Basta de juegos, hablemos de la política en serio. De Jaime García Oriani

Cuando empobrecemos la vida democrática a un juego entre políticos, implícitamente decimos a los ciudadanos que es un espectáculo para ver, no una actividad en la que hay que involucrarse.

JAIME GARCIA ORIANIJaime García Oriani, 7 enero 2018 / El Diario de Hoy

Para iniciar un año que políticamente nos propone tantos desafíos, en mi artículo de la semana pasada invitaba a que hiciéramos del 2018 el año de la anti – antipolítica. Es el primero de una serie que escribiré cada tanto a lo largo de estos meses, con la intención de plantear ideas para hacer frente exitosamente a lo que se viene.

Esta vez me dirijo no solo a los ciudadanos, sino también a mis colegas periodistas, en especial a aquellos que tienen la responsabilidad de dirigir medios de comunicación o definir los enfoques de los temas que se publican.

EDH logHace poco leía un artículo del NiemanLab que forma parte de las predicciones y propuestas para el periodismo en este nuevo año, del cual retomo bastantes puntos para esta columna. Titulado “Stop covering politics as a game”, en éste la académica Dannagal G. Young advierte sobre el peligro que existe cuando la cobertura electoral se enfoca mayormente como una simple competición entre fracciones, entre izquierda y derecha, como una batalla entre individuos y partidos, en lugar de centrarse en el debate sobre políticas, propuestas y filosofías de gobierno.

Dicho de otro modo, es pernicioso ejercer un periodismo que se dedica a reproducir los dimes y diretes entre uno y otro partido o personaje, sin importar qué tan verdaderas, acertadas o bajas sean tales afirmaciones, como vemos en ocasiones con los circos (sin intención de ofender a quienes se dedican al entretenimiento) que montan algunos políticos en sus redes sociales. Lo más triste del caso es que amplificamos el show y perdemos la oportunidad mostrar la realidad, que muchas veces esconde compincharía o acuerdos que responden a intereses particulares y no al bien de todos los salvadoreños.

Los medios de comunicación caemos en este juego quizás motivados por “vender más”, ganar clics en nuestros sitios o interacciones. Esto nos llevaría a tratar sobre el modelo de negocios del periodismo en la era digital y en las formas de establecer indicadores de desempeño, pero no es la ocasión para hacerlo.

Con estos enfoques, los grandes perdedores son los ciudadanos, a quienes nos debemos. “Pongámoslo simple: esta cobertura permite a los políticos dividir aún más el país, evitar el escrutinio y distraer a los ciudadanos del debate y de una reflexión sobre acciones que les traerán consecuencias en la vida real”, afirma Young. Añade que varios politólogos han advertido que la práctica de cubrir la política como un juego estratégico o una batalla erosiona la confianza en las instituciones y que con notable descaro las élites políticas lo explotan para lograr sus objetivos electorales. Recordemos la recurrente campaña de miedo o de lucha de clases de los dos principales partidos, cuyos discursos se quedaron anclados en el pasado; estoy casi seguro de que esta vez el caballo de batalla será la antipolítica.

Cuando empobrecemos la vida democrática a un juego entre políticos, implícitamente decimos a los ciudadanos que es un espectáculo para ver, no una actividad en la que hay que involucrarse. Con palabras de Robert Entman, profesor de medios y asuntos públicos en la George Washington University, propiciamos una democracia sin ciudadanía.

De esta forma, relegamos el pensamiento crítico y la información se transmite únicamente en clave de posiciones, cayendo en un engañoso balance que da espacio a la demagogia y retórica electorera. Así se generan, por lo general, dos reacciones: o rechazo a lo que se percibe como pésimas propuestas que terminan en la misma historia de siempre, o se incrementa el fanatismo y la polarización. Acerca de esto último, en su ensayo “Selling ourselves short”, Bert Bakker y Yphtach Lelkes explican que, al sentirse llamados a apoyar alguno de los bandos, los votantes, hasta aquellos más pensantes, toman decisiones confiados ciegamente en lo que sostiene alguna de las partes, en vez fijarse en la calidad de los argumentos presentados y su factibilidad.

La prensa seria e independiente —adjetivo a propósito, pues si algo tendremos en esta campaña es medios de pacotilla— debe preguntarse cómo realizará su cobertura electoral en un país apático y disgustado con la política, para ayudar a su purificación, depuración y devolverle credibilidad.

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