Pero tú… De Cristian Villalta

Gracias por leer, y por su indulgencia.

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 11 diciembre 2016 / LPG

Una patria que no duela. ¿Quién no la abrazaría, como al amor que presentíamos y que no conocíamos?

Una patria en la que todos los salvadoreños sean iguales. Iguales de verdad, no en la bizarra paridad de oportunidades de la que hablaban los liberales criollos antes de reclutar al Estado como su más perseverante criado, ese estado de las cosas en el que solo cabe salvar a la clase media e impedir que se mueran tantos pobres como Dios quiera al que muchos en la derecha económica siguen considerando natural. Un determinismo de clase demasiado parecido a la infamia.

la prensa graficaIguales de verdad, insisto, pero no en la igualdad de la que los exguerrilleros se regodean mientras, protegidos por sus guardaespaldas, compran sus perfumes en Bal Harbor. Esa igualdad entre paisanos que solo han conseguido en su narrativa retorcida, la de un país al que creen haber salvado con una revolución primero militar y ahora moral… En la cúpula del FMLN, los pocos que aún se consideran templarios de la utopía se resisten a aceptar que ya no son una fuerza de cambio para la sociedad, sino todo lo contrario.

Que los salvadoreños puedan ser iguales significa que todos tengamos los mismos derechos y las mismas obligaciones, y que persigamos el mismo sueño: el de vivir en un país en que el dolor de las víctimas sea respetado, y en el que la persecución de la justicia sea el motor de la vida pública.

Hablo pues de una patria en la que la ciudadanía deje de resignarse. Hablo de unos salvadoreños más valientes, más inteligentes, mejores personas. Hablo de unas gentes que cuestionan lo que pasa en los barrios empobrecidos, que se cuestionan por qué el personal de seguridad pública patrulla con el rostro cubierto, que se reconoce en los deseos genocidas de algunos de sus políticos y se avergüenza de ello. Son unos salvadoreños que no voltean a ver hacia otro lado ante el oprobio de nuestros jóvenes y de nuestros niños. Son unos salvadoreños en los que es más fácil reconocer la solidaridad que la moralidad, la tolerancia que la militancia, personas que ya no cantan himnos de muertes y tumbas, que no idolatran dictadores, que consideran indigna toda represión política.

O unos gobernantes que valgan la pena, ¿no? Que no roben, que no toleren el saqueo, que se conmuevan con el dolor de nuestro país, que no estén separados de nosotros por sus camionetas gigantes y el polarizado de sus ventanas, que no se crean mejores que tú o que yo. Gente normal.

O una ciudad en la que camines a la hora que se te antoje, en la que el paisaje solo tenga lugares, recuerdos y gente, y no miedo, soldados, Coasters y prohibiciones. Una ciudad en la que puedas amar, reír y correr en todas las direcciones. Una ciudad normal.

O, ¿qué tal una cultura de la que te sientas orgullosa? Plaza Salarrué, plaza Claudia Lars, un poco de Luz Negra, un mucho de Dalton, del sudor de nuestros pintores, de las cuitas de nuestros músicos, gigantes del pasado sepultados por la politiquería, por la polarización estúpida, ese pulpo insano que ha invadido todo y nos ha arrebatado nuestros sueños, haciéndonos creer que nuestra historia solo ha tenido corbatas y uniformes.

Más sencillo, cariño: ¿qué tal un país en el que solo haya una bandera? Y en el que todos entiendan que el color de esa bandera no es el rojo ni el verde ni el azul sino el de tu sonrisa.

Eso y más anhelo darte, en Navidades posibles o imposibles. Pero tú, María, solo quieres un dragón que cocina marshmallows. Y la muñeca que al apretarla se hace pipí. Y jugar en un futuro que apenas se dibuja en los torpes lienzos del presente.

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