Dejemos nuestros Acuerdos en paz. De Oscar Pocasangre

Nuestra lección para Colombia debe ser que los acuerdos no son más que un fajo de hojas y que depende de la ciudadanía ponerlos en acción y vivirlos. Nosotros no lo hicimos y ahora sufrimos las consecuencias.

oscar-pocasangre_0Oscar Pocasangre, 19 octubre 2016 / EDH

Con la negociación de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, y particularmente después del plebiscito del 2 de octubre en el que se impuso el No a los acuerdos de paz, muchos han citado a El Salvador como ejemplo de los peligros de negociar con grupos guerrilleros. En una entrevista, el ahora senador Álvaro Uribe, promotor del No al acuerdo de paz en Colombia, dijo que los acuerdos en nuestro país “acabaron con la economía” y que “a los 16 años la guerrilla se apoderó del poder, lleva ya siete años allí y están ahora en el peor de los mundos”. Al identificar a un culpable de todas las crisis que vive el país ahora, las palabras de Uribe han tenido mucho eco en El Salvador.

diario hoyLa situación actual de El Salvador es extremadamente preocupante – en muchos sentidos, sí estamos en el peor de los mundos como dice Uribe. Pero no podemos atribuir estos problemas a los Acuerdos de Paz: los Acuerdos no causaron la crisis fiscal que vive el país hoy, no causaron la ola de violencia, no ahuyentaron la inversión privada y tampoco generaron la pobreza que afecta al 31.8 % de la población. De hecho, es difícil pensar que sin estos acuerdos y con la continuación de la guerra estaríamos mejor ahora que con ellos.

Lo que sí hicieron los Acuerdos de Paz de 1992 fue ponerle fin a la sangrienta guerra civil de 12 años. Los acuerdos lograron que el FMLN dejara las armas y que el Ejército se sometiera al control civil. Además, instituyeron varias reformas necesarias para la transición a la paz, como cambios al sistema electoral y la creación de la Policía Nacional Civil.

El gran logro de los Acuerdos de 1992 fue que consiguieron que los grupos involucrados en la guerra cambiaran las balas por los votos y las trincheras por los curules, lo que permitiría que los conflictos puedan ser resueltos mediante procesos políticos y no con violencia. La intención de los acuerdos fue generar un ambiente propicio para que las varias demandas de diferentes grupos puedan ser abordadas a través del diálogo, del debate y de las elecciones. Los acuerdos apuntaban a vitalizar y fortalecer nuestra incipiente democracia electoral con diversidad de opinión y de ideologías. ¿Acaso no es preferible esto al uso de la violencia política y la represión?

Que nosotros hayamos despilfarrado esta oportunidad para construir país no es culpa de los Acuerdos. Es culpa de nosotros. Que hayamos seguido —y sigamos— haciendo política con mentalidad de la Guerra Fría no es culpa de los acuerdos. Es culpa de nosotros. Que no hayamos aprovechado la libertad bajo la paz política y los recursos democráticos a nuestra disposición para controlar a nuestros representantes no es culpa de los Acuerdos. Es culpa de nosotros.

Los Acuerdos de Paz nos dieron la oportunidad de vivir sin guerra civil y en democracia. Esto implica que habrá diferencias en posturas políticas y que no siempre estaremos felices con los resultados electorales. Depende de nosotros usar el voto para castigar o premiar el rendimiento de los políticos en las urnas (en 2015, sólo el 45.91 % de la población lo hizo). Depende de nosotros hacer control político y exigir que los políticos hagan su trabajo sin importar su afiliación partidaria. Pero en una democracia no podemos negarle la participación política a un grupo sólo porque no nos gusta su posición ideológica, ¿quién quita que en algún futuro sea uno el que no guste?

Nuestro país debe darle una advertencia a Colombia: no es que no debería negociar el fin del conflicto, sino que debe aprovechar la paz para incluir plenamente a todos los sectores de la sociedad, para invertir en el capital humano y para construir país. Nuestra lección para Colombia debe ser que los acuerdos no son más que un fajo de hojas y que depende de la ciudadanía ponerlos en acción y vivirlos. Nosotros no lo hicimos y ahora sufrimos las consecuencias.

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