Los jóvenes en democracia… De Luis Mario Rodriguez

Lo importante es asumir que el relevo o, en su caso la llegada de nuevos liderazgos, frescos en edad o en ideas, que compartan con los que tienen más experiencia, es obligatorio si se quiere evolucionar al mismo ritmo que lo están haciendo otros Estados.

Luis Mario Rodriguez, 23 marzo 2017 / EDH

El interés de las nuevas generaciones por aportar al desarrollo nacional es indispensable. Su ausencia sería inexcusable. Causaría un enquistamiento de quienes han administrado el poder por décadas y condenaría a los ciudadanos a vivir bajo un esquema en el que, lo importante y trascendente, sería mantener los privilegios que el sistema le ha concedido a los primeros. Se esquivaría el debate de temas esenciales para la organización y la vida en sociedad, se impondría, como de hecho sucede ahora mismo, el clientelismo político sobre la meritocracia, y con el retiro o la muerte de los antiguos líderes, también desfallecerían con ellos, hasta apagarse, la luz del republicanismo, la observancia del Estado de derecho y las bases elementales de todo sistema democrático.

Esto no significa, ni por asomo, que en la actualidad se carezca por completo de líderes políticos. Los hay, y de todas las edades. Lo importante es asumir que el relevo o, en su caso la llegada de nuevos liderazgos, frescos en edad o en ideas, que compartan con los que tienen más experiencia, es obligatorio si se quiere evolucionar al mismo ritmo que lo están haciendo otros Estados. La trillada combinación entre “experiencia y juventud” es siempre un buen método para acoplar la prudencia con la temeridad, la calma con la ansiedad y el discernimiento que da el sentido común con los conocimientos que concede la formación académica.

El “encargo democrático” que la nación le entrega a los nóveles activistas y a quienes, después de los cuarenta incursionan en la política o se interesan por incidir en la cosa pública, difiere, sustancialmente, si se trata de una coyuntura política donde la Constitución no se cumple, de aquella otra donde la democracia aún vive, pero se amenaza a la división de poderes, a las elecciones como forma de alcanzar el poder y al respeto de los derechos humanos.

Los jóvenes simbolizaron la figura central en varias de las protestas más emblemáticas en diferentes partes del mundo y en distintas épocas durante el siglo XX. Así lo registra la historia en México, en la República Popular China, en Venezuela y aquí mismo, en El Salvador.

En 1968, la “matanza en la plaza de las tres culturas de Tlatelolco”, conmocionó a los mexicanos y a la comunidad internacional. Los estudiantes, como en otras partes del orbe, se oponían al autoritarismo y a los “métodos” utilizados por el régimen para desafiar a cualquiera que rechazara su “forma” de gobernar. Las crónicas señalan que el levantamiento estudiantil “marcó una inflexión en los tiempos políticos de México porque fue independiente y contestatario” y se fortalecía con “las demandas libertarias y de democratización que dominaban el imaginario mundial”.

La masacre de la “Plaza de Tiananmén”, en 1989, representa otro de los hechos históricos que confirman el involucramiento de la juventud allá donde el sistema democrático y las libertades se encuentran secuestrados. La foto del joven opositor enfrentando un escuadrón de tanques es la viva imagen de un individuo que exige el cese de la represión, en aquel momento, encarnada por el partido comunista. El Ejército Popular de Liberación disolvió la movilización y aunque la cifra de asesinados no está clara se habló de cientos de manifestantes.

La resistencia de los universitarios venezolanos a la reforma constitucional impulsada por el fallecido Hugo Chávez en 2007 con la intención de establecer la reelección presidencial indefinida, será recordada como otra de las luchas a favor de la democracia en América Latina. Esa fue la primera derrota electoral del exmandatario después de una serie de triunfos consecutivos que le otorgaron el poder desde 1999. En otro caso emblemático la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez fue repelida por los movimientos universitarios salvadoreños. Lideraron la “huelga de brazos caídos” y sacaron al dictador del poder.

En democracia, sin represores, pero con intimidaciones serias encaminadas a debilitar la forma de gobierno y la transparencia, con una crisis fiscal en ciernes, un magro panorama en materia de seguridad, una economía estancada que no genera empleos y un alto nivel de pobreza, los jóvenes deben reflexionar cuál será su contribución a la construcción de consensos. Hacer lo contrario los asemejaría a quienes ellos pretenden superar.

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