El techo de vidrio no importa tanto como las paredes. De Cristina López

11 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY

La semana pasada, en el contexto del día internacional de la mujer, un reportaje periodístico señalaba que a pesar de la creciente participación de las mujeres en cargos de elección pública, continuamos relegadas.

Según el reporte de la Prensa Gráfica, en la Asamblea Legislativa, “el promedio de diputadas propietarias en los últimos cinco períodos ha sido del 25%”. Señalaba también el reporte que nuestro país tampoco ha visto una mujer en la presidencia, ni a la cabeza del órgano judicial. A este suceso, de las notables brechas de representatividad para las mujeres en posiciones de poder (tanto políticas o corporativas) algunos le han llamado “el techo de vidrio”.

Hillary Clinton, después de gastar miles de millones de dólares en una campaña política infructuosa, aludió a la metáfora del techo de vidrio en más de un discurso. Y sin embargo, la atención que le dedicamos a la barrera invisible que impide a las mujeres llegar a la cima, a veces nos distrae de una conversación, a opinión personal, un tanto más importante: las aparentes paredes de vidrio que impiden paridad verdadera entre hombres y mujeres en campos como el acceso a la salud, el mercado laboral, ingresos económicos, entre otros. Son conversaciones importantísimas, porque estas “paredes” afectan a números bastante más grandes que los techos de vidrio.

Claro, la representación política importa. Idealmente, una verdadera seña de representación democrática sería que los representantes reflejaran demográficamente a sus constituyentes — es decir, que el porcentaje de mujeres en cargos de elección popular fuera representativo del porcentaje de mujeres en la población. Importa en el sentido de que inspira a otras mujeres a buscar puestos de poder político, ayuda a retar viejos estereotipos patriarcales sobre los roles que les competen a las mujeres, etc. Pero tristemente, no hay evidencia de que tener leyes que impulsen la representatividad en la política (como cuotas obligatorias de género) haga nada por deshacer las paredes de vidrio: un ejemplo es que entre variables como el porcentaje de mujeres en cuerpos parlamentarios y mejoras substantivas en índices que miden paridad de género en áreas como salud, educación y mercado laboral, no hay correlaciones ni impactos estadísticos significativos.

El caso de Ruanda ilustra perfectamente lo anterior. En 2016, Ruanda era el país con el porcentaje más grande de mujeres en el órgano legislativo, muy por encima de varios países desarrollados, con un 64%. Ese mismo año en Suecia, el porcentaje de mujeres en la legislatura era de 44% y en Estados Unidos era apenas 19%. Por varias razones, incluyendo el hecho de que el genocidio de 1994 en Ruanda aniquiló a un porcentaje enorme de hombres y la constitución de 2003 que ordenó que hubiera una reserva del 30% de las posiciones parlamentarias para las mujeres. Y a pesar de esa victoria numérica que produjo varios titulares periodísticos, la realidad diaria de las ruandesas es radicalmente distinta a la realidad de las suecas y las estadounidenses, en el sentido que varias variables de desarrollo demuestran desigualdades que favorecen a los hombres.

Es la existencia de tantas brechas entre hombres y mujeres en el campo de los ingresos económicos, el mercado laboral, o el acceso a la salud, por ejemplo, si explican muchas de las razones por las que continúan existiendo techos de vidrio. Muchas de estas brechas no se rompen con leyes, sino con cultura. Y la cultura solo cambia cuando los individuos cambiamos. ¿Nos atrevemos?

@crislopezg

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