Ni odio ni resentimiento. De Erika Saldaña

La política salvadoreña tiene que evolucionar. Nosotros, que somos esa gran mayoría desencantada y apática, ya no queremos extremismos. Ya no podemos seguir viviendo con discursos de ambos lados, ni podemos seguir sufriendo las consecuencias de la polarización.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 3 julio 2017 / EDH

Nací en los años ochenta pero no tengo ningún recuerdo de la Guerra Civil. Para 1989, cuando se peleó la ofensiva, apenas tenía tres años y quizá lo que más recuerdo es que, cuando se firmaron los Acuerdos de Paz, en mi casa se veían las noticias a toda hora. Pero que no haya vivido la guerra no significa que desconozca los sentimientos que se vivieron en esa época. La familia de mi mamá es desplazada por la guerra y mi papá estuvo cercano a los sacerdotes Ignacio Ellacuría, Martín Baró y Segundo Montes. Me contó que los vio aún acostados en la grama cuando llegó a la UCA el día del asesinato.

Conozco las historias del asesinato de Monseñor Romero, la masacre de Tecoluca, la masacre de El Mozote, la masacre de la Zona Rosa, la Guinda de Mayo, los asesinatos de funcionarios, la destrucción de la infraestructura del país, los escuadrones de la muerte y muchas más. Murieron alrededor de ochenta mil personas y el dolor sigue ahí para quienes vivieron con miedo y para los familiares de las víctimas.

En la época de la guerra se vivieron cosas duras y marcaron la historia del país. Quizá porque a mi corta edad no era capaz de asimilar lo que pasaba, yo no recuerdo la época y ningunas de esas cosas marcó mi niñez ni ahora mi vida adulta. Quizá por eso es que me resulta chocante el odio acérrimo entre las extremas políticas; no entiendo cómo todavía muchos usan el discurso propio de la Guerra Fría para seguir haciendo política, en el que el mundo se divide entre capitalistas y comunistas, y unos son los buenos y otros los malos; y me parece insensata la falta de capacidad de escuchar al otro como ser humano que es, aunque nuestras ideas sean muy distintas. Uno no puede entenderse con quien a priori se descalifica e insulta.

Que si valió la pena o no, y quienes fueron los buenos o los malos de la historia no es el punto de estas palabras. Mi mensaje es que la mayoría de las personas de mi edad no tenemos muchos de los resentimientos que surgieron de las extremas políticas en la guerra, ni estamos anclados en las ideologías ortodoxas que hicieron suyas las generaciones pasadas. No significa que no nos importe o que no conozcamos lo que pasó; simplemente nosotros no cargamos con los odios, las culpas o los orgullos que se generaron entre los ochenta y los noventa en El Salvador. Pedimos justicia para todos y creemos que personas con pensamientos muy distintos pueden tener puntos en común y trabajar para sacar adelante el país.

Somos un poco más de tres millones de personas las que nacimos desde finales de los Años Ochenta y la mitad de estos podemos votar en las elecciones. Nosotros, los llamados “millenials”, somos una generación más pragmática que quiere que las acciones se adapten a las circunstancias, que se resuelvan los problemas de manera justa y no a través de dogmas. ¿Cómo podríamos pedir un Estado pequeño en términos absolutos, cuando tenemos un país con tanta gente pobre que necesita coberturas de educación y salud?

Muchos creemos que en política las medidas a tomarse no tienen que ser exclusivas de la derecha o de la izquierda, porque las cosas no son blancas o negras; creemos que las soluciones a los problemas de El Salvador pasan por una reflexión integral y por hacer una mezcla heterogénea de ideas para encontrar el mejor resultado; pero –sobre todo– creemos en reconocer el valor de cada una de las personas independientemente de su ideología.

La política salvadoreña tiene que evolucionar. Nosotros, que somos esa mayoría desencantada y apática, ya no queremos extremismos. Ya no podemos seguir viviendo con discursos de ambos lados, ni podemos seguir sufriendo las consecuencias de la polarización, rezago de una guerra en la que no participamos. A los políticos que les quede claro: sus discursos de odio y sus ganas de ganar elecciones solo llevan a empantanar los temas importantes para el país; pónganse de acuerdo, renueven la política y guarden en el cajón el discurso setentero y ochentero que tanto daño sigue haciendo a El Salvador.

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