Veinte años de magia. De Cristina López

Independientemente de la magia, si un principio es importante en el mundo mágico de Harry Potter, es la igualdad de todos con independencia de su proveniencia. El gran elemento democratizador es la educación común que reciben en la escuela de magia, Hogwarts, ricos y pobres, genios y estudiantes con más corazón que cerebro.

Cristina López, 3 julio 2017 / EDH

Esta semana se celebraron los veinte años de la publicación de “Harry Potter y la piedra filosofal”, el primer libro de la serie de Harry Potter. Es decir, una generación entera ahora ha pasado de la niñez a la adultez en la compañía del niño que vivió, la familia numerosa de su mejor amigo y la brillantez individual de su mejor amiga. Más allá de abrir un mundo mítico con sus propias reglas y sus dinámicas de poder particulares, J.K. Rowling, la autora de la serie (ahora una de las mujeres más ricas del mundo), parece habernos dado además un contexto y un lenguaje común, que muchos consideran se presta con bastante facilidad como alegoría al momento político que atraviesa el mundo.

Independientemente de la magia, si un principio es importante en el mundo mágico de Harry Potter, es la igualdad de todos con independencia de su proveniencia. El gran elemento democratizador es la educación común que reciben en la escuela de magia, Hogwarts, ricos y pobres, genios y estudiantes con más corazón que cerebro. Una pregunta importantísima a lo largo de la saga es la de los propósitos del poder y la manera en que este se ostenta. Se vuelve una causa lo suficientemente importante como para que personajes adorados pierdan la vida buscando derrocar a quienes usan el poder para perseguir, poner una categoría de personas sobre otras, violentar el respeto a la vida y ocupar las instituciones estatales para perseguir al individuo.

Es por eso que tanto en Europa como en Estados Unidos, la cultura popular común que nos regaló Rowling está siendo adoptada por “la resistencia”, o los movimientos que se oponen al preocupante populismo nacionalista de moda, que sobrevive electoralmente de explotar miedos, inseguridades y desigualdades. El problema, sin embargo, es que la “resistencia” que con tanta facilidad apropia los conceptos de Potter y se engrandece comparándose con la Orden del Fénix, no ha tenido aún nada que resistir. Es decir, manifestarse en las calles, protestar, llamar a los representantes legislativos para cabildear leyes no es “resistencia”, es participación ciudadana de la común y silvestre que debería permanecer, y cuya ausencia acarrea consecuencias como la elección de ineptos al poder. Es por eso que resulta chocante oír a políticos como Hillary Clinton referirse a su rol de oposición (igual: rol común y silvestre en cualquier democracia) como “resistencia”. Resistencia la de los venezolanos luchando por sus libertades más básicas, cualquier otra cosa es poco más que hipérbole.

Y si bien resulta difícil evadir la tentación de extender las alegorías de Potter al presente político (en parte, culpa también de su autora, cuya participación y opinión política en redes sociales raya incluso en el revisionismo de su propia obra para que quepa en luchas sociales que no existían al momento en que fue escrita), es necesario hacerlo. De lo contrario, no trascenderá más allá de nuestra generación, la que creció con los libros, cuando tiene más peso como una historia de los valores humanos que nos hacen sociedades civilizadas (la lealtad, amor del bueno que espera paciente vidas enteras, la protección de los más débiles, la idéntica capacidad de hombres y mujeres para enfrentar retos difíciles, la amistad, la solidaridad, el valor de una prensa libre, el peligro de la propaganda gubernamental, entre otros) que como la historia de origen de una parte del espectro político, lista para blandirse como superioridad moral contra quienes piensan diferente.

@crislopezg

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