“Cumpliste, Estela… Gracias”. De Humberto Sáenz Marinero

Humberto Sáenz Marinero, 24 junio 2017 / EDH

No quería volver a escribir sobre este tema, pero he cambiado de opinión. Hace unos días se cumplieron 32 años de la llamada “masacre de la Zona Rosa” en la que mi padre y muchas otras personas perdieron cruelmente sus vidas. Parece que fue hace mucho tiempo, pero la verdad es que el dolor está ahí; desaparece por momentos, aunque reaparece con mucha intensidad sobre todo en estos días, cuando los medios y redes sociales vuelven y vuelven con el tema.

Pero duele más porque hay quienes siguen sin comprender que no podemos continuar utilizando como armas las tragedias vividas durante el conflicto fratricida que nos desgarró por completo. Esta tragedia en particular se usa como moneda de cambio o como una airada y automática respuesta a señalamientos de otros atropellos y de otras barbaridades que también se cometieron en la guerra, de uno y otro lado. ¿Quieren investigar aquello? Investiguen también esto; ridícula y estúpida posición.

Para el caso, hace unos meses nos enteramos, a través de las redes sociales, que un grupo denominado “Colectivo de Víctimas del Terrorismo” estaba promoviendo una acción ante la Fiscalía General de la República, pidiendo se iniciaran investigaciones contra varias personas presuntamente vinculadas con la masacre de la Zona Rosa.

No sé bien lo que persiguen, pero sí sé que a nosotros nadie nos contactó, ni nos preguntó. Igual sé que a la familia del alumno que falleció junto a mi padre, tampoco le preguntaron. Por eso simplemente digo: no sé a quiénes es que supuestamente representan.

En todo caso ha sido en ese contexto que ha vuelto a divulgarse un video que en estos 32 años yo jamás había visto. Es un vídeo crudo que, como otros tantos, refleja las atrocidades de la guerra. Pero este es diferente a otros que ya había visto. En este, aparece mi madre afrontando lo que a partir de esa fecha sería su nueva realidad. Y es por eso que cambié de opinión.

Ya he dedicado algunas líneas a la memoria de mi padre, he hecho catarsis de esta terrible experiencia, he opinado que no valió la pena el conflicto, he pedido que no se use nuestro resurgido dolor para despotricar contra el adversario y he expresado que desde mi punto de vista, sí es posible la reconciliación en nuestro país. Pero me quedaba algo importantísimo que escribir y que no tiene disculpas no haberlo hecho antes.

Sobre la tumba de mi padre escuché a mi madre prometerle que sacaría adelante a sus hijos. Un par de años después leí que escribió en un periódico lo siguiente: “Han pasado 2 años, el tiempo vuela, pero tu nombre está grabado muy dentro de todos nosotros y como te lo prometí encima de tu cuerpo inerte, estoy llevando y sacando adelante a nuestros hijos y mientras Dios así lo disponga, lo seguiré haciendo”.

Yo no sé cómo lo hizo, pero lo cierto es que lo logró. Doy fe de sus tristes noches, de sus llantos de madrugada, de sus vacilaciones, sus tropiezos, sus vueltas a levantar, su inquebrantable espíritu de lucha, su resignación, su perdón, su férrea disciplina, su emprendimiento y su incansable afán por procurarnos bienestar, con cientos y cientos de limitaciones.

Por supuesto que existieron muchas personas que estuvieron cerca de ella y que contribuyeron enormemente en esa difícil tarea. A todos ellos, mis más profundos agradecimientos; jamás lo podremos pagar.

Pero al final fue ella quien lo hizo. Fue ella la que logró mantener un quebrantado hogar; la que buscó y se rebuscó porque lográramos completar nuestros estudios; la que soportó estoicamente las vicisitudes del día a día en nuestra niñez, nuestra adolescencia y nuestra juventud; la que con su ejemplo nos enseñó a trabajar desde pequeños y a no arrugar la cara a los problemas; la que supo transmitirnos alegría y esperanza cuando más lo necesitábamos.

No sé cómo lo hizo pero en medio de sus tribulaciones la vimos inmiscuida en casi todo. Ella estaba en nuestros eventos deportivos, en los acontecimientos académicos, acompañándonos en viajes escolares y hasta formando parte de juntas directivas en el colegio. Lo hizo al tiempo que nos exigía, nos corregía, manteniéndonos alejados de lo que ella consideraba que podría dañarnos.

Ella es la artífice y la protagonista. Pudimos hacerlo porque ella se lo propuso; lo hizo bien. Estoy convencido de que si lograra escuchar a mi padre, oiría que éste le diría: “Cumpliste, Estela… gracias”.

Lo hacemos en su nombre sus 3 hijos; Mario Antonio, Estela Lissette y yo te decimos: ¡cumpliste, madre… gracias!

@hsaenzm

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