Su error no es de principios, sino de coherencia. De Federico Hernández Aguilar

Si yo tengo claro cuáles son mis principios y valores, explicarlos a los demás debería ser pan comido. La coherencia en política es una virtud imprescindible a la hora de luchar por determinadas causas.

Federico Hernández Aguilar, 12 julio 2017 / EDH

En medio del alboroto causado por las clamorosas renuncias de dos diputados, alguien tendría que responder a algo que creo es fundamental: ¿el problema de ARENA se encuentra en los principios que dice defender o en la debilidad institucional del partido para defenderlos? Si me lo preguntan a mí, el dilema está en lo último.

Si yo tengo claro cuáles son mis principios y valores, explicarlos a los demás debería ser pan comido. La coherencia en política es una virtud imprescindible a la hora de luchar por determinadas causas, y la coherencia se adquiere de predicar lo que se vive y de vivir lo que se predica. Esto, por cierto, no es rigidez ni “conservadurismo”; bien mirado, es justo lo contrario, porque únicamente quien conoce lo que defiende —y por qué lo defiende, y contra qué lo defiende— puede aprender a reconocer esas mismas características en quienes piensan distinto.

Repasando lo que dicen los principios de ARENA, francamente no entiendo por qué experimentan ustedes dificultades para sostenerlos ante quien sea y donde sea. ¿Cómo alguien, si en verdad es congruente con el carácter republicano de un partido político, podría tener argumentos que demolieran estos principios o los alteraran en su esencia? Esto no es asunto de tener catorce maestrías en Harvard o siete doctorados en Oxford, sino de haber reflexionado sobre la esencia misma de lo que hoy llamamos “civilización occidental”. (Y no voy a detenerme en esto porque lo he explicado ya bastante en mis columnas desde el año 2003).

La mejor forma de resolver un conflicto es evitando que crezca. Jamás entendí por qué ARENA no llamó nunca a John Wright, por ejemplo, para pedirle que tratara de convencer al COENA —o a la comisión creada para tal efecto— de la validez de sus tesis sobre los temas polémicos en que basó parte de su campaña a diputado. Si hubieran hecho esto al inicio, Wright habría conocido los argumentos por los cuales ustedes no tenían ninguna obligación de acompañarle en su agenda particular.

Pero la pregunta que me asalta es: ¿existe alguien en ARENA que sea capaz de defender los principios del partido de manera firme e integral? Si una chica graduada en Yale o Cambridge, talentosa pero confundida, tocara a las puertas de ARENA con ideas propias sobre la ideología de género, por decir algo, ¿hay allí un directivo o dirigente —o, mejor, algún intelectual— que pueda refutarle con conocimiento y categoría cada uno de sus juicios? ¿Hay en el principal partido de oposición de El Salvador siquiera una persona que sepa fundamentar con datos estadísticos, históricos, antropológicos, jurídicos y filosóficos los 13 principios que dicen ustedes defender? Si la respuesta es no, a nadie debe extrañar entonces —perdónenme— que un par de diputados rebeldes les metan en líos.

Y ya entrados en gastos, también a los rebeldes quisiera invitarles, respetuosamente, a hacer una reflexión. Si ustedes dos querían impulsar cambios importantes dentro de ARENA, la paciencia y la serenidad debieron ser siempre sus divisas. A un partido que nació en el contexto de la Guerra Fría y que ha tenido los liderazgos que ha tenido en más de 35 años de historia, no se le cambia, créanme, de la noche a la mañana. Para lograr eso, las buenas intenciones y los discursos emocionales no bastan: se necesitan argumentos, inteligencia estratégica y mucha perseverancia.

La renovación de un partido político solo es posible cuando nadie afirma encarnarla. Quien diga que la transformación de ARENA pasa necesariamente por sus personales posturas y opiniones, está haciendo justo lo que dice criticar. Sé que ustedes no pretenden eso, pero la beligerancia con que han actuado en estos días, aunque pueda haberles conseguido algunas simpatías, en algunos sectores también les está haciendo perder el crédito que pudieron haber ganado con más prudencia y sosiego. Piénsenlo. (Y a Paolo Lüers, por favor, díganle: “Mejor no me ayudes, compadre”).

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