Escapando de la realidad. De Cristina López

Lo he dicho antes y lo diría mil veces: las redes sociales y la tecnología inteligente, como tales, son moralmente neutras. El uso que les damos y lo que intentamos conseguir a través de ellas es otra cosa completamente distinta.

Cristina López, 8 mayo 2017 / EDH

Hace muchos, muchísimos años, en las épocas en que la vida era blanco y negro, el internet era más lento que procesión en Semana Santa, y la gente aún se comunicaba exclusivamente por teléfono de línea fija, parte de los buenos modales que uno aprendía en la casa incluían la correcta etiqueta para llamar a alguien por teléfono. Antes de las 10 de la mañana probablemente era muy temprano, y después de las 10 de la noche, quizás era demasiado tarde. Saludar a quien contestara, con independencia que fuera la persona con la que queríamos hablar, era parte del proceso: “Buenos días/buenas tardes, ¿está Zutana/Mengano?”.

Tardarse demasiado en una llamada también era mal visto, por lo menos en mi casa, en la que monopolizar la línea telefónica implicaba negarle la vida social, la posibilidad de preguntar la tarea, o la capacidad de hacer una cita médica, al resto de miembros de mi numerosísima familia. Cualquiera que quebrantaba tan simple regla de convivencia, se enfrentaba al dicho lapidario paterno de “el teléfono sirve para acortar distancias, no para alargar conversaciones”. Y click, la conversación terminaba, voluntaria u obligadamente.

Y en el tiempo que pasaba entre una llamada telefónica y otra, la gente de esos tiempos se dedicaba a la cavernícola actividad de interactuar entre sí sin pantallas de por medio. Cara a cara. Usando la voz, gestos y viéndose a los ojos. A propósito, y a veces por horas y horas.

Nunca he sido parte del bando ridículo que culpa a las redes sociales y a los avances tecnológicos de todos los males de la tierra. Al contrario, las formas en las que mi generación se ha beneficiado con la capacidad de interconexión instantánea a todos los lugares del mundo, son incuantificables. En lo personal, estas conexiones me han permitido conseguir trabajos y entablar amistades cercanísimas con gente en lugares lejanísimos. Son estas conexiones lo que me mantiene sintiéndome en casa con mi numerosísima familia, a pesar de que tengamos décadas de no convivir bajo el mismo techo y mantenerme al día con amistades de infancia en nuestra adultez presente.

Y desde el punto de vista del activismo ciudadano, las redes y la tecnología nos han permitido organizarnos, educarnos, debatir de manera pacífica y empujar cambios de maneras más creativas y rápidas que lo que la organización comunitaria permitía hace un par de décadas. Lo he dicho antes y lo diría mil veces: las redes sociales y la tecnología inteligente, como tales, son moralmente neutras. El uso que les damos y lo que intentamos conseguir a través de ellas es otra cosa completamente distinta. Y es ahí donde, en muchas ocasiones, nos estamos equivocando.

Nos equivocamos cuando confundimos los “likes” que nuestros aportes reciben en internet con autoestima. Nos equivocamos cuando interpretamos como realidad las fotos, videos y comentarios de otros en internet — olvidamos que no son más que un espejismo, una fachada en la que cada aporte ha sido tan curado como los cuadros de una galería. Y si bien hay personas felices cuyas vidas en línea reflejan su estado de ánimo, también hay vidas en línea cuya felicidad en verdad sirve para enmascarar depresiones, soledades e inseguridades. También nos equivocamos cuando pensamos que lo que está pasando en el teléfono es más importante que la conversación cara a cara que estamos teniendo con alguien que apartó su tiempo para dedicarlo a nosotros. ¿Qué podría ser tan urgente? ¿Realmente no puede esperar a más tarde mandar esa cadena de WhatsApp o pegar ese vídeo en Facebook? ¿Qué tan horrible es la realidad como para que sea tan urgente escaparla? Adaptando el dicho de mi papá a la actualidad, el teléfono sirve para acortar distancias, no para escapar de la realidad.

@crislopezg

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