Daniel Innerarity

Deseos de año nuevo. De Daniel Innerarity

Las sociedades no dejan de cambiar, pero apenas como consecuencia de nuestra intención de hacerlo. Hoy, el cambio de paradigma tiene poco que ver con iniciativas de nuestra voluntad. Interpretar bien el mundo es una buena manera de cambiarlo.

Daniel Innerarity

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.

Daniel Innerarity, 2 enero 2018 / EL PAIS

Los deseos de que con el año nuevo las cosas vayan a cambiar es un rito y no tanto una determinación de la que se siguen las consecuencias deseadas. Responden más a la resignación que a la esperanza y nos recuerdan dos hechos inexorables de la existencia humana: lo difícil que es cambiar y lo inexorable que es el cambio que acontece sin nuestra intención o permiso. Apenas podemos cambiar casi nada mientras casi todo cambia. Probablemente todo esto se deba a que interpretamos la agitación como el origen de los mayores cambios y no tenemos ningún órgano que, en periodos de calma, nos haga percibir las modificaciones latentes o de fondo. El otro gran momento el paisritual de cambio son las elecciones políticas. “Por el cambio” se convirtió hace tiempo en un eslogan banal tras el cual los votantes no identificamos una voluntad radicalmente transformadora sino el deseo de invertir la relación entre quienes están actualmente en el Gobierno y la oposición, una mera alternancia (que a veces no viene nada mal). Que vayan a cambiar las agendas, las prioridades, el estilo de gobierno o la cultura política es algo que depende en parte de la voluntad de los nuevos gobernantes y de que los actuales contextos permitan hacer cosas distintas, o sea, es bastante improbable.

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Los deseos de cambio contrastan con nuestra experiencia, personal y colectiva, de la dificultad de cambiarse y cambiar. En el ámbito social, hay una inercia colectiva que se manifiesta como resistencia al cambio, aceleración improductiva, desorden persistente o dinámica ingobernable, que no deberíamos minusvalorar y que solo se puede modificar indirectamente, con incentivos de diverso tipo. El estancamiento es compatible con el hecho de que el sistema político sea un lugar de gran agitación y de discursos enfáticos para ponerlo todo patas arriba. Uno se ha movido mucho, ha elevado el tono, le ha llamado al orden la presidenta del Congreso, ha provocado un estancamiento más que una transformación y al final sigue gobernando la derecha… El gran problema de nuestros sistemas políticos es la inestabilidad debida a que no se realizan los cambios necesarios. ¿Alguien ha tomado nota de cuántas veces hemos exigido cambiar de modelo productivo, un pacto educativo o la reforma de la Constitución? Más que palancas, iniciativas o puntos de Arquímedes, la física social está llena de vetos, bloqueos, inflexibilidad, impedimentos y rigideces.

Al mismo tiempo, las sociedades no dejan de cambiar, pero apenas como consecuencia de nuestra intención de hacerlo. ¿Quién cambia el mundo cuando el mundo cambia? El discurso voluntarista habla de transformación pero, de hecho, lo que se produce son cambios de paradigma que tienen muy poco que ver con iniciativas de nuestra voluntad. Se trata de modificaciones de las cosas, a veces de una gran profundidad, pero que no son planificadas, dirigidas o declaradas. La imagen de un autor soberano que planifica, lidera o revoluciona, parece incompatible con el hecho de que donde actuamos también actúan otros y que aquello que deseábamos cambiar lo hace en un sentido diferente del que habíamos pretendido. No está claro qué parte del cambio del mundo es debido a nuestra voluntad y qué ha cambiado por sí mismo.

Estamos obligados a hacer bien lo que nos toca;
no sabemos si seremos el inicio de un cambio social

De hecho, la mayor parte de los cambios políticos han tenido su origen en un movimiento social o en una iniciativa fuera de la vida institucional de los Gobiernos y los parlamentos, dedicados a legislar sobre el pasado o a reaccionar a las crisis, casi nunca a anticiparse y gobernar para el futuro. Los partidos, esos supuestos agentes de la configuración de la voluntad política, subcontratan la elección de sus candidatos en los movimientos sociales, que condicionan sus decisiones y su agenda.

De manera discreta, imperceptible a veces, las líneas de conflicto se desplazan, nuestras interpretaciones de la realidad se desgastan, algunas convenciones dejan de tener sentido para una mayoría considerable. Ciertas maneras de actuar se transforman, de la noche a la mañana, en ridículas (basta con oír algunos discursos políticos, la representación del poder, la composición abrumadoramente masculina de los Gobiernos y parlamentos de, pongamos, treinta o cuarenta años). Las oleadas de indignación en medio de la crisis económica o las recientes denuncias contra el acoso sexual son ejemplos de que, sin saber muy bien cómo (habrá alguna explicación retrospectiva, pero no será el resultado de una iniciativa política previa), algo más o menos consentido pasa un día a ser considerado como intolerable.

El terrorismo había sido combatido desde muchas instancias, pero su final se produce cuando coinciden circunstancias que hacían que algo que ya era desde su origen una monstruosidad aparezca también como una estupidez inútil. Yo vivía en Alemania cuando cayó el muro de Berlín y recuerdo lo incapaces que éramos de explicar su hundimiento por una sola causa o quién lo había provocado; sabíamos la arbitrariedad que simbolizaba, pero tuvieron que producirse un conjunto de circunstancias que no tenían nada de intencional para que de un día para otro ese Muro resultara además un sinsentido.

Todo proyecto de transformación social tiene límites,
efectos no deseados y resistencias

¿Hemos de renunciar entonces a formular cualquier propósito de cambio? De entrada hay que saber reconocer cuándo y en qué medida son necesarios los cambios, del mismo modo que los sistemas políticos no deben desconocer que todo proyecto de transformación social tiene límites, efectos no deseados, inercias y resistencias, que las sociedades no se pueden cambiar a golpe de decreto, por voluntarismo o sin contar con amplias complicidades sociales.

Pese a todo, podemos plantearnos algunos objetivos que sólo son modestos en apariencia. Comencemos por reconocer que a veces interpretar bien el mundo es una buena manera de cambiarlo o, en cualquier caso, la condición para poder hacerlo. Y sigamos con el propósito de mejorar nuestra atención: en el espacio (examinando las capas profundas de la sociedad) y en el tiempo (mirando un poco más lejos). Lo latente y lo lejano tienen que ganar peso político frente a lo visible e inmediato.

Aunque no podamos cambiar todo lo que quisiéramos, ni en la medida en que nos parece deseable, sí está en nuestras manos trabajar para que en el futuro suceda eso improbable que no está a nuestro alcance como sujetos aislados. Quién sabe si, al describir un día la cadena causal de un cambio social, ese acto aislado (como la inmolación de Mohamed Bouazizi, aquel joven tunecino que desató la primavera árabe o la denuncia de la actriz Ashley Judd contra el acoso sexual en Hollywood), pueda ser identificado como el que desató la reacción colectiva, el que fue imitado y terminó por formar una gran cascada. Por eso estamos obligados a hacer bien aquello que nos toca. Como nunca sabemos del todo si nos quedaremos solos o seremos el comienzo de un cambio, hagamos bien lo que tenemos que hacer por si acaso alguien culmina lo que empezamos.

 

Sobrevivir a los malos gobernantes. De Daniel Innerarity

La democracia está para que cualquiera pueda gobernarnos. Lo que importa son los procedimientos y las reglas: lo que impidió a Obama aplicar su ambicioso programa de salud puede ahora dificultar a Trump el cumplimiento de sus promesas (o amenazas).

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.

Daniel Innerarity, 4 enero 2017 / EL PAIS

Dos investigadores británicos, Robert Geyer y Samir Rihani, propusieron un experimento mental para que cayéramos en la cuenta de que los sistemas inteligentes son más importantes que las personas inteligentes: ¿qué pasaría si los gobernadores del Banco de Inglaterra fueran sustituidos por una habitación llena de monos? Si uno tuviera que responder rápidamente a esta pregunta, la intuición inmediata le llevaría a asegurar que la economía británica colapsaría. Ahora bien, a nada que hayamos podido reflexionar un poco y superar el automatismo de la reacción, la respuesta sería muy diferente: el gobierno de los monos pondría de manifiesto hasta qué punto estamos gobernados más por sistemas que por personas, con equilibrios, contrapesos y correcciones automáticas, por lo que los monos no harían tanto daño como podría suponerse.

1482948155_120317_1483456455_noticia_normal_recorte1La pregunta que en estos momentos todo el mundo se hace acerca de lo que puede suponer un gobierno de Trump para los Estados Unidos y el mundo en su conjunto es si el sistema político americano es capaz de resistir a un presidente así o se plegará finalmente a los dictados de quien temporalmente lo dirige (y la referencia a los monos es pura casualidad sin malicia alguna, pues también podía haber puesto como ejemplo a Rajoy, May, Le Pen, Grillo, Orban o Erdogan). Las respuestas a esta pregunta son muy variadas, pero se agrupan en dos tipos. Quienes tienen una visión más bien individualista de la política son en este caso pesimistas; quienes la conciben sistémicamente tienden a ser optimistas. Es curioso que los límites del poder sean ahora un motivo de esperanza, cuando en otros momentos habían simbolizado más bien nuestra desesperación. No deja de ser una paradoja el hecho de que estemos depositando todas nuestras esperanzas en que eso que hemos llamado últimamente y con gesto despectivo “la casta” (los altos funcionarios, los expertos, militares, empresarios o el propio Partido Republicano) sean un poder que limite efectivamente el de su presidente.

El experimento mental propuesto por los profesores británicos es interesante porque en el automatismo de nuestras respuestas iniciales se pone de manifiesto hasta qué punto somos deudores de un modo de pensar centrado en los individuos y los líderes, en el corto plazo y en la falta de atención a las condiciones sistémicas en las que tienen lugar nuestras acciones. Seguimos pensando que el gobierno es una acción heroica de las personas en vez de entender que se trata de configurar sistemas inteligentes. Es una prueba de eso que Luhmann llamaba “la huida hacia el sujeto”, cuando la acción política se degrada a una competición entre personas, sus programas, sus buenas (o malas) intenciones o su ejemplaridad moral; por eso hablamos de liderazgo con unas connotaciones tan personalizadas, la atención pública se interesa principalmente de las cualidades personales de quienes nos gobiernan, nos preocupa más descubrir a los culpables que reparar los malos diseños estructurales…

“Nos jugamos demasiado como para confiarlo todo
a que los gobernantes sean competentes y honestos”

La renovación de nuestros sistemas políticos debe ser abordada de otra manera. Nos jugamos demasiado como para confiarlo todo a que nuestros gobernantes sean competentes y buenas personas; no podemos jugar a la ruleta rusa de que estos sean ejemplares y tengan propiedades extraordinarias. La democracia está para que cualquiera pueda gobernarnos, lo que implica que nuestro esfuerzo se dirija hacia los procedimientos y reglas a los que nuestros dirigentes tienen que atenerse, y no tanto al casting político.

el paisNo diseñemos nuestras instituciones y sus eventuales reformas pensando en seleccionar a los mejores y facilitar su acción de gobierno, sino en impedir que los malos hagan demasiado daño, aunque ocasionalmente esas mismas instituciones dificulten a los buenos sacar adelante todos sus proyectos. La democracia es un sistema diseñado más para impedir que para facilitar, un sistema que prohíbe, equilibra, limita y protege. Esta circunstancia que impidió a Obama llevar a cabo un ambicioso programa de salud, podría ser lo que dificulte a Trump el cumplimiento de sus promesas (o amenazas).

Todo lo que sea poner el foco en los individuos para designar los problemas que tenemos —la teoría de que lo importante es el ser humano, sea desde la perspectiva de las características personales del líder o de las motivaciones del votante individual en clave de rational choice— lleva consigo una infravaloración de las propiedades sistémicas de la sociedad. Los principales problemas a los que se enfrenta hoy la humanidad tienen el carácter de problemas planteados por un sistema interdependiente y concatenado ante los cuales son ciegos sus componentes individuales: insostenibilidad, riesgos financieros y, en general, aquellos que están provocados por una larga cadena de comportamientos individuales que pueden no ser en sí mismos malos, pero sí lo es su desordenada agregación. De ahí que no se trate tanto de modificar los comportamientos individuales como de configurar adecuadamente su interacción y esa es precisamente la tarea que podemos designar como inteligencia colectiva. Se gana mucho más mejorando los procedimientos que mejorando a las personas que los dirigen. No deberíamos esperar tanto de las virtudes de quienes componen un sistema ni temer mucho de sus vicios; lo que realmente deberían inquietarnos es si su interconexión está bien organizada, cómo son las reglas, los procesos y las estructuras que configuran esa interdependencia.

“La democracia sobrevive cuando la inteligencia del sistema
compensa la mediocridad de los actores”

Las sociedades están bien gobernadas cuando lo están por sistemas en los que se sintetiza una inteligencia colectiva (reglas, normas y procedimientos) y no cuando tienen a la cabeza personas especialmente dotadas o ejemplares. Podríamos prescindir de las personas inteligentes pero no de los sistemas inteligentes; es lo que se suele decir de otra manera: una sociedad está bien gobernada cuando resiste el paso de malos gobernantes.

Estos doscientos años de democracia han configurado precisamente una constelación institucional en la que un conjunto de experiencias han cristalizado en estructuras, procesos y reglas (especialmente las constituciones) que proporcionan a la democracia un alto grado de inteligencia sistémica, una inteligencia que no está en las personas sino en los componentes constitutivos del sistema. De alguna manera esto hace al sistema democrático independiente de las personas concretas que actúan e incluso de quienes lo dirigen, resistente frente a los fallos y debilidades de los actores individuales. Por eso la democracia tiene que ser pensada como algo que funciona con el votante y el político medio; únicamente sobrevive si la propia inteligencia del sistema compensa la mediocridad de los actores, incluido el eventual paso de unos monos por el gobierno.

Otros artículos del autor

El debate sobre Grecia: 6 puntos de vista

La crisis de Grecia, que a la vez es una crisis de la Unión Europea, ha desatado debate en todo el mundo, sobre todo en Europa. En las próximas horas los líderes de los países de la Eurozona tienen que llegar a un acuerdo con el gobierno griego sobre el programa de rescate, y últimamente sobre la membresía de Grecia en el proyecto de integración europea. Hay voces que culpan al gobierno Tsipras de Grecia de las dificultades de llegar a una solución, otros responsabilizan a los líderes de los demás países europeos, sobre todo a la canciller alemena Angela Merkel y su ministro de finanzas Wolfgang Schäuble. Documentamos el debate. Opinan David Jiménez, director del periódico españal El Mundo; el analista británico John Carlin; el catedrático de filosofía política Daniel Innerarity, de España; el economista y columnista del New York Times Paul Krugman; el ex-ministro de finanzas del gabinete Tsipras Yanis Varoufakis; y el periódico El Mundo en su editorial del 13 de julio.

Segunda Vuelta

Ricardo/El Mundo

Ricardo/El Mundo

Tiempos de irresponsables. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 12 julio 2015 / EL MUNDO-España

Para oficios duros, el de recaudador de impuestos griego. Los enviados especiales de la prensa describen casos en los que los inspectores tienen que huir a la carrera perseguidos por la muchedumbre. Tan contraria es la cultura local a cumplir con el erario que a finales del año pasado los griegos debían al Estado más de 80.000 millones de euros en impuestos, suficiente para que nos hubiéramos ahorrado las últimas semanas de angustia y no estuviéramos hablando de un tercer rescate.

Pero escuchando a su primer ministro, Alexis Tsipras, cualquiera diría que toda la culpa de lo que le pasa al país heleno la tiene Europa.

“No fue Angela Merkel la que manipuló las cifras
de déficit para entrar en el euro.
Ni la que creó en Atenas un modelo político corrupto y clientelar”

Bruselas ha cometido errores, y las crónicas de nuestra corresponsal Irene Hernández Velasco revelan hasta qué punto el pueblo griego ha sufrido las medidas de austeridad. Pero como bien recordaba el escritor griego Petros Markaris, la responsabilidad de lo que le sucede a Grecia es, principalmente, de Grecia.

No fue Angela Merkel la que manipuló las cifras de déficit para entrar en el euro. Ni la que creó en Atenas un modelo político corrupto y clientelar. Tampoco la responsable de que un peluquero griego pudiera retirarse a los 50 años con todos los beneficios, una de entre las 580 categorías profesionales «de riesgo» que lo permitían. Que países como Alemania estén también protegiendo sus intereses y los de sus bancos no contradice la certeza de que, sin su asistencia, Grecia no estaría hoy al borde del precipicio, sino cayendo en él.

Aunque ya se nos ha olvidado, también nosotros tuvimos nuestro momento de delegación colectiva de responsabilidad cuando en 2012, en los peores momentos de la crisis, una parte importante de la sociedad, la prensa y la política señalaban también a Merkel con el dedo. Si en algo nos parecemos a los griegos es en que tampoco aquí la culpa es nunca nuestra. Hablamos de los políticos mediocres como si nos los hubieran elegido en Suecia, de la cultura del pelotazo como si no estuviera extendida en la calle y de la escena de un Senado vacío como si no fuéramos uno de los países del mundo desarrollado con mayor absentismo laboral, el doble que en Estados Unidos a pesar de tener mejores índices de salud.

La imagen de esta semana de la Cámara Alta casi desierta en el arranque de un Pleno es muy representativa: todo el mundo sabe que su funcionamiento actual es inútil, pero no hay ningún interés en reformarlo, entre otras cosas porque se ha convertido en una agencia de colocación -PP y PSOE han incorporado ya a nueve ex presidentes de comunidades autónomas- para una clase política que siempre encuentra acomodo en las instituciones, sin importar cómo haya cumplido con sus deberes.

“Si Tsipras tuviera algo de dignidad política,
dimitiría tras aceptar un ajuste con más compromisos
de los que le pedían antes del ‘corralito'”

Las carreras de nuestros políticos no caducan nunca porque no se sienten responsables ni ante las derrotas electorales ni por las fechorías cometidas bajo su supervisión -a menudo tampoco por las propias-, y mucho menos por las consecuencias de sus decisiones. Comparado con países como el Reino Unido, donde ocultar una infracción de tráfico puede llevar a un ministro a dimitir y a pasar una temporada en la cárcel, nuestros representantes viven en esa confortable irresponsabilidad que, en Grecia, ha encontrado a un nuevo exponente en Tsipras.

Si el primer ministro griego tuviera algo de dignidad política, dimitiría tras haber tenido que ofrecer un plan de ajuste en el que asume más compromisos de los que le pedía Europa antes del corralito y el referéndum. El primer ministro pidió el no para fortalecer su posición negociadora y logró justo lo contrario, añadiendo penurias innecesarias a los griegos. Pero el verdadero drama de países sin cultura de la responsabilidad es que están condenados a repetir los errores del pasado. Porque, ¿qué razón tendrían para hacer las cosas de otra manera si todo lo malo que les ocurre es culpa de otros?

@DavidJimenezTW

Libertad e independencia para Grecia. De John Carlin

Los griegos deberían redefinir su noción de orgullo patrio, retirarse voluntariamente de lo que se ha vuelto para ellos la tiranía del euro y buscar su propio destino.

John Carlin es un escritor y periodista británico. Su actividad profesional se ha centrado en política y deporte. Su libro Playing the Enemy, publicado en 2008, tuvo gran aceptación entre el público y la crítica literaria.

John Carlin es un escritor y periodista británico. Su actividad profesional se ha centrado en política y deporte. Su libro Playing the Enemy, publicado en 2008, tuvo gran aceptación entre el público y la crítica literaria.

John Carlin, 12 Julio 2015 / EL PAIS

Sísifo, personaje de la mitología griega, pecó de orgullo y lo pagó caro. Por engañar a los dioses fue condenado a cargar una roca hasta la cima de una montaña pero, al cumplir su misión, la roca rodaba cuesta abajo al lugar donde empezó. Sísifo descendía la montaña, recogía la roca y otra vez para arriba. Siempre, y para siempre, con el mismo resultado.

Hoy se repite la historia. Grecia es Sísifo. Los griegos engañaron a los dioses de la Unión Europea cuando falsificaron sus cuentas para poder cumplir los requisitos de admisión al euro; y Syriza, la coalición gobernante electa en enero, ha fracasado en su pretensión de negociar con los eurodioses como iguales. Ahora el pueblo griego se enfrenta a la condena de cargar la roca de sus deudas y sus errores per saecula saeculorum.

Ríos de tinta y algoritmos se han derramado en el intento de diagnosticar el problema pero pocos dan con el fondo humano de la cuestión. Se trata de algo tan eterno como sencillo, contado hace 2.500 años en las tragedias griegas. El héroe cae como resultado de un “fallo trágico”. En casi todos los casos el fallo trágico acaba siendo una variante del mismo tema, el orgullo que ciega al protagonista a sus propias limitaciones. Por falta de humildad y autoconocimiento excede las fronteras que el destino le ha impuesto, generando una espiral de calamidades que lo lleva a su destrucción.

He aquí el fallo trágico que ha llevado a Grecia a la ruina. Los griegos, anclados en un orgullo ancestral, que poca relación tiene con la realidad moderna de su país, no han querido reconocer que simplemente no están capacitados para competir en el mismo terreno, obedeciendo las mismas reglas económicas de juego, que Alemania y Francia, o incluso España e Italia. Lo más parecido a un consenso entre los expertos que han participado en la gran polémica de los últimos meses es que la entrada de Grecia en el euro fue un error. No es ningún secreto por qué. Lo contó el autor estadounidense Michael Lewis en su bestseller mundial Boomerang: Viajes al nuevo tercer mundo europeo, publicado en 2011. El país menos europeo y más tercermundista que Lewis visitó fue Grecia.

Los griegos hoy tienen una opción
que Sísifo no tuvo: una segunda oportunidad

Lewis descubrió un país que festejó su incorporación al euro a principios de siglo, y su acceso a los créditos bancarios del norte, viviendo muy por encima de sus posibilidades. Siguieron con la antigua costumbre del soborno y la trampa para no pagar impuestos, recaudando para el Estado una ridícula proporción de lo que correspondía, pero en poco más de una década los salarios en el sector público griego se duplicaron —y eso en un país con dos veces más funcionarios estatales que el Reino Unido, cuya población es casi seis veces mayor—. El sistema de educación pública griego es uno de los peores de Europa pero a Lewis le asombró ver que empleaba más profesores por alumno que el finlandés, número uno en el ránking mundial. La edad de jubilación en Grecia era, y sigue siendo, 57 años (en muchos casos menos) mientras que en Alemania los jubilados no reciben sus pensiones estatales hasta los 67 años. Lewis cita en su libro a un exministro de finanzas, Stefanos Manos, que declaró una vez que tal era la ineficiencia, corrupción y exceso salarial en el sistema nacional de ferrocarriles que le resultaría más barato al Estado pagar para que todos los griegos viajaran en taxi.

Hablé hace un par de años en Atenas con Stefanos Manos que se lamentaba del primitivismo cultural detrás del funcionamiento económico de su país. “Todo se maneja sobre favores personales”, dijo. “La gente sigue creyendo que puede atenerse a una sinecura y no hacer nada, para siempre”.

Deberían retirarse voluntariamente
de la tiranía del euro

Hoy la fiesta se acabó. Lo único que no han perdido los griegos es el orgullo. Lo decía la semana pasada Haridimos Tsoukas, un académico del Warwick Business School de Inglaterra: “Grecia es una nación orgullosa… Históricamente la nación griega deriva su autoestima, si no de Platón y de Aristóteles, de la batalla contra sus opresores”. Resistir es todo. Por eso, y por más ineficaces que hayan resultado ser las negociaciones del gobierno con los alemanes y demás divinidaes europeas, muchos griegos han celebrado las poses bravuconas de sus líderes electos frente a los “chantajistas”, “terroristas” e incluso “Nazis” que les exigen apegarse a las reglas de juego del mundo real. Por eso, optaron por un “no” rotundo a las medidas de austeridad impuestas por los dioses del norte en el referéndum del domingo pasado, medidas que el propio gobierno griego aceptaría prácticamente en su totalidad cuatro días después.

El referéndum, cuyo resultado fue celebrado en las calles de Atenas como si Grecia hubiera ganado un Mundial, fue absurdo en cuanto a utilidad práctica. Tuvo valor únicamente como ejercicio de terapia colectiva para un pueblo pobre y humillado que no se reconcilia con la verdad de que, como decía el autor Eduardo Mendoza la semana pasada, “desde que murió Aristóteles no ha dado un palo al agua”.

Fue tan inútil el gesto del referéndum como si Sísifo, al llegar a la cima de la montaña y ver la roca rodando hacia abajo, decidiera negar su impotencia y emitir un grito de rebeldía hacia los dioses —antes de darse media vuelta y rendirse una vez más a su inexorable destino—.

Los griegos de hoy tienen, sin embargo, una opción que Sísifo no tuvo. Una segunda oportunidad. Pueden mirarse en el espejo, reconocer sus limitaciones, dejar de engañarse a sí mismos, aceptar quiénes son y entender que su lugar por naturaleza no es en los cielos de la eurozona sino solos, a su manera, en la agreste y noble tierra helena. Para el bien de ellos y de todos los europeos deberían redefinir su noción de orgullo patrio, retirarse voluntariamente de lo que se ha vuelto para ellos la tiranía del euro y buscar su propio destino en la independencia y la libertad.

¿Una Europa alemana? De Daniel Innerarity

La situación de Grecia es una razón más para transformar la hegemonía económica de Alemania en liderazgo: es jugar a un juego diferente, con más responsabilidad hacia el conjunto de la Unión y con mecanismos de decisión más compartidos.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.

Daniel Innerarity, 13 julio 2015 / EL PAIS

El último libro del fallecido Ulrich Beck sostenía la tesis de que la crisis del euro había hecho realidad aquella “Europa alemana” de la que advertía Thomas Mann en 1953. Alemania no solo se ha beneficiado del nuevo orden europeo sino que se ha convertido de hecho en un poder hegemónico, sin nadie que haga de contrapeso y con una institucionalización débil que apenas equilibra ese poder. Se da la paradoja de que Alemania se ha convertido en un poder hegemónico pero al mismo tiempo no ha querido ejercer el liderazgo europeo que le correspondería.

En la gestión de la crisis del euro Alemania es un actor central. Inicialmente reacia a comprometerse, dispuesta incluso a dejar caer a Grecia, una vez que comprendió que esta salida tendría grandes costes políticos y económicos, utilizó la crisis para reconfigurar una UE a imagen propia y ponerla al servicio de sus intereses económicos. Con el objetivo de fortalecer el control sobre los países deudores exigió en mayo de 2010 incluir al FMI tanto para las ayudas a Grecia como para la creación del Fondo de Estabilidad. Así se excluyó al Parlamento Europeo y se debilitó a la Comisión.

Como es sabido, el Gobierno alemán se incorporó al fondo de rescate a condición de imponer una consolidación fiscal, un endurecimiento del pacto de estabilidad y crecimiento así como el compromiso de limitar el endeudamiento. Esta exigencia obedecía a un diagnóstico de la situación que es muy cuestionable. Berlín defendía que los intereses elevados se debían a los riesgos que planteaba un país y que sin la presión de los mercados financieros los países deudores no llevarían a cabo las reformas necesarias. Algunos estudios ponen de manifiesto, por el contrario, que una parte significativa de los diferenciales de los países periféricos de la eurozona en 2010-2011 no tenían relación con el incremento de la deuda y se debían más bien a sentimientos negativos en el mercado que actuaban como profecías autocumplidas y que se hicieron muy poderosos desde finales de 2010.

Alemania no está entre los perdedores de la crisis del euro, sino que en cierto modo se ha beneficiado de ella. De entrada porque mucho de lo que se hizo para el rescate de Grecia, Portugal, Irlanda o España beneficiaba especialmente a los bancos alemanes. Alemania se beneficia por el hecho de que el aumento del precio de los créditos para los países con una mayor deuda viene acompañado de un abaratamiento de los costes de refinanciación de sus propios bonos.

Detrás de estas divergencias hay una falta de acuerdo en torno a cómo entender las relaciones entre solidaridad y responsabilidad en la Unión. La política alemana contra la crisis, tal y como han repetido incansablemente Merkel y Schäuble, se ha basado en un principio muy simple: solidaridad a cambio de solidez. Los Estados deudores deben ganarse la solidaridad, lo que significa aumento de impuestos, reducción del sector público y reformas estructurales. Las autoridades alemanas están convencidas de que ciertas formas de solidaridad pueden implicar una pérdida de responsabilidad en los países ayudados. Ahora bien, estos esfuerzos no pueden hacerse a costa de arruinar un país. Los Estados en crisis tienen que aplicar ciertas reformas, pero las condiciones tienen que ser realistas. Todo ello dejando a un lado que las medidas de austeridad tienen también un límite de legitimación democrática.

Salir del atolladero exige pensar de otra forma la relación
entre solidaridad y responsabilidad

¿Es excesiva la solidaridad alemana en la crisis del euro? Si consideramos los números absolutos, Alemania es con mucho el contribuyente más importante de la eurozona. Su aportación al Tratado de Estabilidad es muy elevada. Pero si ponemos en relación lo que costaron a Alemania las ayudas a Grecia y los fondos de rescate del euro con su capacidad económica, su crédito supone el 4,5% de su PIB (una parte menor de la que dedican a ello Malta, Estonia, Eslovaquia, España o Italia).

Si queremos salir de este atolladero tenemos que pensar de otra manera la relación entre solidaridad y responsabilidad. La solidaridad implica relaciones de reciprocidad y puede estar vinculada a ciertas condiciones. Pero también es cierto que la solidaridad incluye siempre un elemento de interés propio bien entendido. Por eso me parece que es muy interesante la iniciativa del Gobierno de Portugal para la próxima Cumbre Europea que recomienda no hablar tanto de solidaridad como de responsabilidad común.

Si los países deudores tienen que ser más responsables en su comportamiento económico, a Alemania le corresponde una mayor responsabilidad en la estabilización de la eurozona y sobre el conjunto de la Unión. Aquí es donde la diferencia entre hegemonía y liderazgo resulta fundamental. La función de liderazgo en Europa solo puede ejercerse si se está dispuesto a realizar una mayor transferencia de soberanía y a asumir una mayor responsabilidad respecto de la Comunidad Europea. La relación entre quien ejerce el liderazgo y quien lo acepta presupone una cierta comunidad de intereses, riesgos y valores, lo que no es el caso cuando se trata de una hegemonía. Las funciones de liderazgo en una comunidad implican también ciertas obligaciones y, tratándose de una comunidad tan compleja como la europea, solo puede llevarse a cabo de una manera coordinada.

Francia pierde autoridad y se encuentra
en una crisis política y económica con resultado incierto

Alemania no ha tenido ninguna experiencia de liderazgo europeo o internacional y ese concepto está contaminado por su historia reciente. Pero 20 años después de la unificación, la posibilidad de que Alemania asuma una posición de liderazgo es considerada algo normal e incluso deseable. ¿Quién podría hacerlo si no? Es evidente que el eje franco-alemán ya no puede ejercer esa función. Francia no representa ese tipo de autoridad que Alemania reconoció en otro tiempo y se encuentra en una crisis política y económica con resultado incierto. Alemania no parece dispuesta a que su política europea sea conducida por la incertidumbre francesa.

Lo que ahora tenemos en Europa es una situación de hegemonía que consiste en que Alemania ejerce un poder económico sobre el resto de los europeos como no había tenido desde la unificación, pero ha limitado este poder a la consecución de un interés a corto plazo. Alemania ha renunciado al tipo de liderazgo que se le reconocería si hubiera ejercido una forma de cooperación solidaria con la vista puesta en los posibles riesgos futuros de Europa.

Si en el referéndum de Grecia hubiera ganado el sí, Alemania se habría cargado de razones para continuar con su cómoda hegemonía; la victoria del no —por paradójico que parezca— es una razón más para transformar esa hegemonía en liderazgo, lo que supone jugar a un juego diferente, con mayor responsabilidad hacia el conjunto de la Unión y con mecanismos de decisión más compartidos. Esto no significa que Grecia haya ganado la partida, ni siquiera que haya mejorado su posición negociadora, pero tampoco Alemania gana nada con una estrategia que es igualmente electoralista, limitada al corto plazo y sin ninguna responsabilidad hacia lo común.

Killing the European Project. By Paul Krugman

 Paul Krugman, premio Nobel de Economía. REUTERS

Paul Krugman, premio Nobel de Economía. REUTERS

Paul Krugman, 12 julio 2015 / NYT Blogs

Suppose you consider Tsipras an incompetent twerp. Suppose you dearly want to see Syriza out of power. Suppose, even, that you welcome the prospect of pushing those annoying Greeks out of the euro.

Even if all of that is true, this Eurogroup list of demands is madness. The trending hashtag ThisIsACoup is exactly right. This goes beyond harsh into pure vindictiveness, complete destruction of national sovereignty, and no hope of relief. It is, presumably, meant to be an offer Greece can’t accept; but even so, it’s a grotesque betrayal of everything the European project was supposed to stand for.

Can anything pull Europe back from the brink? Word is that Mario Draghi is trying to reintroduce some sanity, that Hollande is finally showing a bit of the pushback against German morality-play economics that he so signally failed to supply in the past. But much of the damage has already been done. Who will ever trust Germany’s good intentions after this?

In a way, the economics have almost become secondary. But still, let’s be clear: what we’ve learned these past couple of weeks is that being a member of the eurozone means that the creditors can destroy your economy if you step out of line. This has no bearing at all on the underlying economics of austerity. It’s as true as ever that imposing harsh austerity without debt relief is a doomed policy no matter how willing the country is to accept suffering. And this in turn means that even a complete Greek capitulation would be a dead end.

Can Greece pull off a successful exit? Will Germany try to block a recovery? (Sorry, but that’s the kind of thing we must now ask.)

The European project — a project I have always praised and supported — has just been dealt a terrible, perhaps fatal blow. And whatever you think of Syriza, or Greece, it wasn’t the Greeks who did it.

Germany won’t spare Greek pain – it has an interest in breaking us. By Yanis Varoufakis

Yanos Varoufakis, ministro de finanzas del gobierno griego. Renunció luego del referéndum.

Yanos Varoufakis, ministro de finanzas del gobierno griego. Renunció luego del referéndum.

Yanis Varoufakis, 10 julio 2015 / THE GUARDIAN

Greece’s financial drama has dominated the headlines for five years for one reason: the stubborn refusal of our creditors to offer essential debt relief. Why, against common sense, against the IMF’s verdict and against the everyday practices of bankers facing stressed debtors, do they resist a debt restructure? The answer cannot be found in economics because it resides deep in Europe’s labyrinthine politics.

In 2010, the Greek state became insolvent. Two options consistent with continuing membership of the eurozone presented themselves: the sensible one, that any decent banker would recommend – restructuring the debt and reforming the economy; and the toxic option – extending new loans to a bankrupt entity while pretending that it remains solvent.

Official Europe chose the second option, putting the bailing out of French and German banks exposed to Greek public debt above Greece’s socioeconomic viability. A debt restructure would have implied losses for the bankers on their Greek debt holdings.Keen to avoid confessing to parliaments that taxpayers would have to pay again for the banks by means of unsustainable new loans, EU officials presented the Greek state’s insolvency as a problem of illiquidity, and justified the “bailout” as a case of “solidarity” with the Greeks.

To frame the cynical transfer of irretrievable private losses on to the shoulders of taxpayers as an exercise in “tough love”, record austerity was imposed on Greece, whose national income, in turn – from which new and old debts had to be repaid – diminished by more than a quarter. It takes the mathematical expertise of a smart eight-year-old to know that this process could not end well.

Once the sordid operation was complete, Europe had automatically acquired another reason for refusing to discuss debt restructuring: it would now hit the pockets of European citizens! And so increasing doses of austerity were administered while the debt grew larger, forcing creditors to extend more loans in exchange for even more austerity.

Our government was elected on a mandate to end this doom loop; to demand debt restructuring and an end to crippling austerity. Negotiations have reached their much publicised impasse for a simple reason: our creditors continue to rule out any tangible debt restructuring while insisting that our unpayable debt be repaid “parametrically” by the weakest of Greeks, their children and their grandchildren.

In my first week as minister for finance I was visited by Jeroen Dijsselbloem, president of the Eurogroup (the eurozone finance ministers), who put a stark choice to me: accept the bailout’s “logic” and drop any demands for debt restructuring or your loan agreement will “crash” – the unsaid repercussion being that Greece’s banks would be boarded up.

Five months of negotiations ensued under conditions of monetary asphyxiation and an induced bank-run supervised and administered by the European Central Bank. The writing was on the wall: unless we capitulated, we would soon be facing capital controls, quasi-functioning cash machines, a prolonged bank holiday and, ultimately, Grexit.

The threat of Grexit has had a brief rollercoaster of a history. In 2010 it put the fear of God in financiers’ hearts and minds as their banks were replete with Greek debt. Even in 2012, when Germany’s finance minister, Wolfgang Schäuble, decided that Grexit’s costs were a worthwhile “investment” as a way of disciplining France et al, the prospect continued to scare the living daylights out of almost everyone else.

Syriza supporters in front of the Greek parliament

‘By the time Syriza won power last January, a majority within the Eurogroup had adopted Grexit either as their preferred outcome or weapon of choice against our government’.

Greeks, rightly, shiver at the thought of amputation from monetary union. Exiting a common currency is nothing like severing a peg, as Britain did in 1992, when Norman Lamont famously sang in the shower the morning sterling quit the European exchange rate mechanism (ERM). Alas, Greece does not have a currency whose peg with the euro can be cut. It has the euro – a foreign currency fully administered by a creditor inimical to restructuring our nation’s unsustainable debt.

To exit, we would have to create a new currency from scratch. In occupied Iraq, the introduction of new paper money took almost a year, 20 or so Boeing 747s, the mobilisation of the US military’s might, three printing firms and hundreds of trucks. In the absence of such support, Grexit would be the equivalent of announcing a large devaluation more than 18 months in advance: a recipe for liquidating all Greek capital stock and transferring it abroad by any means available.

With Grexit reinforcing the ECB-induced bank run, our attempts to put debt restructuring back on the negotiating table fell on deaf ears. Time and again we were told that this was a matter for an unspecified future that would follow the “programme’s successful completion” – a stupendous Catch-22 since the “programme” could never succeed without a debt restructure.

This weekend brings the climax of the talks as Euclid Tsakalotos, my successor, strives, again, to put the horse before the cart – to convince a hostile Eurogroup that debt restructuring is a prerequisite of success for reforming Greece, not an ex-post reward for it. Why is this so hard to get across? I see three reasons.

One is that institutional inertia is hard to beat. A second, that unsustainable debt gives creditors immense power over debtors – and power, as we know, corrupts even the finest. But it is the third which seems to me more pertinent and, indeed, more interesting.

The euro is a hybrid of a fixed exchange-rate regime, like the 1980s ERM, or the 1930s gold standard, and a state currency. The former relies on the fear of expulsion to hold together, while state money involves mechanisms for recycling surpluses between member states (for instance, a federal budget, common bonds). The eurozone falls between these stools – it is more than an exchange-rate regime and less than a state.

And there’s the rub. After the crisis of 2008/9, Europe didn’t know how to respond. Should it prepare the ground for at least one expulsion (that is, Grexit) to strengthen discipline? Or move to a federation? So far it has done neither, its existentialist angst forever rising. Schäuble is convinced that as things stand, he needs a Grexit to clear the air, one way or another. Suddenly, a permanently unsustainable Greek public debt, without which the risk of Grexit would fade, has acquired a new usefulness for Schauble.

What do I mean by that? Based on months of negotiation, my conviction is that the German finance minister wants Greece to be pushed out of the single currency to put the fear of God into the French and have them accept his model of a disciplinarian eurozone.

La UE aprieta a Grecia tras dilapidar su Gobierno toda la credibilidad

el mundoEditorial EL MUNDO/España, 13 julio 2015

Sólo un iluso podría pensar que lanzando un órdago a Europa, la pequeña Grecia lograría un tercer rescate con unas condiciones más ventajosas que los dos anteriores. Pero Alexis Tsipras, convencido de ello, decidió desafiar a sus socios del euro con su referéndum y este fin de semana ha probado lo amargo que es negociar cuando una de las dos partes desconfía profundamente de su interlocutor. La confianza se pierde muy rápido, pero cuesta mucho recuperarla.Y si hay algo que Grecia no tiene en estos momentos es tiempo. El Eurogrupo va a jugar con esta baza y pretende exigir a Atenas legislar las duras condiciones de su tercer rescate antes de firmar la ayuda. Pese a la dureza de esta propuesta, si se logra que salga adelante, Grecia tendrá motivos para celebrarlo. Asumir las condiciones del tercer rescate será doloroso para la sociedad griega, pero abandonar la zona euro sería mucho más traumático. Mientras, para el resto del euro un acuerdo también sería una gran noticia. Permitir que el país heleno abandone la moneda única sería un fracaso político imperdonable y una seria amenaza para la estabilidad de la Eurozona. Grexit (como llaman en el argot financiero a la salida de Grecia del euro)podría levantar una tormenta que salpicaría a las otras 18 economías que integran la divisa y en especial, a los países más vulnerables, como España.

Con sus incoherencias y su estrategia esquizofrénica, Tsipras ha hecho un daño irreversible a sus compatriotas. Los hechos son elocuentes. Nada más llegar al poder, el primer ministro heleno decidió recurrir a la demagogia para reclamar a Alemania unas indemnizaciones por los daños sufridos por Grecia durante la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial. No contento con esa provocación, el líder de Syriza empezó a coquetear con Putin en uno de los momentos más delicados para las relaciones entre Rusia y la UE por las secuelas de la crisis de Ucrania. Pero el despropósito de Atenas en este medio año no acaba ahí. La chulería con la que el ya ex ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, aterrizó en el Eurogrupo para negociar nuevas ayudas molestó a sus colegas europeos, a los que dejó plantados hace dos semanas, cuando se levantó de la mesa de negociaciones con un acuerdo mucho menos duro que el que ahora se plantea. No contento con el desplante, Tsipras decidió ir más allá y mantener la convocatoria de un referéndum que causó un profundo malestar en los países del euro a los que Varoufakis acusó de hacer «terrorismo» con Grecia en una entrevista publicada por EL MUNDO en la víspera de esa consulta. Con los bancos cerrados y la economía herida de muerte, el tono empleado por Tsipras en los últimos días no ha sido mucho más conciliador. El resultado de esa estrategia es una profunda desconfianza de Alemania y buena parte de los jefes de Estado y de Gobierno de la UE en el líder heleno.

Si en el ámbito político el resbalón de Tsipras ha sido estrepitoso, en el económico ha sido aún peor. Dos semanas de corralito han hecho mella en la economía griega y han agigantado las necesidades financieras del país hasta los 86.000 millones de euros, frente a los 53.500 millones que se habían barajado inicialmente. Grecia está pidiendo a la Troika que le preste en tres años lo equivalente a la mitad de su PIB. Es lógico que sus acreedores, que ya han aportado ingentes cantidades de dinero y también deben responder ante sus opiniones públicas, no se fíen de Atenas. La situación es difícil. Pero por el bien de todos, es imprescindible acercar posturas y lograr un acuerdo que dé garantías a los países acreedores y cierto margen a Atenas para reflotar su economía. De otro modo, dentro de tres años seguiremos dando vueltas en el mismo callejón sin salida.

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