Conociendo a la “derecha alternativa”. De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 19 diciembre 2016 / EDH

Casi se ha asentado el polvo luego de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos. Casi, porque hay partes de la nueva realidad que enfrenta los Estados Unidos, y que podrían influenciar lo que se viene para otras democracias, que aún hace falta estudiar y explicar. Se dice que uno de los grupos que más se ha visto reivindicado con el triunfo de Trump es el de quienes se hacen llamar de “derecha alternativa” o “alt-right”. Se diferencia de la derecha o conservadurismo en que los define el nacionalismo, o la mentalidad de “EE. UU. primero”.

Lo anterior suena casi inofensivo, y no muy diferente a aquel estribillo que canta el partido salvadoreño que se identifica con el nacionalismo, sin filtro alguno o conciencia real de que las alusiones al nacionalismo no necesariamente son positivas. Nacionalismo no es lo mismo que patriotismo. En Estados Unidos, y de manera creciente en diario hoyvarios países europeos, el nacionalismo con el que se identifica la mal llamada “derecha alternativa” es más bien racismo y apelaciones al nativismo. Creer que lo de afuera es malo, que la globalización los pone en peligro, y que los logros que hayan hecho otros grupos — desde el derecho al voto de los afro-americanos o la integración de la mujer en los mercados laborales — se han hecho a costa de los hombres blancos. Es una visión de mundo que ve los derechos como una materia finita, y que repartirla entre más individuos necesariamente implica el detrimento de otros.

En Estados Unidos la derecha alternativa existía casi exclusivamente en el internet. Se encontraba en los foros de opinión usualmente visitados por gente interesada en videojuegos. Fue a partir de este interés que la derecha alternativa demostró su fuerza y capacidad organizativa, cuando en el escándalo ahora conocido como Gamergate organizaron el linchamiento cibernético de varias mujeres cuyo único pecado había sido condenar públicamente el sexismo y misoginia existente en los juegos de video, y apelar a la industria a que incluyera a más mujeres en sus equipos que pudieran corregir estos males desde dentro. Todas se vieron acosadas, en línea y en la vida real, por los ejércitos de trolles para quienes la libertad de expresión es un absoluto excepto cuando alguien difiere con ellos.

Donald Trump despertó y armó de poder político a estos ejércitos cibernéticos cuando hizo una parte central de su campaña el combate a lo políticamente correcto. Si bien es cierto que la censura y la falta de tolerancia se han usado bajo el disfraz de la corrección política en un sinfín de ocasiones, para los seguidores de Trump cualquiera que justamente condena el racismo, o el machismo, es parte de la corrección política que tanto les molesta. En Trump vieron a alguien por quien votar, y una manera de ejecutar, desde el poder, los mismos mecanismos “correctivos” que con el acoso hacen a través del internet. Quienes han estudiado a la derecha alternativa han descubierto que la integran muchísimos jóvenes que por algún motivo se sentían marginados y que en el internet encontraron comunidades de apoyo que los radicalizaron para atacar a las mujeres o a miembros de grupos que estiman diferentes, ajenos, y poco bienvenidos.

Lo anterior no es muy diferente a lo que le sucede a tantos jóvenes salvadoreños. La diferencia es que en El Salvador no se radicalizan a través de la pantalla de sus computadoras o celulares, sino en la seguridad (o inseguridad, más bien) de las colonias y barrios donde han nacido y crecido. Para pertenecer — y luego, sobrevivir — se integran a grupos que los vuelven parte de algo más grande que sus experiencias individuales: las maras. Y lo mismo que Donald Trump a la derecha alternativa, los partidos políticos salvadoreños ya demostraron que los necesitan para ganar elecciones. Mal haríamos como sociedad en pretender que con ignorarlos, como hemos hecho por años, resolveremos el problema de la criminalidad. O que manteniendo el sistema penitenciario en las condiciones deplorables en las que se encuentra, alguien que cometió errores tiene posibilidades reales de rehabilitarse. Un buen primer paso es la cobertura periodística. No la amarillista que sensacionaliza, sino la investigativa — como la del periódico digital El Faro, o la que en El Diario de Hoy ha hecho Karla Arévalo –, la que realmente quiere conocer las realidades de los individuos de estos grupos para que desde la política pública se implementen medidas realmente efectivas para reducir la criminalidad. De lo contrario, no estamos lejos del día en que sean quienes definan quién ejercerá el poder desde el gobierno y usen sus instituciones para lograr lo que no han logrado desde la violencia.

@crislopezg

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