Pensar diferente. De Cristina López

Cristina López, 13 marzo 2017 / EDH

La semana pasada quedó en evidencia el grado de polarización en el discurso político salvadoreño. A ver, que siempre habrá disensos, que es lo normal en cualquier sociedad que permite la libertad de expresión y asociación, pero la polarización en lo que más se denota es en las consecuencias que a veces puede acarrear el disenso entre partes. La consecuencia más positiva del disenso tiende a ser el debate, porque cuando se hace de manera honesta, respetuosa y con verdadera curiosidad intelectual, enriquece a ambas partes. De las consecuencias más negativas son la marginación: el abstenerse de asociarse con la parte disidente por asumir que lo que define la relación es el punto en disenso, mucho más que los que se tienen en común. Fue precisamente este tipo de consecuencia lo que marcó el fin de la conflictiva relación entre ARENA y varios miembros de su Juventud, tema que le quedaría grande a esta columna.

El ejemplo es bueno, sin embargo, para un comentario sobre el discurso político salvadoreño, en el que se pueden encontrar más ejemplos en los que el disenso determina rupturas que ejemplos de debates enriquecedores y positivos. Es posible que en el ADN de nuestra joven democracia las heridas del conflicto continúen demasiado frescas y eso impida en muchos casos despersonalizar muchas posturas políticas. También es posible que la misma deshumanización que se refleja en los niveles de criminalidad esté afectando el discurso político y que seamos incapaces de ver la humanidad compartida en el otro antes de convertir el disenso en insultos y en descalificaciones personales. Otro motivo puede ser que el mal ejemplo que dan muchísimos políticos (de atacar al mensajero en lugar de debatir el mensaje con argumentos y raciocinio) esté inspirando a la sociedad de maneras nocivas. Pero el estado de las cosas lo describía bien Guillermo Miranda en estas páginas hace algunos días: “Pensar diferente no es un problema en el país de la sonrisa, hasta que se dice lo que se piensa en voz alta”.

Pensar en voz alta no debería de acarrear consecuencias negativas, sino abrir espacios de debate enriquecedor. En algunos casos, incluso formar conexiones humanas u oportunidades de mutuo aprendizaje. Llevar el debate en paz no es fácil; requiere tiempo, esfuerzo y una dieta que adelgace la arrogancia para que la condescendencia no descarrile el debate. Y, sin embargo, hay quienes lo han hecho de maneras ejemplares. Me gusta ocupar de referencia a menudo una foto en la que aparecen montados sobre un elefante durante una temporada de vacaciones en la India el ya fallecido juez de la Corte Suprema estadounidense Antonín Scalia y la jueza Ruth Bader Ginsburg. Scalia era de los originalistas constitucionales más conservadores que ha visto la corte en décadas. Bader Ginsburg es una serie de ícono liberal por sus posiciones totalmente contrapuestas a las de Scalia. Ambos son, probablemente, de los cerebros más brillantes que ha visto el derecho en siglos, y Scalia en particular, de los mejores escritores legales recientes. Scalia y Bader Ginsburg eran mejores amigos, a pesar de pensar diferente. Se les veía a menudo cenando juntos en Washington o yendo a la ópera. Cuando les preguntaban cómo era posible que llevaran una amistad tan cercana, siempre Scalia decía que no existen malas personas, solo malas ideas.

A pesar de ganarse la vida desde la banca de la Corte debatiéndose el uno al otro con consecuencias de importancia nacional, ninguno perdió nunca la visión de la humanidad del otro. Lo mismo han hecho otros ejemplos más tropicales, como el Dr. Martínez Moreno, que hace poco escribía en ContraPunto sobre su linda amistad con Roque Dalton.

¿Quiénes somos nosotros, entonces, sin la mitad de méritos intelectuales, para descalificar al que piensa diferente? ¿Qué nos pasa? ¿Qué nos falta? Quiero pensar que la crisis es de comunicación de los espacios comunes y no de humanidad. El reto es comunicar mejor. Cuesta, pero se puede.

@crislopezg

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