Las estatuas de sal y el renuevo generacional. De Manuel Hinds

El pueblo salvadoreño, como la mujer de Lot, ha volteado a ver al pasado, y se ha quedado convertido en una estatua de sal, paralizado y estéril, inmerso en los conflictos y las emociones negativas que llevaron a la guerra.

Manuel Hinds, 2 junio 2017 / EDH

En el libro del Génesis hay una historia con un enorme contenido simbólico. Cuenta que dos ángeles llegaron a la casa de Lot, el único ciudadano justo de Sodoma y le dijeron que tenía que irse de allí con su familia porque Dios iba a destruirla. Añadieron que al huir no podían ver para atrás. Lot partió con su esposa y sus dos hijas. La esposa volteó a ver cuando el fuego caía sobre Sodoma y Gomorra y se convirtió en estatua de sal.

La simbología es clara. Habían pasado muchas cosas malas en Sodoma y Gomorra, tan malas que resultarían en su propia destrucción. Las personas que no habían estado involucradas en esas maldades sólo tenían una ruta para sobrevivir: escapar del nido de la destructividad, y no voltear a ver hacia el resultado del pasado de iniquidades. Muy frecuentemente se interpreta que lo que le pasó a la mujer de Lot fue un castigo a su curiosidad o a su desobediencia. Pero hay otra interpretación: al voltear a ver a Sodoma y Gomorra, la mujer de Lot estaba volviendo a ver al pasado, y eso no sólo la convirtió en estatua, que es el símbolo de la parálisis, sino en una de sal, que es el símbolo de la esterilidad. El pecado fue voltear a ver, no cortar el ombligo con el pasado.

Esta lección se repite en muchas partes en la Biblia. En el nuevo testamento, Jesús le dijo a un hombre que encontró en el camino: “Sígueme”. El hombre le contestó que lo dejara ir primero a enterrar a su padre. Jesús le contestó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve y anuncia el reino de Dios”. Después Jesús añadió: “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios”.

Esta es una lección que debemos aprender en El Salvador. El país pasó por una guerra espantosa en los años ochentas que causó miserias inenarrables y destrucciones que han sido como amputaciones de las capacidades para desarrollarse y crecer. En los veinticinco años que han pasado desde que terminó esa tragedia hemos tenido abiertos dos caminos. Uno es dejar que los sentimientos que crearon esa conflagración y, peor aún, los que se generaron durante ella, sigan dominando nuestros comportamientos. El otro es dejar de ver para atrás, alejarnos de esa destrucción y enfocarnos en el desarrollo futuro de nuestro país.

En los años desde la firma de la paz ha habido de las dos cosas, pero la mirada hacia atrás ha aumentado con el paso del tiempo, alimentada no por curiosidad sino por el deseo de mantener vivos los sentimientos perversos que llevaron a la guerra, con el objetivo de obtener y mantener el control del país entero en manos de los que iniciaron la guerra y se mantienen prisioneros de las pasiones que los llevaron a ella. Son los objetivos de una generación pasada.

Esa generación ha sido larga, larga. Sus miembros han dominado al país por cuaren-ta años, desde finales de los años setentas hasta ahora. Hicieron cosas muy buenas y otras muy malas. Pero desencadenaron una tragedia que nunca debería de haber pasado. Sabiendo esto, tratan de justificarla día a día, destruyendo la posibilidad de que los jóvenes vivan su propio futuro en vez del pasado de los que causaron la guerra.

El resultado ha sido que el pueblo salvadoreño, como la mujer de Lot, ha volteado a ver al pasado, y se ha quedado convertido en una estatua de sal, paralizado y estéril, inmerso en los conflictos y las emociones negativas que llevaron a la guerra. Así, los jóvenes, que nunca vivieron la guerra, que viven una realidad muy distinta a la que existía hace cuarenta años, se han visto sujetos a las tenebrosas visiones de los muertos que deberían estar enterrando a sus muertos.

Ya es hora de que esa generación pase, y que líderes jóvenes guíen al pueblo para que tome el arado y mire hacia delante, hacia el futuro brillante que ya ha esperado por demasiado tiempo a El Salvador.

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