Cayó la careta del Socialismo del Siglo XXI. De Manuel Hinds

El Gobierno salvadoreño está defendiendo al ilegítimo régimen venezolano a costa de destruir económicamente a cientos de miles de salvadoreños que ahora viven en Estados Unidos.

Manuel Hinds, 30 junio 2017 / EDH

El martes, en cadena nacional de televisión, Nicolás Maduro “advirtió al mundo” que “Si Venezuela fuera sumida en el caos y la violencia y fuera destruida la revolución bolivariana, nosotros iríamos al combate, nosotros jamás nos rendiríamos y lo que no se pudo con los votos lo haríamos con las armas, liberaríamos nuestra patria con las armas”.

Con estas palabras, Maduro escupió la verdad del Socialismo del Siglo XXI: sus líderes han comprometido su vida en una lucha a muerte por el poder político y económico. La democracia no les importa. La han usado la democracia sólo como un medio para acce-der a ese poder y están dispuestos a matar con tal de no perderlo, aun si democrática-mente han sido derrotados. Esto demuestra también que sus protestas de querer el be-neficio del pueblo son sólo máscaras para establecer un poder totalitario.

Como es típico de ellos, Maduro envolvió estas declaraciones en su característico doble-hablar, usando la palabra “liberar” a Venezuela cuando en realidad se refiere a ins-talar una tiranía —y a instalarla a balazos—. Nada puede ser más contrario a una liberación que imponer el poder de un grupo sobre una sociedad, peor todavía si se hace con vio-lencia.

Ya antes de estas declaraciones se había vuelto imposible que una persona partidaria de la democracia y del imperio del derecho apoyara o siquiera suspendiera el juicio sobre el régimen venezolano, que ha venido pisoteando los derechos fundamentales de los ciudadanos desde hace mucho tiempo. En las elecciones de diciembre de 2015 la Mesa de la Unidad Democrática (la coalición opuesta a los Socialistas del Siglo XXI) ganó 112 de los 167 curules de la Asamblea Nacional. A pesar de que el gobierno tuvo que aceptar la derrota, que había sido aplastante, Maduro se negó a aceptar las consecuencias, y, en contra de la Constitución, decidió ignorar la nueva Asamblea. Más aún, se negó a respetar el derecho que la Constitución le da a los venezolanos de llevar a cabo un referéndum revocatorio para determinar si el presidente (en este caso Maduro) debiera o no terminar su mandato presidencial.

Luego, cuando el pueblo se levantó en diarias protestas que han durado ya por varios meses, el gobierno ha respondido con un total desprecio por las multitudes y con violencia, que ha dejado muchos muertos. En el proceso ha tomado muchos presos políticos, a los cuales les ha negado sus derechos y los mantienen en condiciones lamentables que incluyen torturas.

Nada de esto ha detenido al Gobierno de El Salvador de convertirse en uno de los poquísimos defensores del régimen venezolano en el Continente, llenando al país con el oprobio de estar del lado de una de las peores y más sangrientas tiranías que ha habido en América entera.

Peor aún, en su afán por hacer cualquier cosa por defender a Venezuela, el gobierno ha logrado impedir que la OEA condene la matanza en Venezuela y con eso se ha echado encima a la región entera, incluyendo a Estados Unidos, con lo que pone en peligro el TPS para cientos de miles de salvadoreños y la posibilidad de habitar en ese país para otros miles. Es decir, conscientemente, el Gobierno salvadoreño está defendiendo al ilegítimo régimen venezolano a costa de destruir económicamente a cientos de miles de salvadoreños que ahora viven en Estados Unidos y de causar un golpe enorme a la economía y la seguridad del país al causar la expulsión de ellos.

Esto prueba que la lealtad del FMLN está con Maduro y sus asociados y no con los salvadoreños. Esa lealtad es ominosa porque indica cómo el FMLN piensa y siente. Si no condenan al régimen del Socialismo del Siglo XXI están indicando claramente que para ellos es legítimo ganar con las armas lo que no puedan ganar con los votos. El FMLN no ha cambiado nada desde que se formó en La Habana bajo la autoridad de Fidel Castro. Para los seguidores de Castro, la paz es una interrupción temporal en la lucha armada por el poder.

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