Memorias de la Cuba de Castro. De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 5 diciembre 2016 / EDH

Cuando se trata de la Cuba de Castro, tengo opiniones superfuertes. Viscerales, casi, en carne viva. Todo porque en 2013, durante un período de idealismo arrogante, fui en una ingenua misión con una amiga mexicana a La Habana, con las mejores intenciones de llevarle tecnología (cámaras y memorias usb usadas) y compartir mejores prácticas en temas de organización cívica con un grupo de disidentes jóvenes, la gente más valiente que he conocido.

diario hoyPensábamos, “el régimen está debilitado, no pueden ser tan [inserte adjetivo calificativo sinónimo con el horror, la paranoia y el autoritarismo]”. Nos equivocamos, y por mucho. En esos diez días la policía estatal nos siguió a todas partes, nos consta que nuestras conversaciones estaban intervenidas y nos amenazó un hombre diciendo que él se encargaría de que hiciéramos turismo, si a eso habíamos llegado, según nuestra visa. Se autodenominaba “El Doctor” y nos acosó por teléfono y dejándonos notas en nuestro hotel, a pesar de que nunca le habíamos dicho dónde estábamos quedándonos. Todo por demostrar que podían encontrarnos si querían. Todas nuestras reuniones tenían que ser en secreto, rápidas y a murmullos. Juntarnos por fin con los disidentes, después de intentos abortados por el peligro en que los ponía recibir nuestra ayuda, fue como una versión de The Amazing Race, pero con consecuencias reales, recorriendo toda La Habana de arriba a abajo, en coco taxis, buses y a pie, cambiando de ruta y de destino a última hora y sospechando de todo y de todos, mintiendo por teléfono y cara a cara. Inventándonos excusas y nombres falsos.

Sentimos, al final, que nuestra ayuda había sido totalmente insignificante, dada la proporción de los males padecidos por esta gente de mi edad, dado su encarcelamiento en la isla. Todos soñando con el día en que podrían escapar. Mientras tanto, los turistas ajenos y despistados tomaban sus fotos, romantizando la pobreza y alabando la preservación del bonito filtro rústico de Instagram con sus carros antiguos y edificios ruinosos, tratando con todas sus fuerzas de ignorar a los niños rogando por algo de comer o a las mujeres pidiendo tampones y toallas sanitarias, “lo que tengas chica, cualquier cosa me sirve”. Siendo parte y fortaleciendo, sin querer, el espantoso apartheid monetario que causa la diferencia entre el peso cubano y el CUC del turista (peso cubano convertible, en paridad con el dólar).

Por eso me es difícil tolerar argumentos de «por el otro lado» sobre Fidel Castro. «Pero la tasa de alfabetización es altísima» Sí, pero solo se puede leer lo que aprueba el régimen, no existe la libertad de prensa y el internet está controlado y censurado. «Pero toda la gente tiene acceso a educación superior» ¿De qué sirve ser bioquímico en un lugar donde el único empleo disponible es de taxista? Es como tener un carro de Fórmula 1 en un lugar sin pistas. «Pero, ¡el sistema de salud universal!» No es universal, los miembros del régimen y el círculo de amigos de los Castro (incluido Sánchez Cerén) reciben un cuidado de calidad bastante distinto a al que recibe el cubano de a pie. Para ellos, no hay medicina disponible, los hospitales se están cayendo a pedazos y no son diferentes que el resto del mundo en desarrollo. Por cada historia de éxito sobre los logros de la medicina cubana hay miles más de tragedia y muerte. «Pero todo el mundo es igual». Igualmente pobre, sí. Los Castro y su círculo no, ellos son muy ricos. «Pero la gente LGBT es tratada con respeto». Solo después de décadas de persecución y asesinato impune se les reconoció el mismo nivel de dignidad que a cualquiera, todo por conseguir la alabanza y publicidad de la comunidad internacional, usándolos para desinfectar la imagen del régimen ante los organismos multilaterales.

Y ya. No hay rescatables. Al revolucionario heroico que botó a Batista lo sustituyó un dictador sangriento, obsesionado con el poder y paranoico, dispuesto a extender su control obsesivo sobre otros territorios de Latino América. El resto es puro marketing sentimentaloide, propaganda sin filtro. Y creérselo sin una gota de escepticismo sano o sin darle peso a las voces de quienes se han ido huyendo o han visto los horrores, sería entregarle a Castro una última victoria inmerecida. ¡Que viva Cuba libre!

@crislopezg

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