Vivir en una República. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 13 marzo 2017 / EDH

A veces damos las cosas por sentado; pensamos que por tener normas que establecen una serie de principios republicanos, estos postulados se cumplen. Creemos que por tanto escuchar la prédica de discursos que pregonan el bienestar común, estos se practican. El Salvador es una República, pero cada día somos testigos de actos que nos alejan de principios como la libertad, igualdad e integración.

Desde su época, Locke intentó desarrollar el ideal de una República; esta es una organización de personas cuyo gobierno es elegido por los ciudadanos, regido por las leyes y cuyo fin principal es el bienestar de toda la sociedad y la garantía de los derechos individuales. La legitimidad de una República depende de su capacidad de darle igual valor y sentido a todos sus individuos. La armonía social solo se logra dando cabida a todas las posturas y poniéndonos de acuerdo en temas imprescindibles del gobierno de un Estado. En El Salvador vamos para atrás.

El principal partido de derecha del país le ha cerrado las puertas a una juventud interesada en los problemas del país, a personas que no buscaban un “hueso” dentro de la política partidaria y que se animaron a hacer lo que muchos todavía no nos atrevemos: dar, ellos sí, el primer paso. Con esta acción, ARENA se suma a la postura verticalista, ortodoxa y no deliberante del FMLN, por lo que queda claro, hoy por hoy, que la política salvadoreña está cerrada para mentes frescas que renueven el camino en su respectiva  ideología. Un partido político que excluye a las minorías es cualquier cosa, menos democrático.

Un grave error que están cometiendo los políticos salvadoreños es subestimar el nivel de desencanto y apatía de los ciudadanos; eso abre la ventana para que cualquier individuo con una postura menos dogmática se adueñe de un caudal importante de votantes molestos o desencantados con la forma en que se desarrolla la cosa pública en el país. Y el día que ese mesías o populista al que tanto temen llegue al poder, ya sea de izquierda o derecha, no hay culpa de nadie más que a los excluyentes, porque cuando tuvieron la oportunidad de renovarse y de abrir puertas a mayor participación, no lo hicieron.

Una de las cosas que aquí excluyen y dividen a muchas personas es, irónicamente, la religión. La incapacidad de muchas personas de separar la política de la religión. Cuando yo quiero encontrar, analizar, vivir o practicar las creencias de una religión definitivamente prefiero buscar una iglesia antes que a un partido político. Un Estado laico o neutral a la religión no significa el rechazo o negación de alguna creencia, sino la aceptación y respeto de todas, sobre las cuales cualquier individuo esté en la posibilidad de adoptarla o abandonarla libremente. La religión es algo tan personal y propio de cada persona, que resulta increíble que muchos propongan administrar un país con la Biblia en la mano.

Y no se preocupen, no están frente a una decadencia de una sociedad o una falta de valores de jóvenes como yo, sino frente a una solicitud de respeto amplio a la pluralidad de creencias que existen en este país. Ese mismo respeto y tolerancia que profesaría el guía católico, cristiano o evangélico que orienta su vida.

La situación de la política salvadoreña es preocupante; hay una desconexión del principal partido político de derecha con la ciudadanía en general. Esto se suma a la burbuja del buen vivir en la que está inmersa el partido de izquierda en el Gobierno. Además, están retirando del espectro político a gente valiosa; no hablo solo de aquellos que se animaron a participar en política y salieron desairados, sino de todo aquel que está harto de la política tradicional que ha reinado las últimas décadas en El Salvador, que según las encuestas suma un  57 % de la población facultada para votar.

La política en El Salvador ha dejado a un lado la libertad e igualdad, así como los intereses urgentes de un país. Estos grupos imponen sus creencias religiosas y perpetúan la percepción que la política se maneja como una finca personal. Como llamarse “republicano” no te convierte en uno, hay que practicarlo incluso defendiendo los derechos de aquellas minorías o impopulares. Eso es vivir en una República.

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