Queriendo vender un Walkman. De Ricardo Avelar

El grupo que se impuso en este proceso de elecciones internas responde al ala más ortodoxa del partido ARENA, aquella que no recibió el periódico el 10 de noviembre de 1989, cuando el mundo entero se dio cuenta de que había caído el infame Muro de Berlín.

Ricardo Avelar, 6 julio 2017 / EDH

Esta semana, El Salvador fue testigo de uno de los sucesos políticos más interesantes y aterradores de su historia reciente, cuando el partido que ha pregonado la apertura y la renovación, ARENA, optó por vetar o dificultar algunas de las candidaturas más refrescantes que ofrecía.

A raíz de esto, en su estructura se suscitó un pequeño terremoto político y de este han emergido algunos bandos: primero, los que salieron de la contienda, los diputados Johnny Wright y Juan Valiente y la ciudadana Gabriela Trigueros, que desistieron de buscar un cargo por el partido tricolor; segundo, los que se mostraron hostiles ante algunos perfiles renovadores y pusieron un alto a sus aspiraciones políticas; y tercero, los que han guardado silencio.

Mucho se ha dicho sobre los primeros y el valor que han tenido de denunciar en ARENA una conducta verticalista que no sorprende pero sí decepciona. Sin embargo, de los segundos y los terceros se está diciendo poco.

El grupo que se impuso en este proceso de elecciones internas responde al ala más ortodoxa del partido ARENA, aquella que no recibió el periódico el 10 de noviembre de 1989, cuando el mundo entero se dio cuenta que había caído el infame Muro de Berlín y que marcó el inicio del final de un mundo partido en dos.

Estos son los más reaccionarios y quienes en cada evento cantan sin vacilación una marcha que sigue instando a la violencia por motivos ideológicos, como si esto no estuviera ya comprendido como un crimen de lesa humanidad.

Según ellos, al impedir algunas candidaturas, se pone un alto al mayor de sus miedos: el avance de las ideas progresistas que, afirman, vienen a romper con la pétrea idea que tienen de la familia y de los derechos humanos (o la falta de, en el caso de algunos segmentos de la población, a quienes no les duele dejar invisibilizados).

Y así han pretendido construir un muro infranqueable para quienes hayan osado criticar a su líder histórico o se hayan atrevido a cuestionar el rol que el partido tricolor ha jugado como oposición. Al menos así lo aclaró el tristemente célebre “Grillo” Barrientos, quien puso esos puntos como las razones que impidieron que la joven profesional y de mentalidad crítica Aída Betancourt asumiera la suplencia de Juan Valiente. (Además, con su versión -que suena muy real- contradijo las trastabilladas excusas que pretendió dar la dirigencia tricolor para edulcorar el bloqueo a Betancourt.)

Tristemente, ARENA puso como parámetro prioritario para avalar precandidaturas la lealtad a la estructura, a los colores y la bandera. El partido olvidó ver que algunos de sus cuadros más leales tienen un pasado muy cuestionable o han incurrido en prácticas antiéticas. Eso, al final, no es lo importante, siempre que canten con garra la marcha.

De tal manera, los tricolores no contarán en 2018 con algunas mentes críticas y de pensamiento fresco, pero lucirán con orgullo a David Reyes, que le prestó su carro a su hermana para que viajara pero nos quiso convencer burdamente de no haberlo hecho. También a Ricardo Velásquez Parker, que ha llegado armado al Salón Azul y ha irrespetado a la prensa. Y a Mayteé Iraheta, que fue sancionada por nepotismo. Y no olvidemos a Milagro Navas, sobre cuya administración se ciernen oscuras nubes.

ARENA está intentando vender renovación con ideas vetustas que cada vez se asemejan más a las de sus rivales del FMLN y representan menos a los salvadoreños que aspiran a construir una sociedad en paz, sin fanatismo, sin odios irracionales, sin artículos calumniosos (como el que compartió en sus redes el “Grillo” Barrientos) y donde se pueda propiciar un diálogo honesto entre actores que no están de acuerdo sobre políticas públicas, incluso las más espinosas.

Su idea de renovación equivale a presentarse a una convención de tecnología e intentar vender un Walkman. Por más eslogan, por más publicidad, por más discursos de “dar un paso”, “cambiar el rumbo”, o “es hora de actuar”, sus cerradas prácticas y los walkman coinciden en que perdieron su vigencia antes que yo naciera.

Y sobre aquellos que han guardado silencio u optan por expresar su descontento “solo en privado”, ojalá la historia (o el electorado) les pase factura por cobardes.

@docAvelar

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