La laicidad como fundamento de la libertad. De David Izzo

Lo que está en juego en la noción de laicidad es la cuestión de saber cómo unir nuestras diferencias, con respeto y serenidad y con un espíritu de convivencia. 

David Izzo, embajador de Francia en El Salvador

David Izzo, 9 marzo 2017 / EDH

Nuestro mundo enfrenta nuevos tiempos: a las tensiones políticas entre las naciones y las crisis económicas, se une hoy día la amenaza de un terrorismo global, caracterizado por un radicalismo religioso intolerante y sin piedad. Nuestro desafío, a raíz de nuestra cultura humanista, es establecer y reforzar el tiempo del diálogo, con comprensión, lucidez y serenidad: es la gran lección que nos dejó el “siglo de la ilustración”, a través de pensadores como Voltaire y Rousseau, para quien el uso de la razón es una de las condiciones del progreso de las civilizaciones.

Por estos motivos, más que nunca, luchar contra los malentendidos, los estereotipos y los prejuicios es una exigencia. Es el caso con la noción de laicidad, objeto de numerosas  interpretaciones que en algunos casos genera incomprensión. Quisiera aprovechar este espacio para enumerar algunas de ellas: en primer lugar, y este elemento es un punto crucial, no se debe confundir “laicismo” con “laicidad”: si el primer término se define como un desprecio o una exclusión del culto religioso, el segundo se presenta como el fundamento necesario para proteger la libertad de culto, principio institucionalizado por la constitución francesa de 1958. La libertad religiosa, como se establece en Francia se concibe tanto como la libertad de creer o de no creer  como la de adherir a la religión más afín a sus convicciones. Por este motivo, la “laicidad” tampoco está asociada a la noción de ateísmo entendida como la creencia de no creer en algún dios. Más bien, la laicidad, en Francia, es un patrimonio común a los individuos y no lo que exalta sus diferencias. Recordando su etimología, la palabra “laicidad” viene del término griego “laos”, “la comunidad humana“, en la cual cada uno se realiza según sus convicciones elegidas libremente. Es una condición innegociable para poder poner fin a cualquier forma de comunitarismo, en el cual los individuos consideran sus valores y sus principios como los únicos aceptables.

En este contexto, solo un Estado que respeta todas las creencias, sin favorecer a ninguna, permite respetar la libertad de culto. Eso explica la razón por la cual la laicidad está inscrita en la constitución francesa: “Francia es una República indivisible, laica, democrática y social. Asegura la igualdad delante de la ley de todos los ciudadanos, sin distinción de origen, raza o religión. Respeta todas las creencias” (artículo 1 de la constitución del 4 de octubre de 1958). Principio constitucional, la laicidad, contra cualquier forma de intolerancia, de discriminación, asegura el respeto de tres grandes principios: la libertad de consciencia y libertad de culto; la separación de las instituciones públicas y organizaciones religiosas; y la igualdad de todos delante la ley independientemente de sus convicciones religiosas. Estos principios van juntos ya que es la República quien, protegiendo la neutralidad en los servicios e instituciones públicas, garantiza la libertad de conciencia y, por consiguiente, la libertad religiosa.

Sin embargo, la laicidad en Francia como fundamento de la libertad de culto, fue  una conquista alcanzada a través del tiempo. Con la revolución francesa y la declaración de los derechos humanos y del ciudadano del 6 de agosto de 1789, se proclama la libertad religiosa lo que lleva a instaurar constitucionalmente la libertad de culto a partir de 1791. Con la implementación del sistema escolar público y las leyes de Jules Ferry, a partir de 1881, se consagra la escuela pública, laica y obligatoria. A partir de la ley de 1905, el Estado decide no financiar a las congregaciones religiosas para no favorecer  a ninguna y permitir que cada una pueda hacer uso de su liberta de expresión. De igual forma, y para evitar cualquier forma de comunitarismo, la ley del 15 de marzo de 2004 prohíbe en los centros educativos públicos franceses la posibilidad de ostentar signos manifestando una pertenencia religiosa (y/o política). Estas diferentes etapas no son una mera ilustración histórica. Son testigo de un proceso que llevo a la laicidad a definirse como un fundamento de la República francesa y hacer parte de la memoria de una sociedad para quien la diversidad y la libertad son valores absolutos.

Lo que está en juego en la noción de laicidad es la cuestión de saber cómo unir nuestras diferencias, con respeto y serenidad y con un espíritu de convivencia. En otras palabras, se trata aquí de consagrar los verdaderos principios de la democracia, fundamentado en la libertad de pensar y garante de una sociedad respetuosa de valores universales y capaz de educar los individuos, no solamente como ciudadanos del mundo pero también ciudadanos de un mundo común.

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