Farc

Opiniones sobre el acuerdo colombiano. Felipe Gonález y Joaquín Villalobos

El mejor de los acuerdos posibles

Desde la emoción de vivir un momento como este, tanto tiempo esperado; y desde la razón que comprende el desafío que queda por delante, mi alegría es inmensa.

Felipe González, ex-presidente del gobierno español

Felipe González, ex-presidente del gobierno español

Felipe González, 22 junio 2016 / EL PAIS

Desde la emoción de vivir un momento como este, tanto tiempo esperado; y desde la razón que comprende el desafío que queda por delante, mi alegría es inmensa. Siempre ha sido más fácil hacer la guerra que construir la paz.

La guerra es más dolorosa por sus víctimas y sus horrores, más costosa en recursos humanos y materiales, pero más simple. Al final, se trata de destruir al otro, a lo que dé lugar. Quien tiene más capacidad de hacerlo, puede terminar ganando.

Hacer la paz, crear una cultura de paz, ampliar la democracia para que quepan todos los que estén dispuestos a renunciar a la violencia, recuperar a los desplazados, reconocer y compensar a las víctimas y trabajar, gobernar, para todos, con un desarrollo incluyente, es una tarea más compleja, más difícil, pero mucho más satisfactoria.

Eso es lo que toca ahora, en esta nueva etapa de la historia de Colombia. Y hay que hacerlo con todos los poderes del Estado, con sus instituciones y con todos los ciudadanos que quieren la paz, la libertad y el bienestar de Colombia.

¡La paz es de los colombianos y para los colombianos! ¡La paz es de todos y para todos! La paz que quiere toda América Latina. La paz que alegra al mundo, atenazado por guerras y conflictos en Oriente Medio, en África… ¡Por fin una buena noticia! ¡Por fin se acaba el conflicto más antiguo de América Latina!

Desde Belisario Betancur hasta Juan Manuel Santos, todos los presidentes, sin excepción, lo han intentado con determinación, con buena fe, interpretando el deseo de la inmensa mayoría de los colombianos. A todos hay que agradecer sus esfuerzos, su contribución.
Ahora está en las manos de los protagonistas de verdad: ¡los ciudadanos de este gran país que es Colombia!

No hay, no puede haber, acuerdos “perfectos” porque no serían acuerdos. Los hay posibles e imposibles. Y este es posible, el mejor de los posibles, aunque cada uno tenga derecho a pensar en que lo hubiera hecho mejor.

Por eso, esta es la hora de la unidad por la paz, por el fin del horror. Para resarcir a las víctimas, a los desplazados, para volver a convivir, para reconciliar a todos los hombres y mujeres de buena fe.

He sido testigo comprometido de todos los esfuerzos para acabar el conflicto, dispuesto siempre a servir, en lo que pudiera, a los presidentes que me lo pidieron. Lo hice como presidente del Gobierno de España y como ciudadano, durante 35 años. Y, ahora, llego a sentirme como un colombiano más, desde ese regalo de nacionalidad compartida del que disfruto.
He participado de las dudas y angustias de todo el proceso. He comprendido la desconfianza de tantos colombianos, tan grande como su deseo de paz.

Quiero agradecer a todos los presidentes de Colombia que me hayan tratado como amigo y me hayan permitido aportar un esfuerzo modesto por la paz. Pero, sobre todo, siento gratitud por los colombianos que me trataron siempre con cariño y respeto. Era lo mismo que sentía y siento por ese pueblo magnífico y próximo.

¡¡¡Felicidades Colombia!!!

El acuerdo de los acuerdos.

El mito de que no era posible la paz en Colombia ha muerto.

Joaquín Villalobos, fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerra

Joaquín Villalobos fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerra

Joaquín Villalobos, 22 junio 2016 / EL PAIS

Medio siglo de conflicto, varios intentos de negociaciones fallidas, dos años de conversaciones secretas y cuatro de negociaciones públicas son el camino recorrido que ha llevado a la guerrilla de las FARC a firmar el acuerdo de cese de fuego y dejación de las armas en La Habana. Las exploraciones confidenciales comenzaron a inicios del año 2010, durante la administración del presidente Álvaro Uribe, ahora el principal opositor al proceso. Esos contactos fueron retomados por el presidente Juan Manuel Santos y, a finales de ese año, se iniciaron conversaciones secretas, se acordó una agenda que incluyó el desarme y se designó a La Habana como sede de las negociaciones. En estos años la opinión pública colombiana se ha mantenido dividida entre los que creían y los que no creían que el desarme de la guerrilla sería posible. Con este acuerdo, las FARC han puesto sus armas sobre la mesa con fecha para dejarlas, por lo tanto el mito de que esto no era posible ha muerto.

Se habla mucho de las garantías y mecanismos para que los acuerdos se cumplan, pero la realidad es el principal garante. Después de muchas décadas de violencia recurrente, está en el propio interés del Estado colombiano tener presencia y llevar el desarrollo a la Colombia rural, profunda y salvaje. Igualmente, después de medio siglo de lucha armada está en el propio interés de las FARC dejar las armas y pasar a la lucha política. En esencia, el acuerdo de paz es el cruce histórico de estos dos intereses. En medio de esto tendrán que atenderse los daños dejados por el conflicto en cuanto a reinserción, justicia, víctimas y narcotráfico.

Progresar jamás implica que las dificultades terminan, progreso es cambiar unos problemas por otros que nacen como producto de que los anteriores fueron resueltos. El gran reto del posconflicto será pacificar en lugares donde la insurgencia, el paramilitarismo y la criminalidad se convirtieron, por la ausencia del Estado, en profesiones bien reconocidas, respetadas y remuneradas. Terminado el conflicto comienza la tarea de reducir la profunda asimetría entre la Colombia sofisticada y la Colombia salvaje. Con el acuerdo de paz otro país está en marcha, pero los retos para que siga avanzando son enormes. Lo que viene sin duda no será fácil, pero será menos peor que los 225.000 muertos y los seis millones de desplazados.

Screen Shot 2016-06-22 at 6.06.11 PM.png

También existen opiniones críticas, como esta que publicó el ex presidente colombiano Andrés Pastrana en redes sociales

Las FARC trabajan con los cárteles mexicanos para traficar cocaína: DEA

La DEA detalla en un informe la influencia de los criminales mexicanos en el mercado de narcóticos en Estados Unidos.

Agentes de la DEA escoltan a un detenido. / AP

Agentes de la DEA escoltan a un detenido. / AP

Sonia Corona, 5 noviembre 2015 / EL PAIS

el paisLos cárteles mexicanos de la droga son los más poderosos en Estados Unidos y el resto de las organizaciones criminales lo saben bien. Un informe de la Agencia Antidrogas estadounidense (DEA, por sus siglas en inglés) publicado este miércoles desvela que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) se ha aliado con los narcotraficantes de México para traficar cocaína en Estados Unidos. Los mexicanos se han posicionado estratégicamente en el país y han creado redes que facilitan el tráfico de narcóticos por todo el territorio estadounidense.

“Las investigaciones muestran una relación de trabajo entre múltiples frentes de las FARC y organizaciones criminales mexicanas, incluyendo a los Zetas, el cartel de los Beltrán Leyva, el cártel de Jalisco Nueva Generación y el cártel de Sinaloa con el fin de transportar cocaína hacia Estados Unidos”, señala el informe. En rastreo del tráfico de esta sustancia han descubierto los negocios que organizaciones colombianas como Los Urabeños y las FARC tienen con los cárteles de Sinaloa y Juárez para distribuir la droga en el oeste de Estados Unidos.

Los mexicanos han establecido centros de distribución
de drogas en las ciudades de Boston, Chicago, Los Ángeles y Filadelfia

El informe despliega un detallado mapa de los cárteles mexicanos y su poderío en México, así como su distribución en el mercado estadounidense de la droga. “No hay otras organizaciones, en este momento, con la infraestructura y el poder para desafiar a los cárteles mexicanos por tomar el control del mercado estadounidense de las drogas”, reconoce la DEA en el reporte de 150 páginas.

La organización más poderosa, sin duda, es el cártel de Sinaloa. Su líder, Joaquín El Chapo Guzmán, fugado de una prisión mexicana de máxima seguridad en julio, ha fraguado en los últimos años una extensa red de trasiego ilegal en la frontera entre ambos países que ha impedido a las autoridades de EE UU aumentar los decomisos. Sin embargo, el informe también apunta hacia el crecimiento del Cártel Jalisco Nueva Generación como consecuencia del respaldo de varios grupos criminales. “Se ha convertido en una de las organizaciones criminales más poderosas en México y en algunos casos es rival del cártel de Sinaloa en las operaciones de tráfico en Asia, Europa y Oceanía”, apunta la DEA.

Los mexicanos han establecido centros de distribución en las ciudades de Boston, Chicago, Los Ángeles y Filadelfia. Según la investigación de la Agencia Antidrogas, los traficantes trasladan sus cargamentos a casas de seguridad en ciudades fronterizas y después transportan las sustancias hacia estos centros urbanos para comercializarlas entre las pandillas estadounidenses que se encargan de la venta al menudeo. Su hegemonía la han conseguido, principalmente, por dominar los mercados de la heroína, las metanfetaminas, la cocaína y la marihuana.

Mapa de los territorios de los cárteles mexicanos de la droga

Mapa de los territorios de los cárteles mexicanos de la droga. / DEA

Para transportar los cargamentos, los cárteles utilizan trailers con compartimentos ocultos, túneles en las frontera, pequeños barcos, trenes y aviones ultraligeros. Una vez en el territorio estadounidense las drogas son transportadas vía terrestre. El cártel de Sinaloa, por ejemplo, elige a chóferes de camiones mayores para evitar llamar la atención de las autoridades. Además, los capos emplean en la mayor parte de la cadena de tráfico a personas que desconocen la composición del resto de la red para evitar ser delatados ante las autoridades. “Si un transportista es arrestado, puede ser reemplazado fácilmente y es incapaz de revelar el resto de la red ante las autoridades”, expone la DEA.

La organización de los cárteles mexicanos en Estados Unidos es de bajo perfil y, contrario a los que sucede en México, los narcotraficantes evitan las confrontaciones con otros grupos o con las autoridades. Su estructura está formada por células independientes que impiden rastrear toda la información sobre la operación de los cárteles en todo el territorio estadounidense. Además, los capos mexicanos han copiado el sistema de la mafia italiana y han encomendado posiciones estratégicas de la distribución de los narcóticos a sus amigos y familiares en Estados Unidos.

Jon Lee Anderson: “Nunca había visto a un país, sin guerra, tan destruido como Venezuela”Albinson Linares

Jon Lee Anderson en el Hay Festival de Ciudad de México. Fotografía de Lord Comepiña.

Jon Lee Anderson en el Hay Festival de Ciudad de México. Fotografía de Lord Comepiña.

prodavinciAlbinson Linares, 25 octubre 2015 / PRODAVINCI

Jon Lee Anderson lleva más de 30 años midiéndole el pulso a los conflictos bélicos sobre la faz de la Tierra. Siria, Líbano, Libia, Irak, Afganistán, Angola, Somalía, Sudán, Mali, Liberia y toda Latinoamérica han sido los escenarios de las crónicas que reúne en volúmenes; ya clásicos, como Zonas de Guerra, Guerrillas, La tumba del león, La caída de Bagdad y Che Guevara: Una Vida Revolucionaria, entre otros trabajos.

“Si la palabra es nuestra arma, nuestra misión es la búsqueda de la verdad. Y sin el periodismo, el público difícilmente conocería la verdad”, dijo al recibir el premio “Reporteros del mundo” en 2005. Maestro de los perfiles, Anderson se acerca al poder con una visión crítica que le ha permitido plasmar las complejidades de personajes tan distintos como Fidel Castro, Gabriel García Márquez, Augusto Pinochet, Charles Taylor, Iyad Allawi, Saddam Hussein y Hugo Chávez.

El fallecido mandatario venezolano ha sido uno de los personajes que perfiló en más de una ocasión. Luego de su muerte escribió en The New Yorker, en un tono casi profético: “¿Qué queda, entonces, después de Chávez? Un enorme vacío para los millones de venezolanos y otros latinoamericanos, en su mayoría pobres, que lo veían como un héroe y un mecenas (…) El sucesor ungido de Chávez, Maduro, sin duda tratará de llevar adelante la Revolución, pero los desatendidos problemas económicos y sociales están creciendo y parece probable que, en un futuro no muy lejano, toda la desesperación de Venezuela acerca de la pérdida de su líder se extenderá hasta la revolución inconclusa que dejó atrás”.

En una larga conversación durante la celebración del Hay Festival en Ciudad de México, Anderson habla sobre las negociaciones de paz en Colombia, la actual situación de Venezuela, el legado de Hugo Chávez, la transición en Cuba y los nuevos desafíos del periodismo contemporáneo.

-Ha dicho que se muestra optimista con el proceso de paz en Colombia, ¿ha tenido algún acercamiento reciente con las partes del conflicto?
Soy optimista y creo en ese proceso porque he hablado, tanto con la cúpula guerrillera como con Santos y su gente. A todos los veo esperanzados con las conversaciones y pienso que ellos sí quieren la paz. Eso no pasaba en los procesos anteriores, se nota que es un momento muy especial donde todos los actores involucrados buscan el mismo objetivo. Pienso que es muy positivo y no hay nada que temer. Soy un entusiasta de ese proceso.

-Con Colombia superando ese largo conflicto interno, ¿habría repercusiones positivas en el resto de los países del continente?
Eso es lo interesante del proceso de paz en Colombia. Si se llega a un final exitoso ese país se hará sentir, por primera vez, como una nación plenamente integrada al resto de la comunidad latinoamericana y eso puede ser un elemento muy positivo para la región. En general siento que está mucho más distendido el ambiente para las negociaciones. Habrá retos y problemas, obviamente, pero creo que es un momento saludable.

-Y, si vemos al otro lado de la frontera, ¿qué percepción tiene de la situación actual en Venezuela?
No me gusta mucho observar desde la distancia, sino a partir de la experiencia. Pero veo que está fatal, hay un rumbo de impopularidad oficial, escasez, aumento de la criminalidad, la degeneración del movimiento político y todas esas denuncias constantes de corrupción son los grandes síntomas de la degradación del proceso bolivariano.

-¿Hay algún paralelismo histórico que sirva para aproximarse a la crisis venezolana?
Nunca había visto a un país, sin guerra, tan destruido como Venezuela. Es una nación que se despedaza sola, es como mirar a alguien que se está serruchando el piso. El proceso nació con Chávez, con sus virtudes y flaquezas, pero él era quien sabía llevarlo mejor. Al final, en medio de su radicalismo, existía cierto pragmatismo. No creo que veríamos la desesperación de hoy en día, el mismo se pondría a pensar “coño, ¿qué estamos haciendo mal?, ahora hay escasez” y buscaría una solución. Era un hombre que sabía dar golpes de timón.

-¿Fue Hugo Chávez el último de los hombres fuertes de América Latina?
Nadie habría pensado que un tipo como Chávez iba a irrumpir en la escena política de Latinoamérica en los noventa, lo hizo fuera de época. Pero en este continente no se pueden descartar las cosas así. De momento parece que Chávez pertenece a un modelo viejo, desvencijado, pero quién sabe si la historia vuelve a dar otra vuelta y surge alguien similar. Por ahora no veo otro líder con sus características mesiánicas y caudillistas.

-Chávez fue uno de los pocos personajes que ha perfilado más de una vez, ¿Cómo proyecta su legado en el futuro próximo?
En realidad las reputaciones se juzgan por los legados entonces, de momento, Chávez lo tiene color de hormiga por todo el desastre que ha traído Maduro y las terribles condiciones económicas y sociales en las que ha quedado Venezuela. Pero es un legado combativo porque hay mucha gente que lo venera y sigue pensando que no fue culpa de él, sino de los otros, los verdaderos corruptos. Eso confunde mucho el panorama pero, a nivel internacional, Chávez no queda tan mal parado.

-¿Sigue poseyendo una influencia simbólica?
Curiosamente sí, porque puso el dedo en la llaga en un momento en que Estados Unidos estaba en la cúspide de su impopularidad con Bush y los episodios bélicos. En ese sentido fue un tipo con una gran intuición de la oportunidad que logró restablecer una suerte de izquierda adecuada al siglo XXI en América Latina. Pero, en general, los procesos bolivarianos no han sido muy positivos, sus resultados son muy controversiales.

-Son gobiernos signados por una marcada tendencia hacia la concentración de poderes…
Así es y les pasa a todos. Hasta en Evo hay un rasgo autoritario muy marcado, a todos los bolivarianos les gusta reelegirse. Hasta cierto punto creo que, por su fallecimiento, Chávez queda como el bueno de la película. Ahora se habla más de otros personajes como Diosdado Cabello y las investigaciones que se están llevando a cabo en Estados Unidos.

-El periodismo vive una de sus grandes crisis en estos momentos, ¿Es un reto mantener los altos estándares de calidad y profundidad analítica?
Toda la tecnología, esa instantaneidad, hace que todo sea más veloz y quizá con menos profundidad. Eso es una flaqueza pero, a la vez, el panorama es más democrático porque todos tenemos posibilidades de opinar y de ser oídos de una forma que antes era imposible de imaginar. Estamos en una etapa de difícil transición, un momento de calibrar, pero se ven ciertos matices como la extinción paulatina de los diarios impresos que son suplantados por los medios digitales. Vemos el eclipse de la televisión tradicional por los videos on demand y hay mucho más periodismo de opinión.

-¿Le molesta la vasta influencia que ahora tiene cierto periodismo de opinión?
Es una realidad, más allá de que me moleste, y tenemos que vivir con lo que hay. Desearía que todo fuera más reflexivo pero esto es parte de un proceso que no excluye lo político, ahora tenemos presidentes tuiteros, por ejemplo. Creo que, en general, estas redes disminuyen a todo el mundo, le otorgan una cercanía y la posibilidad de contestarle a un gobernante o de hacerlo tropezar con algo, estos cambios han hecho que todos estemos a la misma altura. Hasta cierto punto eso ayuda a poner las cosas en su sitio pero, por otro lado, es una fragmentación porque todo se vuelve igual, ¿por qué un presidente va a tuitear o a filmar la entrevista que le hago? Hay un esfuerzo de todos por adueñarse del momento y la pugna eterna entre el poder y los medios cada vez es más estrecha. Es como la disminución de la historia, la banalización de todo. En general lo veo mal y hay que esforzarse para seguir haciendo cosas contundentes y de calidad.

-Siendo la cobertura de conflictos bélicos un oficio tan estresante y peligroso ¿Piensa alguna vez en el retiro?
No me hago esa pregunta. Si me parece que es importante ir a una zona en guerra, la visitaré. De momento este año no he tenido ganas porque me mataron a muchos amigos en Libia y Siria, como James Foley. Eso me ha hecho sentir mal y no he querido volver a Irak o Siria, aunque no lo descarto. Fui a Libia en un momento en que nadie visitaba ese país. Este año la irrupción de Cuba en escena, me hizo interesarme por ese proceso. Me ha dado una alternativa porque es uno de mis temas, al que le he dedicado mucha energía.

-Recientemente escribió sobre los emprendedores cubanos y se respira un aire optimista en ese trabajo, ¿Cómo vislumbra la actual transición en ese país?
Hay un dinamismo, una efervescencia muy interesante. Los jóvenes cubanos de este momento son una generación post política. Ellos todavía no están claros pero viven a su aire y lo que les interesa no tiene nada que ver con la política. Entonces no sé cómo va a transar la revolución con eso, pero ellos son el futuro.

-¿Cree que están dadas las condiciones para un cambio político en Cuba a corto plazo?
¿Un cambio político?, no. Sí habrá cambios culturales y económicos que ya se están dando porque hay una apertura obvia. Lo que se puede vislumbrar es un futuro con la continuidad del Partido Comunista, pero sí creo que Raúl Castro dejará el poder dentro de dos años y el partido elegirá unánimemente al Segundo Secretario, Miguel Díaz-Canel, quien será el Presidente del Consejo de Estado y, por ende, el mandatario de Cuba.

-¿Qué nuevos elementos geopolíticos entrarían en juego en una era post-castrista?
Veremos al Partido Comunista con una nueva generación atada al poder, en momentos donde el gran enemigo yanqui es una especie de vecino amigable, por lo que va a ser una época interesante. Es uno de los momentos más efervescentes que he visto en Cuba y su relación con respecto al resto del hemisferio. Si la apertura cubana y sus políticas con Estados Unidos resultan en el final del embargo y el restablecimiento de las relaciones plenas será un cambio de rumbo muy positivo en la región.

Colombia: El debate sobre paz versus justicia. De Joaquín Villalobos, Héctor Abad y José Miguel Vivanco

El periódico español El PAIS dedica su sumplemente IDEAS a las negociaciones de paz en Colombia, sobre todo al dilema entre husticia y paz, amnistía o justicia transicional. Documentamos este debate en SEGUNDA VUELTA.

Cuánta verdad es necesaria. De Joaquín Villalobos

Es imposible alcanzar la justicia plena ni lograr que todos perdonen. Una reflexión sobre los equilibrios que implica la paz tras los avances entre el Gobierno colombiano y las FARC.

Los presidentes de Colombia y Cuba, Juan Manuel Santos y Raúl Castro, y el líder de las FARC Rodrigo Londoño, en La Habana.  / EFE

Los presidentes de Colombia y Cuba, Juan Manuel Santos y Raúl Castro, y el líder de las FARC Rodrigo Londoño, en La Habana.  / EFE

Joaquín Villalobos, fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerra

Joaquín Villalobos, fue jefe del ERP y miembro de la Comandancia General del FMLN durante la guerra

Joaquín Villalobos, 4 octubre 2015 / EL PAIS

Al final de un conflicto o de una dictadura hay una relación directa entre la correlación de fuerzas y las posibilidades de la justicia. Esto incluye lo militar, la opinión pública, factores externos y el momento político que vive un país. Cada proceso es diferente, pero lo común a todos es que nunca es posible ni conocer toda la verdad, ni conseguir justicia plena, ni lograr que todos perdonen. La incertidumbre es un sentimiento normal en una transición. Las polaridades entre duda y esperanza, pasado y futuro, castigo y perdón y olvido y verdad dominan todas las transiciones. Luego del acuerdo sobre justicia transicional entre el Gobierno y las FARC, los colombianos están comenzando a vivir este sentimiento de incertidumbre que es propio del final de un conflicto.

La mejor manera de entender es mirar desde el presente las experiencias pasadas. Todas tuvieron como propósito acabar con la violencia y la intolerancia para establecer la paz. En el caso de Sudáfrica la verdad fue el componente central de la justicia, se perdonaba lo que se confesaba. En el caso de Ruanda también hubo muchos juicios y castigos, pero al final el perdón y las formas de reparación moral fueron lo central. En estos dos casos hay una relación desproporcionada entre la justicia aplicada y la dimensión de la atrocidad que representaron 42 años de segregación y un genocidio de casi un millón de personas. Se trató de una catarsis con tanta justicia como lo requería la reconciliación.

“En Colombia la prolongación indefinida de la lucha
alejó a la insurgencia de sus causas originales”

En el caso de El Salvador existió una comisión de la verdad que investigó casos relevantes pero sin consecuencias judiciales y se decretó una amnistía general. El énfasis se puso en las transformaciones. El 85% de los coroneles, incluido todo el alto mando, fue expulsado del Ejército; todos los batallones de élite y los cuerpos de seguridad fueron disueltos y se fundó una nueva policía con participación paritaria de guerrilleros y militares. En este caso, no se juzgó y condenó a individuos, sino al régimen político.

En España se suele decir que hubo amnesia con relación a los crímenes del franquismo y hasta la fecha este tema sigue siendo muy complejo. En Chile, si bien hubo una comisión de la verdad, esta no tuvo consecuencias judiciales y en general la justicia no fue un componente fundamental de la transición. Lo particular en estos dos casos es que, a pesar de la relativamente poca justicia, las transiciones hacia una convivencia pacífica fueron muy exitosas, tanto que han dejado logros extraordinarios.

En Argentina los generales hicieron desaparecer a miles de personas y derrotaron a las guerrillas, pero perdieron la guerra de las Malvinas contra reino Unido. Este factor externo cambió la correlación política interna en el país y los militares terminaron juzgados y condenados, perdiendo el poder político que tenían. Los militares igualmente vencieron a las guerrillas en Guatemala, pero un ajuste económico ejecutado por un gobierno de los grandes empresarios, redujo las fuerzas militares de forma dramática y esto tuvo consecuencias políticas. Ante la debilidad de las instituciones, el país fue intervenido a través de una comisión internacional contra la impunidad. Ahora, entre otros, el general Ríos Montt y el expresidente Otto Pérez están sometidos a procesos judiciales. El primero por genocidio y el segundo por corrupción.

“Hay en el caso colombiano tres factores que pueden reactivar la violencia:
la propiedad de la tierra, las drogas y las víctimas”

En Nicaragua hubo una década de guerra contrarrevolucionaria en la que se dieron muchos hechos que hubiese sido necesario juzgar. La justicia y la verdad sobre violaciones a los derechos humanos no fueron, con todo, relevantes en el posconflicto. La Contra perdió la guerra y el régimen sandinista las elecciones. El sistema judicial dio prioridad a resolver el tema de las propiedades confiscadas por la revolución. Los últimos litigios concluyeron este año.

Todas estas experiencias dejan claro que no hay camino único. En cada una de ellas los protagonistas se dirigieron de forma instintiva o planificada a los vectores que podían reactivar la violencia e impedir la pacificación. El resultado fue que en algunos la verdad y la justicia tuvo más preponderancia que en otros.

El acuerdo sobre justicia transicional en Colombia, pese a estar basado en la victoria estratégica del Estado sobre la insurgencia, tiene el propósito de lograr al menor costo posible la pacificación de las zonas rurales. Hace cincuenta años, cuando las FARC y el ELN se alzaron, Colombia era un país esencialmente rural con 18 millones de habitantes. Ahora es un país sobre todo urbano, con 48 millones de habitantes. Estos datos bastan para visualizar la dimensión de los cambios políticos, sociales, económicos y demográficos que separaron a los insurgentes de la sociedad. En todo conflicto interno hay una violencia causal que normalmente es estatal y una violencia consecuencia que es insurgente. En Colombia, la prolongación indefinida del conflicto alejó a la insurgencia de sus causas originales, obligó a la transformación del Estado y multiplicó exponencialmente el número de víctimas. Las guerrillas perdieron legitimidad y, debilitadas, cometieron atrocidades.

“No es posible una amnistía en Colombia y por ello el acuerdo
requiere combinar verdad, justicia y atención a las víctimas”

Las fuerzas del Estado se transformaron, legitimaron y fortalecieron y son ahora juzgadas normalmente por la justicia. Esas atrocidades quedaron en el pasado, pero las de las insurgencias están en el presente. Esto explica el rechazo hacia las FARC y el ELN. Al mismo tiempo, existe una gran demanda de paz. Por ello no es posible una amnistía en Colombia y por ello el acuerdo requiere combinar verdad, justicia y atención a las víctimas.

Hay en el caso colombiano tres factores que pueden reactivar la violencia: la propiedad de la tierra, las drogas y las víctimas. La reconciliación y la paz pasan por tener en cuenta los tres temas. En ese sentido, la aplicación del acuerdo de paz será un complejo proceso de pacificación territorial, que enfrentará la cultura de la viveza a la honestidad de decir la verdad; el deseo de venganza contra la nobleza del perdón; la tentación del narcotráfico frente a la reinserción productiva y el olvido elitista del campo contra la necesidad de llevar el desarrollo y resolver los litigios por la tierra, precisamente la raíz del conflicto. Sobre esto último bien decía Maquiavelo: “Los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio”.

———-

Los detalles del diablo. De Héctor Abad Faciolince

Optimismo y cautela se mezclan estos días en Colombia a la espera de que se disipen ciertas dudas con respecto al alcance y aplicación del acuerdo.

John Vizcaino (Reuters)

John Vizcaino (Reuters)

Héctor Abad, escritor y periodista colombiano.

Héctor Abad, escritor y periodista colombiano.

Héctor Abad Faciolince, 4 octubre 2015 / EL PAIS

Empecemos, a la manera de Sancho Panza, por los refranes: “El diablo está en los detalles”, “en la puerta del horno se quema el pan” y “si las barbas de tu vecino ves pelar, pon las tuyas a remojar”. Los tres se han usado en Colombia en estos días y pueden darnos señales, al mismo tiempo, del optimismo y de la cautela que sentimos los colombianos frente a los claros avances que ha habido en el proceso de paz entre el gobierno y las FARC, la guerrilla más vieja de América. Sin duda, el acuerdo está casi listo, pero el horno está puesto sobre un campo minado.

¿En qué detalles puede meter las narices el diablo? El más importante es cómo se van a escoger los magistrados temporales del Tribunal Especial para la Paz (TEP): lo que se sabe hasta ahora es que estará compuesto en su mayoría por colombianos que, para poder aspirar a serlo, deberán tener las mismas calificaciones que se requieren para ser jueces de las altas cortes (Suprema, Constitucional y Consejo de Estado); que el 20 o 25% podrán ser extranjeros. Y que será un tribunal de cierre; lo que decida será cosa juzgada no sujeta a revisión. Lo que no sabemos es si esos magistrados serán escogidos por la guerrilla, por el gobierno, por ambos, o mediante el uso de algún mecanismo o entidad independiente.

“Lo que no sabemos es si esos magistrados serán
escogidos por la guerrilla, por el gobierno, por ambos”

Es más fácil redactar bien el texto de una buena ley que encontrar jueces ecuánimes y confiables que la interpreten adecuadamente. El adjetivo que se asocia siempre con un buen juez es este: imparcial. Esto quiere decir que los jueces no deberían ser escogidos por las dos partes del conflicto, y de ninguna manera en proporciones iguales para el Gobierno, que representa a la mayoría de la población, y para las FARC, que representan una ideología y una forma de lucha apoyadas por un pequeño segmento de los ciudadanos. Cuando en la mesa de La Habana se escogieron historiadores para escribir sobre los orígenes del conflicto armado, el Gobierno seleccionó la mitad de ellos y la guerrilla la otra mitad. De buena fe, el Gobierno nombró académicos universitarios independientes; las FARC, ideólogos afines a sus banderas. Si se escogen los jueces con el mismo criterio de los historiadores, la guerrilla tendría una gran ventaja de salir impune en ese tribunal, y sus enemigos históricos, el riesgo de salir perjudicados.

No sabemos ese detalle fundamental, porque, al parecer, no se ha resuelto: quiénes y cómo escogerán a los magistrados del Tribunal Especial para la Paz. Y es en una discusión como esta que el pan puede quemarse en la puerta del horno. Las FARC, a través de su cuenta de Twitter, ya empiezan a trinar sobre los industriales colombianos, aconsejándoles que pongan sus barbas en remojo. Sin duda hubo empresarios –sobre todo en el campo– que financiaron grupos paramilitares, pero generalizar diciendo que toda la clase empresarial colombiana (o la burguesía) fue parte del conflicto es inexacto. Y también un error, si la guerrilla quiere que se apruebe el pacto de paz. Amenazas veladas como esta son las que pueden hacer que el pan se queme en la puerta del horno. ¿Podrán ser juzgados los expresidentes por este mismo tribunal? El jefe del equipo negociador del Gobierno, Humberto de la Calle, ha dicho que no. Esta aclaración tiene un destinatario obvio: intenta calmar al expresidente Uribe, en quien parece que se hubiera desatado, si se juzga por sus tuits y sus comunicados, una especie de delirio de persecución.

“Nunca, en medio siglo de conflicto,
el gobierno colombiano había llegado tan lejos
en una negociación de paz con la guerrilla”

Sergio Jaramillo ha declarado, con relación a este asunto, que el mecanismo de selección que se adopte tendrá que dar confianza a todos. Además de la idoneidad de los magistrados, lo ideal sería que un tercero o una organización independiente los seleccionara. Si bien el tribunal es una propuesta de la mesa, insiste Jaramillo, sus integrantes no serán escogidos por las Farc. Esto, en todo caso, más que un acuerdo, es una intención. Ojalá la firmeza y seriedad de los negociadores se imponga sobre el oportunismo.

Pese a las dudas anteriores, hay también motivos para la esperanza. Nunca, en medio siglo de conflicto, el gobierno colombiano había llegado tan lejos en una negociación de paz con la guerrilla de las FARC. Nunca el Estado había tenido un grupo de negociadores tan competentes y confiables como los que tiene, ni la coyuntura interna e internacional había sido tan propicia para un acuerdo con la subversión. Fundamental es que Cuba y Venezuela (los referentes políticos e ideológicos de la guerrilla) quieren que se firme un armisticio definitivo, y que Estados Unidos (al menos el gobierno Obama, no así el ala republicana del Congreso) está también a favor del cese total de hostilidades. El deshielo entre Washington y La Habana -último paso en el fin de la guerra fría- forma parte del mismo movimiento. Los astros geopolíticos, pues, están bien alineados para un arreglo.

Otra cosa que ayuda al ambiente de paz es que el péndulo de la Iglesia haya vuelto hacia la izquierda. En La Habana olía todavía a Papa Francisco cuando se dio el apretón de manos entre el presidente Santos y Rodrigo Londoño (más conocido con los alias de Timoleón Jiménez y Timochenko), el comandante en jefe de las FARC. Hay incluso una fecha de caducidad del pacto, como en el envase de una mermelada: 23 de marzo de 2016. Pero los colombianos somos ya un pueblo escarmentado en demasiados fracasos, y no vamos a creer en el fin del conflicto -como Santo Tomás- hasta que no metamos el dedo en la última herida cauterizada por la firma definitiva. “Nada está acordado hasta que todo esté acordado”, es la premisa básica de esta negociación.

Paradójicamente, para que un proceso de paz pueda considerarse exitoso todas las partes deben quedar levemente descontentas, aunque no desesperadas. Tiene que haber concesiones molestas a un lado y a otro. Es como cuando compras o vendes una finca: el vendedor debe pensar que pudo haber sacado un poco más, pero que no fue engañado; y el comprador, que pagó más de la cuenta, pero no demasiado. Es lo único que nos deja -recelosos que somos los humanos- más o menos contentos. Uno puede soñar con aniquilar a su adversario y que este, rendido, acepte todas nuestras condiciones. Esto sería, del lado de las FARC, haberse tomado el poder por las armas, algo de lo que estaban muy, pero muy lejos. Y del lado del Gobierno colombiano, si bien todo el balance de fuerzas se inclinaba netamente a su favor (y por eso la guerrilla se avino a negociar), había que aceptar que más de diez mil hombres en armas, financiados por tráfico de cocaína, de oro y de armas, y escondidos en selvas inmensas y casi inexpugnables, nos podría condenar a otros decenios de conflicto o de guerra de baja intensidad. Un acuerdo era, de parte y parte, lo más deseable, y más para una guerrilla que ya no podrá seguir contando con el apoyo logístico y económico de una Venezuela escasa de petrodólares.

“La mayoría de quienes hemos sufrido penas
por este conflicto consideramos, en palabras de Séneca,
que ‘es preferible una paz injusta a una guerra justa ‘ ”

Otro punto fundamental, y uno de los más temidos por quienes se oponen a la solución negociada, es que tanto guerrilleros como militares presos y condenados por la justicia ordinaria (algunos de los cuales ya purgan penas de cárcel de veinte o más años), podrán aspirar a decir la verdad, salir de prisión, y pagar las penas más moderadas que el TEP está autorizado a conceder. A esto se agrega que también los civiles que hayan ayudado a cometer delitos atroces (auxiliando a la guerrilla o a los paramilitares), si hacen una confesión plena y oportuna, podrán acogerse a la justicia transicional. De no confesar la verdad ni sumarse a este procedimiento, también los civiles y los militares regulares podrían luego sufrir penas más severas, producto de las revelaciones o delaciones de otras personas que en cambio sí hayan querido colaborar con este tribunal especial. Los altos mandos militares temen mucho las confesiones de sus subalternos presos.

Parece ser que el narcotráfico será considerado como delito conexo con el delito político. Esto, que para Uribe es inadmisible, en realidad no es tan grave: es mucho más grave secuestrar y matar que exportar cocaína. Lo destacable es que, según el texto firmado, ni los crímenes de lesa humanidad ni la toma de rehenes (el nombre técnico que se le da al crimen del secuestro) serán amnistiables. Si no se entiende mal el texto, que por algunos momentos es sufientemente ambiguo como para dejarlo a libre interpretación de los jueces, da la impresión que crímenes como el secuestro tendrán que ser confesados y condenados con penas que, aunque no incluyen una cárcel regular, sí implican la privación de la libertad en sitios de confinamiento de los que no se podrá salir durante varios años.

En los meses recientes la guerra colombiana se ha combatido más en Twitter que en la selva. Desde la última tregua unilateral decretada por las Farc se han usado más palabras que balas, más aforismos que fusiles y helicópteros. Por feroces que sean las palabras, son siempre preferibles a la sangre. Pero ya se sabe que el final de la guerra, para los que viven de ella, es como cuando escampa para el vendedor de paraguas. Y hay algunos políticos, negociantes, narcotraficantes y militares que están rogando porque vuelva a llover.

Con el acuerdo sobre justicia transicional es evidente que no habrá una justicia plena que deje contento a todo el mundo, y menos a las víctimas que pretendan una reparación completa por las vías ordinarias. De eso se trata la justicia transicional, y no hay otro camino para lograr la paz, si no hay vencedores ni vencidos. Las víctimas, sin embargo, suelen ser menos exigentes de lo que se cree. En aras de un país menos violento, y de un futuro que no esté teñido de terrorismo guerrillero ni de contraterrorismo paraestatal, tengo la impresión de que la mayoría de quienes hemos sufrido penas inmensas en estos largos años de conflicto, consideramos, en palabras de Séneca, que “es preferible una paz injusta a una guerra justa.”

———-

ENTREVISTA a José Miguel Vivanco de Human Rights Watch:

“Este acuerdo perpetúa la impunidad”

El director para América de Human Rights Watch se erige en uno de los mayores críticos del pacto entre el presidente colombiano Juan Manuel Santos y las FARC.

José Miguel Vivanco , director para América de Human Rights Watch

José Miguel Vivanco , director para América de Human Rights Watch


Javier Lafuente, 4 octubre 2015 / EL PAIS

José Miguel Vivanco se ha vuelto omnipresente en Colombia. Desde que el presidente, Juan Manuel Santos, y el líder de las FARC, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, firmasen el acuerdo de justicia, un punto de inflexión en las negociaciones que se desarrollan en La Habana desde hace casi tres años, el director para América de Human Rights Watch se ha convertido en uno de los mayores críticos con este pacto. Su oposición le ha colocado en un camino paralelo al del expresidente colombiano Álvaro Uribe, uno de sus mayores azotes durante años, que le llegó a tachar de “cómplice” de la guerrilla. Pese a que la conversación pretende ir más allá del proceso colombiano, lo pactado en La Habana está presente en todo momento.

Pregunta. ¿Qué le parece la posición del Gobierno frente al acuerdo de justicia?

Respuesta. Somos partidarios de la negociación para lograr el fin del conflicto armado colombiano, pero creo que es importante entender que no se trata simplemente de ponerse de acuerdo en unos términos. Lo importante es examinar cuál será el grado de impacto real que un acuerdo de esta naturaleza pueda tener en el campo colombiano, en aquellas regiones donde los campesinos o personas en una posición de vulnerabilidad han estado expuestas a miles de atrocidades y abusos, no solo de las FARC, también de agentes del Estado y paramilitares. Cuando uno examina este acuerdo y descubre que los responsables, a cambio de confesar sus crímenes, no irán a prisión inmediatamente la principal preocupación es hasta qué punto este acuerdo perpetua la impunidad, que ha sido la regla en Colombia durante tantos años. Obviamente, dado que se está negociando un acuerdo de paz es preciso ser conscientes de la necesidad de hacer concesiones muy fuertes, como por ejemplo la reducción de penas. La historia está cargada de ejemplos de que, frente a este tipo de atrocidades, hay impunidad. Esa ha sido la norma. La excepción ha sido la justicia. Esto nos retrotrae a Sudáfrica, hace 20 años. El servicio a la comunidad como sanción para crímenes de lesa humanidad resulta grotesco.

P. La Corte Penal Internacional (CPI) ha dicho que se trata de un “paso significativo” para el fin del conflicto. ¿Qué le parece esa reacción?

“Sabemos que se tienen que hacer concesiones,
pero esas pueden ser la reducción de penas”

R. No tengo comentarios al respecto. Me parece una declaración que podríamos compartir todos. No está diciendo que esté bien o está mal. Me parece casi protocolario, que es lo que correspondía hacer.

P. ¿Puede haber un equilibrio entre paz y justicia?

R. Creo que esa dicotomía existe pero no se puede plantear en términos simplistas, como usualmente se hace. Para que un acuerdo tenga peso e impacto, sea creíble y sea avalado por el pueblo, tiene que tener el componente de justicia. Sabemos que se tienen que hacer concesiones, pero esas pueden ser la reducción de penas, no una propuesta tan extrema como esta, que exime de prisión a criminales de guerra.

P. ¿Es inevitable exigir a las víctimas una mayor dosis de sacrificio en aras de lograr la paz?

“La historia está plagada de ejemplos de impunidad frente a crímenes de guerra”

R. Yo creo que las víctimas lo han sacrificado todo. Las del Estado, las del paramilitarismo y las de la guerrilla. El sacrificio ha sido sublime. Me cuesta creer que alguien pueda plantear que no han sufrido lo suficiente. Lo mínimo que se les puede demostrar es que el Estado está con ellas. La historia está plagada de ejemplos de impunidad frente a crímenes de guerra. En el nombre de la paz, del derecho a la autodeterminación, de la transición de un régimen dictatorial a una democracia siempre hay valores superiores que se han invocado para justificar que los que han cometido hechos atroces no paguen por sus crímenes.

P. Más allá del caso colombiano, ¿qué proceso destacaría como el más equilibrado y el que menos?

R. Hay muy pocos ejemplos, y por ello la importancia del proceso colombiano. Sería el primero significativo que se da con el Tratado de Roma, que crea la CPI, en vigor. Es un test muy importante, que sirve para examinar en qué estamos. Representa un desafío existencial para la CPI. La razón de ser de la Corte es garantizar que frente a crímenes de guerra y lesa humanidad exista justicia. Si este acuerdo supera el test de la Corte Constitucional colombiana y la CPI termina tácitamente o explícitamente avalándolo estamos ante un nuevo modelo, que no es muy distinto al que se existía. En la práctica es un retroceso y pone en entredicho la razón de ser de la CPI.

P. ¿Qué espera de la Corte Penal Internacional?

R. Yo espero primero que esto se siga debatiendo en Colombia. El pueblo colombiano tiene derecho a participar activamente. Tengo gran fe en la Corte Constitucional, que siempre ha servido para dirimir este tipo de contiendas. Sus decisiones siempre han estado del lado de las víctimas.

P. ¿La llamada justicia transicional equivale a impunidad?

R. Se puede transformar en un eufemismo que ayuda a esconder la impunidad.

Colombia: A más tardar, en marzo se firmará la paz con las FARC

Guerrilla dejará armas dos meses después del acuerdo. Así lo anunció el presidente Santos al explicar alcance de pacto de justicia transicional.

IMAGEN-16385059-224 sept. 2015 / EL TIEMPO

“El jefe del secretariado de las Farc y yo hemos acordado que a más tardar en 6 meses deben concluir las negociaciones. Es decir, que a más tardar el 23 de marzo de 2016 debe estar firmado el acuerdo final” del proceso de paz, anunció este miércoles, en La Habana, el presidente Juan Manuel Santos.

Santos habló en el centro de convenciones de la capital cubana, ante su delegación de negociadores, los representantes de los países garantes y los miembros del secretariado de las Farc, incluido su jefe máximo, ‘Timochenko’, con quien se reunió horas antes de dar la declaración sobre el acuerdo en el punto de justicia y víctimas del proceso de paz.

Y en ese punto, el cuarto acordado en tres años de diálogos, Santos reveló que se creará una jurisdicción especial para la Paz, que va a garantizar “que los crímenes cometidos con ocasión del conflicto, en especial los más graves y representativos, no quedarán en la impunidad”.

La jurisdicción constará de un tribunal y unas salas de justicia que investigarán, juzgarán e impondrán sanciones por estos delitos. Dichas penas, tal vez el punto neurálgico de la justicia transicional, serán de entre 5 y 8 años para los actores del conflicto que reconozcan delitos. Para quienes los oculten, la pena ascendería a 20 años.

En el acuerdo anunciado este miércoles se establece que las Farc comenzarán a dejar las armas a más tardar a los 60 días de la firma del acuerdo final. Es decir, hacia mayo del próximo año.

Santos destacó especialmente el paso que dieron las Farc al acordar bases de justicia transicional. “Somos adversarios, estamos en orillas diferentes, pero hoy avanzamos en una misma dirección que es la de la paz”, aseguró.

“He venido a La Habana también para hablar con Timoleón Jiménez, jefe del secretariado de las Farc. Tan importante como satisfacer los derechos de las víctimas es asegurar que no haya nuevas víctimas: que se acabe definitivamente el conflicto armado en Colombia”, dijo al panel de funcionarios, legisladores, representantes y medios de comunicación presentes.

En su intervención, el Jefe de Estado colombiano también agradeció a los países garantes, entre ellos Venezuela, y a su equipo de negociadores comandado por Humberto de la Calle.

Otros puntos del acuerdo

El garante de Cuba, Rodolfo Benítez, en la lectura del documento del acuerdo, relató que se acordó la creación de una comisión de esclarecimiento de la verdad, convivencia y no repetición.

En este se contempla la amnistía por delitos conexos a la política. Sin embargo, no serán objeto de amnistía las conductas que correspondan con delitos de lesa humanidad, genocidios, y graves crímenes de guerra, toma de rehenes, tortura, desplazamiento forzado, ejecuciones extrajudiciales y violencia. Estos serán investigados y juzgados por la jurisdicción especial.

El acuerdo, además, contempla penas restrictivas de la libertad, pero que no implican cárcel, por lo que víctima y victimario podrían acordar la forma en que se cumplirá la sentencia. El desarrollo de obras es una de las alternativas. Sin embargo, la premisa es la reparación a las víctimas, pues de lo contrario habrá pena efectiva de cárcel.

La mencionada restricción de la libertad tendrá que ser verificada y controlada, asunto que Uruguay, como país ‘pro tempore’ de la Unasur, y un delegado de la Secretaría General de Naciones Unidas, ayudan a acordar.

Otro punto importante dentro de este acuerdo son las garantías de no extradición bajo la premisa de que se debe garantizar la verdad para las víctimas de más de 50 años de confrontación armada.

Además, cabe la posibilidad de que se tramite una ley de indulto, amnistía y de delitos conexos para casos específicos, punto que aún está por acordarse.

Finalmente, el acuerdo tendrá que tener una instrumentalización que pasaría por el Congreso bajo los modelos expeditos que se crearían con la reforma constitucional que el Gobierno impulsa esta semana.

Centro Democrático critica que jefes de Farc no tengan cárcel

‘Más de 15 mil miembros de las Farc serían amnistiados’: Fiscal

‘Haremos todo por lograr la paz, con la voz del nunca más’: Timochenk

El histórico discurso del presidente Santos sobre el proceso de paz 

¿Qué dicen los líderes de opinión sobre anuncio de hoy en La Habana?

La falta de apoyo popular fuerza un giro en el proceso de paz en Colombia

Santos pone por primera vez un límite, en cuatro meses, para decidir si sigue negociando.

Humerto de la Calle y Sergio Jaramillo, en Bogotá. / JOHN VIZCAINO (REUTERS)

Humerto de la Calle y Sergio Jaramillo, en Bogotá. / JOHN VIZCAINO (REUTERS)

Javier Lafuente, Bogotá, 14 julio 2015 / EL PAIS

El creciente desencanto de la opinión pública colombiana ante el proceso de paz ha obligado al Gobierno y a las FARC a dar, en apenas de 10 días, un golpe de timón a las negociaciones. Hasta el punto de que el presidente, Juan Manuel Santos, ha fijado por primera vez en casi tres años una fecha límite para decidir si sigue o no adelante con los diálogos. Será dentro de cuatro meses, el tiempo que ambas partes se han otorgado para evaluar los resultados del desescalamiento del conflicto acordado este domingo en La Habana y ver si logran avances, especialmente en materia de justicia. “Dependiendo de si las FARC cumplen, tomaré la decisión de si seguimos con el proceso o no”, sentenció Santos.

Hasta ahora, lo que ocurría en Colombia apenas afectaba a los diálogos en La Habana. Ese tiempo ya pasó. Que los partidarios de la salida negociada sean los mismos que los de una solución militar, como apuntó una encuesta del 2 de julio, y que junio fuese el mes más violento desde que se inició el proceso, ha urgido al Gobierno y a la guerrilla a acelerarlo. De ahí que concluyeran el domingo agilizar las negociaciones para poner fin a un conflicto de más de 50 años y con cerca de siete millones de víctimas. Ambas partes afirmaron que van a “acordar sin demoras” los términos para alcanzar un cese al fuego bilateral y definitivo incluso antes de la firma de la paz, como estaba estipulado en un principio. Este contaría con la participación de un delegado de la ONU y otro de Uruguay, que ocupa la presidencia temporal de Unasur. Montevideo ha propuesto al exministro de Defensa José Bayardi, un hombre cercano al presidente Tabaré Váquez.

Mientras se alcanza esa tregua definitiva, ambas partes se han puesto de acuerdo en rebajar la intensidad del conflicto, la medida que tiene más efecto en la población al ser la más tangible. Las FARC anunciaron la semana pasada una tregua unilateral, a partir del 20 de julio, durante un mes, que prolongarán finalmente a cuatro. El Gobierno, como respuesta al gesto de la guerrilla, aseguró que adoptará medidas de desescalamiento, aunque no ha precisado aún cuáles serán.

“Nuestras fuerzas armadas están listas para un gradual desescalamiento, si las FARC cumplen. Si no cumplen, estarán listas para enfrentarlas, con la determinación y contundencia con que siempre lo han hecho”, advirtió Santos, en línea con el jefe negociador en La Habana, Humberto de la Calle. “No vamos a repetir experiencias fallidas. No vamos simplemente a paralizar la acción de la fuerza pública por la simple ilusión, que puede resultar frustrada, de lograr un acuerdo”, recalcó el jefe negociador. Tras la última tregua de las FARC, que duró cinco meses, el Gobierno decidió en marzo suspender los bombardeos contra la guerrilla, decisión que levantó tras la muerte de 11 militares en abril.

Ambas partes confían en que esta rebaja de la intensidad del conflicto propicie un clima adecuado para abordar el tema de la justicia, el que marcará el desenlace del proceso. “Lo que falta es el tema más complejo, que es el de cómo lograr el máximo de justicia que nos permita la paz. Este es el punto que va a definir si hay o no paz, y tenemos que superarlo. Ese es el reto. Si llegamos a un acuerdo sobre ese aspecto de la justicia, podremos decir, sin lugar a dudas, que estamos al otro lado”, recalcó Santos.

El giro en las negociaciones ha ido acompañado de un cambio en la política comunicativa del Gobierno. Del hermetismo casi total se ha pasado, en una semana, a la omnipresencia, tanto de los negociadores como, sobre todo, del presidente, tratando de ejercer pedagogía del proceso. Del discurso más catastrofista de De la Calle, que aseguró que cualquier día las FARC no les encontrarían en la mesa de negociaciones, se ha virado al “con estos nuevos avances, por fin veo clara la luz al final del túnel”, pronunciado por Santos en su discurso a la nación del domingo. Quizás sea una frase del presidente, en una entrevista este fin de semana con el diario El Colombiano, la que mejor defina la vorágine actual: “Nunca está la noche más oscura que antes de amanecer”.

EE UU respalda a Santos en su ultimátum a las FARC

Silvia Ayuso, Washington

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, cuenta con el apoyo explícito de Estados Unidos en su último esfuerzo por “acelerar” las negociaciones con la guerrilla de las FARC, a las que ha fijado una fecha límite de cuatro meses para decidir si sigue o no adelante con los diálogos de paz en La Habana.

“EE UU respalda fuertemente el liderazgo del presidente Santos en su búsqueda de un acuerdo negociado”, dijo el lunes el Departamento de Estado norteamericano en un comunicado.

A la par, el Gobierno de Barack Obama, que cuenta desde febrero con un enviado especial para el proceso de paz colombiano, Bernie Aronson, hizo un llamamiento para que las FARC “redoblen sus esfuerzos en la mesa de negociaciones”. La guerrilla debe “demostrar rápidamente avances concretos en los temas restantes, incluido su compromiso con la justicia y con un desarme efectivo”, advirtió Washington.