La trampa. De Cristian Villalta

La urgencia con la cual Cristian Villalta reclama la ausencia de un debate serio, sobre todo en el seno de la sociedad civil, es válida – aunque no estamos de acuerdo con todo su diagnóstico, ni con su pesimismo. Los partidos, pero también los generadores de opinión desde la sociedad civil, harán bien tomar en serio los planteamientos de Villalta, estén de acuerdo o no con cada una de sus afirmaciones. Reflejan un malestar real de muchos, y una deficiencia de los partidos de definir y comunicar con claridad sus propuestas y soluciones en cuanto a la crisis fiscal, las pensiones, la violencia, la falta de crecimiento. Ojala esta crítica tan generalizada de Villalta provoque los debates necesarios.

Segunda Vuelta

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 16 octubre 2016 / LPG

No creo que nuestros políticos puedan hacer mejor las cosas. Lo siento por sus fans, alguno de ellos gente a la que admiro pero que padece de un optimismo parecido a la locura.

El último triste ejemplo de lo que estos conciudadanos pueden hacer contra nuestra convivencia se tejió alrededor del tema de las pensiones, con unos y otros actuando desvergonzadamente, arrastrando un tema de inalienable relevancia estructural a la pobreza de la politiquería tradicional y de esa anacrónica y barriobajera guerra fría que aún mantiene ocupados a ARENA y al FMLN.

la prensa graficaEsa miopía y esa superficialidad en el análisis característica de los debates parlamentarios se extiende tristemente como lepra a toda la sociedad. Es como una plaga que invade las mesas de discusión, las opiniones, los comentarios, un germen maniqueo que contagia a las mejores mentes del país.

Entendiendo que debatir es construir, negociar, ceder, vivir en la coincidencia y respetar la divergencia. No hay una sola cosa sobre la que los dos institutos políticos de país con más afiliados hayan debatido en toda esta administración.

¿Seguridad pública? Unos y otros se acusan de ser admiradores de las pandillas. ¿Recaudación fiscal? Visiones contrapuestas. ¿Austeridad en el Gobierno? ¿Transparencia? ¿Ninis? ¿Inversión en capital humano? No hay puntos de encuentro ni un vocero acreditado y creíble que tienda un puente. Y tras cada intento real o propagandístico de negociación, adviene el corifeo de críticos patrocinados por unos y otros, la máquina de desacreditación digital sponsoreada por unos y otros, y la generosa colcha de la mediocridad con la que arropan a nuestra patria todas las noches.

Principal abono de este escenario es la estrategia discursiva del Gobierno. Aunque Sánchez Cerén se haya convertido en el León Tolstói del Trópico y hable de diálogo y de amor, los eunucos del palacio le viven atizando a todo el que disiente con las medidas gubernamentales. Además de antidemócrata, es un método cobarde que no le envidia nada a las porquerías de los gobiernos areneros que el FMLN criticaba.

El Salvador necesita romper su sometimiento a los partidos políticos. Esos instrumentos no bastan para conducir al país, y en algunos escenarios son una ilusión, una metáfora, una deformación de la representatividad que en lugar de dinamizar la construcción de ciudadanía, la desmantela.

Peor aún, en temas de relevancia estructural como los relativos a recaudación fiscal o tamaño del aparato público, la suma de los intereses representados en la tribuna por FMLN y ARENA no equivale a los de la mayoría de los ciudadanos. En tal sentido, ellos monopolizan un espacio en el que deberían confluir más y mejores visiones de la nación y del Estado; al ocuparlas sin abrazar el diálogo como método, ambos partidos boicotean la democracia.

La sociedad civil tendría que ser el caldo nutricio de los partidos; el secuestro del debate público es tal que ninguna fuerza ciudadana puede participar en las mesas en que se escribe el futuro del país si no es a través del FMLN o de ARENA. Mientras eso no cambie, los salvadoreños seguiremos en medio de un pleito entre dos facciones económicas, una de viejo y otra de nuevo cuño.

 

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