¿Liberales versus conservadores? No es tan simple. De Federico Hernández Aguilar

Federico Hernández Aguilar, 19 abril 2017 / EDH

Cuando alguien exige que los “verdaderos liberales” piensen o actúen de determinada manera, lo que en realidad está diciendo es algo sorprendente e inquietante a la vez: no solo es que se atribuya la autoridad de señalar a quienes serían, desde su punto de vista, “falsos liberales”, sino que se apropia de la facultad de dictaminar qué ideas y opiniones hacen “verdadero” a un liberal. Esta postura es curiosa y paradójica, sobre todo viniendo de alguien que reclama tener una mentalidad “antiautoritaria”.

El problema se complica si arribamos con este espinoso asunto al plano de lo moral, porque allí el liberalismo no ha definido —ni pretende hacerlo— qué conclusiones debe sacar obligadamente un liberal que enfrenta los dilemas de la libertad individual en una sociedad pluralista, en la que conviven (casi siempre con tensiones) diversas formas de pensar y conducirse.

Desde una lógica que pretenda edificar murallas —a lo Trump— en la gran familia del liberalismo, dependiendo del lado que ocupa en un debate moral concreto, liberales “verdaderos” serían, imagino, Mario Vargas Llosa, Milton Friedman y Carlos Alberto Montaner, mientras que liberales “falsos” serían Thomas Sowell, Rafael Termes y Alejandro Chafuén. ¡Vaya arbitrariedad! No conozco un solo autor liberal que seriamente defienda tal segmentación.

Pero en el fondo existe una dificultad filosófica que toca resolver si pontificamos sobre liberales “verdaderos”, y es la mera noción de “verdad”. Al plantear el deseo de orden, por ejemplo, como un denominador de la mentalidad “conservadora”, oponiéndola sin matices a una supuesta mentalidad “liberal”, lo que se está sosteniendo es la necesidad de establecer verdades objetivas para reconocer esta división. Por ende, si lo que hace reconocible a este pretendido “conservadurismo” es el orden, sería también verdad que el liberalismo preferiría siempre rechazar el orden en nombre de la libertad. ¿Estaríamos, así, delante de una feliz alternativa al autoritarismo? Examinando la fragilidad de esta idea descubriremos varias de las razones por las que esta clase de debates permanecen abiertos entre nosotros, los liberales.

La historia y la convivencia humana demuestran que ninguna noción de orden es inocua moralmente. De hecho, lo que con frecuencia vuelve autoritario un concepto de orden es, precisamente, su fuente moral. El marxismo justificaba el caos y la violencia desde una raíz ideológica, del mismo modo que lo hacía el nazismo para defender su idea del orden. En ambos casos, curiosamente, lo que se relativizaba era la objetividad moral de toda acción humana: Marx para deducir el imperativo de demoler el sistema capitalista y Hitler para sostener la superioridad de una raza sobre las demás.

Contraponer cualquier noción de orden a la libertad es, con perdón, un reduccionismo. Ni siquiera habría manera de argumentar a favor del Estado de Derecho para los liberales que se tragaran ese cuento. En Massachusetts, hoy, algo tan subjetivo como la “construcción de la propia identidad sexual” ha sido impuesto por ley en nombre de la libertad individual. En los hechos, sin embargo, lo que ha producido esta sublimación legal de la subjetividad personal es el no reconocimiento de ninguna objetividad biológica, con lo cual se han visto reprimidas o limitadas otras libertades individuales: de conciencia, de opinión, de pensamiento, de credo y de contratación (solo por mencionar algunas). He aquí, en resumen, una nueva tiranía, instalada —para variar— sobre una ideología de moda: en este caso, la de género.

El rechazo intelectual y ciudadano frente a estas modernas formas de autoritarismo rebasa esa superficial dicotomía entre “liberales” y “conservadores” que algunos plantean. Simplificar estas cuestiones bajo formas antitéticas cerradas —“autoridad” o “disidencia”, “armonía” o “caos”, “orden” o “libertad”— es otra forma de obviar el decisivo papel que juegan las subjetividades en la conducta moral humana, incluyendo las decisiones políticas en que derivan. Y quien se atreva a sancionar un consenso liberal alrededor de estos dilemas es probablemente un genio. O quizás, sencillamente, ignora el alcance de lo que dice.

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