ESEN

Orgullo ESEN. De Cristina López

El propósito de la Escuela nunca fue formar a la siguiente generación de empleados, sino a la siguiente generación de ciudadanos, en todos los sentidos. Sí, los profesores en la Escuela enseñan a sus alumnos a pensar, pero también enseñan a pensar en el contexto de un país y una región que necesita ciudadanos conscientes de que hace falta mucho por hacer para encaminarnos en la ruta del desarrollo.

23 julio 2018 / El Diario de Hoy

A principios de la Década de los Noventa, un grupo de empresarios con ganas de hacer algo por el país decidió que apostar por la educación era posiblemente la inversión de largo plazo con las posibilidades de rendir los mayores réditos sociales. Así, con la inversión de este grupo de empresarios, la asesoría de las mentes académicas más brillantes de Chile y Estados Unidos y el esfuerzo de un equipo pequeñísimo conformado por audaces visionarios, nació la Escuela Superior de Economía y Negocios. Para algunos conocida como ESEN, y para quienes nos educamos ahí, cariñosamente recordada como “la Escuela”.

Cuando soñaron la Escuela, querían que se destacara por dos cosas: excelencia académica y oportunidad para todos. Para fines prácticos, y desde el punto de vista de la experiencia personal, doy fe de que ambos elementos describen la experiencia ESEN. Lo de excelencia académica se tradujo, en mi experiencia, en llevar más materias por año que cualquier otra universidad en las mismas carreras, con máxima exigencia, y profesores con tolerancia mínima hacia la mediocridad. Lo de oportunidad para todos es lo que a mí, y a tantos otros, nos permitió conseguir un título universitario sin que la falta de medios económicos fuera un impedimento.

En su misión, la Escuela tiene “formar de manera integral a futuros líderes de El Salvador y Centroamérica para que se desempeñen con dinamismo y visión en los sectores privado y público”. La semana pasada, cuando se confirmó la noticia de que Carmen Aída Lazo ha aceptado ser la compañera de fórmula en la candidatura presidencial de Carlos Calleja, no pude evitar pensar que la Escuela se ha ganado a pulso lo de poder decir “misión cumplida”.

El propósito de la Escuela nunca fue formar a la siguiente generación de empleados, sino a la siguiente generación de ciudadanos, en todos los sentidos. Sí, los profesores en la Escuela enseñan a sus alumnos a pensar, pero también enseñan a pensar en el contexto de un país y una región que necesita ciudadanos conscientes de que hace falta mucho por hacer para encaminarnos en la ruta del desarrollo. El legado de una institución educativa, más allá de la cantidad de títulos universitarios otorgados, se compone de las huellas que sus exalumnos dejan en la historia. Huellas que incluyen desde proyectos tan pequeños como la formación de familias y proyectos de emprendimiento empresarial, hasta proyectos enormes como el diseño de políticas públicas o la asesoría jurídica que permiten fortalecer las instituciones más fundamentales de una nación.

Y es que con independencia de lo que le deparen los resultados electorales a la fórmula Calleja-Lazo, en el creciente grupo de alumno ESEN realmente se manifiesta con perfecta claridad la misión institucional de la Escuela: en El Salvador y alrededor del mundo hay exalumnos dinamizando los sectores privados como abogados, economistas, o ingenieros en multinacionales y empresas familiares; y los hay también en los sectores públicos, contribuyendo a fortalecer instituciones gubernamentales con un nuevo estilo de servicio público, basado en conocimiento técnico, integridad y valores éticos. Y este es el estilo de servicio público que podría contribuir Carmen Aída Lazo desde el Órgano Ejecutivo. ¡Qué orgullo para la ESEN!

@crislopezg

Enseñar a soñar. De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 28 noviembre 2016 / EDH

“Creer que nuestro mundo puede ser diferente es fundamental para transformarlo”, dice Carolina Rovira cerca del final de su charla de TEDxSanSalvador, en un video que anda dando vueltas en las redes sociales. En los 10 minutos de su plática, Rovira explica las conclusiones de su investigación académica, enfocada en averiguar qué es lo que hace que bajo circunstancias idénticas de pobreza y ruralidad, haya algunas niñas que se quedan y logran terminar la escuela, y otras que no. Rovira encontró que ese factor equis, ese que hacía toda la diferencia entre quedarse o retirarse a una maternidad precoz y un destino de poca formación, era la capacidad de soñar. De verse, en el futuro, graduada y alcanzando metas por medio de la educación.

diario hoyLa capacidad de soñar que daríamos por asumida y hasta pensaríamos es gratis, resulta que no es. Cuando las condiciones de pobreza son tales, soñar es también un lujo inalcanzable. Y resulta que soñar, para las niñas que logran terminar la escuela en condiciones económicas deplorables, se vuelve una suerte de gasolina. Rovira explica que tres factores, el ejemplo de un modelo a seguir (un pariente que haya logrado una hazaña académica parecida), un mentor o un maestro que haya inspirado y una comunidad que enseñe que hay más mundo fuera de las circunstancias en que se encuentran, son incubadores de esta capacidad de soñar.

Rovira quizás no lo sabe, pero ella fue uno de estos factores que ella ahora estudia para muchas personas en circunstancias totalmente diferentes. En la ESEN la conocíamos como “la Caro” y era una de las cuantas ex-alumnas ESEN convertidas en docente joven después de haber vivido fuera y alcanzado su postgrado. Tenía fama de “yuca”, cosa que experimenté en mi primera semana de clase cuando la hice perder la paciencia en Mate 1, contestándole supersegura de mí misma a su pregunta de “cuál es la mitad de un medio” que un medio ya era la mitad. Me sacó de clase “por chistosita”. En tercer año llevé su clase de políticas públicas, donde sus famosos exámenes con la simple indicación de “Comente” nos hacían llenar páginas enteras de ensayo. De esa clase, su capacidad de presentar problemas sumamente complejos de políticas públicas y los diferentes métodos de pensar al respecto sin jamás dar indicios de su posición personal, son una de las cosas que siempre voy a encontrar más impresionante. Muchos profesores en universidades extranjeras de renombre son incapaces de hacer eso: de enseñar a pensar sin influenciar los resultados.

La Caro quizás no sabe, pero a mí, me cambió la vida. Después de ese curso, empecé a ver mi carrera menos como la herramienta que me podría dar de comer y más como (¡quizás!) algo que podía usarse para cambiar cosas específicas que (¡quizás!) podían mejorar el país y (¡quizás!) el mundo. Empecé a pensar que quizás podía empezar a escribir al respecto. Quizás podía influenciar a los políticos. Quizás, después de todo, eso de ser abogado no era lo mío y quizás no ser tan buena en mate no debería ser impedimento si aprendía a pensar en los problemas del mundo desde la perspectiva de las políticas públicas. A escribir desde la perspectiva de las políticas públicas. A entender que al final, detrás de estos problemas que nos quitan el sueño hay niñas como las que la Caro se puso a estudiar, para averiguar cómo podemos lograr que se eduquen. Gracias a la Caro, empecé a hacerme estas preguntas y a veces a contestarlas, y ahora, desde mi carrera escribiendo sobre política, a presionar a otros para que las contesten o resuelvan, a veces con éxito. Y sé que otros ex-ESEN en posiciones de influencia la usan para mejorar el mundo, para buscar a veces más justicia, o pelear contra el status quo por un poquito más de igualdad. Y jamás lo hubiéramos hecho si la Caro en específico, o si la ESEN en general, no nos hubiera enseñado a creer que (¡quizás!) podemos cambiar el mundo, y que (¡quizás!) es nuestra responsabilidad. Gracias, Caro.

@crislopezg

Jóvenes salvadoreños se preparan en la Universidad de Oxford

EDH20151023NAC008PDesde Soyapango hasta la Universidad de Oxford

Álvaro Salamanca ha sido un estudiante sobresaliente durante su vida académica.

Con muchos esfuerzos y de la mano de personas altruistas Álvaro Salamanca, un joven de 25 años, originario de Soyapango, San Salvador, ha dado un salto extraordinario hasta la Universidad de Oxford, en Reino Unido, la más antigua y que se encuentra en los primeros lugares de la lista de mejores centros universitarios del mundo.

El joven soyapaneco, quien es hijo de un médico y una enfermera que han luchado mucho por sacar adelante a cinco hijos, estudia en esa institución la Maestría en Economía.

Su llegada a Oxford no es un tiro de suerte.

Álvaro estudió la educación básica y media en el Liceo Salvadoreño de donde se graduó con nota 9.7 en la Paes.

diario de hoyGracias a sus buenas calificaciones logró agenciarse una media beca del Programa Fantel que le permitió estudiar la licenciatura en Economía y Negocios, en el Instituto Especializado Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN), donde destacó con un cum de 8.9, mención Magna Cum Laude.

El cuarto de los hijos de la familia Salamanca Paredes se jugó el todo por el todo con miras a tener una mejor educación, pues si bien no tenía recursos decidió aplicar a  Oxford por la calidad académica y la reputación que tiene la universidad.

Sus estudios durarán dos años. En este momento se encuentra comenzando el segundo de ellos y lleva materias como Microeconomía Avanzada, Econometría Avanzada, Economía para el Desarrollo, Organización Industrial y Análisis Empírico basado en Teoría.

Según cuenta fue aceptado en Oxford antes de tener los fondos necesarios, por lo que se decidió a tocar puertas para buscar el apoyo financiero necesario y lo logró.

Sostiene que ha recibido becas parciales de tres empresarios salvadoreños que han confiado él: se trata del ingeniero Ángel Díaz, cuya empresa opera en El Salvador, el Doctor Ricardo Cordero quien tiene una compañía en Suiza y el licenciado Christian Hernández Gallardo cuya empresa opera en el Reino Unido.

“Ellos me ofrecieron su apoyo en diversos momentos a lo largo de este último año. En principio me sentí muy orgulloso de tener su apoyo, pues significa que ellos han depositado su confianza en mí y me consideran una forma de invertir en el país. Quedé sorprendido con su nivel de altruismo, su filantropía y su deseo de contribuir a un mejor El Salvador invirtiendo en su gente”, comenta el becario.

Álvaro dice que él fijó sus ojos en Oxford porque cuando cursaba una de las materias de la licenciatura en la ESEN le atrajo mucho el trabajo de un profesor que estaba en dicha universidad.

Según dice hay muchas cosas que resaltar de Oxford, pero las resume en dos: la experiencia académica y la experiencia de vida.

Con respecto al primer aspecto comenta que los profesores de su departamento son muy buenos, con un gran récord académico y muchos aportes importantes al campo de la economía y otras ciencias sociales.

“Las clases y los contenidos son tanto apasionantes como retadores. Otro aspecto dentro de esta categoría  son mis compañeros. Estoy también muy impresionado con el nivel académico de mi clase, todos mis compañeros son muy capaces y eran primeros de su clase en sus universidades de origen.

Creo que hasta este punto he aprendido mucho de mis compañeros y es también un reto mantenerme al ritmo de los demás de mi clase”, subraya.

   En cuanto a la vida de Oxford señala que ofrece un ambiente único.

“Es una ciudad pequeña y muy linda (cercana a Londres), la cual gira en torno a la universidad. La arquitectura es increíble, es como vivir en un museo. Además, es una ciudad muy internacional, con muchos estudiantes y gente joven y con una gran oferta cultural. El ambiente es bastante académico, es muy fácil aprender y la universidad ofrece toda la infraestructura para hacerlo”, sostiene este joven emprendedor que un día espera cursar el Doctorado en Economía.

Oxford es una continua exigencia para Álvaro.

El primer año, tuvo que adaptarse a recibir todas las clases en Inglés, todo fue intensivo. Iban a un ritmo bastante rápido, hasta el punto que para él era un verdadero reto no quedarse atrás y para ello trabajaba con sus compañeros todos los días.

Al inicio le fue un poco difícil porque tuvo que cubrir ciertos vacíos teóricos que tenía. Por ejemplo, varios de sus compañeros habían visto ya algunos temas en su grado o tenían una mejor preparación en Matemática.

Un día de su vida en la universidad inicia alrededor de las nueve de la mañana y termina cerca de las doce de la noche. “Normalmente tengo entre dos y seis horas de clase y entre 8 y diez horas de estudio o trabajo académico, dependiendo de cuántas clases tenga en el día”, sostiene.

Hoy en día tiene varios amigos de su programa con los que aparece en las fotografías, pero también tiente otros que estudian en otros programas.
Además de sus estudios también aparta tiempo para hacer bicicleta de montaña y para ello aprovecha varios parques cercanos que son muy buenos para ello.

Durante su vida en Oxford, Álvaro ha tenido oportunidad de visitar Gales y varias ciudades de Inglaterra, pero también ha conocido Austria, Francia, Bélgica y los Países Bajos.

Salamanca sostiene que vive en una casa que no es propiedad de la universidad, pero que ofrece alojamiento a los estudiantes a precios competitivos. Se trata de una organización sin fines de lucro que se llama North Oxford Overseas Centre.

Guillermo creyó en sí mismo, apostó alto y llegó hasta las aulas de Oxford

El joven originario de San Salvador aplicó a una beca para poder estudiar durante un año la Maestría en Políticas Públicas en el prestigioso centro de estudios.

El salvadoreño Guillermo Miranda Cuestas estudia una Maestría en Políticas Públicas en la Universidad de Oxford, en Reino Unido.

El salvadoreño Guillermo Miranda Cuestas estudia una Maestría en Políticas Públicas en la Universidad de Oxford, en Reino Unido.

Este salvadoreño, graduado del Liceo Salvadoreño con una nota 9.6 en la Prueba de Aprendizaje (Paes), estudia actualmente la Maestría en Políticas Públicas en las aulas de Oxford. Esto es así gracias a una beca otorgada por el Programa Chevening del gobierno de Reino Unido.

Guillermo, de 27 años, se graduó como licenciado del Instituto Especializado Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN), donde estudió Ciencias Jurídicas. Él es un joven bien dispuesto y ávido de vivir nuevas experiencias. Es así como en 2009 hizo un intercambio académico que lo llevó a a las aulas de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Al graduarse de la ESEN estuvo en el primer quintil de su promoción y, aunque allí no tuvo un cum sobresaliente, sí  destacó cuando  estudió una Maestría en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Salamanca. En dicha institución obtuvo un cum de 9.2.

Miranda Cuestas empezó su vida académica en Oxford el pasado mes de septiembre y estará allí por un año.

“La dinámica de aprendizaje es única, nos empujan no sólo a leer y escuchar, sino a pensar por uno mismo y a sostener posturas propias. El trabajo en equipo es cotidiano y cada alumno tiene un tutor pendiente de sus avances o desafíos”, comenta Guillermo.

En este momento cursa las materias de Filosofía y Economía. “Aunque soy abogado, las clases de Economía y Filosofía que llevé en la ESEN me han ayudado demasiado”, comenta.

Desde que empezó a estudiar derecho en la ESEN, el menor de tres hermanos se veía a sí mismo estudiando en Oxford  por varias razones:  por su historia, porque es una de las mejores universidades del mundo y porque su mentora, que también estudió en Oxford, lo motivó a confiar en él, a enfrentar sus miedos y apostar alto.

Según cuenta, se enteró que había sido aceptado mientras terminaba un ensayo para la universidad, en España.

“Desde que leí el correo (con la notificación de que había sido aceptado) comencé a gritar como loco, luego llamé a mis papás. Pasada la emoción queda un sentimiento de fortuna y gratitud, pero al mismo tiempo de compromiso”, externó.

Al consultarle porqué decidió tomar esa maestría, sostiene que lo hizo porque tiene un enfoque eminentemente práctico.

“(La maestría) no se centra en la investigación, sino en personas dispuestas a transformar la realidad desde el servicio público o desde el sector privado”, subraya.

Guillermo, quien estará un año estudiando en Oxford, ha participado en política a través de iniciativas ciudadanas, sobre todo en temas de transparencia y participación e institucionalidad.

También es asiduo con la pluma por lo que escribe para este matutino desde hace varios años y recientemente realizó una consultoría para la Secretaría de Asuntos Políticas de la Organización de los Estados Americanos (OEA).

Hasta el momento su mayor reto ha sido adaptarse al clima y a la comida. “No hay nada como los vientos de octubre, el sol permanente, la playa cercana y las pupusas de cada domingo”, dice tras experimentar las características lluvias de aquél país.

¿Qué tan difícil ha sido adaptarse al ritmo de Oxford y a estar lejos de su familia? El joven Miranda Cuestas sostiene que para nada ha sido tan difícil porque el Internet acorta distancias y el ritmo de la universidad y de la ciudad es tan acelerado que no hay mucho tiempo para la nostalgia. “Eso sí, todos los días leo las noticias de El Salvador”.

En su estadía en Oxford ha conocido a otros salvadoreños. Una que recién finaliza su maestría en Antropología, otro que se encuentra en MBA y uno más que está por iniciar su doctorado.

Según dice, se hacen nuevos amigos desde el primer día, porque cada estudiante está afiliado a un colegio de los 38 que conforman la universidad y en cada uno hay una vida social bastante intensa.

Para él, la interrelación con otras personas que conoce en Oxford es otra forma de aprender.

“Cada plática en la cafetería, en el bar o en los pasillos es conocer una experiencia nueva de cualquier parte del mundo. Uno se siente pequeño y así aprende más. En mi clase hay personas de 55 países. Es una escuela de culturas impresionante”, subraya.

Un día normal para Guillermo inicia entre las ocho y nueve de la mañana y termina a eso de las diez de la noche. Y aún así tiene espacio para practicar el remo y ciclismo.

De Oxford dice que es una combinación entre arquitectura fascinante, tradiciones centenarias y conversaciones académicas y no académicas a cada instante.

“Aburrirse es imposible. El medio de transporte por excelencia es la bicicleta”, dice el inquieto joven quien junto a otros doce estudiantes vive en una casa que forma parte de la universidad.