Batear pelotas de playa. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar, 15 marzo 2017 / EDH

Hace unos años, un liberal dominicano visitó el país para dar unas charlas sobre economía política. Después de escucharle disertar y someter sus ideas al debate y el cuestionamiento de jóvenes académicos, aún me quedaba una pregunta, quizá la más importante.

En uno de los recesos, lo abordé y le dije que en los años de conocerlo había tenido esta duda fundamental y que, aprovechando el espacio, al fin iba a poder externarla.

Le dije: ¿Por qué es que los dominicanos son tan buenos al béisbol -o como ellos lo llaman, la pelota? Él rió, sabiendo que además de los temas políticos, una gran pasión en mi vida es ese deporte.

Con simpleza y un colorido acento caribeño, me dijo: en Dominicana cuando eres niño te enseñan a batear una tapita de gaseosa con una escoba. Si logras hacer eso, puedes batear cualquier cosa, “elmano”. Yo, consciente de mi torpeza y de mi exclusiva calidad de fanático por televisión, le confesé que no podría batear ni una pelota de playa.

Estas últimas son tan grandes, llamativas y con un vuelo tan predecible que nadie debería tener una excusa para un swing fallido. Pero hay quienes no logran batearlas.

Y así es la política a veces.

Hay situaciones políticas que colocan a un gobernante en tal debilidad que su contraparte tiene el éxito asegurado solo por existir pues la mitad del camino la ha recorrido quien ostenta el poder al equivocarse tanto.

Pero de todo hay en la vida política e incluso donde se gobierna con visible ineptitud hay partidos de oposición que no solo no logran capitalizar estos fracasos, sino que suman el dudoso mérito de generar episodios de mayor repulsión que quien administra pobremente la cosa pública.

En términos sencillos, a estos opositores se les tira una pelota de playa fácil de batear y sorpresivamente hacen strike. Eso está pasando en El Salvador.

Durante los últimos siete -casi ocho- años, el partido de gobierno ha dejado un sinsabor a los menos radicales de quienes lo eligieron y es que en lugar de configurarse como una alternativa a la forma de gobernar del pasado, se convirtieron en un poco más de lo mismo con diferentes eslóganes.

Favorecer los negocios de los amigotes, el abuso de las bisagras legislativas y los madrugones son solo algunos de los más nefastos símiles de un partido que era excelente en criticarlos pero inútil de corregir el camino una vez llegó al poder.

Asimismo, el verticalismo y la ortodoxia con las que el FMLN se ha conducido y la poca apertura a espacios de innovación política deberían situar a ARENA como la alternativa lógica para un sector progresista de la población.

Sin embargo, el partido tricolor ha decidido transitar hacia otra senda, a la de cerrar filas en sus alas más conservadoras, alejando a quienes actúan diferente y cuidándose excesivamente de los que denominan “machos sin dueño”. ¡Vaya forma de desperdiciar una oportunidad histórica!
Con un poco de humildad intelectual y sentido crítico -o simplemente con tener la más mínima consciencia-, cualquiera se da cuenta que este es un país cambiante, que las costumbres de antaño no son pétreas y que los temas tabú del pasado ahora admiten y exigen discusión.

Pero el miedo a perder los privilegios del pasado, el temor a la innovación política y el excesivo conservadurismo de una cúpula terminan alejando a los renovadores. Entonces, ante los constantes traspiés del gobierno, en lugar de ser la opción lógica, los areneros se han convertido en la constatación de que esta clase política está pudriéndose mientras vive de viejas glorias e himnos retrógrados.

Mis pobres destrezas para el béisbol son solo comparables con las de ellos al hacer política. Sería tan fácil un home run político con apertura, debate, transparencia y humildad. Pero cerrarle las puertas al experimento de innovación más interesante que han tenido en años, exigir a sus precandidatos una militancia mínima y acercarse progresivamente a una derecha conservadora que está dejando de representar al país equivale a no saber batear la más grande de las pelotas de playa.

Años después de esa conversación con mi amigo dominicano, ya no me siento tan torpe.

@docAvelar

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