Un país libre. De Cristina López

En El Salvador, hay legisladores que creen que el mejor uso de su autoridad es decidir qué dieta de consumo cultural debería tener el salvadoreño promedio.

Cristina López, 20 marzo 2017 / EDH

¿Cómo se ve un país libre? La libertad es de las palabras que por abundancia de uso se ha ido vaciando de significado. Tanto así, que quizás a muchos se nos ha olvidado cómo, en la teoría, debería verse un país libre. Y claro, se pueden tener debates filosóficos con respecto al rol que juegan las políticas públicas en restringir libertades individuales o en permitirle al individuo desarrollarse en libertad. No puede dejarse de admitir que la libertad, a la que todo individuo tiene derecho en igual medida — precisamente por esa dignidad humana que nos hace iguales a todos — no siempre se ve igual para todos porque, a pesar de ser iguales, hay estructuras sistemáticas (educación, nivel de ingresos, género, nacer en la capital o en el interior) que se traducen en condiciones desiguales.

Sin embargo, es difícil coincidir en que dadas las opciones de más autoritarismo versus más libertad, más libertad es siempre, ¡innegablemente!, la opción que permite más prosperidad y bienestar para la mayor cantidad de individuos al mismo tiempo. Hay que admitir que el autoritarismo le da bienestar, y bastante, a los pocos con la posibilidad de ejercerlo y es por estos perversos incentivos que nos toca como población, desde la opinión pública, tener un debate permanentemente abierto sobre cómo se ve un país libre, y desde las urnas, aspirar a él y empujar a nuestros representantes a construirlo.

En un país libre, a los individuos se les permite tomar las decisiones de consumo que les afectan exclusivamente. Por ejemplo, qué alimentos ingerir a la hora del recreo y cuáles no. En nuestro país, los legisladores han decidido elevar la regulación de la comida chatarra en los centros escolares al grado de “tema de país”. Cualquiera pensaría que si tienen tiempo de debatir si un churrito y una charamusca son las mayores amenazas para los salvadoreños en edad escolar, es porque ya resolvieron TODAS las otras amenazas que acechan a los estudiantes, como las escuelas cuya infraestructura cayéndose a pedazos lentamente atenta contra la vida de poblaciones escolares enteras, o como la delincuencia que espera, literalmente a la salida del colegio, para reclutar pequeños e incorporarlos a las pandillas, o como los desgraciadamente múltiples casos en que muchos menores han sido abusados sexualmente o acosados por el mismo personal educativo que en teoría debería velar por su enseñanza y seguridad. Esto no quiere decir que la obesidad no sea un relevante tema de salud pública, pero el legislarlo con autoritarismo solo refleja que los legisladores no confían en que las familias — que supuestamente dicen proteger — tienen la capacidad de mejor decidir qué consumen sus hijos. ¿Se les ha ocurrido que la educación para tomar decisiones más saludables es lo que hace falta, en vez de menos libertad de decisión? ¿Han pensado que quizás, para muchos niños, esa comida “chatarra” es la única opción que pueden costear y quizás el único ingreso calórico que consumirán en el día?

De igual manera en un país libre se le deja al individuo decidir qué entretenimiento consumirá y cuál no. Qué tipo de productos culturales ofenden su moral y cuáles no. Es esa libertad lo que permite la pluralidad de pensamiento y el respeto para todos los individuos: los que piensan de maneras parecidas y los que no. Hasta en Rusia, lugar que ninguna persona consideraría un país libre, prohibir la película de La Bella y la Bestia por no estar de acuerdo con su contenido, les pareció un grado de autoritarismo demasiado alto y abandonaron el proyecto de ley, limitándose a la igualmente ridícula e inútil medida de regular la edad de consumo. En El Salvador, hay legisladores que creen que el mejor uso de su autoridad es decidir qué dieta de consumo cultural debería tener el salvadoreño promedio. ¿Por qué es peligrosísimo esto? Porque bajo ese mismo argumento, pueden limitarle mañana otros tipos de contenido que no les gusta y forzarle a consumir únicamente propaganda estatal o religiosa si les da la gana. ¿Olvidan acaso que el que exista material con el que están en desacuerdo no implica una obligación de verlo o apoyarlo?

Los anteriores son solo dos ejemplos de cómo para nuestros legisladores El Salvador no es un país libre, escogidos porque fueron empujados por dos partidos políticos distintos, que en teoría tienen visiones contrarias sobre autoritarismo y libertad. Los ejemplos demuestran, además de la peligrosa atracción que el autoritarismo ejerce sobre nuestros legisladores, que ambos partidos se parecen mucho más de lo que quieren reconocer. Quizás ya es hora de que alcemos nuestra voz (saludos a los jóvenes de #ESNuestraVoz) para exigir mejores opciones.

@crislopezg

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