Aquel 13 de septiembre, cuando nos reunimos por primera vez en la mesa (2). De David Escobar Galindo

David Escobar Galindo. Editorialista de La Prensa GráficaDavid Escobar Galindo, 17 septiembre 2016 / LPG

Como siempre ocurre cuando el trabajo de entenderse se da entre posiciones totalmente contrapuestas y entre actitudes cargadas de desconfianzas y de rechazos, en aquel momento, y en todo el proceso posterior, había que cuidar cada palabra como si cada una de ellas pudiera ser una trampa mortal. Pero en las circunstancias que imperaban a aquellas alturas en relación con el prolongado ejercicio de la guerra existía ya una evidencia cada vez menos obviable: la imposibilidad de que alguna de las partes en conflicto pudiera alzarse con una victoria militar. Desde luego, aceptarlo era traumatizante para ambas, y la ilusión de lograr que la ventaja militar pudiera al menos determinar la suerte de la mesa seguía viva, como se demostró con la llamada Ofensiva hasta el Tope, que se dio en noviembre de aquel mismo año 1989.

la prensa graficaEstábamos, pues, en la mesa, y con poco tiempo en aquella primera reunión que, aparte de todo, sería un buen termómetro de la temperatura previsible para el desenvolvimiento inmediato. Había que trabajar sin retraso, y para que el tiempo rindiera se decidió constituir un grupo de trabajo, con dos representantes por delegación. Fuimos Óscar Santamaría y el que esto escribe por parte del Gobierno, y Joaquín Villalobos y Salvador Samayoa por parte del FMLN. Era cuestión de elaborar un borrador para que las delegaciones en pleno lo conocieran antes del 15 de septiembre, fecha en que concluiría el encuentro. En esa pequeña mesa que debía centrarse en el ejercicio de redacción el enfoque preciso de las palabras tenía que hacerse aún más cuidadoso. Así ocurrió en las horas en que estuvimos alrededor de aquella mesa pequeñita que estuvo ubicada en un corredor interior.

Como era natural, había palabras especialmente delicadas en aquel momento, porque se referían a planteamientos y a perspectivas sobre lo que cada parte visualizaba en función de sus respectivos intereses. Y el contraste más publicitado era el referente a la naturaleza del esfuerzo: el Gobierno hablaba de diálogo; la guerrilla, de negociación. En el primer documento que suscribirían las partes, que sería el que surgiera de aquella reunión en México, la caracterización era insoslayable. En alguno de los breves descansos de la intensa labor que llevaba la subcomisión de cuatro, me encontré con uno de los obispos acompañantes que me sugirió que, para superar el impasse, habláramos de concertación. Lo pensé por un instante y concluí para mis adentros que no era momento de evadir definiciones, sobre todo aquéllas que eran esenciales para el proceso. Y así llegó la definición integradora, que quedó plasmada en el acuerdo.

En el texto final se lee así: “El Gobierno de El Salvador y el FMLN dialogarán en un esfuerzo de entendimiento negociador para terminar el conflicto armado por la vía política al más corto plazo posible…”. Es decir, dialogar para negociar, como debe ser. Porque no es posible negociar sin dialogar, ni llegar a nada si se dialoga sin negociar. Se trata de acciones complementarias. Curiosamente, reconocer y aceptar que esto es así constituye en este preciso momento de la realidad política nacional un imperativo sin escapatoria, si es que se quiere encarar de veras la apremiante problemática que palpita sobre el tapete. Hasta ahora, la posguerra se ha comportado como si no hubiera entendido ni lo básico de la dinámica que permitió llegar al fin político de la guerra, y en gran medida por eso estamos como estamos. Es hora más que sobrada de revisar la experiencia vivida para sacar de ella los criterios y las enseñanzas pertinentes.

El llamado Acuerdo de México se suscribió a tiempo, en la mañana del 15 de septiembre. Unas cuantas horas habían bastado para poner aquel hito inicial definitorio de lo que vendría de inmediato, dentro de la activación del propósito que había esbozado el Presidente Cristiani el 1 de junio y que el FMLN también estaba impulsando. En lo que se refiere a mi propia vivencia de aquel primer encuentro, rememoro mi sensación inmediata de que la vía hacia el acuerdo final, que desde luego aún se hallaba realísticamente en veremos, sería transitable. Al volver al país lo dije así en una entrevista, y un amigo escéptico me advirtió: “No estés tan confiado, poeta”. Yo le respondí, con una palmada afectuosa: “Sabés que soy optimista, y por eso al tiempo me remito…”. Y allá, cuando miré por mi ventana en el hotel Paraíso Radisson hacia el entorno del Perisur había buena luz. (CONTINUARÁ)

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