

La vida. De Cristian Villalta

Si el observador afila el ojo, se dará cuenta de que esta Copa del Mundo es un testimonio de los efectos de la inmigración en Europa Occidental.

8 julio 2018 / La Prensa Gráfica

Crecí creyendo que los belgas, todos, eran como Tintín. El personaje de Hergé, además de rubio, intrépido, más bien chaparro y suma de todas las virtudes, es reportero. Y uno de los buenos, como lo demuestra en sus múltiples aventuras, investigando crímenes y estableciendo contacto con todo tipo de culturas.

Una de sus pesquisas lo lleva al Congo belga, que es como se conoció durante medio siglo a lo que ahora es la República Democrática del Congo. Y ahí, en unas oprobiosas páginas, Hergé más que Tintín exhibió todo su colonialismo, esa sofisticada versión del racismo de la cual Bélgica, Alemania, Francia, Italia y España padecieron hasta la Segunda Guerra Mundial.

El libro fue un éxito de ventas, como prácticamente todo lo producido por Hergé. Y claro, aunque criticado hasta la fecha e incluso objeto de un extemporáneo juicio por racismo en 2016, reforzó la cosmovisión de varias generaciones.

Solo el fútbol, tan quintaesencia de la cultura de masas como el cómic, puede permear en estereotipos de esa índole, lamentablemente tan adheridos a la construcción de la identidad nacional en el Primer Mundo. Y, aunque parezcan mundos diferentes, 80 años después uno de los nuevos símbolos del nacionalismo belga no es un chaparrito chelito con un copete rubio sino un gigantón moreno de 1.91 metros y 209 libras de peso de nombre Romelu Menama Lukaku. Y sí, sus padres son inmigrantes congoleses.

Lukaku no es un ave rara ni en Bélgica ni en esta Copa del Mundo. También hay sangre congolesa en sus compañeros Vincent Mpoy Kompany, Dedryck Boyata, y marroquí en la de Marouane Fellaini. Y entre los otros tres países clasificados a las semifinales, podemos decir lo mismo de una selección francesa en la que hay chicos de ascendencia senegalesa, argelina, maliense, congolesa, e incluso un nacido en Camerún; o de Inglaterra, que en el registro genético de su competitiva selección goza de la mixtura de países como San Cristóbal y Nevis, Ghana, Jamaica y Nigeria.

Rusia 2018 ha sido pródigo en selecciones europeas que aumentaron su potencial competitivo merced a la inmigración registrada en sus países. No es una obviedad: aunque Europa Occidental ha sido multicultural desde siempre, reconocer el mestizaje, aceptarlo y reivindicarlo al poner a sus hijos y nietos ante los ojos de todo el planeta, enfundados en una camiseta con tus colores y cantando tu himno no ha sido automático para esos países.

Hace apenas 20 años, cuando Francia ganó el Mundial con 14 hijos de inmigrantes como su base, el ultraderechista Jean Marie Le Pen renegó de ese equipo como un símbolo de su país.

Desde entonces, el mestizaje ha sido indispensable para los triunfos deportivos de Francia, Inglaterra, Bélgica, Alemania y Suiza, sin traumas para nadie excepto para los países que los han sufrido en la cancha.

Es que el fútbol es como la vida, dirá alguno. Puede ser la metáfora de una nación, un instrumento propagandístico, un negocio despiadado, una excusa para la verborrea pseudoliteraria o la materia de un periodismo banal lleno de hipérboles. Sí, puede ser todo eso, pero solo porque el fútbol no es como la vida; el fútbol es la vida.

Revolución desde el fútbol. De Fernando Palomo

fernando-palomoFernando Palomo, 10 diciembre 2016 / EDH

El fútbol salvadoreño necesita una revolución. No de esas revoluciones que destruyen las instituciones y se instalan en nombre del pueblo pero terminan sirviéndose del pueblo para satisfacer sólo a sus líderes. George Orwell lo escribió en “Rebelión en la granja”. Los animales de aquella granja fueron empujados por el cerdo Mayor a expulsar al dueño con la premisa de tomar el control colectivo de la propiedad. El cerdo logró su objetivo y además se quedó con la casa del dueño y con el control de los animales. El libro fue un éxito en 1945 y su contenido es relevante todavía. Las revoluciones de ese tipo fallaron en muchos lugares como para creer que son un camino. De esas revoluciones no soy aficionado.

Soy aficionado de los movimientos que modifican radicalmente el estado de las cosas, pero con intención de un beneficio colectivo, no particular. Tampoco creo que sea cuestión de un mesías con la maquinaria para construirle una imagen ficticia, sin sustento. Esos buscan el poder, por el poder mismo y se afirmarán a él a costa de todo. Argentina tuvo a Julio Grondona al frente de la AFA por 35 años. Grondona convocaba elecciones pero controlaba todo de ellas, desde los votantes hasta quienes contaban los votos. Argumentaba la legitimidad de su dominio en los procesos democráticos que ampliaban su periodo. Grondona se casó con el poder de la AFA hasta que la muerte lo separó. Fue un dictador. De esos tampoco soy aficionado.

screen-shot-2016-12-20-at-9-01-18-pmAunque no creo que los problemas del fútbol nacional se resuelvan en un periodo de gestión federativa. Cuatro años es muy poco tiempo para enderezar el tronco de un árbol torcido. Talar ese árbol tampoco es la solución, hay que inyectarle savia sana, fuerte, pero sobre todo savia nueva. Una que entienda que no se puede vender barato el producto de entretenimiento de mayor atractivo para el aficionado nacional. Que el fútbol merece la profesionalización de sus procesos de gestión, que no puede seguir bajo los manuales de improvisación que lo han dominado desde los tiempos en los que el Campo Marte era el centro neurálgico del deporte salvadoreño.

No hace falta más que un vistazo a la semana anterior para darse cuenta que el manual del perfecto idiota sigue en los estantes de la FESFUT. La comisión formada para la elección del nuevo entrenador de la selección nacional fue un premio al descaro. Tres meses desde el anuncio de su conformación, pasando por su juramentación y una conferencia de prensa para comunicar avances, hasta llegar al anuncio de un técnico, ¡que no fue la recomendación de la comisión! Un entrenador que calza perfecto para los planes de una FESFUT sin dinero: Lara ya estaba en planilla.

La Primera División tiene un par de partidos de gran atractivo en cada uno de sus dos torneos: las semifinales y la final. Aún así las finales corren en el riesgo de la eliminación en semifinales de un equipo de importante convocatoria. Conspirando contra los mismos intereses de sus socios, prestando el manual a la FESFUT, la Primera decidió programar los partidos de ida de las semifinales del Torneo Apertura con media hora de diferencia entre el arranque de uno y otro. Partidos disputados a diez kilómetros de distancia y casi al mismo tiempo.

Y luego la primera convocatoria de Eduardo Lara. Una FESFUT sin una postura firme sobre la relación de la Selección Nacional con los jugadores que alguna vez estuvieron directa o indirectamente relacionados con amaños de partidos, provoca esto. Lara es responsable, pero no es su prioridad convertir a la Selección en una institución promotora de valores. Lo ponen a ganar partidos no a servir de ejemplo. Triste pero cierto. Víctima o cómplice de esta constante erosión de principios, la FESFUT hace de Pilatos y se lava las manos. Se instala en la peor de las actitudes: la desidia. La Selección pierde la oportunidad de sentar un precedente que la edifique como un lugar privilegiado y abre la puerta a quienes la creyeron barata.

Revolucionar el fútbol nacional significa modificar las prácticas que lo han llevado a esta parálisis, y hablar de las cosas que merecen un cambio profundo y uno que debe llegar pronto. Sin las destrucción de la FESFUT y sí con el fortalecimiento de sus estatutos. Podría hablar de la final, del fútbol nacional, del estadio lleno, de la reiterada falta de respeto al himno, del buen primer tiempo de Santa Tecla, del gol de Fito y del partido del Loco Abreu. Podríamos hablar de una de las mejores finales de los últimos tiempos. Pero entiendo que hay cosas que son importantes y de las que no se habla con frecuencia. Seré culpable de aprovecharme del escenario para hablar de estos temas, pero prefiero hablar de lo que encontraremos después que pase el bullicio de la final.