Jekyll y Hyde. De Ricardo Avelar

ricardo avelar.jpgRicardo Avelar, 12 octubre 2016 / EDH

Hace unos días, en el segundo debate presidencial estadounidense, la candidata demócrata Hillary Clinton debió enfrentarse a un fantasma del pasado: hace un tiempo, en una conversación con un grupo de banqueros de Wall Street, Clinton dijo que es entendible que un político tenga una opinión pública y una privada. Esa conversación se filtró y, como era de esperarse, le ha causado algún problema en sus aspiraciones presidenciales.

diario hoyMás allá de su risible defensa -que ella realmente hacía referencia a Abraham Lincoln-, lo que la exprimera dama y aspirante a ocupar la Casa Blanca hizo es exponer una conducta típica de quienes ejecutan la política: hacer campaña atendiendo discursivamente las necesidades de su militancia, pero en el día a día defender el interés de sus financistas, patrocinadores o la dirigencia de su partido.

Por ello, en el mundo se ha vuelto cada vez más popular y necesario transparentar a los financistas de los partidos políticos, pues eso le permite al ciudadano promedio saber qué compromisos adquiere quien aspira a representarlo o qué posibles contradicciones habrá entre su discurso y lo que probablemente haga una vez electo. Con reformas políticas y acceso a la información podemos protegernos de ese virus maligno.

Hay, sin embargo, otro fenómeno de disonancia cognitiva que es más difícil de encontrar, diagnosticar y resolver. Y a veces parece que su solución pertenece más al mundo de la psicología clínica que al de la reforma política.

¿Qué pasa cuando un político, como Hillary, admite poseer dos caras pero ambas son públicas? ¿Qué pasa cuando su discurso de, digamos, las diez de la mañana difiere del que dio a las cuatro de la tarde? ¿Qué pasa cuando cambia constantemente de opinión? Como en el Extraño Caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde, novela del afamado Robert Louis Stevenson, algunos políticos pueden pasar, en un mismo día, de ser respetables y concertadores caballeros, a personajes necios, cerrados y a veces hasta nocivos para su sociedad.

En medio de la crisis fiscal que actualmente enfrenta el país, algo de lo que Stevenson escribió en 1886 es perceptible en los principales actores que se encuentran negociando una posible salida.

Por un lado, el presidente de la República y sus colegas del gobierno están mostrando una cara amable y más abierta al diálogo que en los últimos años y eso es digno de reconocimiento. Han accedido a sentarse con la oposición, han tenido la disposición de armar mesas técnicas en diferentes temas e incluso han cedido a la petición de separar los temas fiscal y previsional, siendo esta última una batalla de la oposición en todo este proceso.

Podrá usted creer que es por estar desesperados o quizá opina que es un esfuerzo sincero, pero lo cierto es que hay acercamientos continuos y estos son encomiables.

Lastimosamente, días después de abrirse las puertas al diálogo y expresar interés en consensuar salidas, proponen una medida peligrosa, sin discusión y con la matonería de siempre: las reformas al FOP. ¿Dónde está el gobierno conciliador y la sensatez con la que accedieron llegar a la misma mesa? ¿Con qué cara nos quedamos, con la que acepta la invitación a negociar o con la que se apresura a una medida sorpresiva y peligrosa?

Y del lado de la oposición, la disonancia también es un poco palpable. Su nueva dirigencia ha intentado acercarse al oficialismo y el presidente tricolor ha llamado al Sánchez Cerén a platicar honestamente. Sin embargo, cuando el mandatario accede y convoca a una junta de alto nivel, el líder opositor se ausenta. Sí, hay una delegación de su partido, pero ¿qué hay del mensaje político que se envía? ¿No amerita una situación tan apremiante que asista el número uno de un lado a dialogar con el número uno del otro?

Todo esto nos lleva a preguntarnos a qué juegan nuestros políticos y a qué cara debemos prestarle atención. ¿Le creemos al respetable Jekyll o al temible Hyde? ¿Le creemos al instinto negociador, que antepone el interés del país, o al político innato que en toda oportunidad busca el rédito político, así se lleve de encuentro a El Salvador?

Y quizá la pregunta más importante: ¿sabrán ellos a qué cara de sí mismos creerle?

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