Las falsas distinciones. De Manuel Hinds

Independientemente de cómo se generó, si no se resuelve la crisis fiscal, el país entero pagará un precio todavía más alto que el que hasta ahora ha pagado. Resolver la crisis será caro, pero la alternativa, no resolverla, es peor.

Manuel Hinds, 9 junio 2017 / EDH

¿Qué le importa al ciudadano que no tiene una cuenta o un crédito bancario si hay crédito disponible, o si las tasas de interés suben, o si las calificaciones de la deuda del gobierno están bajas, o si el gobierno, como ya hizo, entra en impago? Es muy común la idea de que esas cosas sólo le importan a las empresas grandes que tienen crédito y relaciones con el exterior, y a sus dueños.

Esta, sin embargo, es una falsa distinción que ignora las infinitas interrelaciones de una economía moderna. En el fondo proviene de la idea que la economía es un terreno en el que la sociedad entera pelea por una cantidad de bienes y servicios que no cambia, de tal forma que los sectores sólo ganan cuando le quitan algo a los otros sectores, y que si a un sector le va mal a los otros no les afecta e incluso pueden ver mejorada su situación. Este error es muy grave, ya que los sectores dependen unos de otros, de modo que, por ejemplo, si las tasas de interés suben, o los plazos de las inversiones se reducen, la inversión se reducirá, con lo que la tasa de creación de empleos se va a reducir, y las personas que buscan un trabajo se quedarán desempleadas, y los que tengan trabajo verán sus salarios estancarse.

El error también es muy costoso. Todo el país está siendo afectado negativamente por la situación macroeconómica del país, y especialmente por el impago en el que cayó el gobierno hace unas semanas, en parte por creer en esa falsa idea de que las suertes económicas del gobierno, las empresas y los ciudadanos son independientes entre sí. Teniendo el dinero para pagar, el gobierno entró en impago, pensando que con eso le daría un susto a ARENA para que le diera sus votos para seguir endeudándose. La magnitud de la ignorancia del gobierno se evidenció con este hecho. No se dio cuenta de que al dejar de pagar la calificación de la deuda del país caería al peor de sus niveles, lo cual le impediría tomar más dinero prestado porque nadie se lo prestaría. Sólo hasta haberlo hecho se dio cuenta el gobierno de que había serruchado la rama en la que estaba sentado.

El problema es que el que cayó al abismo no fue sólo el gobierno sino el país entero, incluyendo, muy prominentemente, a los que no tienen cuentas bancarias y a los que ni siquiera se han dado cuenta de que sus crecientes dificultades en sus empresas y en sus trabajos (y en su lucha por conseguir trabajo), están relacionados muy cercanamente con el manejo imprudente de las cuentas fiscales.

Este problema no comenzó con el innecesario impago del gobierno. Había comenza-do en la administración anterior del FMLN, en la que se inició el deterioro del manejo fis-cal. El país, de tener una de las mejores calificaciones de deuda de Latinoamérica (grado de inversión) desde los años noventas, pasó a tener una de las peores y terminó con la segunda peor que existe. Todo este proceso ha tenido un impacto devastador en las posibilidades de conseguir inversión nacional y extranjera, y en la creación de empleos. Este gobierno está teniendo pésimas calificaciones de la población en términos de su manejo económico. Ya es hora de que se dé cuenta de que los desmanes en gastos tienen consecuencias muy negativas en el crecimiento de la economía y en la creación de empleos, y que estos tienen consecuencias también muy negativas en la aprobación de la ciudadanía.

Pero ahora nos encontramos en una situación muy grave. Independientemente de cómo se generó, si no se resuelve la crisis fiscal el país entero pagará un precio todavía más alto que el que hasta ahora ha pagado. Resolver la crisis será caro, pero la alternativa, no resolverla, es peor. Así, el país debe hacer todo lo necesario para resolverla de una manera razonable (darle las pensiones de los trabajadores al gobierno no es razonable), y aprender la lección de no darles el poder otra vez a los que no manejan el fisco responsablemente.

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