Prohombres de Estado… De Luis Mario Rodríguez

Un homenaje a Abraham Rodríguez

Luis Mario RodríguezLuis Mario Rodríguez, 2 marzo 2017 / EDH

En su libro sobre “Figuras Universales”, el notable intelectual, abogado y humanista, Alfredo Martínez Moreno, nos recuerda una cita del prestigioso jurista salvadoreño, don José Gustavo Guerrero, eminente internacionalista, nombrado presidente de las dos Cortes Internacionales de la Haya, en la que se refirió a las cualidades de “los estadistas que conducían las relaciones internacionales en la época anterior a la Primera Guerra Mundial”. Decía el célebre e ilustrado pensador: “En todas partes dirigían esas relaciones hombres formados –por educación y tradición- en el arte de tratar los asuntos del Estado con cortesía, mesura y moderación, y con un sentido profundo del respeto mutuo y de la dignidad del prójimo”.

diario hoyEn aquella misma obra, una de las tantas escritas por el culto exdiplomático Martínez Moreno, todas sobresalientes y orientadoras para las actuales y futuras generaciones, evoca la mención que sobre el doctor Guerrero revelara el escritor José Gómez Campos en la que describe la personalidad del ilustre salvadoreño así: “No debe buscársele símil en el oro, sino en el acero: brillante y útil; más fuerte cuanto más flexible”.

Cortés, mesurado, respetuoso, brillante, útil, fuerte y también flexible. Todas esas eran, precisamente, las destrezas y talentos que distinguían la esencia del doctor Abraham Rodríguez. El parangón con los atributos que identificaron al destacado expresidente de la actual Corte Internacional de la Haya no es superficial. Cada uno, salvando las diferencias por el contexto político que les correspondió vivir, fueron “hombres de su época”. Enfrentaron con valentía los desafíos que les impuso su profesión y no evadieron el cometido que les demandó la patria, a uno, en la esfera política nacional y, al otro, en las lides internacionales.

El mundo necesita más hombres y mujeres con este talante. El Salvador los reclama diariamente. Se trata de individuos sin dobleces, que reconocen sus errores, multiplican sus dones y carismas y animan a otros a que tomen “el testigo”, el tubo que pasa un corredor a su compañero en las carreras de relevo. Lo hacen porque están conscientes que alguien más debe continuar en la lucha por afianzar al Estado de Derecho, a la institucionalidad democrática, al desarrollo económico y al combate a la pobreza, como la espina dorsal para alcanzar la finalidad única de todo el que dedica su existencia a transformar a la nación, ya sea desde la función pública o en las trincheras de la sociedad civil: el bien común.

En una época en la que se cuestiona todo y todo se relativiza, urgen personajes de convicciones firmes, persuadidos de la obligación que no buscaron pero que la coyuntura les impuso, de mantener en pie a la república, sosteniendo de manera incólume la separación de poderes, la sustitución periódica de las autoridades a través de elecciones íntegras, equitativas y competitivas, la promoción de la cultura de la legalidad, la defensa de la vida y la dignificación de la política.

René Fortín Magaña, exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia y gladiador incansable desde la academia, las letras, el derecho y la actividad partidista, en la que estuvo inmerso durante la década de los ochenta como fundador del “partido de la flechita”, en uno de sus artículos titulado “valoración de la política”, incluido en un compendio más amplio de escritos recopilados en el libro de su autoría denominado “Reflexiones Impertinentes”, nos señala, con la erudición monumental que lo caracteriza, que “a las instituciones las hacen los hombres. Sus diseños formales, ciertamente, están descritos en una hoja de papel que llamamos Constitución. Pero sólo cobran vida por la actividad fasta o nefasta de los hombres y las mujeres de carne y hueso que son la materia que las hace funcionar en cumplimiento de la Constitución y la ley”.

No se equivocó el Maestro Fortín Magaña, como tampoco lo hicieron otros prohombres de la talla de Alfredo Martínez Moreno, José Domingo Méndez, Enrique Borgo Bustamante y nuestro póstumo homenajeado, Abraham Rodríguez, al aceptar las responsabilidades públicas que les fueron concedidas. Ellos, como un día lo expresara Humberto Guillermo Cuestas, exvicepresidente de la república y compatriota insigne, entendieron que “debían honrar al cargo” y no esperar a que “el cargo los honrara a ellos”. Misión cumplida doctor Rodríguez.

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