Alepo

Todos los caminos conducen a Alepo. De Jon Lee Anderson

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jonlee640Jon Lee Anderson, 6 enero 2017 / PRODAVINCI;
3 ENERO 2017 / THE NEW YORKER

Con la evacuación de los últimos rebeldes y sus familias el mes pasado, la ciudad siria de Alepo está una vez más en manos del gobierno de Assad. Alepo tenía una población de más de dos millones de personas antes de la guerra; no sólo era la ciudad más grande de Siria y su principal centro industrial, sino que ostentaba un lugar icónico por ser una de las ciudades prodavincihabitadas más antiguas del mundo, con una historia que data de alrededor de ocho mil años atrás. Antes de la guerra, la riqueza de Alepo en edificaciones antiguas y su mezcla cosmopolita de sectas y pueblos —árabes sunitas, chiitas, kurdos, turcos, alauitas, circasianos, chechenos, griegos, asirios y cristianos armenios, e incluso unos pocos judíos— lo hacían un lugar sin igual en el Medio Oriente moderno. Queda por ver qué, de todo eso, sobrevivió.

El conflicto y la destrucción continuarán en otros lugares de Siria. La ofensiva militar combinada del gobierno sirio, Rusia e Irán, que aplastó a la resistencia en Alepo después de meses de bombardeo sostenido, indudablemente se desplazará pronto screen-shot-2017-01-06-at-4-30-18-pmhacia el suroeste, a la provincia de Idlib, en la frontera con Turquía, donde la mayoría de las personas evacuadas de Alepo se han congregado. El “califato” de ISIS en Raqqa todavía debe ser reconquistado, junto con numerosos pueblos y ciudades sirias más pequeñas. Pero la caída de Alepo es un hito importante, y probablemente marca el comienzo del fin para la miríada de facciones rebeldes sirias, cinco años y medio después de que su insurrección empezara.

Cuando una coalición desordenada de rebeldes invadió los suburbios orientales de Alepo en julio de 2012, me uní a una de las facciones en una escuela que los rebeldes habían convertido en una base de avanzada. Fue una experiencia inquietante. En lugar de una atmósfera triunfal, encontré el aire colmado de miedo y sospecha. En uno de los salones, un par de docenas de hombres intimidados estaban prisioneros; cuando pregunté por ellos, un soldado taciturno me ahuyentó. Poco después, una conmoción estalló cuando varios soldados rebeldes rodearon a uno de sus camaradas y lo acusaron de ser un espía. Mientras lo agarraban, gritó furiosamente e intentó escapar sin éxito. Fue vencido y empujado hacia un corredor por los hombres; no supe cuál fue su destino.

En un intento de acercarnos a la antigua ciudadela de Alepo, que todavía estaba bajo control de las fuerzas del gobierno, un compañero y yo trepamos a un auto con un grupo de hombres armados y nos adentramos en la ciudad. A juzgar por las duras miradas que recibimos de parte de los civiles que estaban en las calles, era evidente que no todos los residentes de Alepo estaban satisfechos por su “liberación” a manos de los rebeldes, y mientras nos acercábamos al centro de la ciudad, escuchamos disparos. Sintiendo que estábamos en una peligrosa tierra de nadie, dimos vuelta atrás.

Unos días después de que nos fuimos de Alepo, supimos que los mismos rebeldes que habían sido nuestros anfitriones, ejecutaron a un grupo de cuatro hombres acusados de traición. Los rebeldes hicieron un video con celular de la ejecución, en el cual varios soldados les dispararon, durante unos cuarenta y cinco segundos, cientos de balas a los cuatro hombres, que habían sido alineados contra un muro del jardín de la escuela. La pared estaba pintada de grandes imágenes de personajes de caricaturas, incluyendo a Mickey Mouse y a Bob Esponja.

Otro día, en un pueblo controlado por los rebeldes a un par de horas al norte de Alepo, asistí al funeral de un joven que había sido detenido y asesinado por agentes de seguridad del régimen; su cuerpo, que había sido recuperado por su familia, tenía varias heridas punzantes, pero también había huecos grandes, en los que faltaban pedazos de carne. Uno de sus familiares se preguntaba si le habían hecho eso con alicates, como parte de su tortura, mientras todavía estaba vivo.

Cuatro años y medio después, los resultados del cruel conflicto de Alepo han sido devastadores. Extensas partes de lo que alguna vez fue una gran ciudad están en ruinas, con un daño incalculable a sus monumentos históricos y arqueológicos. Secciones de la ciudadela, el minarete de la famosa Mezquita Omeya, y grandes porciones de su zoco medieval han sido destruidas o gravemente dañadas. Parte del patrimonio físico de la ciudad puede ser restaurado, pero la notable mezcla de culturas que una vez hicieron de Alepo un lugar tan excepcional, pareciera haberse perdido para siempre.

El conflicto ha tenido una cantidad insoportablemente alta de pérdidas humanas. Medio millón de personas han muerto en Siria desde que los disturbios empezaron en 2011, incluyendo a miles sin cuantificar, sólo en Alepo. La expectativa de vida de los sirios ha caído en un promedio de veinte años, y la mortalidad infantil ha aumentado en un diez por ciento; la pobreza y desnutrición abundan en el país. Un estimado de doce millones de personas, o casi la mitad de la población de veintitrés millones de personas que tenía Siria antes de la guerra, han sido desplazados, incluyendo casi cinco millones que han huido del país para agruparse en campos de refugiados en Turquía, Jordania, el Líbano, Irak y Egipto, donde dependen de asistencia humanitaria internacional para sobrevivir. Otro millón de sirios han entrado ilegalmente a Europa, donde muchos viven vidas inciertas en centros de detención mientras esperan por la decisión sobre sus peticiones de asilo.

Pocos conflictos en la era moderna han sido tan sombriamente apocalípticos o tan globalmente desestabilizadores como el de Siria, y sus consecuencias se sentirán ampliamente en las próximas décadas. Aquellos que han sobrevivido a sus horrores de primera mano tendrán que soportar el trauma de las pérdidas personales, que incluyen la muerte de seres queridos y heridas físicas; el dolor y la humillación de la tortura, incluyendo la esclavitud sexual y violaciones en grupo; la perdida de hogares y propiedades; los efectos de shock y miedo causados por bombardeos aéreos incesantes; hambre; encarcelamiento; huída y exilio, y tantas otras cosas.

Más allá de Siria, muchos millones de personas cargan consigo memorias indelebles de las múltiples brutalidades del conflicto, gracias a la avalancha insensibilizante de videos que han sido subidos a Facebook, Twitter y Youtube. Éstos incluyen ejecuciones masivas de prisioneros con balas y espadas, fuego y ahogamiento; los momentos finales de desafortunados y aterrados individuos que son lanzados de edificios y apedreados hasta la muerte; niños pequeños convertidos en verdugos sin piedad; y miles de otros horrores lascivos. Muchos de nosotros vivimos con el devastador recuerdo del rostro del periodista Jim Foley, o de Steven Sotloff, momentos antes de que un torturador encapuchado les cortara la cabeza, y nunca seremos los mismos por ello.

Qué difícil es ahora volver a conjurar el generalizado optimismo público de la primavera de 2011, cuando Siria estaba envuelta en el apasionado levantamiento que fue proclamado una “Primavera Árabe”, un pico de fervor democrático que barría el Medio Oriente, una fuerza que parecía indetenible y abrumadoramente positiva. Mucho ha cambiado desde entonces. La emocionante “revolución” de la Plaza Tahrir de Egipto se degeneró en violaciones grupales y en la sustitución del presidente Hosni Mubarak por una nueva dictadura militar de culto; la revuelta de Libia llevó al espantoso asesinato de Muammar Qaddafi en Youtube, y dejó tras de sí un país en ruinas; ISIS extendió su alcance a partir de la guerra civil de Siria, para reactivar el conflicto sectario de Irak e iniciar una campaña mundial de terror que continúa actualmente.

Los líderes occidentales que una vez apoyaron y promovieron la Primavera Árabe como un vehículo para el cambio democrático en el Medio Oriente —Nicolás Sarkozy y David Cameron vienen a la mente— están fuera del escenario político o, como Barack Obama, están despidiéndose por última vez. Las reputaciones de estos tres hombres fueron mancilladas de distintas maneras por las decisiones que tomaron en relación al medio Oriente mientras estuvieron en el poder. Obama dio un paso atrás cuando estuvo al borde de una intervención militar luego de que el régimen sirio usara armas químicas contra civiles en 2013 y ahora será sucedido por Donald Trump en la Casa Blanca.

El otro gran tropezón de los gobiernos occidentales fue Libia, que desde el derrocamiento asistido por la OTAN de la dictadura de Qaddafi en 2011, ha estado sumergida en caos. Libia ahora existe en un estado de combate perpetuo entre distintos caudillos de guerra y sus milicias, se ha convertido en un trampolín de ISIS, y ha desestabilizado a gran parte de África del Norte. Adicionalmente, debido a las mafias traficantes que operan ahí con pocos impedimentos, los inmigrantes ahora convergen en Libia para hacer peligrosos cruces en bote hacia Italia. Miles de ellos han muerto.

Gracias, en gran medida, a dichos errores occidentales, el líder ruso Vladimir Putin ha pasado de ser un jugador de poca importancia en las periferias del Medio Oriente a ser el jugador de mayor poder. Cuando aviones de guerra rusos bombardearon hace unas semanas el último hospital funcional de la ciudad entonces controlada por los rebeldes sirios, Alepo, se hizo evidente que el fin se acercaba.

El líder turco Recep Tayyip Erdoğan se ha aprovechado consistentemente del caos de la región para aumentar su propio poder. Mientras tanto, Bashar Al-Assad no sólo se ha mantenido en el poder, sino que no tiene remordimientos. En una declaración que dio para celebrar la toma de Alepo la semana pasada, Assad dijo, “creo que luego de liberar Alepo diremos que no sólo la situación Siria, sino también la situación regional e internacional es diferente.”

En parte debido al conflicto sirio y sus continuas consecuencias, el futuro de la Unión Europea es incierto. Con la llegada masiva de refugiados, ha habido un surgimiento de sentimientos en contra de los inmigrantes en Europa, que se asemeja al movimiento de derecha alternativa americana en su intolerancia y odio sectario, especialmente hacia los musulmanes. Los asesinatos de civiles —en Europa y el resto del mundo (Túnez, Bangladesh, Egipto, Turquía)— por terroristas islámicos se han convertido en un suceso aterradoramente frecuente. A lo largo y ancho de occidente, un sentimiento de xenofobia desagradable se esparce. Hasta ahora, nos ha dado a Brexit y a Trump. En las elecciones francesas que se avecinan, ¿será Marine Le Pen la ganadora? ¿Será el siguiente escándalo terrorista en Alemania el fin de Ángela Merkel y lo que propiciará un ambiente de intolerancia social?

Mientras empieza el nuevo año, muchas preguntas fatídicas cuelgan de un hilo, que de una forma u otra, nos conduce de vuelta a Alepo.

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Texto original en inglés, publicado en The New Yorker.
Traducción de Mario Trivella Galindo.

“Entren Santos Peregrinos”. De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 25 diciembre 2016 / EDH

Todos los años durante mi infancia, una de las tradiciones navideñas que con más emoción esperaba siempre era la de las posadas. Nos juntábamos con varias familias de todos los tamaños en alguna casa, cada familia contribuía a la merienda común y nos repartíamos fotocopias con la letra de la canción de las posadas. Luego, con la mitad de la gente dentro y la otra mitad fuera llevando en andas alguna imagen de la Sagrada Familia, íbamos cantando los versos por turnos, contando a través de la canción la historia de cómo a San José y a la Virgen se les negó posada en todos lados. Claramente, en las posadas navideñas el cuento termina bien, con aquello de “Entren santos peregrinos, reciban este rincón, que aunque es pobre la morada se las doy de corazón”.

diario hoyLuego de los cantos y la merienda, todos nos íbamos con el corazón contento, con la satisfacción de tener la certeza que de haber estado nosotros en Belén aquella noche, sin duda habríamos alojado a los padres del niño Dios. Que nosotros habríamos sido diferentes a los tantos posaderos de la historia cerrando puertas en las caras de esa pobre familia joven y foránea, con el miedo quizás que da ser padres primerizos. Sin embargo, la realidad actual refleja que quizás no somos tan acogedores o caritativos como de niños nos pensábamos. Los gobiernos que hemos construido de grandes y que actúan en nuestra representación, de hecho no lo son.

En Siria, la reciente caída de la ciudad de Aleppo a las fuerzas oficiales dejó miles de muertos y un sinfín más de desplazados. Refugiados, les dicen, palabra curiosa para describir a alguien a quien nadie quiere dar refugio. Que drenarán los fondos públicos, dicen. Que se cuelan los terroristas, dicen. Como los sirios, están también los sudaneses, huyendo de la macabra realidad de los abusos rutinarios a los derechos humanos. O los eritreos, escapando con ahínco de un régimen que los reprime a punta de servicio militar obligatorio. En parecidas circunstancias hay miles buscando asilo: congoleños, iraquíes, afganos, haitianos.

A veces nos es fácil pensar en los millares de gente huyendo en desbandada como un problema lejano, ajeno y foráneo. No es a El Salvador, al fin y al cabo, que vienen a pedirnos posada. Fuera de oraciones por la elusiva paz, sentimos que es poco lo que los peregrinos pueden recibir de nosotros. Y nos olvidamos fácilmente, de nuestros propios peregrinos tocando puertas en países del norte. Algunos migrantes económicos, pero en los últimos años y de manera creciente, refugiados. Muchos cuyas edades no les permiten aún votar, pero han conocido ya los horrores de vivir en medio de la guerra sin tregua de las maras. Esos, en la actualidad, porque la diáspora que desplazó nuestro conflicto armado y que ya echó raíces en el extranjero (antes, cuando inmigrante no era mala palabra para los conservadores y Reagan hablaba de puertas abiertas para quienes tuvieran el corazón y las ganas de trabajar en Estados Unidos) fueron también peregrinos que huyeron de pequeños Herodes locales. Muchos de esos peregrinos quizás ahora le enseñan a hijos que hablan poquísimo español, la tradición de las posadas navideñas que dejaron atrás, en estas tierras cálidas, sin darse cuenta que en parte, el cuento es también su historia.

@crislopezg

Aleppo’s “Evacuation” Is a Crime Against Humanity. De Ben Taub/The New Yorker

 As the citizens of Aleppo either evacuate or are massacred, it is time to stop talking about human-rights violations in Syria and instead describe atrocities in the proper terms: war crimes and crimes against humanity.PHOTOGRAPH BY OMAR SANADIKI / REUTERS

As the citizens of Aleppo either evacuate or are massacred, it is time to stop talking about human-rights violations in Syria and instead describe atrocities in the proper terms: war crimes and crimes against humanity.PHOTOGRAPH BY OMAR SANADIKI / REUTERS

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Ben Taub is a contributing writer for newyorker.com.

Ben Taub, 22 diciembre 2016 / THE NEW YORKER

Last Thursday, as forces loyal to the Syrian government advanced through eastern Aleppo and despondent civilians there wondered whether they would be massacred, Syria’s President, Bashar al-Assad, stood in a sunlit courtyard in Damascus, dressed in a crisp blue suit, and compared his victory to the births of Jesus Christ and the prophet Muhammad. Just as our calendars count the years before and after those events, he explained, “I believe that we will talk about history—and not just the history of Syria but of the entire world—as before and after the liberation of Aleppo.” He rocked back and forth on his heels, waving his arms and raising his eyebrows, unable to conceal his excitement.

screen-shot-2016-12-26-at-10-13-22-amSo, characteristically, an autocrat inflates his place in history. But, in this case, it’s worth acknowledging that Assad has a point: the significance of Aleppo’s collapse is far greater than its physical territory, its ancient history, and its former splendor. For more than four years, Western governments and the United Nations stood by, watching, as Assad and his backers ostentatiously ignored the laws of war, and residents of eastern Aleppo live-streamed their own extermination. Now, along with tens of thousands of civilians, the credibility of the powerful countries and institutions that could have helped them, but didn’t, lies in Aleppo’s rubble and blood.

Consider Abdulkafi Alhamdo, a Syrian teacher and activist, who had taken Western politicians at their word and believed that documenting human-rights abuses mattered to the international community. He stayed in Aleppo under bombardment and siege, and broadcast his thoughts on Twitter, because he thought that if the world witnessed civilians suffering in Aleppo, it would come to their aid. Last Tuesday, Alhamdo filmed what he expected to be his final message, a warning to activists living in other repressive parts of the world. “Don’t believe anymore in the United Nations,” he said. “Don’t believe anymore in the international community. Don’t think they are not satisfied with what’s going on.” He sighed, and checked his surroundings. Pro-Assad militias were closing in. “This world does not like freedom, it seems. Don’t believe that you are free people in your countries anymore. No.” There was the sound of gunfire in the background. “I hope you can remember us.”

In addition to banned munitions, Syrian and Russian aircraft spent the past few months dropping leaflets over eastern Aleppo, warning that anyone who didn’t leave the area would be “annihilated.” But there was nowhere to go, except into government-held districts, where many residents feared that they would be detained, tortured, and killed. The leaflets continued to rain down on them. “You know that everyone has given up on you,” the leaflets said. “They left you alone to face your doom.”

Now is the time to stop talking about violations of human rights in Syria, and, instead, to describe atrocities in the proper terms: war crimes and crimes against humanity, as defined, unambiguously, in the Rome Statute, the founding document of the International Criminal Court. A campaign of “extermination,” for example, is a crime against humanity characterized by “the deprivation of access to food and medicine, calculated to bring about the destruction of part of a population.” The U.N. spent the past five months asking the Syrian government for permission to deliver food and medical supplies to eastern Aleppo, but the request was never granted. And so the people of Aleppo starved, and shivered, because, in order not to be kicked out of Syria entirely, the U.N. only delivers aid where and when the Assad regime allows it to. Last June, when Syrians were starving to death under siege in Madaya, near Damascus, the U.N. told the Syrian government that if aid convoys were not allowed to enter the neighborhood by road, it would begin dropping aid from the air. The regime didn’t acquiesce. Still, the airdrops never happened.

Assad’s campaign in eastern Aleppo was distinguished by the near-constant commission of war crimes and crimes against humanity, in plain view. (Many rebel groups in Syria have also violated the laws of war, but on a vastly smaller scale.) Total war against a civilian population and infrastructure is as effective as it is illegal, and last week it prompted what has become widely known as the “evacuation” of eastern Aleppo. Even the U.N. Security Council used that term, as if the choice between death and displacement is any choice at all. In the preceding days, the U.N. had reported that pro-Assad militias were going house to house, and had executed scores of civilians, including women and children.

The legal definition for what is happening in Aleppo is forced displacement—a term that has been carefully avoided by the Security Council, which, ignoring the reality on the ground, issued a resolution this week stressing the importance of “voluntary, safe, and dignified passage of all civilians.” This crime is well established under international law. “If civilians are being told that they should leave or risk being deliberately targeted by military forces, that amounts to forcible transfer,” Alex Whiting, a former prosecutions coördinator at the I.C.C., who now teaches at Harvard Law School, told me. “The ‘force’ in forcible transfer is not limited to physical force,” he added. “It also includes threats of force or coercion, or fear of violence or duress.” On Thursday, as locals crammed into buses—even crowding into the luggage compartments—Majd Khalaf, a member of the White Helmets civilian-rescue organization, posted on Twitter, “Today, Assad and his militias won their war against civilians of #Aleppo they forced them to leave their homes in front of the whole world.”

To discredit allegations of war crimes, Syria and its ally Russia have instigated a forceful campaign of disinformation and punditry. Russian state television insinuated that activists filming in Aleppo were not actually civilians. Vitaly Churkin, the Russian Ambassador to the United Nations, appropriated the ongoing hysteria over “fake news” to apply the term to Western coverage of Syria. Meanwhile, Bashar Ja’afari, the Syrian Ambassador to the United Nations, recently held up a large printed photograph before the Security Council, depicting a soldier on his hands and knees, offering his back as a footstool for an elderly woman climbing out of a truck bed. “Here you see a picture of a Syrian soldier providing help and support to a woman,” Ja’afari said. “This is what the Syrian Army is doing in Aleppo.” The photo, however, had been cropped to hide an Iraqi flag. It was taken at least six months ago, likely near Fallujah.

As I have previously written, the volume and quality of court-ready evidence against high-level officials in the Syrian government is greater than has ever previously been collected in an active conflict. Still, the International Criminal Court has no jurisdiction over Syria, because Russia, voting no alongside China, obstructed the conflict’s referral at the U.N. Security Council, in 2014. A single country’s veto power shields all of Syria’s war criminals from justice—not just Assad and his deputies but also various rebels, including members of Al Qaeda and the Islamic State. The credibility of worthy institutions is at stake when they are totally incapable of adhering to their founding principles. Under the present system, to some war criminals with powerful allies, the laws of war, drafted during the bloodiest century in human history, can be brushed aside as little more than a suggestion, to be ignored, shamelessly, with impunity.

International criminal law takes into account the fact that the highest-level perpetrators are rarely present at the scene of the crime. For this reason, one of its modes of liability, known as “command responsibility,” is an assessment of whether the individual on trial knew or should have known that his subordinates were committing war crimes, and, in turn, whether he failed to prevent or punish those crimes. That will be one measure of Assad’s guilt, should he ever be brought to court. Our collective shame, having watched this horror unfold, is another matter still.

Carta a los líderes políticos, académicos, religiosos y generadores de opinión: No podemos callarnos. De Lucy Aharish y Paolo Luers

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Lucy Aharish

Estimados:
El domingo vi un vídeo que me llenó de vergüenza. Una presentadora de la televisión israelí, la única de origen árabe, interrumpió su programa y comenzó a dar un mensaje muy personal, y en inglés, al mundo entero. Un llamado de atención. ¿De qué se trata? Del genocidio en Alepo, en Siria, ciudad destruida y “recuperada” por el gobierno de Siria y la fuerza área de Rusia,  ante la inacción del mundo entero.

Aquí el mensaje de Lucy Aharish:

“Ahora mismo en Alepo, Siria, a sólo 8 horas de Tel Aviv, se está produciendo un genocidio. ¿Saben qué? Déjenme ser más precisa: Es un holocausto. Sí, un holocausto. Tal vez no queramos oír ni asumir que en el siglo XXI, en la era de las redes sociales y en un mundo donde la información puede caber en la palma de tu mano, en un mundo donde se puede ver y escuchar a las víctimas y sus historias de terror en tiempo real, en este mundo, estamos parados sin hacer nada mientras niños son asesinados cada hora.

img_larago_20161218-125733_imagenes_lv_terceros_holocaust-kugh-u412708434079aec-992x558lavanguardia-webNo me pregunten quién está en lo correcto y quién equivocado, quiénes son los buenos y quiénes son los malos, porque nadie lo sabe. Y francamente, no importa. Lo que importa es que está sucediendo, ahora mismo frente a nuestros ojos, y nadie en Francia, en Reino Unido, Alemania o América, está haciendo nada para detenerlo.

¿Quién está manifestándose en las calles por los hombres y mujeres inocentes de Siria? ¿Quién está gritando por los niños? Nadie. 

La ONU celebra reuniones del Consejo de Seguridad y se limpia las lágrimas, cuando ven la imagen de un padre que sostiene el cuerpo de su pequeña hija. Hay una palabra para esto: hipocresía.

Soy árabe, soy musulmana, soy ciudadana del Estado de Israel, pero también soy ciudadana del mundo,  y estoy avergonzada. Me avergüenza como ser humano que elijamos líderes que son incapaces de articular sus condenas y ser poderosos en sus acciones. Me da vergüenza que el mundo árabe esté siendo tomado como rehén, por terroristas y asesinos, y que no estemos haciendo nada. Me avergüenza que la paz de la humanidad sea irrelevante una vez más.

¿Necesitamos un recordatorio? Armenia, Bosnia, Darfur, Ruanda, Segunda Guerra Mundial. No, no lo necesitamos. Albert Einstein dijo: “El mundo no será destruido por los que hacen el mal, sino por aquellos que los observan sin hacer nada”.

Este poderoso mensaje recurrió el mundo en YouTube, en las redes sociales, en muchos medios grandes y pequeños. Estoy seguro que todos que lo hemos visto compartimos la palabra de Lucy: “Me da vergüenza”.

¿Pero qué hacemos, qué podemos hacer? Que cada uno pregunte su conciencia. Lo mínimo es levantar la voz y exigir que nuestro gobierno se pronuncie. La comunidad internacional tiene que aislar a los gobiernos de Siria, Rusia e Irán. Hay que condenarlos de igual manera como todos condenan a ISIS. Aunque Lucy Aharish tiene razón que esta locura hay que pararla, sin antes determinar quiénes de las fuerzas beligerantes son los malos y quiénes los buenos, la única manera de defender a la población civil es parando tanto a ISIS y como a Asad, y los respectivos poderes detrás de ellos: los estados árabes que apoyan a los islamistas, así como Rusia e Irán, que militarmente intervienen en Siria para mantener en el poder a Asad, el destructor de Alepo.

Lo mínimo que nos dicta la decencia es presionar cada uno a su gobierno para que salga de su inacción o hipocresía y condene a los poderes que están destruyendo Siria.

‘Liberaron’ Alepo, destruyéndolo y masacrando a su población. Están produciendo cientos de miles nuevos desplazados, que no tienen adónde ir para encontrar protección. Y con esto Rusia e Irán logran desestabilizar al mundo entero, sobre todo Medio Oriente y Europa.

Me uno al llamado de esta valiente reportera árabe-israelí. Todos debemos unirnos a su vergüenza, su rabia su coraje. 

Saludos,

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El vídeo de Lucy Aharish está en: www.youtube.com/watch?v=T8XwVVX4nGE

 

Lea:

“Estamos parados sin hacer nada mientras niños son asesinados cada hora”: Lucy Aharish

“Estamos parados sin hacer nada mientras niños son asesinados cada hora”: Lucy Aharish

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18 diciembre 2016 / LA VANGUARDIA

El vídeo de la reportera árabe-israelí ha dado la vuelta al mundo

Lucy Aharish es conocida por ser la primera presentadora de la televisión árabe que presenta las noticias en un canal hebreo. Y no cualquier cadena, trabaja en Canal 2, la más vista en todo el Estado de Israel.

Esta semana su voz se ha hecho oír más allá de las fronteras de Israel. Ha hecho una interrupción de dos minutos del programa matinal que presenta para lanzar un mensaje a la comunidad internacional. Unas palabras para señalar el inmovilismo de la comunidad internacional mientras la ciudad de Alepo es asediada y vive un “genocidio”.

A pesar de que la lengua habitual del canal es el hebreo, ha pronunciado el discurso en inglés con el objetivo de llegar al target al que se dirigía, la comunidad internacional.

 

     

Traducción del discurso

Ahora mismo en Alepo, Siria, a sólo 8 horas de Tel Aviv, se está produciendo un genocidio. ¿Sabéis qué? Dejadme ser más precisa. Es un holocausto. Sí, un holocausto. Tal vez no queramos oír ni asumir que en el siglo XXI, en la era de las redes sociales y en un mundo donde la información puede caber en la palma de tu mano, en un mundo donde se puede ver y escuchar a las víctimas y sus historias de terror en tiempo real, en este mundo, estamos parados sin hacer nada mientras niños son asesinados cada hora.

No me preguntéis quién está en lo correcto y quién equivocado. Quiénes son los buenos y quiénes son los malos, porque nadie lo sabe. Y francamente, no importa. Lo que importa es que está sucediendo, ahora mismo frente a nuestros ojos, y nadie en Francia, en Reino Unido, Alemania o América, está haciendo nada para detenerlo.

‘Lo que importa es que está sucediendo,
ahora mismo frente a nuestros ojos,
y nadie en Francia, en Reino Unido, Alemania
o América, está haciendo nada
para detenerlo.’ Lucy Aharish

¿Quién está manifestándose en las calles por los hombres y mujeres inocentes de Siria? ¿Quién está gritando por los niños? Nadie. La ONU celebra reuniones del Consejo de Seguridad y se limpia las lágrimas cuando ven la imagen de un padre que sostiene el cuerpo de su pequeña hija. Hay una palabra para esto: hipocresía.

Soy árabe, soy musulmana, soy ciudadana del Estado de Israel, pero también soy ciudadana del mundo y estoy avergonzada. Me avergüenza como ser humano que elijamos líderes que son incapaces de articular sus condenas y ser poderosos en sus acciones. Me da vergüenza que el mundo árabe esté siendo tomado como rehén, por terroristas y asesinos y que no estemos haciendo nada. Me avergüenza que la paz de la humanidad sea irrelevante una vez más.

¿Necesitamos un recordatorio? Armenia, Bosnia, Darfur, Ruanda, Segunda Guerra Mundial. No, no lo necesitamos. Albert Einstein dijo: “El mundo no será destruido por los que hacen el mal, sino por aquellos que los vigilan sin hacer nada”.

‘Me avergüenza como ser humano
que elijamos líderes que son incapaces
de articular sus condenas y ser poderosos
en sus acciones.’ Lucy Aharish