Chávez

Venezuela y la paz de Colombia. De Ibsen Martínez

Este artículo de Ibsen Martínez está directamente dirigido a la oposición venezolana. Pensamos que igual podría dirigirse a muchos en la derecha salvadoreña.

Segunda Vuelta

Ibsen Martínez, escritor venezolana

Ibsen Martínez, escritor venezolana

Ibsen Martínez, 27 septiembre 2016 / EL PAIS

Nicolás Maduro ha afirmado, previsiblemente y con estulto énfasis, que la paz en Colombia es obra por completo atribuible a Hugo Chávez. Tamaña mentira me lleva a abordar un tema nada irrelevante a la hora de tratar de entender qué (nos) pasa, hoy por hoy, en Venezuela.

el paisMe resulta inexplicable la dificultad que enfrenta la oposición venezolana a la hora de juzgar el histórico momento que atraviesa la nación vecina. Demasiados venezolanos opositores al chavismo, tanto políticos de oficio como ciudadanos del común, desestiman las positivas consecuencias inmediatas y futuras que la ratificación, por vía plebiscitaria, del acuerdo de paz entre las FARC y el Estado colombiano con toda seguridad han de tener en la resolución de la devastadora discordia que el chavismo ha instaurado en mi país.

“Me preocupa la propensión de tantos opositores venezolanos
a simpatizar, sin mayor examen, con Uribe hasta el punto
de olvidar cuánto lo asemejó a Chávez su desprecio a las instituciones”

Cierto que los arteros tejemanejes del chavismo para aplazar el referéndum revocatorio hasta 2017 absorben toda la atención, no solo de los miembros de la MUD (Mesa de Unidad Democrática), sino del ciudadano común que, indignado, ve cómo la arbitrariedad de Maduro y la panda de generales corruptos (cuando no capos narcotraficantes) e indignos funcionarios civiles atropella los más elementales derechos humanos y políticos de los venezolanos.

Tener que confrontar, día a día, a mano desarmada, nuevas y más ultrajantes arbitrariedades, ciertamente no deja tiempo de mirar con detenimiento lo que ocurre en el vecindario, pero igual resulta no solo triste, sino muy grave, que persistan en la opinión venezolana tantas percepciones equivocadas, tantos equívocos y, digámoslo de una vez, tanto rancio prejuicio xenófobo contra Colombia y sus ciudadanos. 

Enumerarlos, clasificarlos y tratar de rastrear sus orígenes, desde la ya remota querella que en 1830 condujo a la disolución de la Gran Colombia —esa “ilusión ilustrada”, como la llamó el prematuramente extinto pensador venezolano Luis Castro Leiva—, hasta las vociferaciones con que Hugo Chávez atribuía a Álvaro Uribe protervas vinculaciones con el general Santander y el atentado contra Bolívar en 1828, sin olvidar los abstrusos diferendos limítrofes de principios del siglo pasado que tanto desvelaron a militares y demagogos venezolanos y alentaron la xenofobia anticolombiana, es asunto tan de tejas arriba que excede mis capacidades y las de estas 600 palabras de mi bagatela semanal. 

Pero algún día, y pronto, harán bien las élites intelectuales venezolanas, en especial las que se ocupan del quehacer político, en abocarse a ello. Por modesta que sea mi experiencia, sé positivamente que leer y pensar intensamente en torno a Colombia me ha llevado a entender mejor muchas cosas de Venezuela. Y, por cierto, hay mucho, muchísimo más que entender que lo que trae el manido y mezquino epigrama, atribuido, con razón o sin ella, a Simón Bolívar: “Venezuela es un cuartel, Colombia una universidad y Ecuador un convento”.

Parafraseando al poeta estadounidense Allen Ginsberg, he escuchado a los mejores cerebros de mi generación despachar a Santos, De la Calle, Jaramillo, Gaviria y Holguín como ingenuos embaucados por unas FARC cuyo proyecto es instaurar una Gran Colombia castrochavista. Me preocupa la propensión de tantos opositores venezolanos a simpatizar, sin mayor examen, con Uribe hasta el punto de olvidar cuánto lo asemejó a Chávez su desprecio a las instituciones y a la norma constitucional de su país. Pero afirmar, como lo he escuchado en Caracas de labios de muy caracterizados líderes opositores, que Juan Manuel Santos es un tonto útil de Nicolás Maduro desafía toda ecuanimidad.

Duele advertir que quienes padecen la vocación tiránica, esencialmente violenta, del chavismo piensen que una victoria del no en Colombia pueda contribuir a la normalización democrática y a la reconciliación en Venezuela.

@ibsenmartinez

El pendejo transitorio. De Ibsen Martínez

Ibsen Martínez

Ibsen Martínez, escritor venezolano

Ibsen Martínez, 17 febrero 2016 / EL PAIS

Las crisis políticas venezolanas del último siglo y medio infaltablemente han llevado a los bandos en pugna a acordar un último recurso: dar con un pendejo transitorio.

Incognoscibles leyes de composición social hacen que, ante cualquier impasse tercamente insoluble, de esos en los que nadie puede sacar decisiva ventaja a corto plazo, los bandos en discordia no se decanten jamás en Venezuela por una tregua, seguida de un pacto de buena fe en torno a un programa mínimo de reformas, ejecutables en un plazo aceptable para todos, a ver si en el camino, entre mulas y arrieros, se enderezan las cargas.

el pais¡No!; la solución venezolana por excelencia (que al cabo resulta no ser en absoluto una solución) está en hallar una cruza entre el pararrayos y el chivo expiatorio, criatura que mi modesta politología caribeña ha llamado “el pendejo transitorio”. La subespecie prevaleciente es la del papanatas designado para cuidar el “coroto”.

Venezolanos y colombianos compartimos esa voz —“coroto”—, que nombra indistintamente tanto los objetos de uso personal como los enseres, mobiliario y hasta la decoración de una casa. En mi país, “coroto” nombra también la silla presidencial. Misión típica del pendejo transitorio de primera especie es mantener tibiecito el coroto bajo sus posaderas hasta que el jefe regrese por ejemplo, de un postoperatorio en Cuba.

Este tipo de subpendejo, sin embargo, puede defraudar la confianza de quien lo designa. El dictador Antonio Guzmán Blanco (1809-1899), se aficionó a gobernar telegráficamente desde el París del Segundo Imperio, para lo cual se servía de un cable submarino tendido entre Marsella y el pintoresco puerto oriental de Carúpano. Aunque se preciaba de buen juicio al escoger sus pendejos, Guzmán fue desconocido arteramente, ¡y más de una vez!, por pendejos que se alzaban con el coroto y lo forzaban a dejar las delicias del París de Napoleón III y venir a poner orden en el fandango. La cosa siempre terminaba a tiros.

Otra variedad de pendejo transitorio es aquella que gesticula como si presidiese con soberanía y pulso firme una tortuosa pero ineludible transición entre bandos irreconciliables para evitar un inútil derramamiento de sangre. Una de las mejores novelas venezolanas escritas en lo que va de siglo, El pasajero de Truman, de Francisco Suniaga, narra la desventura del doctor Diógenes Escalante, embajador venezolano en Washington que terminó su carrera pública como “candidato unitario”, aprobado en 1945 tanto por la cúpula militar gobernante del General Medina Angarita como por el emergente partido socialdemócrata Acción Democrática. Un brote sicótico, diagnosticado la mismísima mañana en que Escalante habría de entrevistarse con el general Medina, lo incapacitó para siempre como pendejo transitorio y precipitó un sangriento golpe militar.

Quién sabe qué vería Hugo Chávez en Nicolás Maduro cuando lo designó sucesor y partió a hacerse destazar por oncólogos del G2 en La Habana. Quizá pensaba regresar a Miraflores al cabo de pocos meses y que era mejor dejar a Maduro y no a Diosdado Cabello cuidar del coroto. Si creyó que, por ser Maduro el más aplatanado de los suyos, su legado estaría a buen recaudo, se equivocó de medio a medio.

Maduro es, de lejos, el hombre indicado para decretar una amnistía general de presos políticos, dejar flotar el dólar, elevar el precio de la gasolina, ordenar una misión urgente ante el FMI, acordar condiciones para su exilio antes de renunciar y adelantar las elecciones presidenciales. Esto lo convertiría, en efecto, en un reverendísimo pendejo transitorio.
Pero Venezuela toda, tanto la chavista como la opositora, le estaría clamorosa y eternamente agradecida.

@ibsenmartínez

Alberto Barrera: “Hugo Chávez melodramatizó la política”

El último premio Tusquets, autor de una de las grandes biografías sobre el líder bolivariano, es uno de los nombres esenciales de la literatura de Venezuela.

Javier Lafuente, 26 noviembre 2015 / EL PAIS/BABELIA

El PaisEstaba en su casa de Caracas, frente al televisor, cuando escuchó la noticia. Hugo Chávez, el presidente de Venezuela, aquel hombre que hablaba desde la eternidad, que había borrado el tiempo de los discursos, anunciaba que tenía cáncer. Alberto Barrera Tyszka (Caracas, 1960) se sorprendió, como casi todo el país. “Era algo que no estaba en las hipótesis”, recuerda en un café de Bogotá el autor, ganador del último Premio Tusquets por Patria o muerte, una obra que nace a partir de varios textos ya en marcha y que la enfermedad de Chávez termina por unir. La novela resultante no deja de ser una radiografía de la Venezuela actual y consagra al escritor, autor de Chávez sin uniforme, acaso la mejor biografía sobre el líder bolivariano, como el mejor exponente de la literatura de su país, y en buena medida de América Latina.

El escritor venezolano Alberto Barrera, en Bogotá. / CAMILO ROZO

El escritor venezolano Alberto Barrera, en Bogotá. / CAMILO ROZO

PREGUNTA. Con esta novela regresa a Venezuela. ¿Qué le ha llevado a ello?

RESPUESTA. En un principio, no tenía intención de acercarme literariamente al chavismo, probablemente como reacción a la biografía. Pero me interesó el proceso en el que se da la enfermedad de Chávez, porque me interesa la fragilidad del ser humano, trato de conectar con el lector a través del dolor. Me pareció que era un contexto ideal para tratar de indagar en los venezolanos y en lo que estábamos viviendo.

P. ¿Qué descubrió?

R. La novela intenta tocar mucho el tema del carisma. Qué pasó para que los venezolanos se engancharan, a favor o en contra, al mismo tiempo, de la misma figura. Pero no es una novela sobre Chávez, al fin y al cabo él está en el fondo, agonizando, es una novela sobre los venezolanos que viven bajo ese hechizo.

P. ¿Continúa ese hechizo?

R. Chávez insistió mucho en construirse como mito, en sacralizar su figura y, por supuesto, la corporación que quedó después de eso vive. Pero creí que ese mito iba a tener una duración mayor en la vivencia de los venezolanos. No está tan presente, o sus herederos lo han derrochado muy rápidamente. Han malgastado la herencia que les dieron de forma rápida y grosera.

P. Se trata de una novela, pero está escrito como si fuese una crónica de no ficción.

R. Tiene un diálogo con lo real muy fuerte, hay cantidad de cosas que uno ha oído. El escritor es una especie de espía que está todo el tiempo robando cosas que escucha, mira, ve. Las historias fueron saliendo. Alguna era de una novela que yo estaba escribiendo antes de la enfermedad de Chávez. En la literatura hay gente que avanza con planes, yo no soy así, me faltaría ser algo metódico, yo avanzo a ciegas.

P. El 6 de diciembre habrá elecciones a la Asamblea Nacional. ¿Cómo cree que se puede dar un cambio en Venezuela?

R. Me gusta pensar que hemos vivido bajo la amenaza de una violencia política que no va a suceder. Yo sí pienso que la oposición puede ganar. Ahora, cómo va a administrar ese triunfo el Gobierno, ahí está el problema. Quieren presentar la alternancia democrática como un delito. El chavismo no se da cuenta de que fracasó en su intento de imponer su modelo. La única salida posible de los venezolanos es aceptar nuestra complejidad, superar la mediocridad que representa la polarización. No hay posibilidad de hacer país si no contamos los unos con los otros. Se equivocan los que creen que la historia es un interruptor y que vamos a volver a 1998, antes de que Chávez llegase al poder.

P. ¿Qué ha sentido al haber escrito algo tan real, pero tan duro sobre su país?

R. Tenía mucho miedo a que sonara a novela editorial, a que pensaran que la he escrito para denunciar. No, yo no he querido denunciar a un régimen ni nada, sino contar la pluralidad que hay en el país.

P. Pluralidad y polarización.

R. Es parte de la realidad de Venezuela, hijos que no se hablan con sus padres, hermanos que no se tratan. Chávez melodramatizó la política. Llegó un momento en que los venezolanos parece que habíamos nacido para atacar o apoyar a un gobierno.

P. ¿Qué tipo de novela es Venezuela?

R. Ahorita creo que van a salir muchos libros que tienen que ver con la situación del país. Ya es tiempo para que los escritores empiecen a escribir o pensar sobre lo que se vive. La gente ha empezado a refugiarse y buscar en los libros cosas que no encontraba en los medios, que era confiabilidad. Ha habido un resurgir de libros de historia, de periodismo. La polarización mediática hace que nadie sea confiable. Aunque también está la cantidad de periodistas de investigación que se movieron a sites, una gente con muchísima seriedad y reconocido prestigio están haciendo periodismo de investigación desde esas páginas: Armando.info, runrunes, contrapunto…

P. ¿Con qué disfruta más a la hora de escribir?

R. La televisión es un trabajo alimenticio. Lo que más disfruto es la literatura. Incluso más que la columna. Cuando empecé a escribir columnas hace 20 años era algo más personal. Si yo ahora escribo sobre las nubes me llueven pedradas. Hay una especie de dictadura de la urgencia política y la sociedad está sometida a ello. Como si no hubiese otros espacios vitales

P. ¿Qué le aportan las telenovelas a la hora de escribir literatura?

R. Son formatos muy distintos. En la literatura la imaginación y la ambigüedad son fundamentales. La televisión no soporta esa complejidad, es un reino más cercano al estereotipo. Pero me ha dado más eficacia para los diálogos y una idea de la velocidad narrativa

P. Guionista de prestigio, ganó el Premio Herralde, ahora el Tusquets. Está tocado por el éxito.

R. No, no es cierto. Ni mencionarlo. Tengo mucha disciplina. Los premios le dan un empujón a la obra sensacional, pero no significa que uno vaya a escribir mejor. No te lo puedes creer.

Lea también:

El primer captulo de la novela
“Patria o muerte” de Alberto Barrera

Alberto Barrera: “Chávez hablaba desde la eternidad,
pero la enfermedad lo hizo mortal’

 

El primer capítulo de ‘Patria o muerte’, la nueva novela de Alberto Barrera Tyszka

A continuación podrá leer el primer capítulo de Patria o muerte, la novela ganadora del Premio Tusquets Editores de Novela 2015, escrita por el reconocido escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka. Este capítulo fue cedido amablemente por el sello editorial.

Patria o Muerte

Alberto Barrera Tyszka, 26 noviembre 2015 / PRODAVINCI

Yo no puedo creer que esto sea la muerte, la muerte
de la que tanto hablo, de la que tanto espero.
Rafael Gumucio

prodavinciEl sonido del teléfono raspó la noche.

Miguel Sanabria no lo escuchó. Estaba en el baño, cepillándose los dientes. Beatriz, su mujer, se encontraba en la sala, viendo la televisión. Ella lanzó un grito y, sin apartar los ojos de la pantalla, le avisó que alguien estaba llamando. La palabra teléfono cruzó como una pedrada por el pasillo. Sanabria atendió. Era su sobrino Vladimir, estaba agitado, nervioso; hablaba como si las letras tropezaran dentro de su boca. Tenemos que vernos, dijo. Y Sanabria respondió: cuando quieras. Y Vladimir dijo: lo antes posible. Y Sanabria preguntó qué pasaba. ¿Es urgente? Y Vladimir contestó que sí. Muy urgente. Estoy aterrizando. Acabo de llegar de La Habana, dijo. Y Sanabria ya no dijo nada más.

No sabía puntualmente de qué se trataba pero tenía la absoluta seguridad de que esa emergencia estaba relacionada con la enfermedad del Presidente. Hacía más de un año, en una noche parecida, el 30 de junio del 2011, también su sobrino lo había llamado justo después de que Hugo Chávez anunciara por televisión que tenía cáncer.

—¿Lo viste? ¿Lo escuchaste? —preguntó en esa ocasión Vladimir.

Sanabria acababa de cumplir setenta años y se había jubilado del Instituto de Investigación Clínica de la Universidad Central. Era oncólogo, había dedicado gran parte de su vida profesional al estudio y a la docencia. Al final de su carrera, se interesó cada vez más en asuntos ajenos a los quirófanos y a las jeringas. Estableció un convenio con la Universidad Complutense de Madrid y logró que se abriera en el país la posibilidad de incorporar la oncopsicología como materia en el pénsum académico de la Facultad de Medicina. El tiempo, como a todos, lo había vuelto más flexible. A la hora de su retiro, pensaba que la ciencia no era suficiente para aprender a relacionarse con el cuerpo.

—¿Qué te parece? ¿Qué piensas? —Vladimir había seguido preguntando, con terca insistencia.

No supo qué decir. Reconocerse en una enfermedad, nombrarla como propia, produce un hechizo emocional directo. Un tumor te convierte en víctima de manera instantánea. Pero Sanabria no quiso comentar nada. No deseaba comprometerse demasiado. Sabía que su sobrino, del otro lado de la línea, se encontraba inquieto, muy pendiente de su respuesta. Siempre habían tenido una relación especial, muy cercana, y ambos habían logrado que, durante todos esos años, ese lazo afectivo sobreviviera a la polarización política. Vladimir era un funcionario de confianza del gobierno. Sanabria jamás había votado por Chávez.

Tampoco estaba con el mejor ánimo. Después de dejar la universidad, Sanabria había comenzado a sentirse cada vez más inestable. Pasaba de la ansiedad a la melancolía con frecuencia y con rapidez. Y con la misma frecuencia y con la misma rapidez volvía de la melancolía a la ansiedad. Como si nada. Sin razón aparente, se sentía frágil, indefenso. A veces se despertaba en las madrugadas asustado, como si lo hubieran sorprendido en medio de una fuga. Beatriz dormía a su lado, plácidamente. Sanabria entonces se incorporaba e iba a la cocina. Solía sentarse en un taburete y tomar una mandarina de la cesta. Oía los carros cruzar, a lo lejos, por la autopista. Se quedaba un rato mirando hacia las sombras mientras le arrancaba la piel a la fruta. Sentía cómo su olor penetrante y cítrico iba empujando el olor de la noche, el olor de las sábanas, el olor de ese sueño del que había vuelto a escapar. Morder la carne mórbida lo tranquilizaba. Hincar el diente y sentir saltar el jugo de la mandarina sobre su lengua le devolvía una extraña calma. A veces, también, se despertaba con unas inexplicables ganas de llorar. Y eso empezaba a repetirse, a ser más constante. Cada vez eran más los días en que se despabilaba en plena madrugada con ese desconsuelo atascado en la garganta. En algunas ocasiones se quedaba acostado durante un tiempo, deseando que la tristeza pasara de largo. Aspiraba hondamente y luego contenía el aire en sus pulmones, como si estuviera haciendo ejercicios de respiración dentro de una piscina. Cerraba los ojos. Los abría. Como si despertar fuera lo mismo que hundirse.

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Alberto Barrera Tyszka, escritor/guionista/columnista venezolano,fotografiado por Cristina Marcano.

Al principio, creyó que se trataba de una crisis pasajera que tenía que ver con cumplir setenta años, con el retiro. Pensó que el insomnio era una forma de duelo. Gradualmente fue entendiendo que se encontraba ante un desequilibrio mucho mayor. Justo lo que tanto había tratado de evitar, por fin, estaba llegando: el país. Sanabria había pasado más de diez años tratando de vivir en las orillas de la realidad, esquivando los conflictos, intentando que eso que llamaban la Revolución no lo tocara. Había resistido todas las dificultades, las peleas familiares, las discusiones en la universidad, incluso la ida de su hija Elisa a Panamá, manteniéndose siempre aferrado al sentido común, deslindándose de los radicales de lado y lado, pensando que todo lo que ocurría era parte de un desajuste provisional que, más temprano que tarde, terminaría resolviéndose y regresando a la normalidad. Pero entonces comenzaron a aparecer las mandarinas en las madrugadas y las inexplicables ganas de llorar. Comprendió que ya estaba saturado. En el fondo, estaba cansado de la historia. Sentía que Venezuela era una mierda, un derrumbe que ni siquiera llegaba a ser país. Creía que la política los había intoxicado y que todos, de alguna manera, estaban contaminados, condenados a la intensidad de tomar partido, de vivir en la urgencia de estar a favor o en contra de un gobierno. Llevaban demasiados años siendo una sociedad preapocalíptica, una nación en conflicto, siempre a punto de explosión. Todos los días podía suceder un cataclismo. Conspiraciones, magnicidios, guerras, atentados terroristas, fusilamientos, ejecuciones, sabotajes, sublevaciones, linchamientos… Todos los días podía acontecer una hecatombe. El país siempre estaba a punto de estallar pero nunca estallaba. O peor: vivía estallando lentamente, poco a poco, sin que nadie se diera demasiada cuenta.

Administrar la destrucción: enterrar la uña en la piel de una mandarina.

Beatriz era mucho más directa: pensaba que Elisa se había ido a vivir a Panamá por culpa de Chávez. Creía que si otro tipo de gobierno mandara en el país, su única hija no se habría visto obligada a emigrar. Elisa y su marido y el pequeño Adrián habían decidido aceptar una oferta laboral y se habían trasladado a Ciudad de Panamá. Vivían en el piso 42 de un edificio con vista al mar y al calor y a la humedad mientras, en Caracas, Sanabria y su esposa aprendían a ser abuelos a través de la pantalla del computador.

La noche que Chávez anunció su enfermedad, Beatriz se sintió vengada.

Sanabria evocó aquel momento. Como si la llamada telefónica de su sobrino hubiera pellizcado de pronto su memoria. Le pareció increíble que apenas hubiera transcurrido un año y medio. Sentía que había pasado más tiempo. A principios de junio del 2011, Chávez había interrumpido una gira internacional y desde el día 6 se había recluido en Cuba. Luego, el gobierno informó que cuatro días después el Presidente había sido operado de un absceso pélvico en un hospital de la isla. La noticia tomó al país por sorpresa. La sorpresa muy pronto se transformó en desconcierto. Se vivía un raro clima de conflictos y las informaciones sobre Chávez eran poco claras, incluso contradictorias. Las preguntas se multiplicaban. Aquella noche, Sanabria y Beatriz se encontraban en la sala, mirando el mensaje del mandatario en la televisión.

—Capaz de que todo es mentira —masculló Beatriz—. Un invento de los cubanos para distraernos.

Sanabria permaneció en silencio, observando.

Chávez lucía flaco y pálido. Se encontraba de pie, tras un podio, y curiosamente leía un texto escrito en vez de improvisar frente a las cámaras. Era insólito que un hombre tan propenso a hablar durante horas frente a cualquier auditorio estuviera constreñido a unas pocas letras, fuera de pronto rehén de un pequeño pedazo de papel.

—No le creo nada —comentó ella.

Sanabria trituró un silbido entre sus dientes, pidiéndole silencio. Quería oír.

El Presidente dijo que le habían realizado una intervención, que le hicieron un drenaje; contó que el 20 de junio debió someterse de nuevo a otra operación, ya que había sido detectada la existencia de un “tumor abscesado con presencia de células cancerígenas”.

—¿Tumor abscesado? ¿Eso existe? —Beatriz preguntó sin mirar a su marido.

Chávez indicó que el tumor se había extraído totalmente y que él se encontraba ya en franca y entusiasta recuperación. Luego comenzó a hablar de la patria y de sí mismo, de sí mismo y de la historia, de la revolución y de sí mismo, de sí mismo y de Fidel Castro, hasta terminar con un nuevo grito de batalla: “¡Por ahora y para siempre! ¡Viviremos y venceremos!”.

Beatriz arrugó el ceño, se puso de pie y exclamó:

—Si es verdad: ¡bien hecho, carajo! ¡Se lo merece! Miguel Sanabria miró a su mujer severamente, con un reclamo en cada pupila.
—Y no me mires así —continuó ella—: el tipo es una mierda y le ha hecho mucho daño a todo el país.
—Nadie se merece un cáncer, Beatriz.
—¡Eso crees tú! —dijo, mientras se dirigía a la cocina. Después de unos segundos, su voz todavía quedó flotando en el pasillo—: Quizás sea un castigo de Dios.

Sanabria meneó negativamente la cabeza, detestaba escuchar a Beatriz hablando de esa manera. Él estaba en contra del mandatario pero era incapaz de compartir esas opiniones, esos sentimientos. Se sentía, más bien, impresionado. Chávez no había permitido que ningún médico hablara, no le había dado chance a especialista alguno, como solía ocurrir en cualquier otro lugar del mundo en una situación similar. Aun desde la fragilidad, se empeñaba en mantener el control. No había dejado que le robaran protagonismo. Mucho menos en ese momento, en esas circunstancias. Acababa de mandar también otro mensaje, estaba dejando claro que la única voz autorizada para hablar de su cuerpo era la suya. Que él era el único dueño de su enfermedad. Que él gobernaba, también, sobre el saber clí- nico, sobre la ciencia, sobre lo que podía conocerse y decirse a propósito de su salud. En el fondo, estaba dejando claro que, incluso desde un quirófano, seguiría haciendo política.

—¿Quién llamó? —Beatriz se acostó en la cama junto a él, comenzó a estirar la cobija sobre su cuerpo.
—Vladimir.

Beatriz detuvo sus manos y deslizó lentamente su rostro. Había un ansia discreta en su mirada.

—¿Se sabe algo?

Un año y medio después, esa decisión permanecía intacta. El 8 de diciembre del año 2012, Chávez se dirigió al país para avisar que nuevamente debía someterse a otra operación. No habló ningún médico, no citó ninguna referencia clínica. Era solo él, como siempre, anunciando por primera vez la posibilidad de su ausencia. En ese momento, Vladimir formaba parte de un equipo de asesores de la Secretaría de la Presidencia. Viajó a Cuba con la comitiva que acompañaba al Presidente. Y a los pocos días estaba de regreso. Y lo primero que había hecho, apenas aterrizar, era comunicarse con su tío. Sin duda, tenía que ser por algo urgente.

—¿De verdad no te contó nada? —preguntó Beatriz antes de apagar la luz.

Sanabria propuso un gesto vago, aburrido. No quería contarle nada. Beatriz últimamente se encontraba demasiado ansiosa. La incertidumbre solo alimentaba su intolerancia. Mentirle era lo más saludable.

—Vladimir me dijo que todo había salido bien, normal.
—Aquí nada es normal.

Volvió a despertarse demasiado temprano. Apenas eran las tres y media de la madrugada. Se mantuvo sentado en la mesa de la cocina, escuchando a la distancia los carros que cruzaban por la autopista, y apretando en su mano izquierda una mandarina.

—Estamos preocupados —le había dicho su sobrino.

El plural siempre es ambiguo. ¿Quiénes eran ellos? ¿A quiénes se refería exactamente? Las informaciones sobre los resultados de la operación no eran claras. La salud de Chávez seguía siendo un enigma, y el hecho de que hubiera dejado abierta la posibilidad de un fracaso, el hecho de que hubiera designado un probable sucesor, le añadía un sudor frío al misterio. Las calles estaban llenas de rumores.

—Necesito que me ayudes, tío.

Sanabria tuvo un mal presentimiento.

—¿Salió bien de la operación? —preguntó.

Vladimir no respondió. Del otro lado del teléfono solo hubo un breve vacío, el eco lejano de un gesto. Sanabria no soportó la pausa.

—¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que vea más exámenes?

Ya antes, en algún momento, su sobrino le había llevado algunos resultados clínicos, pidiéndole a Sanabria una opinión sobre el caso.

—No, tío. Esto es otra cosa —dijo Vladimir. Era evidente que estaba nervioso—. Es algo confidencial. Muy confidencial —repitió—. ¿Puedo confiar en ti?

Sanabria dijo que sí. Pero sintió que la lengua se le llenaba de arena.

—¿Qué necesitas?
—Necesito esconder una caja.

Lea las entrevistas con Alberto Barrera Tyszka:

“Chávez hablaba desde la eternidad pero la enfermedad lo hizo mortal”

“Hugo Chávez melodramatizó la política”

Barrera Tyszka: “Chávez hablaba desde la eternidad pero la enfermedad lo hizo mortal”. De Karina Sainz

Alberto Barrera Tyszka, escritor/guinista/columnista venezolano,fotografiado por Cristina Marcano.

Alberto Barrera Tyszka, escritor/guionista/columnista venezolano,fotografiado por Cristina Marcano.

Karina Sainz, 24 noviembre 2015 / PRODAVINCI

prodavinciCuando se supo que Hugo Chávez Frías padecía un cáncer, el país entero se volvió una sala de espera. El día a día se consumía en el ascua de la muerte. Eso que le ocurre, a veces, a los próceres: gente que de pronto se desnuca en la condición de mortales. El hombre que aseguraba que ocuparía el Palacio de Gobierno hasta el 2021 —o más— no disponía de vida suficiente para avalar su megalomanía. Mala cosa cuando se pretende ser el padre de la patria.

La batalla de Chávez contra su enfermedad duró dos años, una séptima parte de lo que su régimen: catorce. Hasta que, un cinco de marzo, el hombre que nunca callaba se quedó sin vida y sin voz. “Aquel país no sabía qué hacer con el silencio. La voz de Chávez era invasiva. Entraba en la vida de quienes lo apoyaban y quienes no. Cuando murió Chávez, Venezuela se convirtió en una sociedad huérfana hasta de voz”, dice el escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka, quien ha decidido abordar este tema en su novela Patria o muerte, con la que se alzó como ganador del Premio Tusquets 2015.

Para Alberto Barrera Tyszka, Chávez ha sido una especie de estambre rojo con el cual desandar el laberinto. Ha tirado de ese hilo para entender tanto a la sociedad que lo produjo —una en la que el bipartidismo se venía abajo sin que nadie se diera por aludido— y a la que se desploma ahora. Por eso, al hablar de Podemos (cuya vinculación con el régimen chavista ha sido utilizada hasta el hartazgo en las campañas electorales españolas), Barrera Tyszka echa mano de la Venezuela previa a la elección de Hugo Chávez. “Habría que preguntarse qué tantas similitudes hay entre la Venezuela de 1997 y la España actual”, asegura.

Entre una pregunta y otra se levanta Patria o muerte, una novela coral en la que Alberto Barrera Tyszka retrata la agonía y la muerte de Chávez. Una historia en la que escuchan toda las voces, excepto la del que muere. La de Miguel Sanabria, un oncólogo jubilado que conserva el último testimonio de un Chávez agonizante. La de Fredy Lecuna, un periodista que en sus horas más bajas intenta escribir un libro sobre la muerte de Chávez. La de María, una niña aislada por la paranoia de su madre y que se relaciona con el mundo real a través de Internet. la de Rodrigo, el correlato masculino de María, quien ve cómo su familia es desalojada de su apartamento… La galería es amplia y toda ella verosímil, real, a pesar de su naturaleza de ficción. Todos ellos existen dentro y fuera de Patria o muerte, pero también el país que los explica.

Alberto Barrera Tyszka, ganador del Premio Herralde por La enfermedad, ha publicado las novelas También el corazón es un descuido (2001) y Rating (2011); los libros de cuentos Edición de lujo (1990), Perros (2006) y Crímenes (2009), así como de los poemarios Coyote de ventanas (1993) y Tal vez el frío (2000). Además, del libro reportaje Chávez sin uniforme, publicado en España por Debate. Justamente porque conoce todos los registros, Barrera consigue en Patria o muerte confeccionar un artefacto literario en el que hace lo que mejor sabe: mezclar géneros que confluyan en un retrato hermoso, a la vez que fulminante y potente, de una sociedad que se cae a pedazos. Sobre este tema conversa Barrera Tyszka durante su reciente viaje a España para presentar el libro.

Su voz ha ido ensanchándose con la Venezuela que ha relatado en sus libros. Lo ha hecho en casi todos los registros: narrativa, guión, crónica, reportaje, opinión. ¿Esta novela es el resultante de esa mezcla permanente?
No sé qué tan consciente fui al respecto, porque a la hora de escribir novelas avanzo a ciegas. Sí existe un desafío narrativo que creo haber conseguido con la estructura coral de la novela. Eso permitía que fluyera la historia con registros distintos. Además, trabajé el tema de cómo introducir la información sobre la realidad venezolana, que estuviese integrada sin detener la ficción.

Detener la ficción, dice. En Patria o muerte el único artificio parece el andamio de la novela. Se respira claramente, pero se lo pregunto: ¿todas las historias están basadas en la realidad, cierto?
Quizá un lector español o de otro país que se enfrente a la novela le parezca absolutamente irreal o inverosímil las cosas que en ella ocurren. Pero un lector venezolano va a conseguir ecos y referencias de su entorno, hechos que le han ocurrido a muchos, vivencias venezolanas que son muy directas. Y sí, la mayoría son historias con un pie en la realidad, algunas de ellas ya llevaba mucho tiempo trabajándolas.

Dos hermanos enfrentados por política; una mujer que regresa al país y ya no tiene casa; una niña aterrorizada ante la inseguridad y la calle, que vive a través de Internet. El telón de fondo es un país donde nadie sabe si volverá vivo a casa mientras el presidente, el mesías, está a punto de morir. Coro y catarsis. ¿Una tragedia, en toda regla?
A partir de la enfermedad de Chávez comenzó un periodo importante para los venezolanos. Alguien que se había construido como un protagonista total y que invadió la vida de todos, tanto la de quienes estaban a favor como quienes estaban en contra. Chávez parecía hablar desde la eternidad y de pronto dijo: ‘Estoy herido’. Chávez iba a durar para siempre, no pensaba dejar el poder. La enfermedad lo devolvía a la tierra, lo hacía real, era algo casi subversivo. En el medio queda el proceso de sacralización de Chávez. Esa transformación en el mito, desde los oficios públicos, claro, y la manera en que eso era vivido por todos. Todo eso me interesaba. Quería saber a través de esa indagación quiénes somos los venezolanos. Porque, fuese a su favor o en su contra, nos enganchamos con Chávez. ¿Por qué? ¿Qué ocurre en una sociedad que hace eso?

En la novela hay dos Venezuela que parecían ignorarse —la clase más empobrecida versus una clase media acomodada—, que en Patria o muerte terminan igualándose en la depauperación. Se consiguen en la periferia de un Estado que no saca gente de la pobreza sino que busca sumergir al país entero en ella, que iguala a la baja. Eso es de una complejidad que asusta.
Me preocupa el hecho de que a los venezolanos nos cueste tanto explicar lo que ocurre en el país. Es muy tentador explicar la realidad venezolana con simplezas: los buenos que defienden a los pobres y los malos que defienden al imperio. Venezuela es mucho más compleja que eso. Hay algo mucho más plural. En ese proceso, el discurso literario probablemente tenga más herramientas para mostrarlo: historias, detalles, matices, relatos.

Sin embargo, en Venezuela los grandes relatos colectivos los estructuró la telenovela, no la novela.
Sí. Y creo que el lugar de la novela poco a poco irá a más. ¿Cómo aparece el país en la narrativa que surge? Los maletinesde Juan Carlos Méndez Guédez; Gisela Kozak tiene un libro de relatos; Retrato de un caballero, de Miguel Gómes… y habría que ver también el cine e incluso distanciar y ver por separado la propuesta oficial de contar historias. Por ejemplo: Román Chalbaud y su película sobre El Caracazo o todo ese cine épico, que tenía una clara intención del chavismo de exaltar una parte de la historia.

El narrador de Patria o Muerte insiste en que la Venezuela del chavismo es la apoteosis de la oralidad. ¿La saturación de Chávez generó, por agotamiento, otros relatos?
Chávez creó una narración que convenció a buena parte del país. Veníamos de un país que se refería a sí mismo como una sociedad armónica, liberal, donde todos estábamos contentos. Chávez introdujo otro relato y creó un nuevo consenso que giraba a su alrededor. Chávez hablaba siete horas, pero lo grave es que la gente lo escuchaba: tanto quienes lo seguían como la oposición. Él terminó por convertirse en la única voz. Su oralidad era absoluta… todavía la televisión del Estado retransmite ediciones del programa Aló, Presidente del año 2003 o 2007. Forma parte de esa presencia. Chávez tenía era discurso épico, pero no tenía una realidad que lo sustentara. Cuando apareció en política, Chávez hablaba como si acabara de bajar de la Sierra Maestra pero sin haber derrocado a ningún dictador. Chávez quería estar en el cielo del Ché Guevara, pero no era el Ché: había ganado las elecciones en un país petrolero y aprovechó eso para cambiar las reglas internas del Estado a su favor. La única épica real que Chávez consiguió fue su enfermedad.

En su novela, y en la vida real, a los venezolanos los iguala la muerte a manos de otro. Un país que se mata y Chávez a la vez muriendo. Más que la enfermedad, ¿es la muerte y el silencio que ella produjo el centro?
El título de la novela, Patria o muerte, viene de una consigna originalmente de la izquierda y que el chavismo adoptó y modificó en “Patria, Socialismo o Muerte, que era lo que las Fuerzas Armadas gritaban cuando desfilaban. Lo curioso es que cuando la muerte pasa a ser una cosa real, el chavismo decide cambiar de palabra. Alguien como Chávez, que decía ‘dejaremos el pellejo en las alambradas’, cuando llega la muerte dice ‘¡Ay, no no, déjame decirlo de otra manera!. No era tan en serio. Y fue cuando cambiaron el lema oficial por “Patria y vida”.

En la novela, durante los funerales de Chávez, los personajes  de María y Rodrigo, estos niños que se quedan sin nada y perdidos en la muchedumbre, sostienen una doble orfandad: la de ellos y la del país. ¿Quiénes están retratados en esos niños?
María y Rodrigo fueron una elección deliberada para enunciar la vulnerabilidad en la que quedamos tras la muerte de Chávez: desarmados, sin institucionalidad. Una sociedad que se quedó huérfana hasta de voz. Chávez lo había robado todo para organizarlo a su alrededor. Y de pronto desaparece. Hasta aquellos que lo oponían ferozmente se quedaron de pronto sin enemigo, sin la explicación de todos los males. Y la imagen de esos dos niños, esos dos personajes vulnerables, conecta con la historia de Andreína Carrasco, esta mujer que tiene que ocupar o invadir su propia casa para recuperarla, pero se da cuenta de lo que ha hecho cuando se dice a sí misma: “Destruiste tu propia casa para decir que era tuya”. Son metáforas del proceso que vivimos desde hace más de 15 años.

Hablemos de la madre de María, quien decide no salir de su casa y ve en el otro una amenaza. Ese otro personaje de su coro  alude a una sociedad que desconfía, que se ha envilecido. ¿No cree que existía, antes incluso que del cáncer de Chávez, otro más feroz que fue devorando al país?
Uno entiende las cosas a medida que las escribe. Mientras avanzaba con la novela, comprendí que estaba intentando escribir una gran historia de la desconfianza y el miedo en la relación con otros: qué ocurre en una sociedad cuando se decreta que cualquier ciudadano puede ser mi enemigo, una amenaza. Eso es un síntoma.

Hay otro personaje en esta historia: Madeleine, la investigadora norteamericana que intenta hacer un perfil sobre Chávez. Ella tiene esa mirada asombrada –replicable en la izquierda europea, por ejemplo– que vio en Chávez la posibilidad de su propio safari ideológico.
Esa situación obedece a las miradas culposas de Estados Unidos y Europa hacia América Latina, que son bastante comunes. Son culposas porque vienen de estructuras colonialistas y dispuestas a creer que cualquier movimiento o revuelta es justa. Son relatos estereotipados: los buenos son buenos, los malos son malos. Eso fue totalmente deliberado. Por eso elegí a esta gringa periodista que está buscando algo para maravillarse y sentir que tiene fe en el futuro. A Chávez además le tocó un mundo con George W. Bush, que era perfecto para: todo el mundo se veía como enemigo de un hombre como Bush y Chávez supo usarlo.

Tanto Chávez sin uniforme, el perfil que hizo del entonces presidente, como Patria o muerte comparten un asombro. ¿Por qué siempre muestra perplejidad y un cierto encandilamiento ante las capacidades de Chávez?
Creo que Hugo Chávez fue un hombre hábil, con una capacidad de leer cosas en la realidad y en el otro. Alguien capaz de saber lo que el otro quería escuchar, alguien que melodramatizó la política. Nosotros no contábamos con alguien así. Apareció de la nada.

¿De verdad va a decirme que no contábamos con eso, que no se veía venir? ¿De verdad?
Yo, que soy mayor y milité en la izquierda, veo a Chávez como un síntoma, pero nunca pensé que un personaje como él vendría del Ejército. Es cierto que Chávez, más que un militar fuerte, creó el militar cursi. Sin embargo, había una práctica política en eso. Él dio un golpe de Estado fallido, fracasa militarmente, pero se rinde y triunfa en los medios. A su manera gana.

Ya, seis años después con los apoyos de la clase media y la izquierda pensante, por cierto.
Veníamos sintiendo que algo pasaba en el país y la necesidad de cambio era absoluta. Pero jamás pensé que vendría del Ejército. Cuando Chávez da el golpe y fracasa en 1992, a mí me pareció una chapuza, pero que aprovechara eso para convertirse en el líder que terminó siendo esconde un fenómeno, un fenómeno que trata de explicar la novela. El problema de los líderes carismáticos no es el líder, son los carismados, los reverentes. ¿Por qué hay un país que se enganchó con Chávez, a favor o en contra? Eso tiene que decirnos algo.

Las clases más empobrecidas le vieron como un salvador, pero las clases medias vieron en él una forma de castigar un sistema político, y el castigo se los llevó por delante.
Recuerdo las lecciones del 98. Yo tenía amigos de la izquierda a quienes Chávez les parecía extraordinario. Y la teoría era ésta: ‘Sí voy a votar por él,  para que se forme un coge-culo de una buena vez en este país’. Porque tampoco se lo tomaban tan en serio.

Su generación fue la que vio venir lo que se avecinaba; la que les sucedió fue la generación castrada, a la que le tocaba tomar las riendas de un país que se destrozó y los destrozó. ¿Qué viene? ¿Quiénes son los que están por venir?
Creo que es muy difícil. Porque la generación actual también tiene que emigrar…

El petróleo nunca permitió que tal cosa fuese posible.
Sí, es verdad. Pero hay que tomar en cuenta de que estamos hablando de un millón y medio de personas…

A su manera también desclasadas, las que deben arrastrar la culpa del superviviente, a los que no se les permite opinar porque están fuera.
Eso es algo que me preocupa: quienes defienden la idea de que quedarse es una virtud. Los países que superaron sus crisis más profundas son aquellos que no cultivaron el resentimiento y recibían a los que habían estado fuera. Pero aquellos que ven el que emigró a un ventajista o a un cobarde son países que avanzan muy lentamente.

Al conocerse la noticia del Premio Tusquets, usted dijo que Venezuela necesitaba más que nunca razón. Los libros no redimen a ninguna sociedad, lo sabemos, pero sí la ayudan a construir relato. ¿Cómo siente que su obra ha contribuido a contar un país?
Sí, hay una intención de que así sea y me gustaría que fuera desde la complejidad. Y la literatura permite eso. No sé si soy muy optimista, pero creo en los relatos, en la suma de relatos que nos ayuden a entendernos.

Desde que Podemos irrumpió en el escenario político español, Venezuela pasó a convertirse en un objeto de interés como arma arrojadiza. ¿Está consciente de que no pararán de preguntarle en estos días por Pablo Iglesias?
Acabo de contestar a un periodista que me preguntó cuál de los líderes de España se parecía más a Chávez. Le dije que ninguno.

¿Y qué piensa de Podemos y su relación con Venezuela? En la campaña, los detractores de Podemos lo han convertido como en la franquicia del populismo. Venezuela es sinónimo de mesianismo y carambola.
Hay cosas objetivas. Hubo gente de Podemos, como Juan Carlos Monedero, que fue asesor de Chávez. Pero lo que vale la pena analizar, creo, es que a pesar de la naturaleza tan diferente de España y Venezuela, a veces estaría bien preguntarse en qué se parecen la sociedad venezolana de 1997 y la española de hoy.

Lo dice por el desmoronamiento del sistema de partidos políticos y el Pacto de Punto Fijo frente a la extenuación del sistema de partidos surgido de la transición española…
Tampoco podemos dejar de lado que la gente tiene derecho a pedir un cambio. Hay una estructura bipartidista que experimenta un cansancio. Si los españoles percibieron que Zapatero era ineficiente y corrupto y Mariano Rajoy también les parece ineficiente y corrupto, ¿qué hace el ciudadano común? ¿Qué puede hacer? Pedir un cambio. Claro, en Venezuela las cosas son completamente distintas. Chávez era  un militar, con un proyecto militar. Al llegar al Palacio de Miraflores suspendió la alternancia y dijo: ‘Yo me quedo para siempre’. Eso no va a pasar nunca en España.

Lea acá el primer capítulo de ‘Patria o muerte’, la nueva novela de Alberto Barrera Tyszka

 

Alberto Barrera: “Hugo Chávez melodramatizó la política”

 

Jon Lee Anderson: “Nunca había visto a un país, sin guerra, tan destruido como Venezuela”Albinson Linares

Jon Lee Anderson en el Hay Festival de Ciudad de México. Fotografía de Lord Comepiña.

Jon Lee Anderson en el Hay Festival de Ciudad de México. Fotografía de Lord Comepiña.

prodavinciAlbinson Linares, 25 octubre 2015 / PRODAVINCI

Jon Lee Anderson lleva más de 30 años midiéndole el pulso a los conflictos bélicos sobre la faz de la Tierra. Siria, Líbano, Libia, Irak, Afganistán, Angola, Somalía, Sudán, Mali, Liberia y toda Latinoamérica han sido los escenarios de las crónicas que reúne en volúmenes; ya clásicos, como Zonas de Guerra, Guerrillas, La tumba del león, La caída de Bagdad y Che Guevara: Una Vida Revolucionaria, entre otros trabajos.

“Si la palabra es nuestra arma, nuestra misión es la búsqueda de la verdad. Y sin el periodismo, el público difícilmente conocería la verdad”, dijo al recibir el premio “Reporteros del mundo” en 2005. Maestro de los perfiles, Anderson se acerca al poder con una visión crítica que le ha permitido plasmar las complejidades de personajes tan distintos como Fidel Castro, Gabriel García Márquez, Augusto Pinochet, Charles Taylor, Iyad Allawi, Saddam Hussein y Hugo Chávez.

El fallecido mandatario venezolano ha sido uno de los personajes que perfiló en más de una ocasión. Luego de su muerte escribió en The New Yorker, en un tono casi profético: “¿Qué queda, entonces, después de Chávez? Un enorme vacío para los millones de venezolanos y otros latinoamericanos, en su mayoría pobres, que lo veían como un héroe y un mecenas (…) El sucesor ungido de Chávez, Maduro, sin duda tratará de llevar adelante la Revolución, pero los desatendidos problemas económicos y sociales están creciendo y parece probable que, en un futuro no muy lejano, toda la desesperación de Venezuela acerca de la pérdida de su líder se extenderá hasta la revolución inconclusa que dejó atrás”.

En una larga conversación durante la celebración del Hay Festival en Ciudad de México, Anderson habla sobre las negociaciones de paz en Colombia, la actual situación de Venezuela, el legado de Hugo Chávez, la transición en Cuba y los nuevos desafíos del periodismo contemporáneo.

-Ha dicho que se muestra optimista con el proceso de paz en Colombia, ¿ha tenido algún acercamiento reciente con las partes del conflicto?
Soy optimista y creo en ese proceso porque he hablado, tanto con la cúpula guerrillera como con Santos y su gente. A todos los veo esperanzados con las conversaciones y pienso que ellos sí quieren la paz. Eso no pasaba en los procesos anteriores, se nota que es un momento muy especial donde todos los actores involucrados buscan el mismo objetivo. Pienso que es muy positivo y no hay nada que temer. Soy un entusiasta de ese proceso.

-Con Colombia superando ese largo conflicto interno, ¿habría repercusiones positivas en el resto de los países del continente?
Eso es lo interesante del proceso de paz en Colombia. Si se llega a un final exitoso ese país se hará sentir, por primera vez, como una nación plenamente integrada al resto de la comunidad latinoamericana y eso puede ser un elemento muy positivo para la región. En general siento que está mucho más distendido el ambiente para las negociaciones. Habrá retos y problemas, obviamente, pero creo que es un momento saludable.

-Y, si vemos al otro lado de la frontera, ¿qué percepción tiene de la situación actual en Venezuela?
No me gusta mucho observar desde la distancia, sino a partir de la experiencia. Pero veo que está fatal, hay un rumbo de impopularidad oficial, escasez, aumento de la criminalidad, la degeneración del movimiento político y todas esas denuncias constantes de corrupción son los grandes síntomas de la degradación del proceso bolivariano.

-¿Hay algún paralelismo histórico que sirva para aproximarse a la crisis venezolana?
Nunca había visto a un país, sin guerra, tan destruido como Venezuela. Es una nación que se despedaza sola, es como mirar a alguien que se está serruchando el piso. El proceso nació con Chávez, con sus virtudes y flaquezas, pero él era quien sabía llevarlo mejor. Al final, en medio de su radicalismo, existía cierto pragmatismo. No creo que veríamos la desesperación de hoy en día, el mismo se pondría a pensar “coño, ¿qué estamos haciendo mal?, ahora hay escasez” y buscaría una solución. Era un hombre que sabía dar golpes de timón.

-¿Fue Hugo Chávez el último de los hombres fuertes de América Latina?
Nadie habría pensado que un tipo como Chávez iba a irrumpir en la escena política de Latinoamérica en los noventa, lo hizo fuera de época. Pero en este continente no se pueden descartar las cosas así. De momento parece que Chávez pertenece a un modelo viejo, desvencijado, pero quién sabe si la historia vuelve a dar otra vuelta y surge alguien similar. Por ahora no veo otro líder con sus características mesiánicas y caudillistas.

-Chávez fue uno de los pocos personajes que ha perfilado más de una vez, ¿Cómo proyecta su legado en el futuro próximo?
En realidad las reputaciones se juzgan por los legados entonces, de momento, Chávez lo tiene color de hormiga por todo el desastre que ha traído Maduro y las terribles condiciones económicas y sociales en las que ha quedado Venezuela. Pero es un legado combativo porque hay mucha gente que lo venera y sigue pensando que no fue culpa de él, sino de los otros, los verdaderos corruptos. Eso confunde mucho el panorama pero, a nivel internacional, Chávez no queda tan mal parado.

-¿Sigue poseyendo una influencia simbólica?
Curiosamente sí, porque puso el dedo en la llaga en un momento en que Estados Unidos estaba en la cúspide de su impopularidad con Bush y los episodios bélicos. En ese sentido fue un tipo con una gran intuición de la oportunidad que logró restablecer una suerte de izquierda adecuada al siglo XXI en América Latina. Pero, en general, los procesos bolivarianos no han sido muy positivos, sus resultados son muy controversiales.

-Son gobiernos signados por una marcada tendencia hacia la concentración de poderes…
Así es y les pasa a todos. Hasta en Evo hay un rasgo autoritario muy marcado, a todos los bolivarianos les gusta reelegirse. Hasta cierto punto creo que, por su fallecimiento, Chávez queda como el bueno de la película. Ahora se habla más de otros personajes como Diosdado Cabello y las investigaciones que se están llevando a cabo en Estados Unidos.

-El periodismo vive una de sus grandes crisis en estos momentos, ¿Es un reto mantener los altos estándares de calidad y profundidad analítica?
Toda la tecnología, esa instantaneidad, hace que todo sea más veloz y quizá con menos profundidad. Eso es una flaqueza pero, a la vez, el panorama es más democrático porque todos tenemos posibilidades de opinar y de ser oídos de una forma que antes era imposible de imaginar. Estamos en una etapa de difícil transición, un momento de calibrar, pero se ven ciertos matices como la extinción paulatina de los diarios impresos que son suplantados por los medios digitales. Vemos el eclipse de la televisión tradicional por los videos on demand y hay mucho más periodismo de opinión.

-¿Le molesta la vasta influencia que ahora tiene cierto periodismo de opinión?
Es una realidad, más allá de que me moleste, y tenemos que vivir con lo que hay. Desearía que todo fuera más reflexivo pero esto es parte de un proceso que no excluye lo político, ahora tenemos presidentes tuiteros, por ejemplo. Creo que, en general, estas redes disminuyen a todo el mundo, le otorgan una cercanía y la posibilidad de contestarle a un gobernante o de hacerlo tropezar con algo, estos cambios han hecho que todos estemos a la misma altura. Hasta cierto punto eso ayuda a poner las cosas en su sitio pero, por otro lado, es una fragmentación porque todo se vuelve igual, ¿por qué un presidente va a tuitear o a filmar la entrevista que le hago? Hay un esfuerzo de todos por adueñarse del momento y la pugna eterna entre el poder y los medios cada vez es más estrecha. Es como la disminución de la historia, la banalización de todo. En general lo veo mal y hay que esforzarse para seguir haciendo cosas contundentes y de calidad.

-Siendo la cobertura de conflictos bélicos un oficio tan estresante y peligroso ¿Piensa alguna vez en el retiro?
No me hago esa pregunta. Si me parece que es importante ir a una zona en guerra, la visitaré. De momento este año no he tenido ganas porque me mataron a muchos amigos en Libia y Siria, como James Foley. Eso me ha hecho sentir mal y no he querido volver a Irak o Siria, aunque no lo descarto. Fui a Libia en un momento en que nadie visitaba ese país. Este año la irrupción de Cuba en escena, me hizo interesarme por ese proceso. Me ha dado una alternativa porque es uno de mis temas, al que le he dedicado mucha energía.

-Recientemente escribió sobre los emprendedores cubanos y se respira un aire optimista en ese trabajo, ¿Cómo vislumbra la actual transición en ese país?
Hay un dinamismo, una efervescencia muy interesante. Los jóvenes cubanos de este momento son una generación post política. Ellos todavía no están claros pero viven a su aire y lo que les interesa no tiene nada que ver con la política. Entonces no sé cómo va a transar la revolución con eso, pero ellos son el futuro.

-¿Cree que están dadas las condiciones para un cambio político en Cuba a corto plazo?
¿Un cambio político?, no. Sí habrá cambios culturales y económicos que ya se están dando porque hay una apertura obvia. Lo que se puede vislumbrar es un futuro con la continuidad del Partido Comunista, pero sí creo que Raúl Castro dejará el poder dentro de dos años y el partido elegirá unánimemente al Segundo Secretario, Miguel Díaz-Canel, quien será el Presidente del Consejo de Estado y, por ende, el mandatario de Cuba.

-¿Qué nuevos elementos geopolíticos entrarían en juego en una era post-castrista?
Veremos al Partido Comunista con una nueva generación atada al poder, en momentos donde el gran enemigo yanqui es una especie de vecino amigable, por lo que va a ser una época interesante. Es uno de los momentos más efervescentes que he visto en Cuba y su relación con respecto al resto del hemisferio. Si la apertura cubana y sus políticas con Estados Unidos resultan en el final del embargo y el restablecimiento de las relaciones plenas será un cambio de rumbo muy positivo en la región.

El bolivarianismo. De Carlos de la Torre

Si bien está en crisis, tardará tiempo en que caigan estos gobiernos.

Carlos de la Torre, profesor de Sociología en la Universidad de Kentucky

Carlos de la Torre, profesor de Sociología en la Universidad de Kentucky

Carlos de la Torre, 25 sept. 2015 / EL PAIS

Ahora que está en decadencia, es un buen momento para reflexionar por qué el bolivarianismo se expandió rápidamente en los países andinos. Para muchos la respuesta es simple. Hugo Chávez usó petrodólares para exportar su revolución bolivariana ofreciendo un libreto: convocar a una asamblea constituyente, llamar a elecciones para construir una nueva hegemonía y desplazar a los partidos políticos tradicionales, usar el estatismo económico y forjar una política exterior basada en la soberanía nacional y el antiimperialismo.

Sin embargo si se analiza en detenimiento los casos donde a primera vista parecería que Chávez exportó su modelo se observa que no se adoptaron todas sus recetes. Morales por ejemplo mantuvo una política monetaria prudente y al igual que Correa no nacionalizó empresas y propiedades privadas como lo hizo Chávez. Pero sobre todo muchas de las propuestas bolivarianas respondían a pedidos endógenos de la izquierda y de los movimientos sociales: dar fin con el neoliberalismo, convocar a una asamblea constituyente participativa y reestablecer la soberanía nacional.

Los altos precios del petróleo están detrás de la autonomía relativa que permitió que los gobiernos bolivarianos usen retóricas antiimperialistas

La difusión del bolivarianismo se explica mejor por factores endógenos: la crisis de los partidos políticos, la resistencia masiva al neoliberalismo y el repudio a que la soberanía nacional esté en manos de los EU y del FMI. El bolivarianismo ofreció una utopía y una estrategia revolucionaria a aquella izquierda que no se democratizó en los años 80 y 90. Para los izquierdistas que siguieron soñando con las utopías de la revolución socialista, el bolivarianismo reconfirmó la validez de sus sueños.

Los países a los que se expandió, además, no vivieron experiencias traumáticas con gobiernos autoritarios que llevó a que la sociedad civil y la izquierda valorice la democracia. En los países en que la izquierda y la sociedad civil aprendieron a valorar la democracia liberal y el pluralismo, el bolivarianismo no se expandió porque despertó sospechas de que detrás de la retórica de refundación se vislumbraban peligros autoritarios.

Si bien factores exógenos explican la difusión del bolivarianismo, los altos precios del petróleo y de los minerales explican su longevidad. Los altos precios del petróleo están detrás de la autonomía relativa que permitió que los gobiernos bolivarianos usen retóricas antiimperialistas. También explican la creación de organismos supranacionales alternativos a los controlados por EEUU. El ALBA fue un tratado entre personalidades políticas, más que entre países. Funcionó gracias al carisma de Chávez. Pertenecer al Alba y salir en fotos con los hermanos Castro y con Chávez permitió que Correa pretenda ser de izquierda mientras que su gobierno abría las puertas al extractivismo, criminalizaba la protesta, perseguía a los partidos de izquierda y atacaba a los movimientos sociales sobre todo al indígena. El ALBA más que dinero dio credenciales izquierdistas y la posibilidad de ser parte de un club de amigos que se autodefinían como de izquierda.

La muerte de Chávez dejó huérfano al bolivarianismo. Correa trató de ser el nuevo líder y organizó dos encuentros latinoamericanos progresistas pero carece de los petrodólares y del carisma de Chávez. Además se nota que es un izquierdista manufacturado por los publicistas, no sólo que jamás militó sino que desconoce el pensamiento y los símbolos marxistas.

Si bien el bolivarianismo está en crisis, tardará tiempo en que caigan estos gobiernos. No creen en la alteridad del poder y tienen mucho que esconder por lo que no dudarán en tratar de quedarse en el poder a cualquier costa.