De Estados constitucionales de derecho y diputados vaqueros. De Herman Duarte

herman duarteHerman Duarte, 9 julio 2017 / LPG

El 14 de febrero de 1995 fue inaugurado el Tribunal Constitucional de Sudáfrica. “Una corte de la que depende el futuro de nuestra democracia”, según dijo el presidente Nelson Mandela, continuando: “La gente viene y la gente va. Costumbres, modas y preferencias cambian. Sin embargo, la red de derechos fundamentales y de justicia que proclama una nación no debe romperse”. También dijo en su discurso inaugural: “Nuestra Constitución se basa en tres pilares fundamentales: el Parlamento, el Gobierno y el Tribunal Constitucional. Cada uno tiene su papel específico que desempeñar. Socavar cualquiera debilita toda la estructura. Es por eso que su independencia está garantizada en la Constitución”.

LPGEse Tribunal Constitucional se ha posicionado como una de las cortes más calificadas del mundo para hablar sobre discriminación. Dentro de sus cientos de sentencias, la que más destaco es la del caso CCT11/98, ya que ha dejado palabras que harán eco hasta la eternidad. Esa sentencia expone lo que cada persona LGBTIQ enfrenta al darse cuenta de su realidad: “En el caso de los gays, la historia y la experiencia nos enseñan que la marca no surge de la pobreza ni de la impotencia, sino de la invisibilidad. Son la contaminación del deseo, la atribución de perversidad y de vergüenza a un afecto físico espontáneo, la prohibición de la expresión del amor, la negación de la plena ciudadanía moral en la sociedad por ser uno quien es lo que vulnera la dignidad y la autoestima de un grupo… Son, en general, un grupo que no es obvio, presionado por una sociedad y por la legislación para que se mantenga invisible. La característica que los identifica combina todas las ansiedades que produce la sexualidad con todos los efectos alienantes resultantes de la diferencia, y se les considera especialmente contagiosos o propensos a corromper a los demás. Ninguno de estos factores es aplicable a otros grupos tradicionalmente objeto de discriminación, como las personas de color o las mujeres, cada uno de los cuales, como es de suponer, han tenido que padecer sus propias formas de opresión”.

Los principios soslayados por el Nobel de la Paz son completamente aplicables a la realidad salvadoreña. Una acción protectora y reivindicatoria de los derechos de las minorías –como la presentada en noviembre de 2016 por el movimiento Igualitos.as (www.facebook.com/igualitos.as) y además suscrita por Comcavis Trans, Entre Amigos y la activista independiente Bessy Ríos– se fundamenta en la naturaleza misma del Estado constitucional democrático de derecho, que busca la protección de todos los ciudadanos incluso contra la voluntad de las mayorías.

La fragilidad de nuestra democracia se evidencia con los hechos que los tres últimos presidentes han tenido escándalos de corrupción, hay evidencia de redes de narcotráfico dentro del Estado, la laicidad del Estado se ignora, donde el statu quo resulta intolerante a liderazgos emergentes (Aida Betancourt, Gaby Trigueros), se prefieren visiones polarizadas que viven estancadas en los ochenta (Grillo Barrientos), así como el absurdo de preferir a un vaquero pistolero novelesco por encima de criterios independientes con visión de primer mundo (Juan Valiente y Johnny Wright). En donde solamente queda la esperanza en las respuestas favorables del último garante de la existencia de una democracia: los tribunales Constitucionales. Y la esperanza es lo último que se pierde.

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