Artur Mas

España en las manos de los oportunistas. De Fernando Mires

Politólogo chileno radicado en Alemania

Politólogo chileno radicado en Alemania

Fernando Mires, 29 diciembre 2015 / PRODAVINCI

“El destino de España está en manos de la CUP” fue uno de los titulares de El País ese 27 de Diciembre. A primera vista, opinión exagerada. Pero el periodista que la insertó, tenía razón. Pensemos: ese día la CUP, en representación del ultraizquierdismo separatista de Cataluña, decidiría en tres votaciones si apoyaba la investidura de la presidencia de Artur Mas. Si el resultado era positivo, Artur Mas en representación de Junts Pel Sí (Convergencia, Ezquerra y otros) y la CUP iniciaría —como ya había anunciado de modo golpista el 27.10. 2015— los trámites para convertir de una vez por todas a Cataluña en una nación independiente.

Una alianza entre los conservadores (y neoliberales) de Junts pel Sí y los anticapitalistas de la CUT es un micro-equivalente de lo que sería una alianza a nivel nacional entre el PP de Rajoy y el Podemos de Pablo Iglesias: una absoluta imposibilidad. Pero esa imposibilidad es posible en Cataluña gracias a ese monumento al oportunismo llamado Artur Mas.

A Artur Mas no importan los programas, ni las ideologías, ni los valores ni los principios. Lo importante es sumar desde todos los lados en aras de su obsesión: pasar a la historia como el fundador de la república independiente de Cataluña. A fin de cumplir ese destino Mas ha hecho a la CUP concesión tras concesión hasta quedar —lo dice su propia gente— como un pollo desplumado.

Pero Artur Mas no llega a las alturas de su predecesor.

prodavinci

Al anciano Jordi Pujol, quien después de haber gobernado 23 años llegó a considerar la caja fiscal de Cataluña como patrimonio familiar, se le recordará también como el patriarca que supo lograr excelentes condiciones autonómicas para Cataluña en la España de la transición. Nunca, es cierto, abandonó Pujol la idea independista. Pero tampoco intentó imponerla a troche y moche violando la Constitución y mucho menos pactando con quienes siempre fueron sus enemigos viscerales: la ultraizquierda, esa misma que el día 27-D tenía a Cataluña y con ello el destino de toda España en sus manos.

Como era de esperarse entre gente que nunca ha valorado a la democracia, las elecciones de la CUP resultaron una grotesca farsa. Después de tres larguísimas vueltas, los más de tres mil electores obtuvieron un empate matemático, 1515 votos cada uno (!!). La tercera vuelta duró el doble de la segunda y los resultados fueron dados a conocer sólo después que los directivos determinaran a puertas cerradas el empate. Escrutinios que hicieron recordar a las elecciones en los antiguos países comunistas en donde los resultados eran dados a conocer después de que el comité central los discutía.

En cualquier caso “los anticapitalistas” no lograron ocultar que ellos, al igual que la derecha, se encuentran profundamente divididos. A un lado los que ponen el anticapitalismo por sobre el independentismo. Al otro los que ponen al independentismo por sobre el anticapitalismo. Estos últimos, delatando su talante oportunista, argumentaban que si no se realizaba ahora la independencia —en medio de la crisis política que vive España después del 20-D— no se haría nunca. Es decir, para ellos se trataba de aprovechar una circunstancia transitoria para decidir un “para siempre” histórico.

¿Es esa la gente que piensa gobernar a Cataluña si triunfa la escisión? Ha sido seguramente la pregunta de muchos separatistas que ven ahora con horror la locura desatada por el oportunismo de Mas y esos jacobinos sin historia, dispuestos a pescar a río revuelto cuando se trata de alcanzar un poder que en condiciones de mayor estabilidad nunca alcanzarían.

La crisis política española es, sin embargo, verdadera. Ella ha sido provocada en parte por el, después de Artur Mas, más oportunista político de España: Pablo Iglesias.

Pablo Iglesias, Artur Mas

Pablo Iglesias, Artur Mas

Quien lograra para su partido personal, Podemos, nada menos que 69 escaños, lo hizo no gracias a los votos de Podemos sino a los de los separatistas con los cuales pactó en Cataluña, Comunidad Valenciana y Galicia (y quien sabe donde más). Sin esos votos Podemos no habría pasado de los 40 escaños.

De este modo Pablo Iglesias ya no es solo el líder de los anti-capitalistas, es además el líder de los separatistas de todas las izquierdas y de todas las derechas que exigen un referendo. Ha pasado a ser así el Mesías de la balcanización de España, de esa España invertebrada a la que se refería José Ortega y Gasset, formada “por piedras tiradas a lo largo del camino”.

El gran viraje de Pablo Iglesias al convertir a su partido en una organización social-separatista fue llevado a cabo entre gallos y media noche. No hubo ningún congreso, ninguna discusión colectiva, ni siquiera una consulta general en su partido. Y nótese, no estamos hablando de una coma más o menos. Iglesias decidió por sí solo un asunto que tiene que ver nada menos que con la integridad geográfica de toda una nación. Y lo decidió solo para obtener —como si él fuera el Clint Eastwood de la política— un puñado de votos.

Tanto o más grande es el oportunismo de Iglesias si se tiene en cuenta que para cumplir su objetivo se pasó por el lado oscuro de su persona el legado de las tradiciones internacionalistas y no nacionalistas de esa izquierda a la cual jura pertenecer. No vaciló, además, en romper con el pacto tácito acordado por los demás partidos: el de no incluir en la agenda electoral el tema de los separatismos. A ese pacto tácito se atuvo incluso Ciudadanos, pese a que el tema de la nación está inscrito en el centro de su programa.

El proyecto de Pablo Iglesias puede todavía ser cumplido. El novato pero ambicioso Pedro Sánchez ya había sacado cuentas alegres para repartirse el poder con Iglesias. Contaba con el apoyo de las ingenuas bases de izquierda del PSOE. Tuvo que hacerse oír la voz firme de la andaluza Susana Díaz para frenar a Sánchez y salvarlo de que se convirtiera junto a Mas e Iglesias en el tercer gran oportunista de la nación. A Susana Díaz se unieron Emiliano García —Page de Castilla-la Mancha y Guillermo Fernández Vara de Extremadura. Pero la última palabra no ha sido dicha.

Algunos barones del PSOE han logrado imponer a Sánchez condicionar un pacto con Podemos a la renuncia al referendo. Pero en ese punto hay que ser cuidadosos. Iglesias no es un hombre de principios. Si se trata de acceder al poder puede utilizar sutilezas como “posponer”, “des-priorizar” en lugar de “renunciar” al referendo.

Pero no sólo el tema separatista diferencia a Podemos del PSOE. Hay otros que son existenciales para la política española y europea. Pongamos solo algunos ejemplos: Podemos es un partido anti- UE. Podemos es pro-Putin y anti-Merkel. Por si fuera poco Podemos maneja discursos dobles: mientras Iglesias critica a Maduro, sus seguidores en el Parlamento Europeo votan en contra de la liberación de presos políticos en Venezuela. Mientras dice aceptar al euro, en el Parlamento Europeo se pronuncian junto al Frente Nacional de Francia en contra del euro.

Todo indica pues que si el PSOE, aún obviado el tema de los referendos, pacta con un partido hipotecado, hipotecará de paso su propio futuro. Eso no lo merece el partido de Felipe González, gran actor en la reconstrucción de la democracia post-franquista.

PSOE tiene otras alternativas: la más sensata sería aceptar un pacto de gobierno junto al PP y Ciudadanos (propuesta original de Ciudadanos). Puede también abstenerse en el acto de investidura y aceptar un gobierno del PP tolerado y vigilado por los demás partidos. Puede ir, por último, con todos los riesgos que eso implica, a una segunda elección.

La peor de todas las alternativas es una alianza del PSOE con Podemos en nombre de una izquierda mítica que ya no existe en ninguna parte. Si eso ocurre, España caerá definitivamente en las manos de esos oportunistas para quienes el poder no es nada más que un fin en sí. Ha llegado quizás la hora en la cual los españoles deberán salvar a España de sí misma.

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A los españoles. De Artur Mas / Raül Romeva / Carme Forcadell / Muriel Casals / Oriol Junqueras / Lluís Llach / Germá Bel / Josep Maria Forné

El 30 de agosto publicamos en Segunda Vuelta una columna de Felipe González, expresidente del gobierno español, titulada: “A los catalanes” – un llamado a mantener la unidad de España. Hoy le contesta un grupo de dirigentes catalanes, encabezado por Artur Mas, presidente de la Generalidad, el gobierno de Cataluña: “A los españoles”. El 27 de septiembre los catalanes deciden sobre el futuro de su relación con España, en una elecciones convertidas en plebiscito.

Segunda Vuelta

Gráfica: RAQUEL MARÍN

Gráfica: RAQUEL MARÍN

Catalunya ha amado España y la sigue amando. Pero que nadie se lleve a engaño. No hay vuelta atrás, ni Tribunal Constitucional que coarte la democracia, ni Gobiernos que soslayen la voluntad de los catalanes.

Artur Mas, president de la Generalitat de Catalunya

Artur Mas, president de la Generalitat de Catalunya

Artur Mas / Raül Romeva / Carme Forcadell / Muriel Casals / Oriol Junqueras / Lluís Llach / Germá Bel / Josep Maria Forné, 6 septiembre 2015 / EL PAIS

Para dar lecciones de democracia a los catalanes hay que tener mucha audacia. Pero para despacharse evocando lo peor que ha sacudido Europa, equiparando soberanismo a nazismo, para arremeter así contra la expresión más ilusionante, firme, masiva, cívica y democrática que se está viendo en esta misma Europa hay que ser muy poco responsable; tamaña provocación indica hasta qué punto hemos llegado. Eso es lo más triste del libelo incendiario que firma todo un expresidente del Gobierno español como Felipe González.

Valdría para la ocasión aquello de “a palabras necias, oídos sordos”, qué duda cabe si no fuera que no se trata de un mandatario de un partido de rancio abolengo democrático. Ocurre, sin embargo, que quién suscribe el texto es un ilustre que en su día fue presidente del partido que representa la alternancia en España al Partido Popular. Ahí radica lo más preocupante de la situación: los principales partidos españoles comparten discurso y estrategia para con Catalunya. La misma receta, la de siempre, sin tapujos.

Catalunya ha amado España y la sigue amando. Catalunya ha amado la solidaridad y la fraternidad con España y con Europa. Y en el caso de España lo ha hecho a pesar de la ausencia de reciprocidad, procurando, siempre, fomentar una economía racional y productiva, unas infraestructuras al servicio de las necesidades económicas, al servicio de la gente, de la prosperidad, impulsando tenazmente una mejora de las condiciones de vida fomentada en una sociedad más libre y más justa.

El 27 de setiembre va de decidir
si queremos forjar una Catalunya que rija su destino

Catalunya ha amado la libertad por encima de todo, con pasión; tanto la ha amado que en varias fases de nuestra historia hemos pagado un precio muy alto en su defensa. Catalunya ha resistido tenazmente dictaduras de todo tipo, dictaduras que no sólo han intentado sepultar la cultura, la lengua o el conjunto de las instituciones del país. Catalunya se ha alzado siempre contra las injusticias de todo tipo, contra la sinrazón. Catalunya ha amado a pesar de no ser amada, ha ayudado a pesar de no ser ayudada, ha dado mucho y ha recibido poco o nada, si acaso las migajas cuando no el menosprecio de gobernantes y gobiernos. Y pese a ese cúmulo de circunstancias, el catalanismo -como expresión mayoritaria contemporánea- ha respondido, una y otra vez, extendiendo la mano y encauzando todo tipo de despropósitos por parte de gobiernos y gobernantes. Catalunya ha persistido en ofrecer colaboración y diálogo frente a la imposición y ha eludido, pese al hartazgo, responder a los agravios acentuando el desencuentro.

Catalunya hace siglos que busca un encaje con el resto de España. Casi se puede decir que ésta búsqueda forma parte de nuestra naturaleza política. Pero cuando un tribunal puso una sentencia por delante de las urnas. Cuando durante cuatro años se ofendió la dignidad de nuestras instituciones. Cuando se cerraron todas las puertas, una tras otra, con la misma y tozuda negativa, la mayoría de catalanes creyó que hacía falta encontrar una solución.

No hay mal que cien años dure ni enfermo que lo resista. Así no se podía seguir, por el bien de todos. Por eso ha eclosionado en Catalunya un anhelo de esperanza, que ha recorrido el país de norte a sur, de este a oeste, una brisa de aire fresco que ha planteado el reto democrático de construir un nuevo país, de todos y para todos, si es que ese es el deseo mayoritario que expresa libremente la ciudadanía catalana. De hecho, ese es el test democrático que comparte con naturalidad la inmensa mayoría de la sociedad catalana, dilucidar el futuro de Catalunya votando, en las urnas, y asumiendo el mandato ciudadano sea cuál sea este. Y si así lo manifiestan los ciudadanos, crear un nuevo estado que establezca unas relaciones de igualdad para con nuestros vecinos, especialmente con España.

Afortunadamente Catalunya es una sociedad fuerte, plural y cohesionada. Y lo va a seguir siendo pese a los malos augurios expresados con saña en otras latitudes. Cataluña es, a su vez, un modelo ejemplar de convivencia, tanto como ha demostrado ser, sin lugar a dudas a lo largo de su historia, una sociedad integradora, dinámica, creativa, que ha contribuido como nadie al progreso de España.

El problema no es España,
es el Estado español que nos trata como súbditos

Catalunya es y va a seguir siendo una sociedad democrática, que respeta la voluntad de sus ciudadanos. La tradición democrática viene de lejos, incluso en épocas pretéritas fue también así, como narraba emocionado, con lágrimas en los ojos, un anciano Pau Casals ante Naciones Unidas, recordando el arraigo de nuestra tradición parlamentaria. O subrayando, en un emotivo y célebre discurso, las asambleas de Pau i Treva, que establecían períodos de paz frente a la violencia que sacudía la sociedad feudal.

Insistimos, la base del acuerdo es una relación entre iguales, el respeto mutuo. Y ahí nos van a encontrar siempre, con la mano tendida, ajenos a todo reproche, dispuestos a colaborar y a estrechar todo tipo de lazos. Pero que nadie se lleve a engaño. No hay vuelta atrás, ni Tribunal Constitucional que coarte la democracia, ni Gobiernos que soslayen la voluntad de los catalanes. Ellos van a decidir sin ningún género de dudas. Y tan democrático es volver a las andadas como recorrer un nuevo camino. Ante eso sólo cabe emplazar a todos los demócratas a ser consecuentes y asumir el mandato popular. De eso va el 27 de setiembre, de decidir si queremos forjar una Catalunya que se asemeje a Holanda o Suecia, que rija su destino con plena capacidad, o seguir por los mismos derroteros.

Se trata de decidir nuestra relación con el conjunto de España. Porque con España no solo nos une la historia y la vecindad sino también y especialmente el afecto y vínculos familiares e íntimos. En este nuevo país que queremos se podrá vivir como español sin ningún problema, mientras que ahora es casi imposible ser catalán en el Estado español. El problema no es España, es el estado español que nos trata como súbditos. Somos pueblos hermanos pero es imposible vivir juntos sufriendo insultos, maltratos y amenazas cuando pedimos democracia y que se respete nuestra dignidad.