Apatía política (parte I). De Erika Saldaña

Los partidos políticos han dejado de ser instituciones que representan sectores de la población e ideologías, convirtiéndose en defensores de intereses de grupos particulares y hasta propios.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 12 junio 2017 / EDH

La más reciente encuesta del Instituto Universitario de Opinión Pública de la UCA ha venido a reiterar lo que desde hace años sabemos: existe una latente crisis de los partidos políticos actuales en El Salvador; esta se manifiesta en el enojo de muchos ciudadanos, en el desencanto hacia el partido que alguna vez quisieron, en la indiferencia a ir a votar cuando se acercan las elecciones y, en general, los salvadoreños repudian la forma en que se ha llevado la política a lo largo de dos décadas.

Si las elecciones se realizaran en estos días, el 63.4 % de la población no desea que el FMLN siga gobernando; sin embargo, el 68.1 % tampoco quiere que ARENA vuelva a gobernar. Lo anterior se nos presenta desde ya como una encrucijada complicada; en un sistema prácticamente bipartidista, el rechazo hacia los dos partidos mayoritarios genera un panorama de incertidumbre de cara a las elecciones legislativas y municipales de 2018, y las presidenciales de 2019.

En este punto, es necesario reflexionar sobre qué nos ha llevado a este desprecio de la ciudadanía hacia los partidos políticos. La respuesta está a la vista: los partidos políticos han dejado de ser instituciones que representan sectores de la población e ideologías, convirtiéndose en defensores de intereses de grupos particulares y hasta propios. Lo inaudito de tener una respuesta evidente sobre las causas del rechazo a los partidos es que estos no capitalicen el descontento y no hagan nada por levantar cabeza.

Los partidos políticos van cargando en sus filas, como si nada, a personas señaladas con antecedentes de corrupción y otro tipo de delitos. Además, se trata de gente que lleva años viviendo tranquilamente desde su puesto de privilegio en la política, a quienes se les ve más casa por casa prometiendo unicornios y pidiendo el voto, que en sus lugares de trabajo solucionando problemas que afectan el país. Estas personas, con el paso de los años, se han vuelto millonarios terratenientes, han convertido al Estado en una empresa familiar, mientras sus representados luchan contracorriente para encontrar el sustento diario.

Es imposible que no exista resentimiento, apatía, descontento y rechazo hacia los partidos políticos, si sus integrantes pasan de personas amigables, dialogantes y receptivas en épocas electorales, a mostrar su verdadera personalidad prepotente, autoritaria y vividora cuando ya están en el cargo. La consecuencia de que los partidos políticos promuevan un discurso de cambio, mejora y transparencia, pero al momento de actuar hagan cosas totalmente distintas, es que la ciudadanía no quiera saber nada de la política y sus integrantes.

El problema más profundo de la denominada crisis de los partidos políticos es que, en un país polarizado, desinformado y en el que muchas personas carecen de educación cívica, es probable que varios se dejen llevar por las malas artes del líder carismático, fascista o populista que promete restaurar la democracia dañada por algunas élites. Esa persona que es producto del marketing político, que busca (y consigue) caerle bien a muchos, que promete resolver todos los problemas con su altísima bondad, sabiduría y presencia. Pero al final, los resultados de sus promesas no pasan de ser un cuete soplado.

Algo así le ocurrió a Venezuela en los años noventa. Cuando el sistema de partidos políticos prácticamente hizo implosión producto del descontento ciudadanos y la marginación de la clase trabajadora, surgió Hugo Chávez. Y ya sabemos cómo continúa la dura historia; todas las instituciones que se oponen o contradicen al plan político de este tipo de caudillos se convierten en enemigos, porque el fin siempre será obtener el control de todas las instituciones.

Como dicen por ahí, quienes no aprenden de la historia están condenadas a repetirla. Esta vez, quienes deben aprender del pasado no solo son los ciudadanos al momento de acudir a las urnas y decidir por quién votar, sino también (y en mayor medida) los partidos políticos. Si los políticos pertenecientes a sus filas y las dirigencias no se renuevan, si no depuran sus a sus líderes y candidatos, si no cambian su manera de trabajar y ofrecer soluciones, los principales culpables del decaimiento del sistema político salvadoreño son ustedes.

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