Pleitesía. De Cristian Villalta

No tengo apetito para lo sórdido. Acaso por eso, del caso que ahora ocupa los titulares de noticieros y periódicos, he preferido sortear los detalles. Hay que tener el estómago entrenado para soportar esa iniquidad.

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 15 enero 2017 / LPG

Hasta donde me ha sido posible, también he rehuido consumir del manejo chapucero que algunos profesionales del periodismo y del derecho le han dado a esta historia, desde dobles sentidos imperdonables hasta la relativización del dolor de las víctimas a través de otros ángulos de la información. Ignorar que en un caso de abuso hay niños que merecen solidaridad y respeto luego de que sus vidas quedan destruidas para siempre dice mucho sobre de qué calaña estamos hechos. Lastimosamente, incluso en la tragedia de los más débiles de nuestra comunidad, los salvadoreños demostramos nuestro gusto por la virguería, la vulgaridad y la ocurrencia.

la prensa graficaPeor aún lucen los que, desde la desprestigiada tribuna política, quieren abanderar una oportunista cruzada moral. Si están con la niñez y con la adolescencia, deben pronunciarse cotidianamente contra mucha de la basura y de los mensajes que se emiten regularmente en el espectro radial, desde canciones que incitan al despertar sexual prematuro hasta las conversaciones barriobajeras de muchos locutores justo en la hora en la que los niños se dirigen a la escuela. Si les desvelan los abusos que acechan a nuestros niños, ¿por qué no se pronuncian sobre la falta de esperanza de los huérfanos institucionalizados? Hablan desde un púlpito pero con Sodoma en el DUI. Políticos…

Disculpen la disgresión, dejemos a nuestra fauna por un momento.

Reparemos que hay un patrón en estas historias que sí merece que nos detengamos. Hay un componente del relato que vuelve esta noticia familiar, que activa un miserable déjà vu: el convivio de funcionarios y victimarios, bajo el auspicio del poder económico. Esa es, tristemente, la más salvadoreña de las historias.

En el caso que nos ocupa, ni a usted ni a mí nos sorprende que el ex fiscal general haya procedido del extraño modo en que lo hizo. Nos imaginamos ese lobby, nos imaginamos a algunos de los mensajeros, nos imaginamos el tono de las conversaciones, los apretones de mano, la palmada en la espalda, el “a sus órdenes, don”. Con facilidad nos imaginamos algunas llamadas, “ayudale, que es familia” y un “acuérdense de mí en la votación”, con sonrisa de dentífrico a ambos extremos de la línea.

Nos lo imaginamos, no solo porque Luis Martínez tuvo la discreción de un elefante en una cristalería, sino porque desde el magnicidio de Manuel Enrique Araujo, hace más de un siglo, los salvadoreños sabemos que la justicia no es siquiera una aspiración, sino sustancialmente un lujo que algunos pueden evadir, y una herramienta del enriquecimiento. Y también sabemos que si nuestra reconciliación como sociedad aún es inasible y si algunos de nuestros hermanos padecen una marginación interminable es en gran medida por la ausencia de justicia, por la transformación de los juzgados en un prostíbulo y porque el Estado no la ha perseguido.

Hay muchas explicaciones que el ministerio público le debe a la ciudadanía, no solo en relación con los delitos investigados, sino al procedimiento que siguieron sus hombres en la administración Martínez. Particularmente, una explicación: ¿los favores que los fiscales prestaron siempre tuvieron un precio, hubo un tarifario o algunos se hicieron por estricta pleitesía?

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