Brexit

Brexit: lo que sabemos ahora. De Tony Blair

Cuando votamos en 2016, sabíamos que estábamos votando contra nuestra situación actual en Europa, pero no sabíamos cómo sería la futura relación con el continente. Una vez que conozcamos la alternativa, deberíamos poder pensárnoslo de nuevo.

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Tony Blair, ex Primer Ministro de Gran Bretaña

Tony Blair, 4 enero 2018 / EL PAIS

Este año que empieza va a ser decisivo para el destino del Brexit y Reino Unido. En 2017, las negociaciones eran todavía incipientes. Para 2019 será demasiado tarde. Desde una perspectiva realista, 2018 será la última oportunidad para tener voz y voto a la hora de saber si la nueva relación con Europa es mejor que la actual, y para insistir en que el “acuerdo” sea lo bastante detallado como para que ese voto sea significativo. Por eso publicamos hoy “Lo que sabemos ahora”, lo que hemos aprendido sobre el Brexit desde el 23 de junio de 2016.

Nunca he ocultado mi deseo de que Reino Unido permanezca en la Unión Europea. Esta es la decisión más importante que hemos tomado como nación desde la Segunda Guerra Mundial, una decisión que va a determinar el destino de nuestros hijos durante mucho tiempo. Estoy apasionadamente convencido de que, al salir del poderoso bloque regional el paisde los países vecinos, a los que estamos unidos físicamente por el túnel del Canal de la Mancha, comercialmente por el Mercado Único, históricamente por infinitos vínculos culturales y políticamente por la necesidad de una alianza en una era dominada por Estados Unidos en Occidente y China e India en Oriente, estamos cometiendo un error que el mundo contemporáneo no puede comprender y las generaciones futuras no podrán perdonar. Pero lo primero que hay que conseguir no es revocar la decisión, sino reivindicar el derecho a cambiar de opinión cuando conozcamos los términos de la nueva relación.

Nadie discute la votación de 2016. Y nadie discute que, si se mantiene como expresión de la opinión de los británicos, nos iremos de la Unión. La cuestión es si, a medida que se conocen más datos, a medida que avanza la negociación y vemos con claridad la alternativa a la pertenencia actual a la UE, vamos a tener derecho a cambiar de opinión; si la “voluntad del pueblo” —una expresión de la que se abusa— es inmutable o se permite que cambie cuando nuestra percepción de la realidad se base en una información mejor.

Lea este artículo en su original,
publicado en el website de Tony Blair:
Brexit – What We Now Know

Cuando votamos en 2016, sabíamos que estábamos votando contra nuestra situación actual en Europa, pero no sabíamos cómo sería la futura relación con el continente. Fue como tener unas elecciones generales en las que la pregunta es “¿Le gusta el Gobierno?” Si se preguntara eso, pocos Gobiernos en el poder serían reelegidos. Una vez conocida la alternativa, deberíamos poder pensárnoslo de nuevo, a través del Parlamento, unas elecciones o un nuevo referéndum, que, por supuesto, no será una repetición del anterior porque esta vez decidiríamos conociendo cuál es la alternativa.

En los últimos meses, el paisaje del Brexit —hasta ahora oculto en la niebla de las afirmaciones de un lado y otro— se ve cada vez con más claridad. Ahora contamos con la predicción presupuestaria de que, debido al Brexit, el crecimiento económico estará por debajo de las expectativas, no solo este año sino los próximos cinco años, con un promedio del 1,5%. Algo que no sucede desde hace más de 30 años. Y a eso hay que añadir la caída de nuestra moneda, la bajada del nivel de vida y la primera subida del desempleo.

Reivindiquemos el derecho a cambiar de opinión cuando conozcamos los términos de la nueva relación

Junto a eso hemos sabido que vamos a tener menos dinero para gastar en el Servicio Nacional de Salud y que, al menos durante unos cuantos años, Europa no nos va a devolver ningún dinero, sino que tenemos que pagar una gran suma.

Luego está la negociación sobre Irlanda del Norte. Afirmar que el problema se ha “resuelto” es ridículo. Se ha aplazado, nada más. Por el contrario, la negociación ha sacado a la luz la verdadera naturaleza de las decisiones a las que nos enfrentamos y las tensiones en la posición negociadora del Gobierno.

Al abordar la negociación del Brexit hay, en definitiva, cuatro opciones:

1. Cambiar de opinión y permanecer en Europa, sobre todo en una Europa reformada, en la que podamos utilizar el voto del Brexit para imponer esas reformas.

2. Abandonar las estructuras políticas de la UE pero permanecer en las estructuras económicas, es decir, el Mercado Único y la Unión Aduanera.

3. Salir de las estructuras políticas y económicas pero intentar negociar un acuerdo a medida que reproduzca las ventajas económicas actuales y nos mantenga políticamente cerca de Europa.

4. Salir de las dos estructuras, hacer de la salida virtud, negociar un Acuerdo de Libre Comercio básico y vendernos como “No Europa”.

Lo que pasa es que, aunque las tres últimas opciones sean Brexit, tienen repercusiones muy distintas. El Gobierno ha descartado la opción 2 y está tratando de negociar la 3, pero una parte importante del Partido Conservador está dispuesto a seguir la opción 4. Lo malo de la opción 3 es que no se puede negociar sin hacer unas concesiones de tal dimensión que dejan en ridículo los argumentos para marcharse. Lo malo de la opción 4 es que supondría tremendas dificultades económicas, en la medida en que habría que ajustar nuestra economía a las nuevas condiciones comerciales.

El crecimiento estará por debajo de las expectativas.
Caerá nuestra moneda, el nivel de vida y el empleo

Es absurdo decir que es antidemocrático exigir que la gente tenga libertad para votar sobre el acuerdo definitivo, dada la enorme disparidad de variantes y sus consecuencias. ¿Cómo podemos juzgar la verdadera “voluntad del pueblo” sin saber cuál sería la alternativa a la situación actual, dadas las distintas repercusiones de cada alternativa? Irlanda del Norte es una metáfora del dilema central de esta negociación: o estamos en el Mercado Único y la Unión Aduanera, o tendremos una frontera dura y un Brexit duro.

Es la misma diferencia que hay entre la situación de Noruega y la de Canadá. Noruega tiene pleno acceso al Mercado Único, pero también sus obligaciones, incluida la libertad de circulación. En el caso de Canadá, hay un Acuerdo de Libre Comercio que facilita enormemente la circulación de bienes pero que incluye controles fronterizos y no supone acceso a los servicios del Mercado Único. Es un juego de suma cero: cuanto más se parezca a la opción de Noruega, más obligaciones hay; cuanto más se parezca a la opción de Canadá, menos acceso.

No se trata de saber quién es el negociador más duro. El dilema deriva de cómo se concibió el Mercado Único. Es una zona comercial única, con un sistema único de regulación y un sistema único de arbitraje, el Tribunal de Justicia Europeo. Lo importante es que no es un Acuerdo de Libre Comercio. Es otra cosa. Así que es imposible disfrutar de sus ventajas sin atenerse a sus reglas. El Mercado Único es una cosa, y un Acuerdo de Libre Comercio es otra.

Imaginemos una analogía. Supongamos que la Federación de fútbol inglesa quiere jugar un partido con Francia. Negocian el campo, la fecha, el precio de las entradas, etcétera. Pero entonces la Federación inglesa le dice a la francesa que también quieren negociar la posibilidad de tener 15 jugadores en el equipo, en lugar de 11. Los franceses dirían que lo sienten pero se han equivocado de deporte y deben hablar con la Federación de rugby.

Pues eso es lo que parece estar haciendo el Gobierno. David Davis asegura que vamos a abandonar el Mercado Único y la Unión Aduanera pero que tendremos “exactamente las mismas ventajas” en un nuevo Acuerdo de Libre Comercio. Boris Johnson habla de distanciarnos de la normativa europea pero tener unas relaciones comerciales sin fricciones y pleno acceso al mercado europeo de servicios. La primera ministra insiste en que vamos a contar con el acuerdo comercial más amplio de la historia y se olvida curiosamente de que ya lo tenemos.

No se trata de saber quién es el negociador más duro. El
dilema deriva de cómo se concibió el Mercado Único.

Philip Hammond propone una estrecha armonización con Europa después del Brexit. Liam Fox, por su parte, habla sin parar sobre los acuerdos comerciales que lograremos una vez que estemos fuera de la Unión Aduanera y y lejos de esa armonización. Por supuesto, el Acuerdo de Libre Comercio puede ser de gran alcance, aunque, cuanto más abarque, más complicada será la negociación y mayor la armonización reguladora. Pero nunca podrá reproducir “exactamente las mismas ventajas” del Mercado Único sin obedecer sus obligaciones y regulaciones.

Las concesiones que se nos ha obligado a hacer, con razón, en el caso de Irlanda del Norte, ponen de relieve en qué consiste el dilema. Si queremos libertad de circulación de personas a través de la frontera en Irlanda, tendremos que abandonar los controles fronterizos a la inmigración. De modo que una persona podría ir del continente a Dublín, de ahí a Belfast y de ahí a Liverpool sin pasar ningún control.

Los partidarios del Brexit suelen decir que Noruega y Suecia no tienen una frontera dura para la circulación de personas. Es verdad. Pero el motivo es que Noruega forma parte del Mercado Único y, por tanto, acepta la libertad de circulación.

En cualquier caso, casi todo el mundo reconoce ya que Reino Unido necesita a la mayoría de los trabajadores inmigrantes que llegan de Europa, y, como muestra nuestro estudio, el Brexit está perjudicando ya seriamente la contratación en sectores cruciales, incluido el Servicio de Salud. Si queremos tener libre circulación de bienes, Irlanda del Norte deberá tener una relación con la UE que se rija por las normas de la Unión Aduanera. Pero, en ese caso, ¿cómo podrá estar Reino Unido fuera de esa situación?

Ese es el dilema que nos vamos a encontrar en todos los aspectos del acuerdo. ¿Cómo van a poder operar libremente los servicios financieros y otros sectores en Europa sin una armonización regulatoria? Incluso si suponemos que Europa acepta mirar caso por caso, la “armonización” tendrá que ser la que imponen las normas europeas. ¿Y cómo se resolverán las disputas en estas circunstancias si no es a través del Tribunal Europeo de Justicia? Cuando surjan estos interrogantes durante la negociación, volverán a aflorar las divisiones en el Gobierno.

La primera ministra seguirá siendo partidaria de la opción 3, hacer las concesiones necesarias y tratar de presentarlas como una forma de “recuperar el control”. Los verdaderos partidarios de marcharse se darán cuenta de que las concesiones contradicen los motivos esenciales para irse y preferirán la opción 4. Los funcionarios públicos británicos son seguramente —o al menos lo eran en mi época— los mejores de Europa. El problema no está en los negociadores sino en la negociación.

Casi todos reconocen ya que Reino Unido necesita a la
mayoría de los inmigrantes que llegan de Europa

El peligro es que acabemos quedándonos con lo peor de ambos mundos. Iremos tirando, alternando entre las opciones 3 y 4 según qué sector del Partido Conservador predomine en cada momento, intentaremos “marcharnos” sin marcharnos verdaderamente, con un batiburrillo de disposiciones que permita al Gobierno asegurar que se ha materializado el Brexit pero que, en realidad, solo significará que hemos perdido nuestro puesto en la toma de decisiones.

Ese sería un resultado nefasto para el país. Y aquí es donde el Partido Laborista se enfrenta a su propio reto.Me gustaría que los laboristas mantuvieran la superioridad moral de la política progresista, que explicaran por qué la pertenencia a la Unión Europea es lo mejor por principio, por motivos económicos pero también por motivos profundamente políticos.

Estoy en desacuerdo con nuestra posición actual, por razones estratégicas, pero también tácticas. En primer lugar, cuando el Partido Laborista dice que nosotros también llevaríamos a cabo el Brexit, no puede criticar su terrible efecto de distracción. El Partido Laborista podría atacar con todas sus fuerzas los fracasos del Gobierno, desde el penoso estado del Servicio Nacional de Salud hasta la criminalidad, que, debido al abandono y la falta de apoyo a la policía, ha vuelto a aumentar. Pero para ello habría que decir: estas son las cosas que se podrían hacer por la gente si no fuera porque el Gobierno dedica todas sus energías y grandes cantidades de dinero al Brexit.

Y en segundo lugar, esta actitud nos coloca en una posición vulnerable cuando el Gobierno concluya “el acuerdo” en algún momento de 2018. Mi predicción es que el Gobierno intentará negociar un acuerdo que deje fuera muchos detalles, porque no hay forma de resolver el dilema. Aprovecharán ciertas ventajas fáciles de obtener, como el acceso a los bienes sin barreras arancelarias (y dejará para más tarde las cuestiones que no tienen que ver con los aranceles). Para Europa, que tiene un tremendo superávit de bienes respecto a Reino Unido, este aspecto está muy claro.

Ahora bien, en el acceso a los servicios, que han impulsado el crecimiento de nuestras exportaciones durante los últimos 20 años y son el 70% de nuestra economía y en los que tenemos superávit nosotros, no tendremos nada que hacer sin unas concesiones importantes. Salvo que el Gobierno encuentre una solución milagrosa para el dilema, seguramente intentará emular el “acuerdo” de diciembre sobre Irlanda del Norte, disponer de varios encabezados generales —más con aspiraciones que con detalles— y dejar muchas cosas para negociarlas a partir de marzo de 2019, durante el periodo de transición en el que Reino Unido seguirá rigiéndose por las normas del Mercado Único.

Los laboristas deben mantener la superioridad
moral de la política progresista, explicar por qué
pertenecer a la UE es mejor

El Gobierno dirá entonces que es este acuerdo o nada, y el Partido Laborista se limitará a decir que habría negociado mejor. Una afirmación poco creíble. Los laboristas también pretenden repicar y andar en la procesión. El responsable de Hacienda dice que no estaremos en “el” Mercado Único sino en “un” Mercado Único. El responsable laborista de Industria habla de conservar las ventajas de los acuerdos de la Unión Aduanera pero, al mismo tiempo, tener libertad para negociar nuestros propios acuerdos comerciales.

Todo esto hace que sea un terreno muy confuso para pelear. Es mucho mejor luchar por el derecho del país a cambiar de opinión, a conocer los detalles de la nueva relación antes de abandonar la vieja, oponernos al Brexit y criticar a los conservadores por su incapacidad de abordar los verdaderos problemas del país. El Brexit tiene que ser un Brexit conservador. Tiene que ser suyo al 100 por cien. Hay que demostrar a la gente por qué el Brexit no es ni ha sido nunca la respuesta. Abramos un diálogo con los líderes europeos sobre las reformas necesarias, un diálogo que están muy dispuestos a tener ahora porque son conscientes de que el Brexit también es perjudicial para Europa, económica y políticamente.

En cada sesión de preguntas al Gobierno, hay que desmontar cada mentira de la campaña del Brexit, decir que las divisiones de los conservadores están debilitando nuestro país; pero eso solo es creíble si nos oponemos al Brexit de verdad, no defendiendo un Brexit distinto, y si cuestionamos la tomadura de pelo de que una primera ministra esté llevando a nuestra nación en una dirección por la que ni siquiera ahora se atreve ella a decir que votaría.

Si nos marchamos de Europa, tendrá que ser por decisión de la derecha conservadora. Pero, si los laboristas siguen dejándose llevar e insisten en abandonar el Mercado Único, esa timidez contribuirá al Brexit.

El suicidio anglosajón. De José Ignacio Torreblanca

EE UU y Reino Unido, creadores del orden internacional actual y mayores beneficiarios de la globalización, renuncian unilateralmente al liderazgo y dejan la vía expedita para que China y otros articulen un nuevo escenario mundial.

José Ignacio Torreblanca, 20 enero 2017 / EL PAIS

fp Jose Ignacio Torreblanca8913.jpgEl mandato que Donald Trump inaugura hoy muy bien podría ser juzgado en el futuro como el momento en el que EE UU inició el desmantelamiento del orden internacional que con tanto ahínco sucesivas Administraciones norteamericanas construyeron y sostuvieron desde 1945. Una toma de posesión, la de Trump, que se solapa en el tiempo con la formalización esta semana por parte de la primera ministra británica, Theresa May, de su intención de activar el proceso de retirada total y completo de su país de la Unión Europea. Una coincidencia temporal que plantea con toda crudeza la cuestión de si no estaremos asistiendo al fin, absurdamente autoimpuesto, de un largo y fructífero periodo histórico de hegemonía anglosajona.

el paisNada como mirar atrás para observar la profundidad de la falla geopolítica y económica que Washington y Londres están abriendo al renunciar voluntariamente a más a dos siglos de dominio político, económico, cultural y militar anglosajón. El “siglo imperial británico”, que comenzó en 1815 tras las guerras napoleónicas, concluyó en 1915, 100 años después, dejando a Reino Unido como única e indisputada potencia mundial.

En su momento álgido, inmediatamente antes de comenzar la I Guerra Mundial, el Imperio Británico ejercía su poder sobre 412 millones de personas, un 23% de la población mundial, ocupando sus dominios casi un cuarto de la superficie de la Tierra. Fue el británico, sin embargo, un poder imperial tan extenso como afortunado. Cuando fue relevado por EE UU, este lo hizo, de forma inédita en la historia —en la que los imperios entrantes suelen destruir a los salientes—, no solo de forma pacífica sino como continuador y renovador del proyecto liberal, político y económico que inspiraba la obra imperial británica. Así, vía los acuerdos de Bretton Woods, que fijaron las reglas del comercio y las finanzas; la Conferencia de San Francisco, que dio paso a la ONU; y el Plan Marshall, que rescató al continente europeo del hambre, la inseguridad y la miseria y forjó la alianza más exitosa de la historia, la alianza transatlántica, Washington formalizó ese relevo pacífico de poder imperial, diseñando y luego sosteniendo con sus recursos el orden político, económico y militar mundial que conocemos.

Pero ahora, estos dos hegemones, el británico y el americano, que algunos han calificado de “benignos” (más que nada en comparación a otros competidores como la URSS o la Alemania nazi, y no obstante el escepticismo de Gandhi sobre el empeño de Occidente en denominar el imperialismo como “civilización”), están adoptando un rumbo aislacionista en lo político, proteccionista en lo económico, y xenófobo en lo identitario y cultural, cuestionando los elementos fundacionales del orden global que tanto la pax britannica como la pax americana han compartido y articulado.

“Que los países más abiertos y exitosos opten
por el aislacionismo es una anomalía histórica”

Lo paradójico es que tanto EE UU como Reino Unido tienen a su favor todos los elementos para seguir sosteniendo un orden multilateral liberal y beneficiarse de él con creces, como han hecho hasta ahora. Frente a las quejas que nos trasladan respecto a integración económica o la inmigración, lo cierto es que los dos países han superado la crisis de 2008 más rápido que sus rivales y, además, son un referente tanto en la integración de inmigrantes como en el fomento de la diversidad cultural y la tolerancia religiosa. Pese a los lamentos de Trump y de los partidarios del Brexit, sus países viven, en comparación a otros, y en comparación a otros periodos de su historia, una época dorada. Que los países más dinámicos, abiertos y exitosos tiren la toalla de la globalización no deja de resultar sorprendente de hasta qué punto vivimos una enorme anomalía histórica.

No sería, sin embargo, la primera vez en la historia que un imperio se suicidara. Entre 1405 y 1433, la marina imperial china, bajo el mando del almirante Zheng He, se paseó por todos los mares de Asia y África Oriental. La dinastía Qing fue capaz de organizar expediciones de hasta 300 barcos (algunos de 120 metros de eslora en una época en la que la Santa María de Colón solo tenía 26 metros) y decenas de miles de marinos. Pero a la muerte del emperador Yongle, justo coincidiendo con la época en la que los navegantes portugueses comenzaban a surcar los mares, sus sucesores decidieron poner fin a dichas expediciones, iniciando un largo periodo de aislamiento que cortaría el acceso de China a conocimientos y mercados claves en un momento crucial para su desarrollo, dejando al país en una situación de debilidad que posteriormente permitiría a Occidente doblegarla fácilmente y obligarle a abrir sus mercados. Que mientras Trump y May anuncian su intención de marcharse, el presidente chino, Xi Jinping, defienda la globalización desde el atril de Davos ofrece una pista muy clara sobre la profundidad del relevo de poder al que estamos asistiendo y vamos a ver profundizar.

“La cultura anglosajona ha generado la democracia
representativa y la economía de mercado”

Vivimos, a unos les gusta y a otros les pesa, en un mundo anglosajón. Esa cultura, o civilización, para quien quiera usar tal término, ha generado las dos instituciones que definen nuestro modo de vida: la democracia representativa y la economía de mercado. Las dos se derivan de una filosofía política, el liberalismo, en cuyo desarrollo el pensamiento anglosajón, desde John Locke en el siglo XVII a John Rawls en el siglo XX, ha tenido un papel esencial. Desde el catálogo de derechos arrancados en la Magna Carta por los nobles británicos a Juan sin Tierra en Runnymede en 1215 a la Declaración de Independencia proclamada en Filadelfia en 1776, pasando por la rebelión de Cromwell y el Parlamento contra el absolutista Carlos I durante la Revolución Inglesa, los hitos que jalonan el largo (aunque todavía incompleto) camino de la humanidad hacia la libertad son en gran medida anglosajones.

Un contraste despiadado el que se perfila entre todo aquello que debemos al liberalismo anglosajón y esa fotografía de diciembre pasado en la que dos sonrientes Trump y Farage posan ante el indescriptiblemente feo ascensor de la torre Trump de Nueva York, una instantánea que captura magistralmente el fin de época que parecemos estar viviendo. Duele convalidar la capacidad predictiva de un personaje tan repugnante como Nigel Farage, pero hay que reconocer que la pesadilla global que inauguramos hoy con la toma de posesión de Donald Trump comenzó a representarse ante nuestros ojos como verosímil cuando Farage, abanderado del movimiento para la salida de Reino Unido de la UE, predijo que la victoria de los partidarios del Brexit en el referéndum celebrado el pasado mes de junio no era sino un ensayo a escala europea de lo que habría de acontecer globalmente cuando Trump fuera elegido para la presidencia de Estados Unidos. Y así parece ser. El ensayo general ha acabado. Ahora sube el telón y comienza la obra de verdad.

La decadencia de occidente. De Mario Vargas Llosa

El ‘Brexit’ y el triunfo de Trump son un síntoma inequívoco de esa muerte lenta en la que se hunden los países que pierden la fe en sí mismos y renuncian a luchar.

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 20 noviembre 2016 / EL PAIS

Primero fue el Brexity, ahora, la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Sólo falta que Marine Le Pen gane los próximos comicios en Francia para que quede claro que Occidente, cuna de la cultura de la libertad y del progreso, asustado por los grandes cambios que ha traído al mundo la globalización, quiere dar una marcha atrás radical, refugiándose en lo que Popper bautizó “la llamada de la tribu” —el nacionalismo y todas las taras que le son congénitas, la xenofobia, el racismo, el proteccionismo, la autarquía—, como si detener el tiempo o retrocederlo fuera sólo cuestión de mover las manecillas del reloj.

No hay novedad alguna en las medidas que Donald Trump propuso a sus compatriotas para que votaran por él; lo sorprendente es que casi sesenta millones de norteamericanos le creyeran y lo respaldaran en las urnas. Todos los grandes demagogos de la historia han atribuido los males que padecen sus países a los perniciosos extranjeros, en este caso los inmigrantes, empezando por los el paismexicanos atracadores, traficantes de drogas y violadores y terminando por los musulmanes terroristas y los chinos que colonizan los mercados estadounidenses con sus productos subsidiados y pagados con salarios de hambre. Y, por supuesto, también tienen la culpa de la caída de los niveles de vida y el desempleo los empresarios “traidores” que sacan sus empresas al extranjero privando de trabajo y aumentando el paro en Estados Unidos.

No es raro que se digan tonterías en una campaña electoral, pero sí que crean en ellas gentes que se suponen educadas e informadas, con una sólida tradición democrática, y que recompensen al inculto billonario que las profiere llevándolo a la presidencia del país más poderoso del planeta.

La esperanza de muchos, ahora, es que el Partido Republicano, que ha vuelto a ganar el control de las dos cámaras, y que tiene gentes experimentadas y pragmáticas, modere los exabruptos del nuevo mandatario y lo disuada de llevar a la práctica las reformas extravagantes que ha prometido. En efecto, el sistema político de Estados Unidos cuenta con mecanismos de control y de freno que pueden impedir a un mandatario cometer locuras. Pues no hay duda que si el nuevo presidente se empeña en expulsar del país a once millones de ilegales, en cerrar las fronteras a todos los ciudadanos de países musulmanes, en poner punto final a la globalización cancelando todos los tratados de libre comercio que ha firmado —incluyendo el Trans-Pacific Partnership en gestación— y penalizando duramente a las corporaciones que, para abaratar sus costos, llevan sus fábricas al tercer mundo, provocaría un terremoto económico y social en su país y en buen número de países extranjeros y crearía serios inconvenientes diplomáticos a Estados Unidos.

“El ímpetu que ha permitido a Trump ganar estas elecciones demuestra que es algo más que un simple demagogo”

Su amenaza de “hacer pagar” a los países de la OTAN por su defensa, que ha encantado a Vladímir Putin, debilitaría de manera inmediata el sistema que protege a los países libres del nuevo imperialismo ruso. El que, dicho sea de paso, ha obtenido victoria tras victoria en los últimos años: léase Crimea, Siria, Ucrania y Georgia. Pero no hay que contar demasiado con la influencia moderadora del Partido Republicano: el ímpetu que ha permitido a Trump ganar estas elecciones pese a la oposición de casi toda la prensa y la clase más democrática y pensante, muestran que hay en él algo más que un simple demagogo elemental y desinformado: la pasión contagiosa de los grandes hechiceros políticos de ideas simples y fijas que arrastran masas, la testarudez obsesiva de los caudillos ensimismados por su propia verborrea y que ensimisman a sus pueblos.

Una de las grandes paradojas es que la sensación de inseguridad, que de pronto el suelo que pisaban se empezaba a resquebrajar y que Estados Unidos había entrado en caída libre, ese estado de ánimo que ha llevado a tantos estadounidenses a votar por Trump —idéntico al que llevó a tantos ingleses a votar por el Brexit— no corresponde para nada a la realidad. Estados Unidos ha superado más pronto y mejor que el resto del mundo —que los países europeos, sobre todo— la crisis de 2008, y en los últimos tiempos recuperaba el empleo y la economía estaba creciendo a muy buen ritmo. Políticamente el sistema ha funcionado bien en los ocho años de Obama y un 58% del país hacía un balance positivo de su gestión. ¿Por qué, entonces, esa sensación de peligro inminente que ha llevado a tantos norteamericanos a tragarse los embustes de Donald Trump?

Porque, es verdad, el mundo de antaño ya no es el de hoy. Gracias a la globalización y a la gran revolución tecnológica de nuestro tiempo la vida de todas las naciones se halla ahora en el “quién vive”, experimentando desafíos y oportunidades totalmente inéditos, que han removido desde los cimientos a las antiguas naciones, como Gran Bretaña y Estados Unidos, que se creían inamovibles en su poderío y riqueza, y que ha abierto a otras sociedades —más audaces y más a la vanguardia de la modernidad— la posibilidad de crecer a pasos de gigante y de alcanzar y superar a las grandes potencias de antaño. Ese nuevo panorama significa, simplemente, que el de nuestros días es un mundo más justo, o, si se quiere, menos injusto, menos provinciano, menos exclusivo, que el de ayer.

“No solucionarán ningún problema, agravarán los que ya existen
y traerán otros más graves”

Ahora, los países tienen que renovarse y recrearse constantemente para no quedarse atrás. Ese mundo nuevo requiere arriesgar y reinventarse sin tregua, trabajar mucho, impregnarse de buena educación, y no mirar atrás ni dejarse ganar por la nostalgia retrospectiva. El pasado es irrecuperable como descubrirán pronto los que votaron por el Brexit y por Trump. No tardarán en advertir que quienes viven mirando a sus espaldas se convierten en estatuas de sal, como en la parábola bíblica.

El Brexit y Donald Trump —y la Francia del Front National— significan que el Occidente de la revolución industrial, de los grandes descubrimientos científicos, de los derechos humanos, de la libertad de prensa, de la sociedad abierta, de las elecciones libres, que en el pasado fue el pionero del mundo, ahora se va rezagando. No porque esté menos preparado que otros para enfrentar el futuro —todo lo contrario— sino por su propia complacencia y cobardía, por el temor que siente al descubrir que las prerrogativas que antes creía exclusivamente suyas, un privilegio hereditario, ahora están al alcance de cualquier país, por pequeño que sea, que sepa aprovechar las extraordinarias oportunidades que la globalización y las hazañas tecnológicas han puesto por primera vez al alcance de todas las naciones.

El Brexit y el triunfo de Trump son un síntoma inequívoco de decadencia, esa muerte lenta en la que se hunden los países que pierden la fe en sí mismos, renuncian a la racionalidad y empiezan a creer en brujerías, como la más cruel y estúpida de todas, el nacionalismo. Fuente de las peores desgracias que ha experimentado el Occidente a lo largo de la historia, ahora resucita y parece esgrimir como los chamanes primitivos la danza frenética o el bebedizo vomitivo con los que quieren derrotar a la adversidad de la plaga, la sequía, el terremoto, la miseria. Trump y el Brexit no solucionarán ningún problema, agravarán los que ya existen y traerán otros más graves. Ellos representan la renuncia a luchar, la rendición, el camino del abismo. Tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, apenas ocurrida la garrafal equivocación, ha habido autocríticas y lamentos. Tampoco sirven los llantos en este caso; lo mejor sería reflexionar con la cabeza fría, admitir el error, retomar el camino de la razón y, a partir de ahora, enfrentar el futuro con más valentía y consecuencia.

“Se van los jugadores”: Entrevista a Jürgen Habermas sobre el BREXIT y la Unión Europea

El filósofo alemán Jürgen Habermas (Foto: Louisa Gouliamaki/AFP/Getty Images)

El filósofo alemán Jürgen Habermas (Foto: Louisa Gouliamaki/AFP/Getty Images)

 
ZeitEntrevista a  Jürgen Habermas  de Thomas Assheuer, publicada por DIE ZEIT el 9 de julio 2016; versión en español: 20 julio 2016 / OBELA


Señor Habermas, ¿pensó alguna vez que el Brexit sería posible? ¿Qué sintió cuando se enteró de que la ‘salida’ había logrado la victoria?

Nunca habría imaginado que el populismo ganaría al capitalismo en su país de origen. Dada la importancia vital del sector bancario para el Reino Unido, el poder de los medios y el peso político de la City (ciudad financiera de Londres), era poco probable que las cuestiones de identidad prevalecieran sobre los intereses.

Mucha gente está ahora pidiendo referendos en otros países. ¿Produciría un referéndum en Alemania un resultado distinto del que tuvo en Reino Unido?

Bueno, eso supongo. La integración europea estaba –y todavía permanece– entre los intereses de la República Federal de Alemania. En las primeras décadas de la posguerra fuimos capaces de restaurar, paso a paso, una reputación nacional completamente devastada actuando cautelosamente como ‘buenos europeos’. Con el tiempo, pudimos contar con el apoyo de la UE para la reunificación. Retrospectivamente, Alemania ha sido el gran beneficiario de la unión monetaria en Europa –incluso durante la crisis del euro–. Y debido a que, desde 2010, Alemania ha sido capaz de imponer en el Consejo Europeo su visión ordoliberal contra Francia y los europeos del sur, Angela Merkel y Wolfgang Schäuble han tenido fácil adoptar en casa el papel de grandes defensores de la idea europea. Por supuesto, esto es una forma muy nacionalista de mirar las cosas. Pero este gobierno necesitaba no tener dudas de que la prensa iba a adoptar un enfoque diferente e informar a la población sobre las buenas razones de otros países para ver las cosas de forma completamente opuesta.

¿Está usted acusando a la prensa de doblegarse abúlicamente ante el gobierno? De hecho, Merkel difícilmente puede quejarse del número de sus críticos. Al menos en lo que respecta a su política de refugiados.

De hecho no estamos hablando de eso. Aunque no tengo reparo en decirlo. La política sobre refugiados también ha dividido a la opinión pública alemana y a la prensa. Esto puso fin a larga etapa de parálisis sin precedentes en el debate político público. Yo me refería al período anterior, el de la crisis del euro, tan cargado políticamente, y en el que se podría esperar una polémica igual de agitada acerca de la política del gobierno federal ante la crisis. Toda Europa ha considerado contraproducente el enfoque tecnocrático que aplaza indefinidamente las decisiones. Pero no ha sido así en las dos grandes cabeceras diarias y las dos semanales que leo habitualmente. Si esta observación es correcta, entonces, como sociólogo, uno puede buscar explicaciones. Pero mi punto de vista es el de un lector de periódicos comprometido, y me pregunto si la política del avestruz de Merkel, destinada a adormecer a todo el mundo, podría haber barrido el país sin una cierta complicidad por parte de la prensa. Los horizontes imaginables se reducen cuando no hay puntos de vista alternativos en la oferta. Ahora mismo estamos asistiendo a otra ronda de somníferos. Como en el informe que acabo de leer sobre la última conferencia política del SPD, donde se reduce –-en lo que Hegel habría llamado una perspectiva de mayordomo– la posición de un partido de gobierno ante el enorme evento del Brexit, que debería ser objetivamente de interés para todo el mundo, a las próximas elecciones generales y a las relaciones personales entre el Sr. Gabriel y el Sr. Schulz.

¿Pero no se basa el deseo británico de abandonar la UE en razones domésticas? ¿O es el síntoma de una crisis en la UE?

Ambas cosas. Los británicos tienen detrás una historia diferente a la del continente. La conciencia política de ser una gran potencia, dos veces victoriosa en el siglo XX, pero en declive a nivel global, vacila a la hora de adaptarse a esa situación cambiante. Con ese sentido nacional de sí misma, Gran Bretaña se colocó en una situación incómoda después de unirse a la CEE por motivos puramente económicos en 1973. Las élites políticas, de Thatcher a Cameron pasando por Blair, nunca tuvieron intención de abandonar su mirada distante hacia la Europa continental. Esa fue la perspectiva de Churchill cuando, en su famoso discurso de Zurich de 1946, dibujó al imperio (británico) en el papel de padrino benévolo de una Europa unida –pero sin ser realmente parte de ella. La política británica en Bruselas ha sido siempre un enfrentamiento inspirado en la máxima: “Queremos nuestra parte del pastel, y además nos lo comemos”.

¿Se refiere a su economía política?

Los británicos tenían una visión decididamente liberal de la UE como una zona de libre comercio, y esto se expresó en una política de ampliación de la UE sin ningún tipo de profundización simultánea en la cooperación. Ni Schengen, ni euro. La actitud exclusivamente instrumental de las élites políticas hacia la UE se ha reflejado en la campaña por el Remain. Los defensores (a medias) de permanecer en la UE se inclinaron de forma estricta por una campaña basada en el miedo y armada con argumentos económicos. ¿Cómo podía ganar la actitud proeuropea frente a una mayoría más amplia si los líderes políticos se han comportado durante décadas como si la búsqueda estratégica y sin piedad de los intereses nacionales fuera suficiente para mantenerse dentro de una comunidad supranacional de Estados? Visto desde lejos, este fracaso de las élites se materializa, de forma diferente y llena de matices (tal como son), en dos tipos de políticos egocéntricos, conocidos como Cameron y Johnson.

En la votación, no solo hubo una sorprendente brecha de edad, sino también una fuerte brecha urbana-rural. La ciudad multicultural perdió. ¿Por qué esta repentina ruptura entre la identidad nacional y la integración europea? ¿Han subestimado los políticos europeos el poder persistente y real de la voluntad nacional y cultural?

Está usted en lo cierto, el voto británico también refleja una parte de la situación general de crisis de la Unión Europea y sus Estados miembros. El análisis del voto apunta a la misma clase de patrón que vimos en las elecciones presidenciales de Austria y en nuestras recientes elecciones regionales en Alemania. La elevada participación sugiere que el campo populista tuvo éxito en la movilización del sector de los abstencionistas previos. Estos votantes dominan de forma abrumadora en los grupos marginados que se sienten abandonados. Esto se une a la evidencia de que los estratos más pobres, más desfavorecidos socialmente y menos instruidos votaron más por salir que por quedarse. Por lo tanto, no sólo existen patrones de voto contrario en las zonas rurales y en las ciudades, sino que la distribución geográfica de los votos por la salida se acumulan en la región central y en partes de Gales –incluyendo las antiguas zonas industriales abandonadas, que no han podido recuperar sus bases económicas–, y esto apunta a las razones sociales y económicas para el Brexit. La percepción del drástico aumento de la desigualdad social y la sensación de impotencia que produce ver que tus propios intereses ya no están representados en el plano político, todo eso está en el contexto de la movilización contra los extranjeros, en el dejar Europa atrás, en el odio a Bruselas. En una vida diaria insegura, ‘un sentido nacional y cultural de pertenencia’ es, de hecho, un elemento de estabilización.

Screenshot_20160822-130253¿Pero son esas solo cuestiones sociales? Hay una tendencia histórica bien conocida hacia la auto-ayuda nacional y de renuncia a la cooperación. La supranacionalidad significa, para la gente común, la pérdida de control. Muchos piensan: sólo la nación ofrece la roca sobre la que aún se puede construir. ¿No demuestra esto que la transición de lo nacional a la democracia transnacional ha fracasado?

No se puede decir que se ha venido abajo un esfuerzo que apenas ha comenzado. Por supuesto, la llamada a “recuperar el control”, que ha jugado un papel en la campaña británica, es un síntoma que se debe tomar en serio. En lo que realmente los observadores dieron en el blanco es en la irracionalidad evidente, no sólo del resultado, sino de toda la campaña. Las campañas de odio también están creciendo en el continente. Los rasgos socio-patológicos de esta desinhibida agresividad política apuntan al hecho de que las compulsiones sistémicas omnipresentes en una sociedad global coalescente, económicamente no administrada y digital, simplemente sobre-representan las formas de integración social que se obtienen democráticamente en el Estado-nación. Esto desencadena comportamientos reaccionarios. Un ejemplo son las fantasías wilhelmianas de, por ejemplo, Jaroslav Kaczynski, mentor del actual gobierno polaco. Después del referéndum británico propuso la desintegración de la UE en una asociación informal de estados nacionales soberanos, de manera que éstos se fundan rápidamente en una gran potencia militar entre ruido de sables.

También se podría decir, simplemente: Kaczynski se limita a reaccionar ante la pérdida de control del Estado-nación.

Como todos los síntomas, este sentimiento de pérdida de control tiene un núcleo real –el vaciamiento de las democracias nacionales que, hasta ahora, habían dado a los ciudadanos el derecho a participar en las decisiones importantes que condicionan su vida social. El referéndum de Reino Unido proporciona una prueba viva de la palabra clave: “post-democracia”. Obviamente, se ha derrumbado la infraestructura sin la cual no puede haber una esfera pública sólida y competencia entre los partidos. Después de los análisis iniciales, los medios de comunicación y los partidos políticos de la oposición fallaron a la hora de informar a la población sobre cuestiones relevantes y hechos elementales, y mucho más a la hora de discernir los argumentos, a favor o en contra, de los puntos de vista políticos opuestos. La muy baja participación de las personas entre 18 y 24 años de edad, supuestamente perjudicados por los ancianos, es otro dato revelador.

Parece que la prensa es culpable, otra vez…

No, pero el comportamiento de este grupo de edad ilustra la manera en que los jóvenes usan los medios en la era digital y cómo cambia la actitud hacia la política. En la ideología de Silicon Valley, el mercado y la tecnología salvarán a la sociedad y por tanto harán que algo tan antiguo como la democracia sea superflua. Un factor que hay que considerar seriamente en este asunto es la tendencia general hacia la integración cada vez más estrecha de los partidos políticos en el complejo organizativo del Estado. Y, por supuesto, no es una coincidencia que las políticas europeas no estén enraizadas en la sociedad civil. La Unión Europea se ha constituido de manera que las decisiones económicas básicas que afectan a la sociedad en su conjunto no figuran entre las decisiones democráticas. Este vaciamiento tecnocrático de la agenda diaria a la que se enfrentan los ciudadanos no es un destino de la naturaleza sino la consecuencia del diseño de los tratados. En este contexto, la intencionada separación política de la división de poder entre el nivel nacional y el europeo también juega un papel: el poder de la Unión se concentra allá donde los intereses del estado-nación se bloquean entre ellos. La transnacionalización de la democracia sería la respuesta correcta. En una sociedad global tan interdependiente, no hay otra manera de compensar la pérdida de control que los ciudadanos sienten y de la que se quejan; en realidad, esto es lo que ha pasado.

La Unión Europea se ha constituido de manera que las decisiones económicas básicas que afectan a la sociedad en su conjunto no figuran entre las decisiones democráticas.

Screenshot_20160822-130211Pero casi nadie cree ya en esa transnacionalización de la democracia. El sociólogo Wolfgang Streeck dice que la UE es una máquina desreguladora que fue incapaz de proteger a las naciones del capitalismo salvaje, es más, que las abandonó a su suerte. Ahora bien, las naciones-estado deberían tomar el asunto en sus propias manos otra vez. ¿Por qué no debería haber una vuelta al antiguo capitalismo del Estado de bienestar?

El análisis de Streeck sobre la crisis se basa en datos empíricos convincentes. Comparto también su diagnóstico sobre el estado apergaminado de la sustancia democrática, que hasta ahora ha tomado forma institucional casi únicamente en el Estado-nación. También comparto muchos diagnósticos parecidos de politólogos y abogados que se refieren a las consecuencias des-democratizantes de la “gobernanza” –las nuevas formas políticas y legales de “gobernar más allá del Estado-nación”. Pero el argumento para volver al formato de pequeños Estados-nación no me convence tanto. Porque estos deberían funcionar en los mercados globalizados en la misma línea que los conglomerados globales. Y esto significaría la total abdicación de la política frente a los imperativos de los mercados desregulados.

Hay un campo interesante en formación… Por un lado están los que piensan que la UE ha superado su propósito de ser un proyecto político y que el Brexit es una clara señal para eliminar Europa. La otra parte, la de Martin Schulz, por ejemplo, dice: “No podemos seguir así. La crisis de la UE se debe a la falta de profundización: existe el euro, pero no hay ni un gobierno europeo ni una política económica y social”. ¿Quién tiene razón?

Cuando, en la mañana después del Brexit, Frank-Walter Steinmeier aprovechó el momento para invitar a los primeros ministros de los seis estados fundadores de la UE, Ángela Merkel sintió el peligro enseguida. Esa reunión podría haber sugerido a algunos que el deseo real era reconstruir Europa después de una serie de temblores. Al contrario, ella insistió en buscar un acuerdo entre los otros 27 Estados miembros. Sabiendo que en este círculo, y con líderes nacionalistas como Orban o Kaszinski, un acuerdo constructivo es imposible, Ángela Merkel quiso cortar de raíz cualquier pensamiento sobre una futura integración. En Bruselas exigió al Consejo que se mantuviese firme. Tal vez tiene la esperanza de poder neutralizar exhaustivamente las consecuencias económicas y comerciales del Brexit, o incluso de que se reviertan del todo.

Su crítica suena un poco antigua. Ha acusado mucho a la señora Merkel de acometer una política de agachar la cabeza y tirar hacia adelante. Al menos en la política europea.

Tengo miedo a que esa política de minimizar las cosas triunfe, aunque tal vez ya haya triunfado –aquí sin perspectiva, ¡por favor! El argumento es: “No te cabrees, la UE siempre ha cambiado”. De hecho, este ir saliendo del paso sin un final visible ante la actual, explosiva crisis europea, se traduce en que la UE nunca será capaz de caminar hacia delante “como antes”. Pero precipitarse y adaptarse a la normalidad de la “dinámica de estancamiento” se paga renunciando a cualquier intento de dar forma, políticamente, a los acontecimientos. Y es precisamente esta Ángela Merkel la que rechazó enfáticamente, en dos ocasiones, la extendida noción de los politólogos sobre la falta generalizada de espacio para acometer maniobras políticas –sobre el cambio climático y la acogida de refugiados–. Sigmar Gabriel y Martin Schulz son las únicas voces destacadas con alguna traza de temperamento político que se niegan a aceptar la tímida retirada de la clase política ante cualquier intento de pensar, siquiera, con tres o cuatro años de antelación. Que el liderazgo político simplemente deje que el férreo puño de la historia tome el control no es un signo de realismo. “En casos de peligro y extrema emergencia, decidirse por el término medio lleva a la muerte” –últimamente pienso mucho en la película de mi amigo Alexander Kluge. Por supuesto solo desde la retrospección se entiende que podría haber otra solución. Pero para descartar una alternativa antes de que se haya intentado poner en marcha uno debe tratar de imaginar nuestra situación actual igual que un historiador mira al pasado presente.

¿Cómo puede imaginarse la profundización de la Unión sin obligar a los ciudadanos a temer una mayor pérdida de control democrático? Hasta ahora toda profundización ha incrementado el euroescepticismo. Hace años Wolfgang Schäuble y Karl Lamers hablaron de la Europa de dos velocidades, de un corazón europeo –y usted estaba de acuerdo. ¿Cómo funcionaría? ¿No se deberían cambiar los tratados en este caso?

La convocatoria de una convención que conduciría a grandes cambios y referendos sólo sucedería si la UE hubiese hecho intentos más perceptibles y convincentes para abordar los problemas más urgentes. Los problemas urgentes son la todavía no resuelta crisis europea, el problema a largo plazo de los refugiados y los problemas de seguridad. Ni siquiera la mera descripción de estos factores están consensuados en el círculo cacofónico de los 27 miembros del Consejo Europeo. Solo se puede llegar a compromisos si los socios están dispuestos a comprometerse y esto significa que sus intereses no deberían ser demasiado divergentes. Una mínima convergencia de intereses es lo mejor que se puede esperar de los miembros de la Eurozona. La historia de la crisis de la moneda común, cuyos orígenes han analizado extensamente los expertos, une a estos países durante varios años –si bien de manera asimétrica. Por lo tanto la Eurozona delimitaría el tamaño natural del corazón de Europa. Si estos países tuviesen la voluntad política, el principio básico de “cooperación estrecha” prevista en los tratados permitiría los primeros pasos hacia la separación de ese corazón –y, con ello, la largamente esperada formación de una contraparte del Eurogrupo dentro del Parlamento Europeo.

Eso dividiría la UE.

Cierto, la argumentación contra este plan es la “división”. En cualquier caso, asumiendo que se quiera la integración europea, este argumento es infundado. Porque solo un corazón que funcionase correctamente podría convencer a las poblaciones polarizadas de todos los Estados-miembro de que el proyecto tiene sentido. Solo bajo estos fundamentos aquellas poblaciones que prefieren estar sujetas a su soberanía podrían convencerse gradualmente de unirse –una decisión que siempre estará abierta (!) para ellos: en esta perspectiva debe de haber, desde el principio, un intento de hacer esperar entre bastidores a los Gobiernos para tolerar ese proyecto. El primer paso hacia un compromiso en la Eurozona es bastante obvio: Alemania deberá renunciar a su resistencia a una coordinación más estrecha de las políticas fiscales, económicas y sociales, y Francia deberá estar preparada para renunciar a su soberanía en estas mismas áreas.

Solo un corazón que funcionase correctamente podría convencer a las poblaciones polarizadas de todos los Estados-miembro de que el proyecto tiene sentido.

¿Quién bloqueó esto?

Mi impresión desde hace mucho tiempo era que la posible oposición sería mayor en el lado francés. Pero esto ya no es así. Cada acción de profundización colapsa por la obstinada resistencia de la CDU/CSU gubernamental, que durante años ha decidido evitarle a sus votantes un mínimo de solidaridad con los ciudadanos de otros países europeos. Cuando las siguientes elecciones están en el horizonte, juegan con los egoísmos de la economía nacional -y sistemáticamente subestiman la disponibilidad de la mayoría de los ciudadanos alemanes a hacer concesiones en sus intereses a largo plazo. Se debería ofrecer, enérgicamente, una alternativa razonable y de largo aliento a la abrumadora continuación de su actual línea de acción.

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El Brexit refuerza la influencia alemana. Y Alemania ha sido vista como hegemónica. ¿Cómo nace esa percepción?

La recuperación de la supuesta normalidad de los Estados-nación llevó a un cambio en la mentalidad de nuestro país, que se dasarrolló durante décadas en la antigua Alemania del Este. Esto coincidió con un estilo de creciente autoestima y una insistencia más franca sobre la orientación “realista” de las actitudes políticas en la nueva República de Berlín hacia el mundo exterior. Desde 2010 hemos visto cómo el Gobierno alemán trata su indeseado y creciente papel de liderazgo en Europa pensando menos en lo general y más en su interés nacional. Incluso un editorial de Frankfurter Allgemeine Zeitung admite el efecto contraproducente de las políticas alemanas, “porque confunde más y más el liderazgo europeo con la imposición de sus propias ideas sobre el orden político”. Alemania es una potencia hegemónica reacia pero insensible e incapaz, que usa e ignora a la vez el alterado equilibrio de poder europeo. Esto provoca rencores, sobre todo en otros países de la Eurozona. ¿Cómo debería sentirse un español, portugués o griego que ha perdido su trabajo como resultado de la política de recortes decidida por el Consejo Europeo? No puede emplazar a los ministros alemanes que impusieron sus políticas en Bruselas: no puede votarlos ni echarlos de la administración. En lugar de esto, durante la crisis griega pudo leer cómo esos mismos políticos negaban enfadados cualquier tipo de responsabilidad en las desastrosas consecuencias sociales que habían causado, casualmente, sus programas de recortes. A menos que nos libremos de esta estructura antidemocrática y defectuosa, será difícil asombrarse por la campaña de desprestigio antieuropea. La única manera de que haya una democracia europea es intensificando la cooperación europea.

El Estado del bienestar y la democracia forman un nexo intrínseco que en la unión monetaria ya no puede ser asegurado por los Estados nación individuales.

¿Lo que está diciendo es que los movimientos de derechas solo desaparecerán cuando haya más Europa y la UE sea mucho más democrática?

No, creo que perderán terreno durante el proceso. Considero correcto que todas las partes asuman que la Unión tiene que recuperar confianza para cortar la hierba bajo los pies de los populistas de derechas. Una parte quiere sacar provecho de su capacidad de impresionar a los simpatizantes de derechas mostrando músculo. El eslogan es “no más visiones elevadas, más soluciones prácticas”. Ese punto de vista está tras la renuncia pública de Wolfgang Schäuble a su propia idea sobre el corazón de Europa. Ahora cuenta completamente con el método intergubernamental, confía en que los jefes de Estado y de Gobierno resuelvan las cosas entre ellos. Sigue confiando en la apariencia exitosa de la cooperación entre Estados-nación. Pero los ejemplos que pone –la unión digital de Oettinger, la europeización de los presupuestos armamentísticos o la unión energética– difícilmente cumplirían el deseado objetivo de impresionar a la gente. Y, cuando se trata de problemas verdaderamente urgentes –él mismo habla de la política de refugiados y de la creación de un derecho de asilo europeo, aunque elude el dramático paro juvenil en los países del sur–, entonces los costes de la cooperación son tan altos como han sido siempre. Por lo tanto, el bando opuesto recomienda la alternativa de una cooperación profunda y vinculante con un círculo más pequeño de Estados que estén dispuestos a converger. Esa Euro-Unión no necesita buscar problemas solo para demostrar su propia capacidad de actuación. Y, en el en el camino hacia eso, los ciudadanos se darán cuenta de que ese corazón de Europa se ocupará de los problemas sociales y económicos que están detrás de las inseguridades, del miedo al declive social y del sentimiento de pérdida de control. El Estado del bienestar y la democracia forman un nexo intrínseco que en la unión monetaria ya no puede ser asegurado por los Estados nación individuales.

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©⁠”Die Spieler treten ab”, DIE ZEIT No. 29/2016, Jürgen Habermas interviewed by Thomas Assheuer. Versión en inglés: The players resign. Traducción al español de de Adriana M. Andrade y José Luis Marín.

Duras lecciones británicas. De Federico Hernández Aguilar

IXVT_federicoFederico Hernández Aguilar, 13 julio 2016 / EDH

Europa está dejando de ser lo que era. Y bien rápido. Gran Bretaña se acaba de pegar un tiro en la ingle y los discursos nacionalistas que fragmentan al viejo continente parecen estar recibiendo el espaldarazo de ciudadanos fastidiados con el status quo. La sensatez, otrora patrimonio de la comunidad europea, en estos días es virtud ejercitada por minorías. El separatismo y el “ombliguismo” campean por doquier; la fraternidad se bate en retirada. Bajo el alud sentimental del neopopulismo cismático, ningún llamado a la unidad prende en las conciencias como antes.

diario hoyPero, ¿por qué los europeos se muestran ahora tan atraídos por las vetustas narrativas xenófobas? ¿En qué momento se olvidaron los británicos de aquella cordura histórica que les llevó a conformar, a la mitad del siglo XX, una sociedad de naciones destinada a enterrar para siempre las desconfianzas y las paranoias? El fenómeno es multicausal y genera muy diversas tesis, pero sin duda pueden identificarse algunos factores que acabaron siendo determinantes para el triunfo del llamado “Brexit”.

En primer lugar, el generalizado rechazo (por hoy electoralmente expresado solo en Reino Unido) a las formas tradicionales de la política institucional, encarnada en la insufrible burocracia instalada en Bruselas. Así como Donald Trump en Estados Unidos, el empresario que se puso a la cabeza del movimiento autonómico británico, Nigel Farage, resumió sus ideas en un grito: “¡Quiero recuperar mi país!”. Y dentro esa retórica patriotera, recuperación equivalía a la derrota del “establishment” político, del que Farage alegaba no sentirse parte.

A este discurso independentista de raigambre decimonónica debemos agregar sus numerosas falacias. El liderazgo populista del “Brexit” llegó a afirmar, por ejemplo, que el divorcio de la Unión Europea le iba a suponer al Servicio Nacional de Salud británico una inyección de 350 millones de libras esterlinas semanales, producto del ahorro que supondría dejar de atender a tantos extranjeros. Tamaño embuste se desvirtuaba solo, pero muchos votantes se lo tragaron enterito. Por supuesto, al obtener la victoria en el referendo, Nigel Farage fue de los primeros en reconocer que con aquella promesa se había “cometido un error” (sic).

El engaño a tantos ciudadanos también se vio facilitado por el agudo sentimiento de exclusión que por años ha permeado en las zonas rurales del Reino Unido. Fue allí donde la oralidad del “Brexit” obtuvo sus mayores triunfos, en contraste con el asombro que causaba la prédica de Farage o del otro visible impulsor del autogobierno, Boris Johnson, entre los jóvenes y los profesionales londinenses. Sin embargo, analizando estadísticas, quizá ni la totalidad del voto juvenil urbano habría podido impedir que Gran Bretaña saliera de la Unión Europea, y eso se debe a la implosión demográfica que sufren muchos países del viejo continente.

Las cifras del recambio generacional inglés se encuentran en rojo desde hace décadas, y los números del pasado 23 de junio reflejan este drama. Así, aunque más del 70% de los votantes entre 18 y 24 años decidieron permanecer en la UE, más del 80% de los británicos entre 55 y 64 años apoyaron el “Brexit”, uniéndose al 85% de los ciudadanos mayores de 65. Los jóvenes en edad para votar y menores de 25 conforman un raquítico 10% de la población del Reino Unido, mientras que el 18% arribó ya a los 65 años. Varias décadas de ataques a la familia han tenido por fin su costo: los “millennials” son hoy una minoría, y su incidencia electoral es tan episódica como su deseo de casarse y tener hijos.

La falta de liderazgo del conservadurismo pro-europeo tampoco ayudó a corregir el camino hacia el referéndum, un proceso que solo sirvió para que los aislacionistas redujeran la compleja realidad continental a uno o dos simplismos retóricos. Como alguna vez dijera Winston Churchill, “el problema de cometer un suicidio político es que uno llega a vivir para lamentarlo”. Y serán las nuevas generaciones británicas las que tendrán más tiempo para afinar ese lamento.

‘England your England’. De Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 10 julio 2016 / EL PAIS

Viví muchos años en Londres y allí aprendí a admirar las virtudes inglesas: el pragmatismo que vacuna a sus ciudadanos contra los fanatismos ideológicos, su individualismo, sostén de sus excéntricos, su espíritu tolerante y democrático, su respeto por las instituciones, las leyes y las tradiciones. En los días anteriores al referéndum estuve allí y todas aquellas virtudes brillaron por su ausencia; tanto, que me pareció estar en otro país. Un país enconado, presa de la demagogia nacionalista más ridícula y xenófoba, vertida a raudales por los defensores del Brexit. Estos presentaban la salida de Reino Unido de la Unión Europea como “la recuperación de la independencia de la nación”, una panacea de la que Gran Bretaña obtendría la prosperidad y el absoluto control de una inmigración que Nigel Farage, el líder del Partido por la Independencia del Reino Unido, mostraba en un cartel racista como una invasión enloquecida de subdesarrollados negros, mulatos, africanos y asiáticos, a la vez que el exalcalde de Londres, Boris Johnson, expresaba su temor de que Turquía, cuya incorporación a Europa presagiaba inminente, tuviera el derecho de inundar a Reino Unido con 78 millones de turcos.

La demagogia, el nacionalismo más chauvinista y estúpido, los prejuicios racistas, parecían haber transformado de la noche a la mañana a Gran Bretaña en un paisito tercermundista. Y esta impresión alcanzó para mí su apogeo cuando Boris Johnson, el despeinado y gárrulo líder conservador, batía el récord de todas las mentiras protestando porque, según él, los euroburócratas de Bruselas —los enemigos a abatir para devolver la libertad al Reino— se gastaban los impuestos de los esquilmados ciudadanos británicos ¡subsidiando las crueles corridas de toros en España!

Mientras los defensores del Brexit con buen apoyo de los medios de comunicación inundaban el país con exageraciones, falsedades, calumnias y un patrioterismo de pancarta y baja estofa, los defensores de que Gran Bretaña continuara en Europa —pienso sobre todo en el Partido Laborista— mostraban una languidez y pesimismo tales, empezando por su letárgico líder, Jeremy Corbyn (ahora cuestionado por buena parte de sus camaradas que le exigen la renuncia por no haber defendido mejor la que era política oficial del laborismo), que, se diría, se resignaban de antemano a una derrota que, algunos de ellos por lo menos, secretamente deseaban. No es de extrañar, por eso, que en las ciudadelas obreras de Inglaterra, el voto a favor de la salida de Europa arrollara al de la permanencia.

1467912853_424668_1468077680_noticia_normal_recorte1El único que defendía esta opción con energía era el primer ministro, David Cameron, es decir, el mismo que, con una precipitación innecesaria y lamentable, convocó este referéndum, sin necesidad legal alguna, por un oportunismo político de circunstancias, algo que ha pagado con el fin de su carrera política y un error que difícilmente la historia futura de Inglaterra le excusará.

“Gran Bretaña se volvió un país enconado,
presa de la demagogia nacionalista
más ridícula y xenófoba…”

¿Y ahora qué? Europa va a sufrir una merma considerable con el alejamiento de Reino Unido, el país, vale la pena recordarlo ahora más que nunca, que con heroísmo sin igual salvó al viejo continente de Hitler y los nazis. Y no sólo porque Gran Bretaña es la segunda potencia industrial europea, sino porque ella era, dentro de Europa, la defensora más enérgica de las políticas de libre comercio y la integración de todos los mercados del mundo. El triunfo del Brexit sienta un pésimo precedente y es una ayuda invalorable a los partidos, movimientos y grupúsculos antieuropeos y generalmente fascistoides como el Front National de Marine Le Pen, en Francia, la Alternativa para Alemania, el frente que encabeza Geert Wilders en Holanda, y quienes en Polonia, Austria, Hungría y los países escandinavos quisieran, en nombre del nacionalismo, darle el puntillazo final a la más ambiciosa empresa democrática de Occidente en los tiempos modernos.

Pero, probablemente, como lo ha escrito Chris Patten en uno de los artículos más lúcidos que he leído sobre los resultados del referéndum británico, el daño mayor recaiga en el propio Reino Unido. Que Gran Bretaña desaparezca, con la secesión de Escocia y de la propia Irlanda del Norte —que, a consecuencia del Brexit, perderá sus fronteras abiertas con la República de Irlanda— es una perspectiva perfectamente posible, sobre todo tratándose de Escocia, donde más del 62% de los votantes defendieron la opción europea.

Pero, más grave todavía que su posible desmembramiento, lo que amenaza ahora a Inglaterra es una lenta decadencia, víctima de un nacionalismo político y económico trasnochado, que va en contra de la tendencia dominante en el resto del mundo, y, sobre todo, en Occidente, una tendencia que precisamente Reino Unido impulsó en los años de los Gobiernos de Margaret Thatcher, John Major y Tony Blair y de la que ahora ha renegado de manera poco menos que suicida.

“La decepción de los triunfadores será muy próxima y muy grande
en lo relativo a la inmigración…”

Un análisis somero de los resultados del referéndum muestra una división generacional e intelectual inequívocas: los ingleses más jóvenes y mejor educados, más conscientes del riesgo para su futuro que implicaba el aislamiento, votaron por Europa; los más viejos y menos preparados, por la salida. La nostalgia por un mundo que se fue, que no va a volver, prevaleció sobre el realismo; y preferir la irrealidad y los sueños al mundo verdadero sólo trae beneficios en el campo del arte y la literatura; en el de la vida política y social, por lo común genera catástrofes.

La decepción de los triunfadores del referéndum será muy próxima y muy grande en lo que concierne a la inmigración, cuando adviertan que su victoria no va a impedir, ni a disminuir un ápice, la llegada de los temidos forasteros, porque lo que Orwell llamó irónicamente en uno de sus mejores ensayos England your England simplemente ya no existe, salvo en la fantasía pasadista de algunos soñadores. (En medio de la campaña se descubrió, por ejemplo, que el albiónico Boris Johnson, adalid del nacionalismo británico, tenía ancestros turcos). Y que no es la Unión Europea la que trae esas oleadas de inmigrantes a sus playas, sino la necesidad que tiene Gran Bretaña de ellas para proveer los trabajos que los ingleses ya no harían ni a la fuerza, y las leyes sociales que, con más generosidad que realismo, se dieron en épocas de bonanza para favorecer esa inmigración que parecía entonces tan necesaria. (Sigue siéndolo, más que nunca, aunque las legañas nacionalistas impidan ahora verlo, si los países desarrollados aspiran a mantener sus altos niveles de existencia).

En El león y el unicornio Orwell habla con mucho cariño de Inglaterra, y destaca, con justicia, las virtudes de sus gentes del común, su amor a la libertad, su sobriedad, el respeto del otro, su creencia de que las leyes están hechas para favorecer el bien y lo bueno y que por lo tanto deben ser cumplidas. Y resume así sus ideas (cito de memoria): “Es un buen país, con las gentes erradas en el control”. He recordado mucho ese hermoso ensayo en estos días deprimentes. Porque si el “control” de Inglaterra va a quedar ahora en manos de los hombres del Brexit como pide el pequeño führer Nigel Farage, a la tierra de Shakespeare sí que la van a transformar de manera que muy pronto ni siquiera la reconocerá la buena madre que la parió.

The Guardian view on Brexit and our partners: a letter to Europe. Editorial

 Protesters in Parliament Square during a demonstration against Britain’s decision to leave the EU on Saturday. ‘Please, bid goodbye in sorrow, not anger; and for all our sakes, do not bolt the door.’ Photograph: Neil Hall/Reuters

Protesters in Parliament Square during a demonstration against Britain’s decision to leave the EU on Saturday. ‘Please, bid goodbye in sorrow, not anger; and for all our sakes, do not bolt the door.’ Photograph: Neil Hall/Reuters

guardianEDITORIAL, 3 julio 2016 / THE GUARDIAN

The shockwave from the Brexit vote now reverberates through Europe. The dismay felt by so many in the UK is shared on the continent. Some of you reached out to us before the referendum, asking us to stay and stressing our common interests. Now it is our turn to appeal to you. Rebuffed by the result, and alienated by the crude triumphalism of Nigel Farage and other leavers, you may consider any request an impertinence. Your citizens have been among those targeted by the xenophobia unleashed. Continental Europeans may feel we do not deserve an audience.

Almost half of those who voted sought to continue our membership. The Guardian was one of the most determined voices on this side of the divide. But we, like the rest of the 48%, must now respect the verdict that we dreaded. You assumed that British pragmatism would triumph. We share your shock and anxiety. Tempted as you are, don’t write us off entirely. Many Britons seek the closest possible partnership with the European Union, and it is more urgent than ever to continue cooperation through every viable means.

Some of you are angry. Britain was already seen as an unwilling partner, dragging our feet and demanding endless concessions. Many more now see us as a wrecker, too: gambling with a fragile European economy; imperilling an institution created to safeguard peace. Others feel pity or contempt for a nation that backed Brexit on a series of fantasies and lies, already retracted, or schadenfreude as the cost of the folly becomes evident. You may wish to punish us, or simply tell us: good riddance. Britain should not expect special treatment. Nonetheless, at this precarious moment, we ask you to pause – in all our interests.

Above all, we need time. Britain voted against membership; we did not vote for an alternative. The public has not fully confronted the choice it faces between turning its back on the single market, or accepting continued EU migration in whatever form. For sure, make it clear to Brexiters that they cannot have the rights that come with the EU without the obligations. Spelling out Britain’s choices may help us to be more realistic. The country has decided against continuing down the same path, but our new route and eventual destination are unclear. There is a great deal to think through, and further decisions to make. They could involve parliament, perhaps even a general election. You hope for certainty and stability, but pressing too hard for the invocation of article 50 could force us to rush into choices that you may also regret. While Britain chooses a captain for turbulent waters, you will be preoccupied with your own decisions, cast into starker relief by the referendum vote. The UK no longer has the right to express any preference as you determine “how much” and what kind of Europe you want.

Seeking to punish us to prevent further exits is an understandable urge. The right policy will be that which prevents Britain’s exit becoming a ruinous catalyst. Across Europe, there is disengagement from mainstream politics, anger towards the elite and a hunt for foreign scapegoats, and in many places these have coalesced into anti-EU sentiment. We shared your alarm as Marine Le Pen’s Front National and other far right parties celebrated the British decision.

Large numbers of people feel ignored and ill-used, with little sense that they are benefiting from integration. In the UK, lies about straight bananas and exaggerations about the EU’s opacity fuelled feeling against the institution, compounding a sense that the political classes are out of touch with ordinary life and have often put profits before people.

The UK must establish new bonds at home without turning its gaze entirely inwards. Let us continue to work with you wherever we can. We don’t expect to take the lead or make the rules; we can still offer expertise, resources and intelligence in areas such as security. Cooperation between our citizens – cultural collaborations, academic exchanges – in the long run does most to bring Europe closer, and will be more crucial than ever. Remember that younger Britons who voted were overwhelmingly pro-European, and help us to nurture that spirit and the opportunities it may one day present.

Britain, once outside the EU, cannot and should not expect a swift return. It would be politically dangerous at home; it would require generosity on your part. But those facing Brexit with reluctance hope that one day we may rejoin the club. Please, bid goodbye in sorrow, not anger; and for all our sakes, do not bolt the door.

 

El brexit y el revocatorio de Maduro… De Luis Mario Rodríguez

Luis Mario RodríguezLuis Mario Rodríguez, 30 junio 2016 / EDH

La salida del Reino Unido de la Unión Europea (UE) utilizó como medio de consulta al referéndum. El sorpresivo triunfo de la alternativa que pedía el abandono de la UE ha demostrado que el populismo penetra toda categoría de sociedades. También nos revela que los referéndums pueden complicar el sistema político de un Estado o bien desenredar los totalitarismos que se han enquistado en los gobiernos. El referéndum revocatorio que exigen los venezolanos contra el régimen de Nicolás Maduro es un buen ejemplo de este último caso.

diario hoyEn contraste con la democracia representativa, que delega a los diputados la adopción de aspectos trascendentales para la vida de los ciudadanos, la democracia directa permite a éstos últimos su participación en la toma de resoluciones en las que los votantes deben optar entre el “si” o el “no”. Precisamente a los ingleses les preguntaron “si debería el Reino Unido permanecer como miembro de la Unión Europea o abandonar la Unión Europea”. El resultado final arrojó un 48.1% para la primera opción equivalente a 16 millones 141, 241 personas, mientras que la segunda obtuvo un 51.9%, de respaldo popular que significó el voto de 17 millones 410, 742 habitantes.

La crítica a la democracia representativa se fundamenta en la pérdida de confianza de la sociedad en sus representantes porque estos abandonan los intereses de la nación. Se señala que entre el elegido y el elector no existe coincidencia de propósitos ya que los legisladores no toman en cuenta las necesidades de la población. Sobre la democracia directa, también conocida como “democracia participativa”, los argumentos de sus detractores se resumen en el abuso que los políticos hacen de los instrumentos que la integran, el referéndum o los plebiscitos, como medios para aumentar la influencia de los poderes del presidente o su reelección indefinida.

Sobre el uso de uno u otro modelo de democracia, o en relación a la combinación de los mismos, existe un debate que se recrudeció cuando varios países suramericanos utilizaron las consultas populares para aprobar nuevas constituciones. Diversos estudios demuestran que si el referéndum se destina para desconcentrar el poder político y fortalecer derechos como el de expresión, contratación, libre tránsito y otros, aumenta el grado de libertad en ese país. Por el contrario, si esas herramientas son aplicadas para consolidar el poder del presidente de turno u otorgar más prerrogativas al Ejecutivo en detrimento del Legislativo, entonces disminuye el grado de libertad de los ciudadanos.

América Latina presenta varios sucesos en los que la democracia directa ha servido para ambos propósitos. En la década de los ochenta, la dictadura de Pinochet sometió la continuidad de su gobierno a un plebiscito en el que terminó imponiéndose el “no”. La victoria de la oposición permitió el inicio de la transición democrática en Chile y para 1990 se eligió democráticamente al democristiano Patricio Aylwin. En el caso venezolano sucedió todo lo contrario. En 2004, ante la convocatoria de un referéndum revocatorio, los venezolanos acudieron a las urnas para decidir la permanencia de Hugo Chávez en la presidencia. Finalmente la determinación de los venezolanos fue la de no revocar su mandato de forma anticipada y Chávez se quedó hasta que la muerte lo separó del poder.

En la última década y media, los casos de Bolivia, Ecuador y Venezuela han “demonizado” el uso de instrumentos participativos porque sus presidentes los han empleado para acabar con los partidos tradicionales sirviéndose de la “antipolítica” para alcanzar su objetivo. Con esta maniobra han logrado entronizarse en el poder por varios períodos.

Al final de la historia, la democracia directa no es más que un complemento de la democracia representativa. Se trata de un protagonismo más directo de los ciudadanos en la toma de decisiones. El “voto cruzado”, los concejos municipales plurales, los procesos de democracia interna en los partidos y la posibilidad de las candidaturas independientes, son “herramientas” participativas que fortalecen a la forma de gobierno establecida en nuestra Constitución. Lo relevante es determinar, desde un inicio, cuáles temas se pueden someter a consulta e identificar aquellos que por ningún motivo serán objeto de esta clase de soluciones.

The Guardian view on post-Brexit politics: the price of neglecting parliament

British democracy still starts with Westminster. Brexiter Tories will not get a grip until they accept that, and Jeremy Corbyn’s leadership will continue to crumble until he does the same.

guardianEditorial, 28 junio 2016 / THE GUARDIAN

The British constitution was traditionally summarised in a single sentence: “The crown in parliament is law”, which is to say that things passed by the Commons and the Lords and then signed by the monarch would come to pass. Like every one-liner, it was an over-simplification, blurring over the role of international treaties and the role of the courts among other things, but – at this time of tumult – it is useful to recall the most fundamental of our ground rules. Britain is a parliamentary democracy, and though we do not love our MPs, the law of the land, the taxes we pay and the hands that hold the levers of power are all inescapably questions for them.

The chaos cascading through both the UK’s main parties just now is because they have, in different ways, forgotten this basic truth. The referendum came about because David Cameron could see no other way to manage an irreconcilable minority of Europhobes among his ranks. But in taking such a weighty decision away from parliament, and then producing an answer that the overwhelming majority of MPs disagreed with, he has ended up destroying his premiership, his government and – for the moment, at least – the governability of the realm.

With the European foundation stone of the Cameron government’s foreign and economic policies shattered, the logic of the referendum is that a new administration must be established – built upon new Brexit policies. There is, however, currently no majority among the MPs – who would have to constitute that government, and then sustain it through confidence and supply – for these new policies. Thus there are rising expectations that the new Conservative leader now set to be installed on 2 September will engineer an early election to seek a fresh mandate, even though this would involve circumventing the law on fixed five-year terms, and going to the country a mere 16 months after it made a decisive choice for Mr Cameron. What a mess. Friends of Theresa May are, reportedly, whispering that as the continuity candidate, she might be able to avoid the early dash to the polls. In truth, even if this low-key remainer can prevail, there could be pressure because, thanks to party rule changes since the 1990s, she would be the first ever prime minister in British history to be chosen by party members out in the country, rather than MPs. And in a parliamentary system, that raises questions of legitimacy.

These are questions that Labour activists also need to think through, as they consider the future of Jeremy Corbyn, after the total collapse of his authority at Westminster, which has been wrought by the mass resignation of his shadow cabinet. If he wishes to carry on, he will surely now be required to fight a fresh leadership election. The Labour party rule book explicitly puts the choice of the leader in the hands of the members who elected Mr Corbyn in such numbers last year. It would thus be sharp practice, even if – which is doubtful – it were legally possible, for parliamentarians to block his name going forward to the ballot. The members, however, will need to reflect on the job they would then be choosing someone to do.

In the early years of Labour history, the leader was simply called the chairman of the parliamentary Labour party, and the MPs alone made the choice right up until 1981. Even in opposition, the chief day-to-day task is to lead the members on the green benches, as they challenge the government. If a general election is in prospect, attention inescapably turns to whether or not an aspiring PM could ever command a post-election Commons majority, because without it they could pass no law, raise no taxes nor survive in post.

Some, but not all, of those who have walked out of the shadow cabinet have personal or ideological axes to grind, and there has been a dismal collective failure to explain who and what they believe should be put into the place of Mr Corbyn and his programme. That failure is now the greatest reason many members will see to stay loyal if he stands his ground. Weighed against it, however, must be his own failure to dispatch the core duty of holding a shadow ministerial team together.

Brexiters can hail the popular will in the referendum, just as Tory and Labour activists alike can talk about their own “sovereignty” in picking a leader. None of this rhetoric, however, gets around the reality that parliament is indispensable in getting anything done. Neither policies nor politicians who forget it are likely to endure.

Why I will be leaving Brexit Britain. De Oliver Imhof

Britons have voted against their political establishment by rejecting the only thing protecting them from it.

 ‘David Beckham saying how much the EU has helped him to become a superstar was a nice touch, but how does that help the average worker who feels threatened by higher house prices, lowering wages and immigration?’ Photograph: Jacopo Raule/GC Images

‘David Beckham saying how much the EU has helped him to become a superstar was a nice touch, but how does that help the average worker who feels threatened by higher house prices, lowering wages and immigration?’ Photograph: Jacopo Raule/GC Images

Oliver Imhof, periodista alemán residente en Londres

Oliver Imhof, periodista alemán residente en Londres

A few months ago I boastfully announced on this very site that as a German working in London, I was going to leave the United Kingdom if it left the EU. To be honest, at no point did I think it could really happen.

The polls mostly were fairly promising, the vast majority of the political establishment supported Bremain and – most importantly – it just seemed too irrational to leave a union that you only got the best bits of, without having to face the more negative sides. Now the unthinkable has happened. Britons voted against their political establishment by saying no to the only thing that is protecting them from it.

In the piece I wrote back then I barely focused on what would make this country a place that I would be afraid to live in. Now that David Cameron has resigned and Boris Johnson could be his successor, the image in my head has become a bit clearer.

guardianNo matter who ultimately becomes prime minister, the Tories have a clear mandate to turn the country away from Europe. What I see in a few years from now is a country on the way towards a plutocracy, with only the leftovers of the benefit system and the NHS, unaffordable education, as well as widespread mass surveillance and trimmed-down civil rights. The upper crust will get richer and everyone else will get poorer. Do I want to live in a country like that? Not for a single minute.

Somehow Cameron failed to properly communicate that he was asking us to support an organisation that keeps him (and other leaders) from exploiting the working and middle class even further. Mass media printing Nigel Farage’s absurd statements didn’t really help either. And David Beckham saying how much the EU has helped him to become a superstar was a nice touch, but how does that help the average worker who feels threatened by higher house prices, lowering wages and immigration?

All of this just shows how much the establishment – as well as many of the leftwing elite – are out of touch with real life. It also reveals a huge intergenerational conflict. The ones who are most scared by these issues are old people – the ones who voted hugely to leave. They see the country they grew up in changing rapidly, a bit too rapidly maybe.

We – Generations Y and Z – are the first generation in Europe to almost exclusively change the world with hardly any form of violence. We reject basic ideas of capitalism without even noticing it, simply because technology is making them redundant. We have grown up in multiethnic societies and conciously reject our grandparents’ open and our parents’ ingrained racism. We fight sexism. We denounce exploitation and the devoting of our lives to someone else’s profit. Unsurprisingly, all of this terrifies some people. Politicians failed to address these issues, and unfortunately the EU took the blame for it.

There is really only one thing that could change the course I fear we are on. That is a strong Labour party, one that can win the next election with the help of the SNP (hopefully governing their own country as a proud member of the EU by then). But this seems unlikely at present.

Above all other ideological affiliations, I am a democrat. And as a democrat I have to accept a defeat. I have to accept being oppressed by a majority of an older generation that seems intent on depriving us of our future. This is why I am leaving this country. When? Definitely before the ink dries on the divorce contracts. Where does the journey go? I do not know yet, but hopefully somewhere where it is warm and our generation has a voice. We may have lost the battle for Britain but we have not lost the peaceful war for a world shaped by us. Goodbye Britain, please don’t let bigotry ruin you.