Carta a los que siempre recordaremos a Marianita. De Paolo Luers

Paolo Luers, 16 marzo 2017 / EDH

Compañeros:
Si Marvin Galeas todavía tuviera su espacio semanal en El Diario de Hoy, hubiera dedicado una columna a Marianita, su hermana del alma en las montañas. Hace poco murió de cáncer en su natal México DF. Me toca a mí escribir esta columna porque fue hermana mía también.

¿Cómo explicar lo extraordinaria que fue esta mujer? De bicha apareció en Nicaragua para unirse a los sandinistas y luego en el COMIN, el legendario “Comando Internacional de Información” del ERP, donde estábamos imaginándonos y planificando el surgimiento de Radio Venceremos y la locura de querer convertir esta revolución en la primera en la cual la comunicación -las palabras, las fotos y las películas- iban a ser instrumentos estratégicos a la par de la organización política y la lucha militar. Igual que Hernán “Maravilla” Vera, Santiago, Marvin y yo, Marianita dijo: “yo quiero ser parte de este reto”. Y este reto desafiaba todo, la lógica militar, el miedo, el poder mediático y la ley de probabilidad.

Luego de mi primer año de la guerra en San Salvador, volví a encontrármela en Morazán, ya incorporada al equipo de la RV y a la vida social en esta comunidad de campesinos, guerreros, activistas y artistas que estaba naciendo en las montañas de este departamento.

La guerra te puede sacar lo peor de tu personalidad. Todos tuvimos que observar y vivir esto, pero también te puede sacar lo mejor, lo más noble, lo más generoso. Ese era el caso de Marianita. Creció como ser humano con cada reto que le planteó la guerra.

Cada vez que regresé a Morazán la encontré una mujer más completa. Asumió más responsabilidades, acumuló más liderazgo y autoridad hasta que al final fungió como una especie de alcaldesa, resolviendo los problemas de la población de esta zona controlada por la guerrilla y bajo permanente ataque de la Fuerza Armada y su aviación.

Todos la amamos: los guerreros, los jefes, los milicianos, las mujeres campesinas, hasta los prisioneros de guerra. Personas como Marianita hicieron humana la guerra. “Maravilla” me hizo preservar, en medio de la guerra, la capacidad de reírme y gozar de la vida. Marianita me hizo preservar la confianza en el sentido humano detrás de la guerra que libramos.

Al terminar la guerra, todos rehicimos nuestras vidas. Ella lo hizo en su amado México, pero siempre pendiente de El Salvador, de la gente que había dejado atrás en Morazán. Desde lejos, pero nunca alejándose, siguió siendo nuestra hermana.

Cuando ayer publiqué en Twitter la esquela que dedicamos a Marianita, una lectora comentó: “Mercenaria al igual que usted”. Lástima que la pobre nunca conoció a María del Socorro Álvarez, conocida en México como “Coquito” y en El Salvador como “Marianita Chicas”.

Saludos,

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