Jungla de asfalto. Erika Saldaña

Un Estado no solo se construye con instituciones y funcionarios, sino también con una ciudadanía comprometida con el cumplimiento de las leyes y la Constitución, incluyendo esas normas que nos obligan a autorregular las conductas.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 27 febreror 2017 / EDH

La semana pasada, mientras transitaba a vuelta de rueda sobre el habitual y estresante congestionamiento del bulevar de Los Héroes, me puse a reflexionar acerca de los distintos tipos de conductores que imperan en esta jungla llamada tráfico. Los especímenes que he podido observar son los siguientes:

1. El vivo: este ser se la lleva de vivo; cree que es lo suficientemente habilidoso para lograr pasar antes que el semáforo cambie a rojo, pero el destino lo obliga a quedarse a media calle bloqueando al prójimo, ya que el tráfico no le permite avanzar; también se cree listo porque ahorrará tiempo al cruzar la doble línea amarilla, pero solo arma tráfico.

diario hoy2. El dueño de la calle: narcisista al volante, cree que tiene derecho a detenerse a media calle, a subir o bajar gente donde quiera o a parquearse donde hay una señal que prohíbe hacerlo; ese que piensa que con poner las luces intermitentes se vuelve invisible y no genera tráfico por hacer su voluntad.

3. El bestia: prepotente y mal educado que, solo por ir encima de un pedazo de lata (lata cara, pero lata al fin), se cree con el derecho de maltratar, humillar e insultar gestores de tránsito; piensa que su tiempo vale más que el de los demás, con licencia para desconocer a las autoridades, señales de tránsito y todo aquel que se le atraviese en su camino. Pita como loco en el tráfico o cuando alguien se niega a pasarse el semáforo en rojo, maneja bolo y atenta con pasarse llevando a la gente en cada esquina.

4. El falto: le faltan 10 para el peso; alguien lo botó de chiquito y se cree cool por ir whatsappeando, tuiteando, tomando selfies y facebookeando al mismo tiempo que maneja; avanza lento por ir poniendo filtros de Snapchat y es ese que debería dar gracias a Dios que no ha causado un accidente por esta irresponsabilidad. Aquí también caben los que botan basura en la calle y los que usan los espacios reservados para personas con discapacidad o embarazadas.

5. El busero: ser especial que abarca las características de todas las categorías anteriores, con el agravante que lleva cincuenta personas más a su cargo; hace mérito para una larga parada en el purgatorio. Sus intrépidas maniobras (en la nave forrada de versículos bíblicos) causan terror en las calles.

6. El motociclista atrevido: junto a su primo hermano, el ciclista temerario, se creen con el derecho de hacer un tercer carril entre dos carros, la doble línea amarilla se convierte en su freeway y otros vivimos estresados por ellos; ante un posible accidente la culpa siempre es del carro, no del abusivo motociclista que se mete donde quiere.

7. El buen conductor: respeta las señales de tránsito, cede el paso, agradece a los gestores de tránsito, se hace a un lado si tiene un imprevisto, espera llegar a su destino para chatear, anda bolsa para basura en el carro. No son muchos, pero existen.

Si usted cabe dentro de las seis primeras categorías déjeme decirle que tiene un problema. Sufre de falta de educación, respeto y empatía con los demás, elementos necesarios para la convivencia en una sociedad democrática. Un Estado no sólo se construye con instituciones y funcionarios, sino también con una ciudadanía comprometida con el cumplimiento de las leyes y la Constitución, incluyendo esas normas que nos obligan a autorregular las conductas.

Si día a día nos dedicamos a exigir un buen comportamiento de nuestros funcionarios, comencemos por dar el ejemplo en el ámbito que nos corresponde. Pocos pasos distancian a los que incumplen las leyes de tránsito de los que evaden impuestos o se enriquecen ilícitamente; todos estos casos son reflejo, en distinta medida, de violaciones a la ley. Resulta contradictorio que los ciudadanos reclamemos a los funcionarios o políticos cuando somos incapaces de cumplir la ley en aspectos mínimos de convivencia.

La necesidad de demostrar educación, respeto a las leyes, tolerancia, paciencia, etc., no es algo que solo debe exigirse en el ámbito político o público; como sociedad debemos ser los primeros en poner en práctica y fomentar estos principios si queremos que El Salvador mejore. Queda en nosotros convertirnos en una ciudadanía civilizada o ser un espécimen más en la jungla de asfalto.

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