Perdedores. De Cristian Villalta

Nuestro talento diplomático para apoyar causas perdidas no es casualidad.

Cristian Villalta, 7 mayo 2017 / LPG

La diplomacia puede ser más cochina que la política, y ni se diga cuando duermen en la misma cama.

Uno de los ejemplos más infames es el de la invasión japonesa a China en 1931 y el nacimiento del Gran Imperio de Manchuria.

Para decirlo rápido, Japón saboteó un proyecto ferroviario de su propiedad ubicado en China, justificó una invasión al sur de ese país y fundó en ese territorio un Estado títere al que durante 12 años se conoció como Manchuria.

La maniobra japonesa, pobremente ejecutada, recibió unánime repudio internacional. Así, aunque instalado en 1932, el Estado manchú no fue reconocido por otras naciones sino hasta 1934, apenas por dos: Japón, con absoluta lógica, y El Salvador, con aparentemente ninguna.

¿Qué llevó a El Salvador, entonces poco más que una hacienda de credo anticomunista con pretensiones urbanísticas, a respaldar aquel acto de horrible intervencionismo imperialista? Aunque sucesivos exégetas le han atribuido el episodio a la locura o a la ignorancia de Maximiliano Hernández Martínez, la anécdota se somete a un reconocible patrón de la administración del dictador.

Ese mismo gobierno se declaró admirador del franquismo, del nacional socialismo alemán y del nacionalismo italiano en la preguerra, y no renegó de su germanofilia sino hasta la entrada en hostilidades de Estados Unidos; en efecto, Martínez era un admirador del fascismo y de un modo estúpido alineó internacionalmente a El Salvador en esa dirección siguiendo sus personales inclinaciones ideológicas, sin advertir cuál era el pulso del concierto político internacional.

Aunque desmemoriada, nuestra patria conserva resabios de aquellos hechos, particularmente la micromentalidad de nuestros políticos, que se movió apenas milímetros con el advenimiento de la democracia.

Si la adhesión a Taiwán, país tan en boga durante las administraciones areneras, era de difícil comprensión, igual lo es ahora la militancia del partido oficial con su par venezolano; denominador común de ambos casos es que a la raíz de tal simpatía se privilegió un interés sectario sobre un interés nacional.

Entre 1989 y 2009, ¿quién ganó más de la relación con el Gobierno taiwanés: la nación o el partido ARENA? ¿Por qué sacrificar una prometedora relación con la economía china a cambio de alinearnos con un país tan lejos de nuestra área de intereses geopolíticos? ¿Para hacer bloque con Kiribati, Tuvalu, Burkina Faso y Nicaragua?

Y ahora, es el FMLN el que mete a El Salvador en la fila de los perdedores, apoyando públicamente al régimen de Nicolás Maduro, con manifestaciones que oscilan entre el sonambulismo del canciller Luis Martínez y lo cantinflesco del “Diablito”.

La inversión de papeles de nuestros actores políticos es oprobiosa: mientras en su discurso el FMLN reduce lo que sucede en las calles venezolanas a montaje financiado por la derecha internacional y matiza sobre la violación sistemática de las garantías constitucionales en ese país, ahora es ARENA el que apologiza contra la represión de Estado y la infamia del apresamiento político. El mundo al revés.

No hay modo civilizado de justificar la represión contra civiles. No hay dispensa para los gorilas de antes ni de ahora, hayan llevado o lleven un tocado rojo o uno verde. Todo aquel que lo pretenda matizar es un leguleyo perfumado, un cínico, un político de poca monta, nunca un demócrata.

La tarifa pagada por Taiwán por los servicios de aquel oficialismo aún no ha sido calculada; en el caso venezolano, sí sabemos que usar a El Salvador como sirviente en los pasillos diplomáticos cuesta poco más de $800 millones, y que la factura apesta a gasolina.

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